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Pasión
por los libros |
Álvaro
Abós
La Nación Line - 4/enero/2004
Buenos
Aires tiene una larga y rica tradición que ha sabido resistir los variados
embates del tiempo. Librerías de viejo, librerías en los shoppings,
librerías especializadas en mujeres, librerías para chicos, para
amantes del tango o la historieta. Pasen y vean, los secretos mejor guardados
de la ciudad cultural
Cierto día de 1910 un hombre entró en la librería de Rafael
Palumbo, en Lavalle al 800 y, tras revolver largo rato, extrajo un libraco que
yacía bajo polvorienta pila. Se acercó al librero y pidió
precio. Palumbo sopesó con parsimonia el volumen mirando de hito en hito
al silencioso cliente. “Cien pesos”, pidió. El comprador
regateó un poco y finalmente pagó ochenta. Con el libro bajo el
brazo, partió raudo: nunca volvió ni nadie supo su nombre. Un
tiempo después, la prensa del mundo informaba que un ejemplar de la Biblia
de Gutenberg había sido descubierto en una librería de viejo de
Buenos Aires y que el Museo Británico había pagado por él
10.000 libras esterlinas. Aún se exhibe como una de las joyas del Museo.
Episodios como éste han alimentado el mito de Buenos Aires como ciudad
de prosapia librera, admitido desde entonces por todos sus visitantes; por ejemplo,
Umberto Eco (o mejor dicho, el supuesto traductor de El nombre de la rosa)
encuentra un raro volumen que contiene numerosas citas del manuscrito de Adson
de Melk, el narrador de esa novela, en una librería de Corrientes...
A pesar de las sempiternas quejas por las pocas ventas, Buenos Aires fue y sigue
siendo importante ciudad de librerías; como una vieja dama indigna, aún
despierta deseos y hay quienes viajan miles de kilómetros para practicar
en ella el vicio impune de escudriñar, descubrir, encargar, en suma,
comprar libros. Será que la moneda es flaca y, por lo tanto, el botín
del safari libresco se agrandó pero, ¿qué importa?
Por cierto, ¿cuándo fue? Dicen que allá por 1776, cuando
se estableció un tal Joaquín Silva y Aguiar en la calle San Miguel,
hoy Suipacha. El librero fundador sólo contaba, para venderles a sus
clientes —funcionarios virreinales o curas—, unos veinte o treinta
libros: por lo tanto, ya practicaba el supremo arte del librero, que no es tener
todos los libros sino unos pocos (quizás ninguno) pero sí la confianza
de quien encarga un título.
La librería más antigua de Buenos Aires es la del Colegio, hoy
de Ávila, en la esquina de Bolívar y Alsina: existe desde 1824,
cuando reemplazó a una botica, y en sus altos vivió Rubén
Darío. Debía su nombre a que estaba frente al Colegio Mayor de
San Ignacio, que en 1863 pasó a ser el Colegio Nacional de Buenos Aires.
En la rica historia de las librerías de Buenos Aires (¿sabía
usted que José Hernández tuvo librería en Tacuarí
17 bajo el nombre de Librería del Plata y que también la tuvo
Florentino Ameghino: estaba en Rivadavia 2239 y se llamaba El Gliptodón?),
una página inolvidable la ocupa el citado don Rafael Palumbo. De Los
encantadores de serpientes (1965), memorias del librero y editor Arturo
Peña Lillo, tomé la anécdota de la Biblia de Gutenberg.
Palumbo había venido de Nápoles junto con sus hermanos, cuatro
de los cuales tuvieron librería; se los llamaba el “clan librero”.
De don Rafael fue empleado un Roberto Arlt adolescente y en El juguete rabioso
lo retrató con tintes sombríos bajo el nombre de don Gaetano.
Uno de los más singulares libreros y editores de Buenos Aires fue el
mallorquín Juan Torrendell, cuyo sello Tor publicaba libros que no siempre
respetaban su integridad (Torrendell solía tijeretear los originales
para adaptarlos a los pliegos disponibles) pero que, a veinte o treinta centavos
el tomo, llevaron autores clásicos y modernos a millones de lectores.
Acosado por una de las tantas “crisis”, Torrendell tuvo una idea
extrema: en su local de Florida, bajo una gran balanza, colocó carteles
que ofrecían: “Un kilo de libros a 1 peso, dos kilos por 1, 50”.
El escándalo fue memorable y a él contribuyó la airada
protesta de la Academia Argentina de Letras para la cual la idea del mallorquín
resultaba herética. En su erudita investigación Libreros,
editores e impresores de Buenos Aires (1974), Domingo Buonocuore transcribe
la solicitada aparecida en varios diarios el 6 de junio de 1934: la Academia
pedía “al público lector” que no aceptara el sistema
de libros por peso ya que “equipara la producción intelectual con
una vil mercancía”. Pero la librería estaba colmada a toda
hora.
En el 340 de Florida aún está El Ateneo, fundada por Pedro García,
librero desde 1913 y establecido allí desde 1938. Su sede ha sido modernizada
y, desde los ventanales del simpático bar del primer piso, mientras miro
el incesante río humano de Florida, alcanzo a distinguir el edificio
donde tenía su vieja sede La Nación y que albergó
a escritores como Roberto J. Payró, Leopoldo Lugones, Alberto Gerchunoff
o Manuel Mujica Láinez, entre tantos otros, quienes cruzaban Florida
para enterarse de las novedades llegadas a El Ateneo. Los dueños de El
Ateneo han reconvertido en librería el antiguo cine-teatro Gran Splendid,
en Santa Fe 1850, excelente idea urbanística que restituye a la librería
una de sus tantas dimensiones posibles: la de ser un teatro de la vida.
Recurso ingenioso para vender libros fue el que inventó Samuel Kohen
cuando instaló su comercio, en realidad poco más que un pasillo,
en el zaguán lindero a la casa del caudillo radical Hipólito Yrigoyen,
en Brasil 1031. Eran tantos quienes pugnaban por ver al Peludo que no les quedaba
más remedio que esperar en la librería de Kohen que, de esa manera,
siempre estaba llena. Tener un cliente en el poder hizo la fortuna de don Julio
Suárez, el dueño de la desaparecida librería Cervantes,
en Lavalle 558, por otra parte exquisita y muy frecuentada por escritores y
lectores fieles. Pero ninguno como el general-ingeniero Agustín P. Justo,
presidente de la Nación, bibliófilo que adquiría, para
su vasta colección privada, todo lo que Suárez le indicaba.
Tuvo la ciudad gentes que llevaron el libro a otros barrios fuera del relumbrón
del centro; por ejemplo, Antonio Zamora: a partir de un humilde local en Boedo
837, en sociedad con el impresor Lorenzo Rañó y el librero Francisco
Munner, inundó literalmente el país, en los felices roaring
twenties, con los ejemplares de su editorial Claridad. O el inmigrante
ruso Manuel Gleizer quien, por la misma época, para salvar un momento
malo de su vida, debió vender doscientos libros de su biblioteca personal
a 40 centavos el tomo, y terminó convirtiendo su papelería-librería,
en Triunvirato 537, en el corazón de Villa Crespo, en una meca a la que
peregrinaban, tranvía Lacroze arriba, escritores jóvenes como
Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea, el vecino de barrio Leopoldo Marechal y muchos
más publicados por el sello “Gleizer, editor”.
¿También en materia de librerías todo tiempo pasado fue
mejor? No estoy de acuerdo: será malo este tiempo pero es aquel en el
que estamos vivos y éstas son las librerías que nos tocan, lo
demás es polvo aunque sea polvo enamorado. Una librería es como
un templo donde el tiempo ha de detenerse en el umbral —“remanso
de la calle” las llamaba Marechal— pero donde, al mismo tiempo,
el aire y la vibración de la época han de entrar como un viento
incontenible. Que nadie se confunda y desprecie el termómetro de situación
que son las librerías, lugares donde han ocurrido acontecimientos cruciales
de nuestra historia: en la de Marcos Sastre (Defensa 24) se tramó la
caída de Rosas, en la trastienda de la Cervantes tuvo lugar un encuentro
secreto —el de los generales Justo y Uriburu— que decidió
el golpe de 1930. En la primavera democrática posterior a la última
dictadura, algunas librerías captaron ese aire y se convirtieron en meridianos
intelectuales, readaptando las antiguas peñas literarias y fusionando
el libro con la gastronomía, la música, el cine, el teatro, la
discusión filosófica; persisten en esa modalidad dos lugares emblemáticos
de Buenos Aires: la Clásica y Moderna (Callao 892), donde los hermanos
Natu y Paco Poblet dieron nueva vida a una tradicional librería, y la
Gandhi (Corrientes 1743), hoy transferida a Galerna. Mientras don Emilio Perrot
(h) ha dotado a su Histórica (Azcuénaga 1846), de un “salón
literario” (para nuevo, lo viejo), Natu Poblet prepara el desembarco de
una Clásica y Moderna nada menos que en Salamanca.
Aunque Corrientes haya perdido el glamour que la hizo célebre, mantiene
recovecos librescos, superficies nuevas y otras reconstituidas, en las que se
mezclan novedad y tradición, lujo y miseria, un amasijo que es propio
de la actividad librera. Las once cuadras que van de Suipacha a Ayacucho conforman
una inmensa librería de 1100 metros de largo, hecho urbano que deslumbra
a los visitantes pues no tiene paralelo en el mundo: allí pueden encontrarse
importantes nombres del negocio librero (Hernández, Losada, Cúspide,
Lorraine) junto a inmensos galpones que ofrecen polvorientos saldos, pero entre
los cuales puede saltar la imprevista joya.
En cada uno de los shoppings abiertos por toda la ciudad en los últimos
años, alguna librería estalla de luz y color. Quienes gustamos
de la penumbra discreta de la librería clásica —y hasta
de la tiniebla del antro— estamos en minoría. Triunfa ese ámbito
en el que cada libro viene envuelto en los fulgores fluorescentes; la librería
es el lugar limpio y bien iluminado que pedía Hemingway, en el que cada
día se renueva el rito: llega un paquete con las novedades, alguien lo
abre y coloca un libro flamante en la vidriera o en las mesas, para curiosidad
y codicia del paseante, y así recomienza la apuesta infinita: ¿será
una obra maestra o un bodrio?, ¿será olvidado en pocos meses o
recordado por siempre?
También el Palermo borgeano de malevos y cuchilleros, convertido en un
Soho porteño, sede de la bohemia y la gastronomía elegantes, luce
ya galones libreros como el pequeño pero bien surtido espacio que un
profesional joven, Luis del Mármol —sangre nueva para oficio viejo—
ha instalado en los altos de un bar de moda, bautizado con el socrático
nombre de Un Gallo para Esculapio (Uriarte y Costa Rica).
Conseguir un libro en Buenos Aires puede tener algo de caza del tesoro porque
proliferan los lugares secretos, al margen y a veces a contramano de los circuitos
conocidos, y con claves que no siempre es fácil conocer. Así,
los libros de izquierda es mejor buscarlos en la Gandhi y los de derecha en
la Huemul, aunque tuve ocasión de conseguir un Trotski en Huemul y un
De Maistre en Ghandi. No pasa nada porque, como diría Arturo Jauretche,
la imprenta los cría.
La mejor librería de tango no es librería sino quiosco: “El
quiosco del tango” en la vereda sur de Corrientes al 1500, frente a la
confitería Premier. La mejor librería filosófica, la de
Juan Blatón, en el subsuelo de una galería con entrada por Florida
681, tenía un aire a caverna platónica. Pero este lugar único
acaba de cerrar. Hay en Buenos Aires una librería especializada en Patagonia
(World´s end, en las Galerías Pacífico); una librería
feminista (llamada por supuesto de las Mujeres, en Montevideo 333); una librería
esotérica, la Kier (Santa Fe 1260); una librería borgeana, la
de Alberto Casares (Suipacha 521) y una librería erótica, en El
Salvador 4521, con explícito nombre: Audaz se eleva... y una librería
especializada en poesía, la Norte (Las Heras 2237), fundada por el recientemente
fallecido Héctor Yánover, gran poeta y autor de unas deliciosas
Memorias de un librero y su continuación, El regreso del
librero establecido.
La Avenida de Mayo fue zona de prosapia librera, como que allí, en el
1333, estaba la sede del diario Crítica, donde trabajaron tantos
escritores, por ejemplo Raúl González Tuñón, Conrado
Nalé Roxlo, Roberto Arlt, Ulyses Petit de Murat, todos ellos voraces
devoradores de papel impreso. Hoy luce varias librerías de usados o de
viejo. La librería de viejo (en la modalidad del anticuario o en la variedad
popular del baratillo o covacha) es un campo de batalla incruento en el que
combaten clientes y libreros; el cliente, de paso o habitual, y veces de visita
diaria, siempre está a la caza de la ganga o del tesoro impensado: puede
ser lector de pocos recursos o de muchos, pero su obsesión es conseguir
una presa difícil. El librero quizás sea un ser bonachón
y cordial o quizás sea mezquino e intemperante; ambos tipos humanos han
inspirado inolvidables páginas a Anatole France y a Charles Dickens.
Entre las buenas librerías de usados con que cuenta Buenos Aires, bien
ordenadas, surtidas y con precios accesibles, mis preferidas son AARS (Larrea
938), Brujas (Rodríguez Peña 429), El túnel (Avenida de
Mayo 767) y Romano (Ayacucho 437), a la que agrego una recién abierta:
El Vitral (Montevideo 108). Abundan en la ciudad elegantes anticuarios como
Acquilanti (Rincón 79) o la eterna L´amateur que estuvo mucho tiempo
en Florida y sigue abierta en Esmeralda 882. Los bouquinistes —ferias
de libros usados— se agrupan en el Parque Rivadavia, en el Parque Centenario,
en Plaza Italia y en Primera Junta.
En suma, si usted no encuentra el libro de su gusto no es porque Buenos Aires
no se lo ofrezca: perdimos muchas cosas pero sigue a nuestra disposición
uno de los más grandes placeres de la vida, que además no es caro:
vaya a una librería, no importa si grande o pequeña, de viejo
o de nuevo, célebre o anónima, lujosa o pobre, elija el libro
que más le gusta —eso sí, no lo robe, cómprelo—
y después siéntese a leerlo en el bar de la esquina. De nada.
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