Lo que el año nos dejó

Pedro B. Rey
La Nación Line - 28/diciembre/2003

Primera impresión, borrador inevitable, los balances permiten, pese a todo, trazar tendencias, rastrear los efectos de la crisis sobre lo que se escribe, destacar algunas buenas obras y algunos premios inesperadamente justos, despedir a escritores que sobrevivirán en sus libros. Aquí, las claves de estos doce meses que terminan

Algunos aspiran a los viajes intergalácticos. A otros les bastaría la invención del túnel del tiempo: así atestiguarían de primera mano que a Newton la manzana le dio de lleno en la cabeza o compartirían con Napoleón, en el desastre de Waterloo, un anacrónico cigarrillo rubio. La imaginación del crítico, puesto a escribir un balance sobre el año que termina, es mucho más pobre: se contentaría con una pócima que reedite el legendario 1922. Fue entonces, a pocos años de la Gran Guerra, cuando vieron la luz dos divisorias de aguas de la literatura moderna: el Ulises, de James Joyce, y La tierra baldía, de T. S. Eliot. Toda obra de arte se propaga con lentitud (basta pensar en Proust, Kafka, Musil, Gombrowicz), pero aquellas dos fueron excepcionales, en la prosa y la poesía, por su influencia e impacto inmediato. Cualquier crítico de entonces podía presentir que —aunque controvertidas, incomprendidas, vilipendiadas—, esas obras producían, minuto a minuto, una fisura perdurable en la literatura.
El año que termina no es 1922 (la exigencia, por desmesurada, es desleal), aunque el bosque editorial, con su profusión de páginas, bien podría estar tapando unos cuantos árboles con granadas de efecto retardatorio. W. G. Sebald, protagonista póstumo de este 2003, se negaba por ese exceso cuantitativo a leer autores contemporáneos. Al calor de las muchas páginas, del marketing y de una crítica que no le teme al superlativo, intuía que le era imposible corroborar la real valía de un autor.
Los balances no son, a pesar de todo, vanos: permiten una primera impresión, ir trazando tendencias en evolución, destacar algunos buenos libros, marcar la entrega de algunos premios inesperadamente justos, despedir a un puñado de escritores que sobreviven en sus libros. También reparar en los efectos perversos de una crisis que —entre otras cosas— dejó como legado la imposibilidad de muchas lecturas, incluyendo obras de escritores locales que se publican en el exterior y demoran en llegar a nuestro país.
¿La literatura argentina, después de la crisis de 2001, ha tomado alguna dirección novedosa? Nada es menos claro, aunque sí parece ahondarse una tendencia que venía detectándose desde hace un tiempo: el buceo en la memoria histórica, colectiva e individual. Los superficiales secretos de alcoba que prodigaban las novelas históricas dejaron lugar a una reflexión más profunda, variada y literaria.
Así como en el primer bienio de la década los relatos sobre la dictadura habían cobrado nuevo empuje y relieve desde una perspectiva diferente a la de los primeros años de democracia (de la que se cumplieron veinte años, como se cumplieron veinte años del Nunca Más), ahora la literatura parece abrirse también caminos hacia otros territorios de la memoria. El interés que despertó Ese manco Paz, de Andrés Rivera, es en ese sentido ejemplar. La historia del general José María Paz (personaje que parecía estar destinado desde hace tiempo a Rivera, terco indagador del pasado) y su contrapunto con Rosas tiene un punto saliente: en ningún momento pretende verosimilitud histórica. Su general Paz es imaginario y, sin embargo, mucho más concreto, de carne y hueso, que los personajes de tantos culebrones documentados hasta el tedio. Períodos menos explorados hacen también acto de presencia. Por ejemplo, el del peronismo clásico. Vuelo triunfal, de Miguel Vitagliano, y La lengua del malón, de Guillermo Saccomano, son dos de las obras que se internan, con mayor o menor fortuna, en ese período escasamente frecuentado por la literatura reciente.
Otros libros destacados en ese terreno —donde la memoria y sus nebulosas reconstrucciones ocupan un lugar preponderante— son La crítica de las armas, en que José Pablo Feinmann retoma al protagonista de su clásico La astucia de la razón, o textos donde la reminiscencia autobiográfica pasa a primer plano, como en Varia imaginación, de Silvia Molloy.
Esta inclinación puede corroborarse en otro ámbito: el revitalizado impulso de los libros de historia (La dictadura militar, de Marcos Novaro y Palermo, es un meticuloso, soberbio estudio del Proceso) y también en libros de corte periodístico, vástagos en clave menor del viejo y controvertido ensayo de interpretación nacional: Argentinos II, de Jorge Lanata, o Réquiem para un país perdido, recopilación de artículos de Tomás Eloy Martínez, miran hacia atrás, sin solemnidades, con el fin de entender qué somos al tiempo que intentan dar por tierra con viejas mitologías.
Un aparte se merece un libro, si se quiere, inclasificable. Se trata de La pasión y la excepción, de Beatriz Sarlo. En él, la autora de Una modernidad periférica intenta dilucidar las tensiones del pasado —específicamente las que confluyen en la década de los setenta— mediante un corte transversal que incluye a Evita, ciertas tramas de Borges y el secuestro y ejecución de Aramburu por parte de los Montoneros. El resultado es un análisis sin concesiones, no exento de una fuerte carga personal, de una Argentina que, bien mirada, ha dejado de existir.
No todo es memoria, por supuesto. A pesar de su título, El pasado, la esperada novela de Alan Pauls que semanas atrás obtuvo el Premio Herralde en España, tiene que ver con la amnesia y narra el virus de un amor que se niega a extinguirse. La hermana, de Paola Kaufmann, Premio Casa de las Américas, tiene como protagonista a un personaje de otras latitudes: la reclusa poeta norteamericana Emily Dickinson. No faltan los prolíficos. Aira continúa publicando, aquí y en el exterior, volviendo más compleja la tarea de rastrillaje de un corpus que se multiplica como una enredadera desaforada. Fogwill publicó una breve novela anómala (Runa), pero urbana, editada en España, todavía no dio noticias de vida por estas costas.
Guillermo Martínez ganó el Premio Planeta local con Crímenes imperceptibles, una trama matemático-policial que transcurre en la británica Oxford (este libro, primero en la lista de mejor vendidos, desmiente que las buenas ventas las garantice sólo un Paulo Coelho) y el novelista Marcelo Cohen se reveló con Realmente fantástico como un crítico original y estimulante. La hiperactiva poesía argentina dio a luz La edad dorada, de Diana Bellesi, La voz inútil, de Guillermo Saavedra, nuevos libros de Leonidas Lamborghini (Trento, Mirad hacia Domsaar) y una monumental antología bilingüe (Puentes/Pontes) en que confluyen argentinos y brasileños. También se vio el paso a la prosa de un bardo de las nuevas generaciones: Cosa de negros, de Washington Cucurto (seudónimo de Santiago Vega), con su lenguaje en que chisporrotean como cañitas voladoras el ritmo y los neologismos, abrió la literatura a un imaginario todavía virgen: el de la bailanta y sus mitos. La política de reediciones —a pesar de la ausencia de muchos libros necesarios, inconseguibles en las estanterías— no deja de decir algo sobre el estado actual de la literatura. A casi quince años de su muerte, se publicó la Obra completa de Héctor Viel Temperley, uno de los poetas más secretos de la Argentina, y la obra poética de Silvina Ocampo fue reeditada al cumplirse cien años de su nacimiento. También aparecieron el segundo tomo de las Novelas y cuentos de Osvaldo Lamborghini y un volumen con textos dispersos de Miguel Briante (Al mar y otros relatos), mientras siguen reeditándose de manera sistemática las obras de Juan José Saer (Lo imborrable, El río sin orillas) y de Juan Sasturain (Manual de perdedores), uno de los pocos cultores del policial vernáculo.
Los premios son un aspecto lateral, mundano de la literatura, pero parecen adquirir otra importancia cuando realmente logran dar en la tecla, algo que este año sucedió varias veces. El sudafricano John Maxwell Coetzee obtuvo el Nobel por sus lacónicas novelas en las que explora con amargura la vida en una Sudáfrica perseguida por el pecado original de su colonización bárbara de la que el apartheid fue sólo triste y torturada culminación. Buena prueba son los flamantes Juventud y En medio de ninguna parte. En el ámbito hispanoamericano el Cervantes fue para el gran poeta chileno Gonzalo Rojas; el Premio Rulfo lo recibió el brasileño Rubem Fonseca y el Príncipe de Asturias, abierto ahora a otras lenguas, fue para la norteamericana Susan Sontag y la marroquí Fátima Mernissi. Los premios de grandes editoriales fueron para Antonio Skármeta (Planeta de España) y para un mexicano poco conocido: Xavier Velasco (Alfaguara).
El panorama internacional tuvo, aunque por motivos que van más allá del valor literario, un acontecimiento notable. El quinto volumen de la serie de Harry Potter, cuya traducción castellana se anuncia para febrero del 2004, fue el libro más esperado y exitoso de 2003. Despertó una histeria digna de los Beatles. En Estados Unidos, la historia creada por J. K. Rowling vendió cinco millones de copias en un día. En Francia llegó a colocarse en el primer lugar de los libros más vendidos. No sería extraño, si no fuera porque la que ocupó ese puesto fue la edición original en inglés. La muerte del libro, según parece, no está cercana.
Sujetos a los caprichos de una importación y distribución demorada, y en algunos casos, inexistente, entre los libros extranjeros pueden destacarse algunas buenas novelas. La edición de Austerlitz (2000, en el original) nos entregó la última obra del ya nombrado Sebald, en la que por primera vez aborda de manera declarada, aunque con su particular estilo, una obra de ficción. De este autor fundamental de la última década, tempranamente fallecido en 2001, Anagrama acaba de publicar en España un libro basado en sus últimas conferencias: Sobre la historia natural de la destrucción.
Dos relatos nos devuelven intactos a dos grandes de la lengua inglesa. En Expiación, Ian Mc Ewan juega con el modelo de novela familiar al estilo de Jane Austen para llevar al lector a un final impredecible. Paul Auster volvió al ruedo con El libro de las ilusiones, donde figura un imaginario actor de cine mudo nacido en la Argentina, y acaba de publicar en Estados Unidos Oracle Night, de la que empiezan a llegar críticas excelentes. Se conocieron además obras de otros escritores centrales de la actual narrativa norteamericana. En Cosmópolis, Don DeLillo indaga el mundo de la burbuja financiera de los noventa a través de un viaje en una limusina que cruza Manhattan. De Philip Roth se tradujo un viejo libro autobiográfico (Patrimonio) y un libro de ensayos y entrevistas. Cuando ya no se la esperaba, recaló en librerías Middlesex, voluminosa novela de Jeffrey Eugenides, uno de los narradores más interesantes y menos prolíficos del país del Norte.
También debe celebrarse un logro tardío: la llegada de los últimos dos tomos de Una danza para la música del tiempo, la ópera magna de Anthony Powell (1905-2000), publicada entre los cincuenta y los setenta, y sólo ahora disponible en castellano. Comenzó a descubrirse a un muy buen autor francés, Pierre Michon (Vidas minúsculas), y volvió a la arena literaria un viejo maestro del nouveau roman, Alain Robbe-Grillet, con La reanudación.

Los adioses

Entre las despedidas del año, hubo alguna silenciosa. El nonagenario Maurice Blanchot se fue con pasos tan mudos como los de su propia literatura. Lo mismo sucedió con Augusto Monterroso, el guatemalteco que garabateó el relato más breve de la historia: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Manuel Vázquez Montalbán, creador del detective Pepe Carvalho, murió bajo el anónimo neón de un aeropuerto tailandés y el palestino Edward Said, brillante y polémico especialista en estudios culturales, fue finalmente derrotado por la leucemia. En el ámbito local, se lamentó la muerte de tres autores muy apreciados: María Esther de Miguel, Pedro Orgambide, Héctor Yánover y —en el ámbito de la historieta— Dante Quinterno, creador de Patoruzú.
Tal vez por sus escasos 50 años y la segura sospecha de que su carrera prometía muchas futuras felicidades, por su personalidad desbocada o su decisiva influencia en la nueva generación de narradores latinoamericanos, la muerte del narrador chileno Roberto Bolaño fue una de esas desapariciones que despierta, en dosis iguales, pena, furia y estupor. Los escritores jóvenes del continente, que sufre un neoboom desprolijo, demasiado atento a la velocidad de su difusión, necesitaban quizá más que nunca de la guía y proverbial generosidad de un escritor que supo esperar la madurez para publicar de manera regular. Dejó, como testamento, un libro breve y conmovedor: El gaucho insufrible.