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Best
sellers y literatura, vigencia de un debate |
César
Aira
La Nación Line - 28/diciembre/2003
Con
ironía y lúcido desprejuicio, el autor de Cumpleaños
revisa en esta nota el divorcio entre lo masivo y lo literario. El problema
no es que el arte de las letras sea minoritario, escribe, sino que quiera dejar
de serlo
Ante todo, y aunque más no sea para paliar un poco la habitual confusión
que reina en la materia, convendría hacer una diferencia entre dos usos
de la palabra best seller: el primero y más natural, el sentido
que podría decirse “etimológico”, es el del libro
más vendido. Sobre eso, obviamente, no hay nada que decir: cualquier
libro puede venderse más que otros, o más que todos los otros,
en determinado momento. Las circunstancias más diversas, la moda, la
actualidad, la casualidad, pueden llevar a ese resultado. El otro sentido, sobre
el que sí convendría reflexionar un poco, es el de best seller
como género específico: el libro, generalmente en forma de novela,
hecho con vistas al consumo de un público inmediato.
En realidad, ambos sentidos de la palabra pueden reconciliarse si afinamos un
poco la traducción. Best seller no es exactamente el más
vendido, sino el que se vende mejor. Porque no cuenta sólo la cantidad,
sino una cualidad capital de la venta: la velocidad. De ahí que sea erróneo
decir que los mayores best sellers son la Biblia y el Quijote.
Es cierto que esos libros se han vendido en incalculable cantidad (aunque en
el caso de la Biblia, para ser justos, habría que descontar
los ejemplares regalados con fines de evangelización), pero si la venta
se realiza a lo largo de mil años, o de quinientos, el negocio se diluye.
De modo que nos quedaríamos con una definición unificante del
best seller: el libro que se propone, y logra, ser vendido mucho y
rápido.
En esas condiciones, hablar del best seller equivaldría a hacerlo
sobre cualquier otro producto. Pero hay otra consideración del asunto,
la realizada en los términos más estrictamente literarios, que
sí puede tener interés.
Los términos literarios, conviene aclararlo, no son los términos
morales con los que por lo general se trata del best seller. El moralismo,
que al hablar del best seller desemboca bien pronto en la alarma, es
totalmente injustificado aquí. La literatura siempre ha sido una actividad
minoritaria, por más que hagan los escritores o los editores. Es difícil,
en realidad, ver qué ganarían los escritores si su actividad dejara
de ser minoritaria; y esa fantasía sí contiene motivos de alarma,
al pensar a expensas de qué podría darse la ampliación
social de la literatura.
El best seller es la idea, que fructificó en países del
área angloparlante, de hacer un entretenimiento masivo que usara como
“soporte” a la literatura. Es algo así como literatura destinada
a gente que no lee, ni quiere leer, literatura (y a la que no hay que reprocharle
nada, por supuesto; sería como reprocharle su abstención a gente
que no quiere practicar caza submarina; además, entre la gente que no
se interesa en la literatura se cuenta el noventa y nueve por ciento de los
grandes hombres de la humanidad: héroes, santos, descubridores, estadistas,
científicos, artistas; la literatura es una actividad muy minoritaria,
aunque no lo parezca). El best seller es material de lectura para gente
que, si no existiera ese material, no leería nada. De lo que se deduce
lo injustificado de las alarmas. Creer que alguien pueda dejar de leer a Henry
James para leer a Harold Robbins es una ingenuidad; si no existiera Harold Robbins,
sus lectores vacantes no leerían a Henry James; no leerían nada,
simplemente.
La reflexión a que invita el best seller es otra. Estas novelas
fáciles y masivas son el precipitado perfecto para hacer visible eso
tan misterioso que es la literatura propiamente dicha, lo literario de la literatura.
Al presentar un producto símil literario químicamente “limpio”
de literatura, el best seller es un invalorable detector de lo literario.
Veamos algunas de las diferencias significativas.
El libro literario siempre es parte de una biblioteca. Aislado, vale muy poco
en términos de placer y saber. El símbolo genuino del aficionado
a la literatura no es el libro, sino la biblioteca. Y eso se debe a que la literatura
hace sistema. Si uno lee, digamos, Las alas de la paloma, y le gusta,
lo más probable es que lea otros libros de Henry James, y cuando se le
terminen leerá sus cartas, prólogos, conferencias, una biografía,
por ejemplo la de Leon Edel, y de ahí pasará a los contemporáneos
de James, a sus discípulos o maestros, a Flaubert, Turguéniev,
The Ring and the Book, Proust... en círculos concéntricos
que terminarán abarcando la literatura entera.
En cambio, si uno lee un best seller, por ejemplo una novela sobre
el contrabando de material radiactivo en el Báltico, y le gusta, aunque
sea el libro que más le ha gustado en su vida, es muy improbable que
uno sienta deseos de leer otra novela sobre contrabando de material radiactivo
en el Báltico, ni siquiera otra novela sobre material radiactivo, o sobre
contrabando, o sobre el Báltico. Recordará esa lectura como un
momento placentero, y ahí se termina la historia. Y en cuanto al autor,
¿quién es el autor de ese libro? En el género best
seller importa más el libro que su autor (y aquí descubrimos,
por contraste, que en la literatura sucede lo contrario).
Esta es una de las ventajas del best seller, una de sus ventajas de
mercado, podría decirse: que se presenta autónomo, seductor en
sí mismo. Para alguien no interesado en la literatura que deba hacer
un tedioso viaje en tren, o sufra de gripe y no pueda trasladar el televisor
al dormitorio, ¿qué mejor que una novela de éstas? Una
novela llamada Rehenes en la catedral, por ejemplo, no necesita nada
más para atraer al lector, que de entrada puede imaginárselo todo:
el grupo terrorista con su líder, su psicópata, su dubitativo
y su chica, las beatas asustadas, el obispo mediador, las tropas rodeando el
templo, el periodista audaz... En cambio un libro llamado Las alas de la
paloma es una pura apuesta, un understatement para universitarios,
un enigma de muy prolongada resolución. (A la inversa, aquí está
también una de las virtudes de la literatura: constituir una promesa
de lecturas inagotables para toda la vida, la entrada a la auténtica
Biblioteca de Babel).
Pero la piedra de toque en la diferencia entre best seller y literatura
es la sinceridad. De un lado, están los usos directos y veraces de la
palabra, el transcurso utilitario del verbo en la sociedad: aquí confluyen
los “Buenos días”, “Te amo”, “Paso a buscarte
a las ocho”, y el best seller. Del otro lado, ese peculiar cuestionamiento
de la significación al que llamamos Literatura. La incompatibilidad es
absoluta. La literatura es falaz en dos planos: usa una palabra cuyo valor de
cambio deja de ser su sentido directo, y pone en escena el teatro de ese uso
perverso. El best seller es simétricamente veraz en dos planos:
dice lo que quiere decir, y lo ofrece como lo que es.
Ahora bien: la literatura, que es experimentación, podría hacer
el experimento de practicar una escritura totalmente sincera, no más
acá sino más allá de su falacia constitutiva. De ese modo,
dando una vuelta completa, podría dar un aceptable simulacro de best
seller. Ese experimento fue hecho hace unos años, y con excelente
resultado: El amante, de Marguerite Duras.
Con El nombre de la rosa, de Umberto Eco, sucedió algo distinto,
y bastante más aleccionador. Esta novela es un genuino best seller
del principio al fin; para empezar, es totalmente sincero, como que el autor
es un reputado catedrático, profesional de la expresión exacta
de su pensamiento. Pero además, ilumina dos precisos contrastes entre
best seller y literatura: el primero de ellos es la intención.
La literatura siempre es una intención desviada; el best seller,
una intención realizada. El mismo Eco lo declaró: se propuso hacer
“una novela policial que se desarrollara en un monasterio del siglo XII”.
La verdadera literatura resulta en comparación un laberinto de propósitos
fallidos y resultados inesperados. ¿Qué se propuso Cervantes al
escribir el Quijote, Byron el Don Juan, Kafka La metamorfosis?
Por cierto que sus intenciones no cabrían, aun cuando pudieran expresarse
de modo claro (¡aun cuando existieran!), en una límpida frase satisfecha
como la de Eco. El best seller es “un sueño realizado”,
mientras que la literatura es un sueño en proceso; y es un sueño
realizado también en cuanto hace realidad el sueño de los escritores
de ser ricos, detalle que la publicidad no deja de destacar.
El segundo contraste está en la mathesis, el saber o la información
incorporados a la novela. En la literatura, este saber siempre ha sido grande,
pero siempre ha estado desvalorizado al subordinarse a un mecanismo artístico,
en el que la verdad es sometida a una perspectiva. El saber abundante que vehiculiza
El nombre de la rosa no está desvalorizado en absoluto, muy
por el contrario, está resaltado por la amenidad y el buen didactismo.
Tanto, que esta novela podría ser ideal para quien quisiera iniciarse
en el estudio de la cultura medieval. Lo mismo sucede con todo best seller
bien hecho. (Por ejemplo, las siguientes novelas de Eco.)
Con lo que podemos terminar denunciando otro equívoco frecuente, el de
quienes afirman que el best seller es un atentado contra la cultura.
Todo lo contrario. Leyéndolos se aprende de historia, de economía,
de política, de geografía, siempre a elección y en forma
entretenida y variada. Mientras que leyendo genuina literatura no se adquiere
más que cultura literaria, que es la más inefectiva de todas.
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