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El
fuego de los libros |
Eduardo González Viaña*
Homenaje
a editores, bibliotecarios, libreros y autores en la semana del libro (23–30
de abril del 2002)
En Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, una dictadura mundial
—necia como cualquier otra dictadura— ordena que se quemen todos
los libros del planeta. A partir de la supuesta comprobación de que los
libros hacen infelices a los hombres, ejércitos de bomberos incendiarios
recorren las bibliotecas, saquean las casas y prenden fuego a todos los volúmenes
escritos hasta que no quede uno solo.
Sin embargo, los resistentes —un grupo de heroicos lectores— se
encargarán de memorizar lo destruido. Un hombre será La Ilíada,
una mujer se convertirá en La divina comedia, otros se aprenderán
al pie de la letra El Quijote, Robinson Crusoe o las tragedias de Shakespeare.
Por fin, su terquedad indómita salvará lo mejor que ha creado
la especie humana: el libro, y contribuirá a la caída de los tiranos,
porque los pueblos que conservan la memoria nunca pierden su libertad para siempre.
Ni parábola ni ficción. No para nosotros, que hemos soportado,
a través de los siglos, la extirpación de idolatrías, los
crímenes de la Santa Inquisición, el saqueo de las bibliotecas,
la censura, la quema de novelas o el argumento fascista, repetido con disimulo,
de que ciertos libros pueden ser muy peligrosos para la salud espiritual de
nuestro pueblo.
El argumento de Bradbury es, por otro lado, mera repetición de una historia
verdadera en el caso del Popol Vuh. Como se sabe, la barbarie de los
colonizadores los condujo a destruir, hasta en su última copia o vestigio,
el libro sagrado de los maya-quichés, y sin embargo, un sacerdote de
aquella cultura memorizó la obra de sus antepasados y utilizó
el idioma y la escritura de los conquistadores para convertirla en eterna. En
el marco de una Feria Internacional del Libro, algunas personas me preguntaron
si creo que el libro está destinado a desaparecer. En realidad, querían
que yo lo creyera. La magia de las comunicaciones electrónicas, según
ellos, habría tornado innecesario al papel escrito. La modernidad, aseguraban,
llegaría hasta una humanidad feliz, ágrafa y desprovista de bibliotecas.
Cuando me lo dijeron, recordé en silencio que también se había
asegurado aquello ante el auge de la televisión, y que lo mismo había
pasado con el cine y con la radio toda vez que las comunicaciones audiovisuales
han decretado, varias veces y con la misma mala suerte, la muerte de un demonio
que se resiste a morir. Si vamos más atrás, la imprenta de Gutenberg
también fue considerada, en su tiempo, como la sepulturera del libro
en la creencia de que suprimiría a los calígrafos, o sea a los
escritores. Y por fin, al aparecer la gramática de Nebrija, muchos autores
se rebelaron contra ella aduciendo que los espacios entre palabra y palabra,
al igual que los puntos y las comas, restarían autenticidad al texto
y lo liquidarían. Hasta entonces, como ustedes saben, cada autor leía
su obra con sus propias pausas, e incluso con una entonación particular.
No, el libro no va a morir. Es más: además de no morir, el libro
puede salvarnos de la muerte. Pensemos en el Pueblo del Libro, los judíos.
Veámoslos caminar cuarenta años a través del desierto y
miles por en medio de sus verdugos. Las cuchillas del faraón, la lanza
del babilonio, el hacha de los romanos, la crueldad de Europa y la locura homicida
de Hitler han caído sobre ellos de manera incesante, pero nadie ha logrado
detener a un pueblo que se siente obligado a ser eterno mientras camina fascinado
detrás de aquellos que llevan el Libro. En el principio era el Verbo,
proclama el evangelio de Juan. "Y el Verbo era la Luz Verdadera que alumbra
a todo hombre que viene a este mundo". Y este texto tiene muchas lecturas,
tantas como el tiempo que le quede a nuestra especie, porque el Verbo es el
Hijo, pero también es la palabra, y a todos cuantos lo recibimos nos
da el poder de ser hombres porque su fuego nos humaniza y sus páginas
hacen que llegue a ti y a ellos, y a quienes vengan mañana, esta mi alma
prisionera. ![]()
*Catedrático y Literato peruano (radicado en Salem, Oregon, EU), ha obtenido innumerables reconocimientos por sus obras, como el Premio Latino de Literatura 2001 y el Premio Internacional de Cuento 'Juan Rulfo', el galardón para relato corto más importante de nuestra lengua. Su obra Los sueños de América (Alfaguara, 2000 y 2001), ha estado entre los primeros lugares de libros en español en los Estados Unidos.