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El
problema de la comprensión lectora |
Nora
Patricia Olarte Ortega
En la revista Correo del Maestro, Núm.23, abril 1998, pp. 7-8
Sin
duda uno de los problemas que más preocupa a los profesores de cualquier
nivel es el de la comprensión lectora; frecuentemente se preguntan cómo
enseñar a los alumnos a comprender lo que leen.
Durante la última década tanto maestros como especialistas se
han propuesto encontrar, desde una perspectiva crítica, nuevas estrategias
de enseñanza basadas en el mejor entendimiento de los procesos involucrados
en la comprensión de la lectura para incorporarlos al marco teórico
que utilizan para enseñarla.
Así, el interés por la comprensión lectora sigue vigente,
aun cuando este fenómeno se creía agotado, sobre todo en la década
de los años 60 y 70 en que algunos especialistas consideraron que la
comprensión era resultado directo del descifrado: si los alumnos eran
capaces de denominar las palabras, la comprensión por ende, sería
automática. Sin embargo, a medida que los profesores guiaban más
su actividad a la decodificación, fueron comprobando que la mayoría
de los alumnos no entendían lo que leían.
También la actividad lectora se vio reducida a que los maestros hicieran
preguntas literales sobre el contenido de un texto, creyendo que con ello los
alumnos lograba asimilar la lectura. En consecuencia, no se permitía
que los niños se enfrentaran al texto utilizando sus habilidades de lectura,
inferencia, y análisis crítico, lo que condujo más tarde
a que los maestros consideraran que el hacer preguntas era más una manera
de evaluar que de enseñar a comprender.
En la década de los 70 y 80 los investigadores, tanto de la enseñanza
como de la psicología y la lingüística, teorizaron acerca
de cómo comprende el sujeto. Es a través de ellos que actualmente
se concibe el fenómeno de la comprensión como un proceso a través
del cual el lector elabora un significado en su interacción con el texto
(Anderson y Pearson, 1984 citado en Cooper 1990 p.17). La comprensión
es entonces el intercambio dinámico en donde el mensaje que transmite
el texto es interpretado por el lector, pero a su vez el mensaje afecta al sujeto
al enriquecer o reformular sus conocimientos. De ahí que la interacción
entre el lector y el texto sea el fundamento de la comprensión, ya que
en el proceso de comprender el lector relaciona la información que le
es presentada con la información que tiene almacenada en su mente. Este
proceso de relacionar información nueva con la antigua es, por tanto,
el proceso de la comprensión.
Los estudios realizados por Bransford y Johnson tienen como tesis que la capacidad
de comprender símbolos lingüísticos está basada no
sólo en el conocimiento del lenguaje por parte del que comprende sino
también en su conocimiento general del mundo (Bransford y Johnson 1973-90
citado en Valle, F., Cuetos, F., Igoa, J.M y del Viso S. P. 229).
Sus trabajos sobre la comprensión lingüística mostraron que
no se podían procesar los estímulos lingüísticos sin
considerar las experiencias del mundo con las que cuenta el sujeto, como lo
son las inferencias, de tal manera que éstas son consideradas como esquemas
de conocimiento para obtener información, sin que por ello una inferencia
sea una justificación. Más bien, las inferencias y las justificaciones
son complementarias a la comprensión porque implican una deducción.
Las inferencias son actos fundamentales de comprensión, pues hacer muchas
de ellas la implican; cuanto más inferencias se hagan, mejor se comprenderá
un texto. La comprensión vista así, es activa, pues el lector
no puede evitar interpretar y modificar lo que lee, de acuerdo con su conocimiento
previo sobre el tema. Sin embargo, no significa que el lector tenga que generar
todas las inferencias posibles porque entonces se perdería el mensaje
del autor, más bien el lector cuenta con un sistema para organizarlas.
Dicho sistema se basa, al parecer, en el concepto de buena forma, esto es, que
aquello que no incluye el texto, el lector tiene permitido añadirlo.
Por tanto, no se puede considerar que alguien ha comprendido un texto, por el
hecho de que sea capaz de repetir los elementos del mismo de memoria. Se comprende
un texto cuando se pueden establecer conexiones lógicas entre las ideas
y éstas se pueden expresar de otra manera.
De acuerdo con lo anterior, la comprensión lectora se entiende como un
proceso en el cual se emplean las claves dadas por el autor y el conocimiento
previo que la persona posee para inferir el significado presentado por aquel.
Bransford y Johnson, Sanford y Garrod (1973/90) han concluido ciertos puntos
medulares para tener acceso a la comprensión lectora: el conocimiento
general del mundo (conocimiento previo), el uso de inferencias, el papel del
contexto, y el funcionamiento de procesos mentales que conllevan a la comprensión
y retención de información, memoria/recuerdo.
Si queremos que nuestros alumnos se conviertan en constructores de significado,
en lugar de lectores pasivos de textos que transfieren únicamente la
información, es necesario cambiar la forma de enseñar la comprensión
lectora. Para ello debemos modificar nuestras prácticas de clase a través
de diversas estrategias:
1. Presentar a los niños textos completos, no fragmentados.
2. Proponer actividades después de la lectura de cualquier texto, para
que los niños cuenten con alternativas para construir significados mediante
el dibujo, la escritura o la representación teatral.
3. Poner en contacto a los niños con una amplia variedad de textos.
4. Apoyar a los niños cuando traten de construir el significado de los
textos.
5. Planear actividades que aprovechen las relaciones entre la lectura y otras
formas del lenguaje.
6. Aceptar las respuestas e interpretaciones individuales.
7. Ayudar a los niños a que utilicen la lectura para aprender cosas sobre
ellos mismos y su mundo.
En la medida que hagamos hincapié en las estrategias anteriores, haremos
de la lectura un proceso constructivo orientado por la búsqueda de significados
(Pearson y Johnson 1978). ![]()