Poder leer

Fuente: literatura.elbajio.com


Acepto que el primer año, la vida se despliega a través de la mirada como un paisaje por descubrir, y al mismo tiempo conocido; pero todas las cosas, las caras y los colores encuentran su significado y su símbolo hasta que son nombradas. En ese mismo primer año hacemos sin letras una lectura del mundo y de los afectos, de los sabores y del llanto, pero en cuanto asimilamos que todas las sensaciones y que todos los objetos van asignados a los sonidos de las sílabas y a los colores consonantes, nuestra lectura inicia un enrevesado juego de dualidades que equilibra sincronicidades y divergencias, alegrías y quebrantos.
Cuando todo esto pasa al papel, a las letras, a esos símbolos que hacen visibles a las vocales que pronunciamos y escuchamos, nuestra lectura del mundo se multiplica y la mirada se vuelve infinita. Veo porque leo.
Ver al mundo leyéndolo es imaginar al Corsario Negro porque nos lo han leído, o soñar el bosque intemporal del deseo por el solo hecho de haber recorrido sus párrafos. Leo lo que veo: lo supo Joseph Conrad, que ejerció el oficio de escritor con “el empeño de intentar a través de la palabra escrita que los lectores escuchen, hacerlos sentir, pero por encima de todo, hacerlos ver”. Lo sabe también el poeta Francisco Hernández, que tiene envuelta en la tinta de sus versos toda la geografía de Veracruz, que habla de plantas que sólo he visto en poema y de miradas que no se pueden ya ver. Veo lo que leo con la esperanza asegurada de que cada vez que se lea la palabra embarcación, alguien imagine que se hace a la mar; de que cada vez que deletreo calor, vuelvo a sentir su definición y leo lo que veo porque cada tarde que volteo hacia la punta de una araucaria no puedo evitar la sombra que emana del conjunto de sus sílabas.
Joseph Conrad escribió para hacernos ver; Francisco Hernández escribe para confirmarnos que sólo es cosa de abrir los ojos, oler con todos los poros del cuerpo y acariciar con las manos que nos hacen falta para entender mejor a las mujeres que no han conjugado de verdad la palabra amor, a los ancianos que no pudieron pedir perdón, a los músicos de locura genial o a las noches que pasan sin encontrar un adjetivo fijo. Creemos ver, pero sólo leyéndonos optamos a una mejor posibilidad para justificarnos. Creemos ser alguien o imaginamos decir algo, pero sólo quedamos definidos o contentos con lo dicho en la medida de su legibilidad.
Vemos porque leemos y en esa constante mirada que conjuga lo imaginado con lo recordado se cuadricula y comprende lo que nos rodea. Vemos porque leemos y la vida se vuelve la conjugación continua de significados y definiciones, descubrimientos y confirmaciones. Vemos porque leemos los diccionarios personales que confeccionamos para entendernos a nosotros mismos y a los demás, esas íntimas enciclopedias que armamos desde el primer año para orientarnos por entre los enigmas de cualquier paisaje que absorba nuestra mirada.
A veces quedamos atrapados en el diccionario de la desolación o de la desesperanza. Confundimos episodios efímeros con debacles definitorias o detalles desagradables como si fuesen fatalidades incorregibles; la confusión nos hace sentir que un grito es sinónimo de odio, que unas horas de ausencia equivalen al abandono de meses o que un simple olvido es aviso de amnesia total. Otras veces abusamos del diccionario de nuestro optimismo inventado y generamos otras confusiones donde la relación temporal parece la felicidad plena, la euforia que cabe en un racimo con doce uvas se vuelve espejo de doce meses de gozo intachable o el mínimo instante de un buen deseo queda congelado como un abrazo inolvidable.
Veo que pasan los años porque leo mis canas, la intemporalidad de mis afectos y el tiempo irrevocable con el que crecen mis hijos. Leo que los años son como una vista de mar porque veo que las olas son interminables, rítmicas e incomprensibles. Leo que los años llegan como un remanso en medio de una conversación porque veo que pasan las horas en silencio, entre las páginas de los libros y las sombras del atardecer. Veo que cada año es como el primer año y se vuelven a definir las palabras, los rostros y las cosas porque leo que un año es una página de un libro que no termina de escribirse, porque se escribe con cada lectura, porque se lee con cada nuevo renglón, porque se disuelve en el olvido.
Creo en el poder de la lectura porque me consta que es el mejor vehículo para viajar por el mundo, porque es el mejor espejo de la memoria de todos los hombres y porque es un ejercicio que se vuelve arte interminable. Poder leer es un derecho que es deber, un placer obligatorio que debería ser siempre más contagioso. Poder leer es un guiño que distingue porque diferencia, un don que separa y une, un silencio ruidoso y una imaginación compartida. Poder leer revela a quienes saben mirar al mundo y verse a sí mismos, hablarle a las masas o murmurarse sus propios errores. El poder de la lectura es entonces una ventana para ver, un oleaje de reflexión, un instante de memoria… una justificación de tiempo.
Uno recibe al año nuevo como si fuera el primer año. Lo leo y sus números remiten a una odisea cinematográfica, confirman un galimatías matemático y recuerdan una infancia donde 2001 era sinónimo de un tiempo muy remoto y distante. Recibo al año nuevo agradecido de poder leer, leerlo y leerme. Deseo que todo lector de estas líneas asuma el contagio terapéutico de las letras: no se me ocurre mejor receta para recorrer el milenio que termina y mirar hacia el siglo que ahora inicia. Abro los ojos y veo un libro: leo que es mejor manera para iniciar otro año, como si fuese el primero, con las mejores palabras que se puedan oír, sentir, ver… leer.