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Los
derechos imprescindibles del lector |
Daniel
Pennac
Como una novela. Norma. Bogotá, 1996. pp.143-168
El
derecho a no leer
Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos
a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos —y
en este caso con el derecho a no leer—, sin lo cual no se trataría
de una lista de derechos sino de una trampa viciosa.
Para comenzar, la mayoría de los lectores se conceden a diario el derecho
a no leer. Mal que le pese a nuestra reputación, entre un buen libro
y una mala película de televisión, la segunda sale ganando con
más frecuencia de lo que nos gustaría confesar. Y además
nosotros no leemos de continuo. Nuestros períodos de lectura alternan
a menudo con largas dietas durante las cuales basta la visión de un libro
para despertar las miasmas de la indigestión.
Pero lo más importante está en otra parte.
Estamos rodeados de cantidad de personas del todo respetables, a veces graduadas
en la universidad, incluso “eminentes” —de las cuales algunas
hasta poseen excelentes bibliotecas—, pero que no leen, o leen tan poco
que nunca se nos ocurriría la idea de ofrecerles un libro. No leen. Sea
porque no sienten la necesidad, sea porque tienen muchas otras cosas que hacer
(pero viene a ser lo mismo; es que esas otras cosas los colman o los obnubilan),
sea porque alimentan otro amor y lo viven con una exclusividad absoluta. En
resumen, a esas personas no les gusta leer. Y no por eso dejan de ser muy frecuentables,
incluso deliciosas de frecuentar. (Al menos no nos piden de continuo nuestra
opinión sobre el último libro que leímos, nos ahorran sus
reservas irónicas sobre nuestro novelista preferido y no nos consideran
retardados por no habernos precipitado sobre la última de Fulano, que
acaba de salir, editada por Mengano, y de la cual el crítico Zutano ha
dicho lo mejor.) Son tan “humanos” como nosotros, sensibles también
a las desdichas del mundo, preocupados por los “derechos humanos”
y comprometidos a respetarlos dentro de su esfera de influencia personal, lo
que ya es mucho —pero ahí está, no leen. Allá ellos.
La idea de que la lectura “humaniza al hombre” es justa en su conjunto,
a pesar de que existen algunas excepciones deprimentes. Se es sin duda un poco
más “humano”, si entendemos por eso un poco más solidario
con la especie (un poco menos “fiera”), después de haber
leído a Chejov que antes.
Pero cuidémonos de flanquear este teorema corolario según el cual
todo individuo que no lee debería ser considerado a priori como un bruto
potencial o un cretino rehibitorio (sic). Si lo hacemos convertiremos la lectura
en una obligación moral, y éste es el comienzo de una escalada
que nos llevará rápidamente a juzgar, por ejemplo la “moralidad”
de los libros mismos, en función de criterios que no tendrán ningún
respeto por esa otra libertad inalienable: la libertad de crear. A partir de
ese momento la bestia seremos nosotros, por más lectores que seamos.
Y Dios sabe que bestias de esta especie no faltan en el mundo.
En otras palabras, la libertad de escribir no podría acomodarse a
la obligación de leer.
El deber de educar, por su parte, consiste en el fondo en enseñar a leer
a los niños, en iniciarlos en la literatura, en darles los medios para
juzgar si sienten o no la “necesidad de los libros”. Puesto que
si bien se puede admitir sin problema que un particular rechace la lectura,
es intolerable que sea —o que se crea— rechazado por ella.
El derecho a saltarse las páginas
Leí La guerra y la paz por primera vez a los doce o trece años
(más bien a los trece, estaba en quinto y bastante adelante). Desde el
comienzo de las vacaciones, las largas, veía a mi hermano (el mismo de
Vinieron las lluvias) internarse en esta novela enorme, y su mirada
se volvía tan lejana como la del explorador que desde hace siglos ha
perdido la preocupación por su tierra natal.
—¿Es tan estupenda?
— ¡Formidable!
—¿Qué es lo que cuenta?
—Es la historia de una chica que ama a un tipo y se casa con un tercero.
Mi hermano siempre ha tenido el don de resumir. Si los editores lo contrataran
para redactar sus textos de contraportada (esas patéticas exhortaciones
a leer que se pegan al dorso de los libros), nos ahorrarían bastante
palabrería inútil.
—¿Me la prestas?
—Te la doy.
Yo estaba interno, ése era un regalo inestimable. Dos gruesos volúmenes
que me mantendrían entusiasmado durante todo el trimestre. Cinco años
mayor que yo, mi hermano no era del todo idiota (y por lo demás tampoco
se ha vuelto) y sabía a ciencia cierta que La guerra y la paz
no podía reducirse a una historia de amor, por bien elaborada que fuera.
Sólo que conocía mi gusto por los incendios del sentimiento y
sabía despertar mi curiosidad mediante la formulación enigmática
de sus resúmenes. (Un “pedagogo, en mi opinión.) Estoy convencido
que fue el misterio aritmético de su frase el que me hizo cambiar temporalmente
mis Bibliotheque verte, rouge et or y demás Signes de piste
para meterme en esta novela. “Una chica que ama a un tipo y se casa con
un tercero”... no veo quién se hubiera podido resistir. De hecho
no quedé decepcionado aunque se equivocó en sus cuentas. En realidad
éramos cuatro los que amábamos a Natacha: el príncipe Andrés,
ese granuja de Anatol (pero ¿se puede llamar a eso amor?), Pedro Bezujov
y yo. Como yo no tenía la menor posibilidad, me resultó forzoso
identificarme con los otros. (Pero no con Anatol, ¡un verdadero cabrón
el tipo ése!)
Lectura tanto más deliciosa en la medida en que se efectuaba durante
la noche, a la luz de una linterna de bolsillo y bajo la colcha colocada como
una tienda de campaña en medio de un dormitorio de cincuenta soñadores,
roncadores y otros pataleadores. La habitación del vigilante en la que
crepitaba la lamparilla estaba al lado, pero qué, en el amor siempre
es el todo por el todo. Todavía hoy siento el volumen y el peso de aquellos
libros en mis manos. Era la versión de bolsillo, con esa linda cara de
Audrey Hepburn a la que miraba embelesado un Mel Ferrer principesco con pesados
párpados de muchacho enamorado. Me salté las tres cuartas partes
del libro por no interesarme más que el corazón de Natacha. Compadecí
a Anatol, incluso, cuando le amputaron la pierna, maldije a ese bestia del príncipe
Andrés por haberse quedado parado frente a ese cañón, en
la batalla de Borodino... (“Pero tírate al suelo, por Dios, que
va a explotar, no puedes hacerle eso, ¡ella te ama!”) Me interesé
en el amor y en las batallas y me salté los asuntos políticos
y las estrategias... Seguí muy de cerca los sinsabores conyugales de
Pedro Bezujov y de su esposa Helena (nada simpática, Helena, de verdad
no la encontré simpática...) y dejé a Tolstoi disertando
solo sobre los problemas agrarios de la Rusia eterna...
Me salté muchas páginas, de veras.
Y todos los muchachos deberían hacer otro tanto.
De esta manera podrían ofrecerse muy temprano casi todas las maravillas
que se consideran inaccesibles para su edad.
Si tienen ganas de leer Moby Dick, pero se desaniman ante los desarrollos
de Melville sobre el material y las técnicas de la pesca de ballenas,
no es menester que renuncien a su lectura sino que salten, salten sobre esas
páginas y, sin preocuparse del resto, persigan a Ahab como él
persigue su blanca razón para vivir o para morir. Si quieren conocer
a Iván, Dimitri y Aliocha Karamazov y a su increíble padre, que
abran y lean Los hermanos Karamazov, es para ellos, incluso si tienen
que saltarse el testamento del starets Zósimo o la leyenda del
Gran Inquisidor.
Un gran peligro les acecha si no deciden por ellos mismos lo que está
a su alcance y se saltan las páginas que ellos escojan: otros lo harán
en su lugar. Se armarán con las grandes tijeras de la imbecilidad y recortarán
todo lo que consideren demasiado “difícil”. Eso produce resultados
espantosos. Moby Dick o Los miserables reducidos a resúmenes
de 150 páginas, mutilados, chapuceados, encogidos, momificados, reescritos
en un lenguaje famélico que se supone que sea el suyo. Un poco como si
yo me pusiese a redibujar Guernica con el pretexto de que Picasso habría
metido allí demasiados trazos para un ojo de doce o trece años.
Y además incluso cuando hemos crecido, y hasta si nos repugna confesarlo,
nos ocurre todavía que nos “saltemos páginas”, por
razones que no nos conciernen más que a nosotros y al libro que leemos.
Es posible también que nos lo prohibamos del todo, que leamos hasta la
última palabra, juzgando que aquí el autor da largas, que aquí
toca un aire de flauta medio gratuito, que en tal lugar cae en la repetición
y en tal otro en la tontería. Digámonos lo que nos digamos, este
disgusto testarudo que entonces nos imponemos no pertenece al orden del deber,
es una categoría de nuestro placer de lector.
El derecho a terminar un libro
Hay treinta y seis mil razones para abandonar una novela antes del final: la
sensación de que ya le hemos leído, una historia que no nos agarra,
nuestra desaprobación total de la tesis del autor, un estilo que nos
eriza el cabello, o por el contrario una ausencia de escritura a la que ninguna
otra razón compensa para que justifique ir más lejos... Inútil
enumerar las otras 35995, entre las cuales sin embargo hay que colocar una caries
dental, las persecuciones de nuestro jefe de departamento o un cataclismo del
corazón que petrifica nuestra cabeza.
¿El libro se nos cae de las manos?
Que se caiga.
Después de todo, no cualquiera es Montesquieu para poder ofrecerse por
encargo el consuelo de una hora de lectura.
Sin embargo, entre nuestras razones para abandonar una lectura, hay una que
merece que nos detengamos un poco: el vago sentimiento de una derrota. Abrí,
leí, y muy rápido me sentí hundido por algo más
fuerte que yo. Reúno mis neuronas, me peleo con el texto, pero nada que
hacer, por más que tenga el sentimiento de lo que está escrito
allí merece ser leído, no pesco nada —o casi nada—,
siento una “extrañeza” que no me ofrece asidero.
Lo dejo.
O más bien lo pongo a un lado. Lo coloco en mi biblioteca con el proyecto
vago de volverlo a tomar algún día. Petersburgo de Andrei
Bielyi, Joyce y su Ulises, Bajo el volcán de Malcolm
Lowry me esperaron varios años. Hay otros que todavía me esperan
y es probable que a algunos de ellos no los vuelva a tomar nunca. Eso no es
un drama, así es. La noción de “madurez” es un asunto
curioso en materia de lectura. Hasta cierta edad no tenemos la edad para ciertas
lecturas, está bien. Pero, al contrario de las nuevas botellas, los buenos
libros no envejecen. Nos esperan en las estanterías y somos nosotros
quienes envejecemos. Cuando nos creemos con suficiente “madurez”
para leerlos, empezamos de nuevo.
Y entonces de dos cosas una: o el encuentro ocurre o es un nuevo fiasco.
Quizás lo intentemos de nuevo, quizás no. Pero claro que no es
culpa de Thomas Mann el que hasta ahora yo no haya podido alcanzar la cima de
su Montaña mágica.
La gran novela que se nos resiste no es necesariamente más difícil
que la otra... hay allí, entre ella —por grande que sea—
y nosotros —por aptos para “comprenderla” que nos consideremos—
una reacción química que no funciona. Un buen día simpatizamos
con la obra de Borges que hasta entonces nos tenía a distancia, pero
seguiremos toda la vida ajenos a la de Musil...
Aquí la elección está en nuestras manos: o pensamos que
es culpa nuestra, que nos falta una casilla, que abrigamos una parte de tontería
irreductible, o nos ponemos del lado de la noción muy controvertida del
gusto y buscamos dibujar el mapa de los nuestros.
Es prudente recomendar a nuestros muchachos esta segunda solución.
Tanto más cuanto ella puede ofrecerles ese escaso placer de leer comprendiendo
por fin por qué no nos gusta. Y este otro escaso placer: escuchar sin
emoción al pedante en turno chillarnos en el oído:
—¿Pero cómo es posible que no le guste Stendhaaaaal?
Es posible.
El derecho a releer
Releer lo que había rechazado antes, releer sin saltarse una línea,
releer desde otro ángulo, releer para verificar, sí... nos concedemos
todos estos derechos.
Pero releemos sobre todo gratuitamente, por el placer de la repetición,
la alegría de los reencuentros, la puesta a prueba de la intimidad.
“Otra vez, otra vez” decía el niño que fuimos... Nuestras
relecturas de adultos tienen que ver con ese deseo: encantarnos con la permanencia
y descubrirla todas las veces rica en nuevas maravillas.
El derecho a leer cualquier cosa
A propósito del “gusto”, ciertos de mis alumnos sufren mucho
cuando se encuentran frente a la archiclásica disertación ¿Se
puede hablar de novelas buenas y malas? Como detrás de su “yo
no hago concesiones” son más bien gentiles, en lugar de abordar
el aspecto literario del problema, lo miran desde un punto de vista ético
y no tratan el problema sino desde el ángulo de las libertades. De golpe
el conjunto de sus tareas podría resumirse en esta fórmula: “Claro
que no, de ninguna manera, tenemos el derecho de escribir lo que queramos y
todos los gustos de los lectores están en la naturaleza, ¿en serio!”
Sí... sí, sí... postura del todo honorable...
Lo que no impide que haya buenas y malas novelas. Se puede citar nombres, se
pueden dar pruebas.
Para ser breve, cortemos por lo sano: digamos que existe lo que yo llamaría
una “literatura industrial” que se contenta con reproducir hasta
el infinito los mismos tipos de relatos, despacha estereotipos en serie, comercia
con los buenos sentimientos y las sensaciones fuertes, salta sobre todos los
pretextos ofrecidos por la actualidad para producir una ficción de circunstancias,
se entrega a “estudios de mercado” para liquidar, según la
“coyuntura”, del tipo de “producto” que se supone inflamará
a tal categoría de lectores.
Éstas serán, con seguridad, malas novelas.
¿Por qué? Porque no tienen nada que ver con la creación
sino con la reproducción de “formas” preestablecidas, porque
son un intento de simplificación (es decir de mentiras), cuando la novela
es arte de verdad (es decir de complejidad), porque al halagar nuestros automatismos,
adormecen nuestra curiosidad, en fin, y sobre todo, porque el autor no está
allí, como tampoco está la realidad que pretende describirnos.
En resumen, es una literatura en serie, “lista para disfrutarse”,
hecha en molde y al que le gustaría apresarnos en el molde.
No hay que creer que estas idioteces son un fenómeno reciente, ligado
a la industrialización del libro. En absoluto. La explotación
de lo sensacional, de la obrita ingeniosa, del estremecimiento fácil
en una frase sin autor, no viene de ayer. Para no citar más que dos ejemplos,
la novela de caballería se enterró allí, y el romanticismo
mucho tiempo después. Pero como no hay mal que por bien no venga, la
reacción a esta literatura descarriada nos ha dado dos de las más
bellas novelas que hay en el mundo: Don Quijote y Madame Bovary.
Hay, pues, “buenas” y “malas” novelas.
A menudo son las segundas las que primero encontramos en nuestro camino.
Y a fe mía, tenga el recuerdo de haberlas encontrado divertidísimas
cuando pasé por ellas. Tuve mucha suerte: nadie se burló de mí,
nadie levantó los ojos al cielo, nadie me trató de cretino. Apenas
dejaron a mi paso algunas “buenas” novelas cuidándose de
no prohibirme en absoluto las otras.
Eso era prudencia.
Buenas y malas, durante un tiempo leímos todo junto. Igual que no renunciamos
de un día para otro a nuestras lecturas de infancia. Todo se mezcla.
Se sale de La guerra y la paz para volver a lanzarse a los libros de
aventuras de la Bibliotheque verte. Se pasa de la colección
Harlequin (historias de bellos galenos y de enfermeras meritorias) a Boris Pasternak
y a su Doctor Zhivago —también él un médico
guapo, y Lara una enfermera, ¡y bien meritoria!
Y después, un día, el que gana es Pasternak. Poco a poco nuestros
deseos nos llevan a frecuentar a los “buenos”. Buscamos escritores,
buscamos escrituras; superados los que son sólo camaradas de juegos,
reclamamos compañeros de ser. La anécdota sola ya no nos basta.
Ha llegado el momento en que pedimos a la novela algo más que la satisfacción
inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones.
Una de las grandes alegrías del ”pedagogo” es —cuando
está autorizada cualquier lectura— ver a un alumno cerrar solo
la puerta de la fábrica best-seller para subir a respirar donde el amigo
Balzac.
El derecho al bovarismo
(enfermedad textualmente transmisible)
A grandes rasgos, el bovarismo es esa satisfacción inmediata y exclusiva
de nuestras sensaciones: la imaginación se inflama, los nervios vibran,
el corazón se acelera, la adrenalina salta, la identificación
opera en todas direcciones, y el cerebro confunde (por un momento) el gato de
lo cotidiano con la libre de lo novelesco...
Para todos es nuestro primer estado de lectura.
Delicioso.
Pero más o menos aterrador para el observador adulto que, casi siempre,
se apresura a blandir un “buen título” bajo las narices del
joven bovariano, exclamando:
—De todas maneras Maupassant es “mejor”, ¿no?
Calma... No ceder uno mismo al bovarismo; decirse que Ema, después de
todo, no era más que un personaje de novela, es decir, el producto de
un determinismo en el que las causas sembradas por Gustave no engendraban sino
los efectos —por verdaderos que fuesen— deseados por Flaubert.
En otras palabras, el hecho de que esta muchacha coleccione novelas románticas
no significa que terminará tragando arsénico a cucharadas.
Forzarla en esta etapa de sus lecturas es alejarnos de ella, renegando de nuestra
propia adolescencia. Y es privarla del placer incomparable de prescindir mañana
y por sí misma de los estereotipos que, hoy, parecen fascinarla.
Es prudente reconciliarnos con nuestra propia adolescencia; odiar, despreciar,
negar o simplemente olvidar al adolescente que fuimos es en sí misma
una actitud adolescente, una concepción de la adolescencia como una enfermedad
mortal.
De allí la necesidad de que recordemos nuestras primeras emociones como
lectores y de que le levantemos un pequeño altar a nuestras viejas lecturas,
incluyendo las más “tontas”. Desempeñan ellas un papel
inestimable: emocionarnos por lo que fuimos al tiempo que nos hacen reír
de lo que nos emocionaba. Los jóvenes que comparten nuestra vida sin
duda alguna ganarán con ello en respeto y en ternura.
Vilipendiamos la estupidez de las lecturas adolescentes, pero no es raro que
nos rindamos al éxito de un escritor telegénico, del que nos burlaremos
cuando haya pasado de moda. Las preferencias literarias se explican muy bien
por esta alternancia de nuestros caprichos ilustrados y de nuestras negaciones
perspicaces.
Nunca engañados, siempre lúcidos, pasamos el tiempo sucediéndonos
a nosotros mismos, convencidos para siempre de que madame Bovary es la otra.
Ema debía compartir esta convicción.
El derecho a leer en cualquier parte
Chalons-sur-Marne, 1971, invierno.
Cuartel de la escuela de prácticas de artillería.
Durante la distribución matutina de las faenas, el soldado de segunda
clase Fulano (matrícula 14672/1, bien conocido de nuestros servicios)
se ofrece día a día como voluntario para la tarea menos popular,
la más ingrata, la que es asignada frecuentemente como castigo y que
atenta contra los honores mejor templados: la legendaria, la infamante, la
innombrable faena de letrinas.
Todas las mañanas.
Con la misma sonrisa (interior).
—¿Faena de letrinas?
Da un paso al frente:
—¡Fulano!
Con la gravedad última que precede al asalto, toma la escoba de la que
cuelga la bayeta como si se tratase del estandarte de la compañía
y desaparece, para gran alivio de la tropa. Es un valiente: nadie lo sigue.
El ejército entero se queda a cubierto en la trinchera de las faenas
honorables.
Pasan las horas. Se le cree desaparecido. Casi se le ha olvidado. Se le olvida.
Sin embargo reaparece al terminar la mañana, golpeando los talones para
el informe al cabo de compañía: “¡Letrinas impecables,
mi cabo!” El cabo recupera bayeta y escoba con una mirada en la que se
dibuja una profunda interrogación que no formula jamás (respeto
humano obliga). El soldado saluda, da media vuelta, se retira, llevando consigo
su secreto.
El secreto pesa bastante en el bolsillo derecho de su traje de fatiga: 1900
páginas que la Pleiade consagró a las obras completas de Nicolás
Gogol. Un cuarto de hora de bayeta contra una mañana de Gogol... Cada
mañana, desde hacía dos meses de invierno, confortablemente sentado
en la sala de los tronos, encerrado con doble llave, el soldado Fulano vuela
muy por encima de las contingencias militares. ¡Todo Gogol! Desde las
nostálgicas Veladas de Ucrania hasta los hilarantes Cuentos
peterburgueses, pasando por el terrible Taras Bulba, y el humor
negro de Las almas muertas, sin olvidar el teatro y la correspondencia
de Gogol, ese Tartufo increíble.
Porque Gogol es el Tartufo que habría inventado Moliere —lo que
el soldado Fulano no habría comprendido nunca si hubiera cedido esta
tarea a los demás.
Al ejército le gusta celebrar los hechos de armas.
De éste apenas quedan dos alejandrinos, grabados muy arriba, en el metal
de un tanque de agua, y que se cuentan entre los más suntuosos de la
poesía universal:
Si, yo puedo sin mentir, y esto es doctrina
decir que leí entero a Gogol en la letrina.
(Por su parte Clemenceau, “el tigre”, también él un
famoso soldado, daba gracias a una constipación crónica, sin la
cual afirmaba, no hubiera tenido la dicha de leer las Memorias de Saint-Simon.)
El derecho a picotear
Yo picoteo, tú picoteas, dejémoslos picotear.
Es la autorización que nos concedemos para tomar cualquier volumen de
nuestra biblioteca, abrirlo en cualquier parte y meternos en él por un
momento, porque sólo disponemos de ese momento. Ciertos libros se prestan
al picoteo mejor que otros porque están compuestos de textos cortos y
separados: las obras completas de Alfonso Allais o de Woody Allen, las novelas
cortas de Kafka o de Saki, Los Papiers collés de George Perros,
el buen viejo La Rochefoucauld, y la mayor parte de los poetas...
Dicho esto, se puede abrir a Proust, a Shakespeare o la Correspondencia
de Raymond Chandler por cualquier parte y picotear aquí y allá,
sin correr el menor riesgo de resultar decepcionados.
Cuando no se tiene el tiempo ni los medios para tomarse una semana en Venecia,
¿por qué rehusarse el derecho de pasar allí cinco minutos?
El derecho a leer en voz alta
Le pregunto:
—¿Te leían cuentos en voz alta cuando eras pequeña?
Ella me contesta:
—Nunca. Mi padre estaba a menudo de viaje y mi madre demasiado ocupada.
Le pregunto:
—¿Entonces de dónde te viene ese gusto por la lectura en
voz alta?
Me contesta:
—De la escuela.
Feliz de oír que por fin alguien le reconoce algún mérito
a la escuela, exclamó alegre:
—¡Ah, lo ves!
Ella me dice:
—En absoluto. La escuela nos prohibía la lectura en voz alta: La
lectura silenciosa era ya el credo en mi época. Directo del ojo al cerebro.
Transcripción instantánea. Rapidez, eficacia. Con una prueba de
comprensión cada diez líneas. La religión del análisis
y el comentario desde el principio. La mayoría de los muchachos reventaban
de miedo, y ése no era sino el comienzo. Todas mis respuestas eran correctas,
si quieres saberlo, pero apenas volvía a casa releía todo en voz
alta.
—¿Por qué?
—Para maravillarme. Las palabras pronunciadas se lanzaban a existir fuera
de mí, vivían de verdad. Y además porque me parecía
que esto era un acto de amor. Que era el amor mismo. Siempre he tenido la impresión
de que el amor al libro pasa por el amor a secas. Acostaba a mis muñecas
en la cama, en mi lugar, y les leía. A veces me dormía a sus pies,
sobre la alfombra.
La escucho... la escucho, y me parece oír a Dylan Thomas, borracho como
la desesperación, leyendo sus poemas con voz de catedral...
La escucho y me parece ver a Dickens el viejo, Dickens huesudo y pálido,
ya a punto de morirse, subir a escena... su gran público de iletrados
de repente petrificado, silencioso hasta el punto de que se oía abrir
el libro... Oliver Twist... la muerte de Nancy ¿es la muerte
de Nancy lo que va a leernos!
La escucho y oigo a Kafka reírse hasta las lágrimas leyéndole
La metamorfosis a Max Brod, quien no está seguro de entenderla...
Y veo a la pequeña Mary Shelley ofrecerle largos trozos de su Frankenstein
a Percy y a sus entusiasmados camaradas...
La escucho y aparece Martin du Gard leyéndole a Gide sus Thibault...
pero Gide no parece oírlo... están sentados a la orilla de un
río... Martin du Gard lee, pero la mirada de Gide está en otra
parte... los ojos de Gide se han ido allá abajo, donde dos adolescentes
se zambullen... una perfección que el agua viste de luz... Martin du
Gard está furioso... pero no, él leyó bien... y Gide oyó
todo... y Gide le comenta todo lo bien que piensa de estas páginas...
pero de todas maneras habría tal vez que modificar esto y aquello, por
aquí y por allá...
Y Dostoievski, que no se contentaba con leer en voz alta, sino que escribía
en voz alta... Dostoievski, sin aliento, después de haberle vociferado
su requisitoria contra Raskolnikov (o contra Dimitri Karamazov, ya no lo sé)...
Dostoievski preguntándoles a Anna Grigorievna, la esposa estenógrafa:
“¿Entonces, en tu opinión, cuál es el veredicto?
¿Ah?”
Anna: ¡Condenado!
Y el mismo Dostoievski, después de haberle dictado el alegato de la defensa:
“¿Entonces? ¿Entonces?”
Anna: ¡Absuelto!
Sí...
Extraña desaparición, la de la lectura en voz alta. ¿Qué
hubiera pensado Dostoievski? ¿Y Flaubert? ¿No más al derecho
de ponerse las palabras en la boca antes de metérselas en la cabeza?
¿No más oído? ¿No más música? ¿No
más saliva? ¿No más gusto, las palabras? ¡Y entonces
qué! ¿O es que Flaubert no gritaba su Bovary hasta reventarse
los tímpanos? ¿O es que él no está definitivamente
mejor ubicado que nadie para saber que el entendimiento del texto pasa por el
sonido de las palabras, de dónde brota todo su sentido? ¿Es
que él, que se ha peleado tanto contra la música intempestiva
de las sílabas, la tiranía de las cadencias, no sabe mejor que
nadie que el sentido se pronuncia? ¿Qué? ¿Textos mudos
para espíritus puros? ¡A mí Rabelais! ¿A mí
Flaubert! ¡Dosto! ¡Kafka! ¡Dickens, a mí! ¡Gigantescos
gritadores de sentidos, aquí de inmediato! ¡Vengan a insuflar nuestros
libros! ¡Nuestras palabras necesitan cuerpos! ¡Nuestros libros necesitan
vida!
Es verdad que es confortable, el silencio del texto... no se arriesga allí
la muerte de Dickens, a quien sus médicos le pedían callar por
fin sus novelas... el texto y él mismo... todas esas palabras amordazadas
en la cocina acolchada de nuestra inteligencia... cómo se siente uno
que es alguien en ese silencioso tejerse de nuestros comentarios... y además,
al juzgar el libro a solas no se corre el riesgo de ser juzgado por él
pues cuando se mezcla la voz, el libro dice mucho sobre su lector... el libro
lo dice todo.
El hombre que lee de viva voz se expone de manera absoluta. Si no sabe lo que
lee, es ignorante en sus palabras, es una miseria, y eso se escucha. Si rehúsa
habitar su lectura, las palabras permanecen como letras muertas, y eso se siente.
Si colma el texto de su presencia, el autor se retracta, es un número
de circo, y eso se ve. El hombre que lee de viva voz se expone de manera absoluta
a los ojos que lo escuchan.
Si lee de verdad, si pone en ello su saber y domina su placer, si su lectura
es un acto de simpatía con el auditorio tanto como con el texto y su
autor, si logra que se oiga la necesidad de escribir y despierta nuestra oscura
necesidad de comprender, entonces los libros se abren de par en par, y la muchedumbre
de aquellos que se creían excluidos de la lectura se precipitan tras
él.
El derecho a callarnos
El hombre construye casas porque está vivo, pero escribe libros porque
se sabe mortal. Vive en grupos porque es gregario, pero lee porque se sabe solo.
La lectura es una compañía que no ocupa el lugar de ninguna otra
y a la que ninguna compañía distinta podría reemplazar.
No le ofrece ninguna explicación definitiva sobre su destino, pero teje
una retícula apretada entre de complicidades entre la vida y él.
Ínfimas y secretas complicidades que hablan de la necesidad paradójica
de vivir, al tiempo que iluminan el absurdo trágico de la vida... De
modo que nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones
para vivir. Y a nadie se le ha otorgado poder para pedirnos cuentas sobre esta
intimidad.
Los pocos adultos que me dieron a leer se borraron siempre frente al libro y
se abstuvieron de preguntarme lo que yo había entendido. A ellos, claro,
yo les hablaba de mis lecturas. Vivos o muertos, les regalo estas páginas.
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