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Leer
como rebeldía |
Mónica
Lavín
Leo, luego escribo. Ideas para disfrutar la lectura.
Lectorum, México, 2001 (pp. 11-13)
Nada más terrible que tener que leer, que equiparar a la lectura
con una engorrosa obligación, lejana a nosotros. Sucede desgraciadamente.
Sobre todo en aquellos años de la adolescencia donde hay tanta vida que
atender afuera de los temarios escolares. Pensamos que los libros no son vida,
que en ellos están los padres, los maestros y la sociedad que nos hostigan
de manera constante. Hay carteles que dicen que seremos mejores personas si
leemos. El mundo se llena de palabrería alrededor de la lectura. La lectura
nos parece sinónimo de aburrido, cosa seria, solemne. Al dejar el territorio
de la infancia y sus lecturas gozosas, sobre todo leídas en voz alta
por alguien que nos quiere, o llenas de dibujos acompañadores y graciosos,
entramos en el territorio de la imaginación emergida de la palabra escrita.
Tanto decirnos que tenemos que leer puede vacunarnos contra la lectura, que,
sin duda con buenas intenciones, a veces ha equivocado sus maneras. En el desesperado
deseo por que un mayor número de gente le dé una oportunidad al
libro, que conozca los alcances de la lectura, se han librado desesperadas batallas
en los medios impresos y electrónicos. Aquí en corto, confieso
que la lucha por contagiar el gusto por la lectura sólo se puede librar
con lentitud, es una batalla más parecida a la seducción que se
da entre dos personas que a la comunicación masiva. Basta muchas veces
con que el muchacho o la muchacha que nos gusta traiga un libro bajo el brazo
o cite a Laura Avellaneda (de La Tregua de Benedetti) o a Demián
(de Herman Hesse) o la “Canción desesperada” de Pablo Neruda,
para que busquemos encarecidamente el libro.
El contagio entra por vía del afecto, de los sentidos, de la pasión
con que un maestro nos exprese el tránsito que significó determinada
lectura. No hay libros equivocados, tal vez momentos equivocados para acoger
al libro. La literatura, como toda manifestación del arte, es territorio
de las pasiones. Recuerdo al profesor Castillo que enseñaba ética
en la preparatoria, bastó que una de sus clases la dedicara a relatar
La metamorfosis de Kafka, para que él mismo pareciera Gregorio
Samsa transformado en escarabajo y que nosotros, después de verlo sudar,
de imaginar lo pesado que resultaba voltear su cuerpo de escarabajo para poder
andar, de oler la manzana podrida incrustada en su caparazón de coleóptero,
transitásemos por esa experiencia que estaba en una página impresa.
Nunca olvidaríamos que existía un autor checoslovaco de nombre
Franz Kafka que escribía historias extrañas porque no estaba a
gusto con su padre ni con su vida de oficinista.
Allí había una clave en la que nos reconocíamos: no estaba
a gusto con su vida. Nosotros durante la adolescencia tampoco lo estamos. El
mundo tiene la ilusión poderosa de ser nuestro y los adultos se empeñan
en no dejarnos disfrutarlo en paz. Hay que ser como ellos: aburridos, sedentarios
y tan seguros de tener la razón. Cuando uno da la oportunidad al libro,
descubre el mundo de las muchas razones. No sólo una. Mientras Castillo
narraba La metamorfosis, el mundo era mucho más amplio que el
aula pintada de verde relajante y el pizarrón rayado con gis blanco.
El mundo tenía dimensiones en la realidad paralela que es la literatura:
mundos imaginarios que parecían verdaderos. Hubo que abandonarse a la
seducción de la lectura para que el mundo fuera una cama con un escarabajo
pero también un rey todopoderoso, como Macbeth; y un loco cuerdo que
creía que una moza de taberna era una princesa, como lo haría
Don Quijote. El mundo se hizo ancho por la devoción de quien ya le había
hincado el diente a los libros, por quien sabía, por puritita experiencia,
que las páginas escritas contenían emociones, ideas, personas,
espejos y anchuras.