¿Sólo un «Día del libro»?...

ABC / Cataluña
22-abril-2004- Boletín Cegalnet



Se la acabo de oír a una persona, en el momento de pagar un libro. Pregunta precedida de otra: si el descuento que se hace cuando la fiesta de Sant Jordi, también se hacía durante la semana siguiente. La señorita de la caja, algo sorprendida. La respuesta es la que todos conocemos. El comprador, algo decepcionado. Por las trazas, era alguien poco avezado a adquirir libros. Además, se había confundido de fecha.
La pregunta en cuestión no es la primera vez que se formula por parte de más de un lector no precisamente ocasional. Hace unos años, creo que no muchos, si mal no recuerdo incluso desde la prensa se consideró la posibilidad de que el «Día del Libro» fuese la «Semana del...», con sus descuentos y todo. Es lo que sucede, me parece, cuando la «Feria del Libro» madrileña, ¿no? Un buen estímulo, tal «Semana», por lo que atañe a la venta. La propuesta no fue acogida.
Me parece que se consideró que en ocho días no se iban a vender más ejemplares que en jornada tan atractiva como esa en la que coinciden un San Jorge y un casi santo: Don Miguel de Cervantes, unidos por algo tan emblemático como son el libro y la rosa.
O sea que con un solo «Día del Libro» era suficiente. Y así continúa todo. Y lo cierto es que hay que ser muy mal lector como para no haberse enterado de que tal «Día del...» supone, y cómo tradicionalmente —y este adverbio aquí y ahora no es abusivo, como tantas veces suele ocurrir— se viene desarrollando. Aunque las tradiciones pueden cambiar su modo de celebración, por supuesto. Y quién sabe si personas como la aludida al principio de estas líneas no llegarán a gozar nada menos que de ocho jornadas para comprar libros con un diez por ciento de descuento.
Tampoco es imposible que toda una «Semana del Libro», por supuesto iniciada o terminada el 23 de abril, fuese una buena escuela para remisos lectores y tímidos clientes de librería. Tímidos o nunca compradores. Contra lo que pudiera suponerse, no son pocos los ciudadanos que nunca han entrado en unas tiendas que siguen causando el tópico «respeto imponente» a muchísimas personas. Suponen que si entran en ellas se verán obligados a la compra, y cómo atreverse a hojear un volumen. Así pues, pasar de largo. A lo sumo, compran en el kiosco, esa avanzadilla del negocio librero. Buena avanzadilla. Pero lo de entrar en una librería...
De ahí, tal vez, que las nuevas que se abren lo hagan con un propósito y una acción física de puertas abiertas. Procurar un paso franco, una bienvenida de puertas incluso ausentes, de un «Pase sin compromiso». Y tales propósitos y acción parece que bastante consiguen. Por lo menos en las librerías más céntricas, no es raro ver a una cantidad de gente como no era habitual encontrar. Compradores tal vez no en este momento, pero quizá mañana. Nunca una presencia inútil.
Por lo que atañe al que yo vengo llamando «letradicto», tal apertura de puertas no es necesaria. Para el «letradicto» la librería es lugar de casi obligada visita poco menos que todos los días. Lugar imprescindible para una también imprescindible información. Lugar de acogida en el que llega incluso a una cierta o muy real amistad con los libreros. ¿Qué sería de una ciudad sin librerías? El letradicto no se las imagina y, aunque no lo necesite, podría agradecer lo que hace unos años llevó a cabo un librero de Nueva York. A un químico —¿o a un alquimista?— le encargó un perfume que oliera a libro, y lo esparció cerca de la entrada del local...