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El
Nobel de Literatura fue para una polémica escritora austríaca |
por
Susana Reinoso
La Nación Line. Cultura. 8/octubre/2004
El
Premio Nobel de Literatura 2004 recayó en la controvertida escritora,
dramaturga y poeta austríaca Elfriede Jelinek, que se convirtió
de ese modo en la décima mujer en obtenerlo en más de 100 años
de vida del galardón.
La Academia Sueca ponderó “el fluir musical de canto y contracanto
en las novelas y los dramas (de Jelinek), que con extraordinario ardor lingüístico
revelan lo absurdo de los clichés de las sociedades contemporáneas”.
Dotado con 1,3 millones de dólares, el Nobel será entregado el
próximo 10 de diciembre, aniversario de la muerte de Alfred Nobel. Pero
Jelinek ya anticipó que no viajará a Estocolmo “por motivos
de enfermedad”. La escritora, de 57 años, que vive recluida y sin
contacto con el público, recibió la noticia del premio “con
más desesperación que alegría, porque una se convierte
en una persona pública; lógicamente que también me alegro,
y es un honor, pero no estoy psíquicamente en condiciones de exponerme.
Soy una fóbica social”.
Jelinek se retiró de la vida pública en 1996, luego de que políticos
de ultraderecha del partido de Jöerg Haider usaran su nombre en campañas
para denunciar que su obra “representaba un arte bajo e inmoral”
por sus contenidos sexualmente explícitos. Consultada sobre sus planes
inminentes tras hacerse acreedora del prestigio galardón, la escritora
respondió: “Desaparecer”. Nacida en el seno una familia burguesa
checo-judía en el pueblo de Mürzzuschlag, Jelinek escapó
con su familia de las persecuciones y se crió en Viena, donde estudió
historia del arte, teatro y música. Es muy reconocida en el mercado germanohablante
y en algunos sectores se la define como una autora inclasificable.
“Llamar la atención no va con mi personalidad. Representa más
bien una amenaza. Espero disfrutar del dinero para vivir sin preocupaciones”,
dijo ayer la escritora a los medios austríacos.
El éxito se instaló en su vida luego de “La pianista”
(1983), una obra de inspiración autobiográfica que fue adaptada
al cine por su compatriota Michael Haneke, con el protagónico de la bellísima
Isabelle Huppert y de Annie Girardot. El film obtuvo el Gran Premio del Jurado
en el Festival de Cannes en 2001.
En Buenos Aires, La Nación pudo localizar dos de sus libros
traducidos al español, pese a que su obra no está difundida. Son
“La pianista”, también conocida como “La profesora
de piano” (1983), y “Los excluidos” (1980), editados por Mondadori,
que se encuentran en el Instituto Goethe.
En las principales librerías porteñas no se localizaron ayer títulos
de la autora. El mes próximo, Editorial Sudamericana —que pertenece
a Random House-Mondadori— reeditará esos títulos en el país.
Su primera obra de teatro, “Lo que pasó cuando Nora dejó
a su marido” o “Los pilares de las sociedades”, que tradujo
Gabriela Massuh y dirigió Rubén Sczuchmacher, fue representada
en el Teatro General San Martín, en junio de 2003, con Ingrid Pellicori,
Horacio Peña y Alberto Segado.
“Traducirla no fue fácil. No la conozco personalmente. Quisimos
invitarla para el estreno, pero es una persona retraída que casi nunca
sale de Viena y no viaja en avión. Tiene una inteligencia extraordinaria
y fuera de lo común. En esa obra se anticipa 20 años y muestra
un conocimiento brillante de la política, la economía y las finanzas”,
dijo Massuh en diálogo con La Nación.
Y la autora confirma el perfil descripto con las declaraciones brindadas ayer
a las agencias internacionales: “Por una parte, recibir el Nobel me hace
feliz, y por la otra, temo que peligre la tranquilidad de mi vida”.
Ese retraimiento de su personalidad contrasta con la fuerza de su pensamiento
y la perturbación que su pluma provoca: “Cuando escribo, trato
siempre de estar del lado de los débiles. El lado de los poderosos no
es el de la literatura. El mayor privilegio de un narrador es escribir lo que
desea”.
Su trabajo más reciente es una obra de teatro, “Bambiland”,
en la que el año último fustigó la invasión a Irak
encabezada por los Estados Unidos. Una segunda parte de esa pieza, “Babel”,
aparecerá en mayo de 2005. Tratará sobre las torturas a prisioneros
iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib y de la mutilación
de cadáveres de norteamericanos en Faluya.
Crítica y aguda
El
jurado del Nobel señaló ayer que “Jelinek muestra cómo
los clichés de la industria del entretenimiento se instalan en la conciencia
de los seres humanos y paralizan su resistencia a las injusticias de clase y
la dominación sexual”.
La escritora es sumamente polémica en Austria, por su feminismo, su militancia
contra la violencia sexual en las mujeres y contra el extremismo político
europeo. Pero, además, resulta urticante para una parte de la sociedad
austríaca que sigue anclada en su pasado nazi, según ha denunciado.
Blanco de la prensa y de la derecha política, Jelinek, que exhibe sus
ideas de izquierda, ha sido vilipendiada por la extrema derecha, pero no ha
dudado en denunciar la simpatía nazi de su país durante la Segunda
Guerra Mundial.
Al conocerse su nombre como ganadora del Premio Nobel, las voces a favor y en
contra se alzaron velozmente. Felizmente sorprendido, el famoso escritor austríaco
Peter Handke dijo en París que Jelinek “es una escritora de nuestro
tiempo que siempre da en el clavo”.
Su editor, Alexander Fest, que se encontraba ayer en la Feria del Libro de Francfort,
dijo: “Ella lo merecía, es única y tiene un gran coraje.
No tiene piedad con sus temas ni consigo”. El editor Per Wastberg, vocero
de la Academia Sueca, expresó que Jelinek “es una autora que estremece
en sus fundamentos con su ira y su pasión”.
El profesor de lengua y literatura alemana de la española Universidad
de Alcalá de Henares, Georges Pichler, dijo que la narradora austríaca
es “comprometida y polémica, porque llama a las cosas por su nombre,
y autora de una obra muy compleja”.
Se le atribuye a Jelinek un arduo trabajo con el lenguaje, que dificulta su
traducción al español, pues aplica “juegos de palabras y
hace referencias culturales que no se pueden traducir”. En español,
de hecho, sólo se conocen “La pianista”, “Los excluidos”
y “El ansia”.
También el escritor Robert Schmidel mostró su entusiasmo al enterarse
de que Elfriede Jelinek había sido premiada: “¡Es genial!
Estoy sorprendido y contento. Es una autora extraordinaria. El galardón
es un bálsamo para el alma de los opositores al gobierno austríaco”.
El presidente austríaco, Heinz Fischer, de origen socialista, dijo alegrarse
“de corazón” por la noticia, que sirve de “tributo
a la literatura austríaca”.
En cambio, el filólogo español Miguel Sáenz, que traduce
del alemán la obra del premio Nobel de Literatura Günter Grass,
consideró que el galardón le queda a Jelinek “sumamente
grande”, sin perjuicio de lo cual admitió que “su obra es
interesante y escribe muy bien”.
Una obra difícil
Con
frecuencia se ha destacado que la naturaleza de su obra es difícil de
entender, pues alterna entre la prosa y la poesía, con elementos de teatro
y cine.
Su primera novela satírica vio la luz en los años 70, “Somos
carnada, baby”. Cuatro años después, Jelinek se casó
y comenzó a vivir entre dos ciudades, Munich y Viena.
En 1995, le dio la espalda a su país, al publicar “Los hijos de
los muertos”, donde dibuja a Austria como un reino de muertos. Jelinek
se unió así a la línea de otros escritores de su estirpe,
como Elías Canetti y Thomas Bernhard, que han repudiado a su país
por seguir anclado en su pasado nazi.
Una reflexión de la escritora publicada en la revista cultural Humboldt
la pinta de cuerpo entero: “Lo que escribo no debe confundirme con mi
persona, porque yo me encuentro en otro lugar muy distinto. Doy todo, pero no
soy yo. Cuando escribo desaparezco. Pero siempre vuelvo a surgir”.
Fragmento de “La pianista”
El siguiente es un fragmento de “La pianista”, una de las obras más importantes de Elfriede Jelinek, publicada en 1983:
“De camino a la escuela Erika ve inevitablemente por todos lados la destrucción de individuos y comestibles, pocas veces ve que algo crece y florece. Tan sólo en el parque del ayuntamiento o en el parque público, donde las rosas y los tulipanes brotan carnosos. Pero incluso éstos se precipitan, porque llevan en sí mismos el proceso de descomposición. Es lo que piensa Erika. En sólo el arte tiene una existencia más duradera. Erika lo cuida, lo poda, lo ata a una guía, lo desmaleza y finalmente cosecha. Pero, ¿quién sabe todo lo que se ha perdido o ha sido acallado injustamente? Cada día muere una pieza musical, una novela o un poema porque ya no posee razón de existencia en nuestro tiempo. Y lo que parecía eterno ha perecido, ya nadie lo conoce. Aun cuando habría merecido seguir existiendo. En el curso de piano de Erika ya hay niños que machacan a Mozart o a Haydn, los más avanzados se deslizan sobre los patines de Brahms y Schumann, cubriendo el bosque de la literatura musical con sus babas de caracol.”
Nombres, años, nacionalidades
En alemán
Hasta el presente, son 12 los autores germanohablantes que fueron galardonados con el Premio Nobel de Literatura. Ellos son: Theodor Mommsen (1902); Rudolf Eucken (1908); Paul Heyse (1910); Gerhart Hauptmann (1912); Carl Friedrich Georg Spitteler (1919); Thomas Mann (1929); Hermann Hesse (1946); Nelly Sachs (1966); Heinrich Boell (1972); Elias Canetti (1981); Günter Grass (1999), y Elfriede Jelinek (2004).
Las mujeres
Sólo diez mujeres fueron distinguidas con el Premio Nobel de Literatura en la historia del galardón, que tiene más de un siglo. Ellas son: Selma Lagerlof (sueca, 1909); Grazia Deledda (italiana, 1926); Sigrid Undset (noruega, 1928); Pearl S. Buck (norteamericana, 1938); Gabriela Mistral (chilena, 1945); Nelly Sachs (judía alemana que adoptó la ciudadanía sueca, 1966); Nadine Gordimer (sudafricana, 1991); Toni Morrison (norteamericana, 1993); Wislawa Szymborska (polaca, 1996) y Elfriede Jelinek (austríaca, 2004).
Los últimos
Imre Kertész (húngaro, 2002); John Marie Coetzee (sudafricano, 2003).
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Elfriede Jelinek: Premio Nobel de Literatura 2004
La Nación - 10/octubre/2004
Durante la niñez y la adolescencia, la novelista y dramaturga austríaca estuvo sometida a la cruel ambición de su madre, hasta que se rebeló y se convirtió en una de las escritoras más revulsivas de Europa. Feminista acérrima y ex militante del Partido Comunista, en sus obras ataca con furia a Austria. En estas páginas se ofrece un texto inédito en español de Jelinek sobre su compatriota el escritor Hans Lebert y el odio que ella siente por el país en que nacieron. Además, se publican dos entrevistas: una, realizada en 1998 para el documental “La bella perdedora”, y otra, mantenida el jueves último después de ser premiada por la Academia sueca.
Pasiones de una esclava
Elfriede
Jelinek nació en Styrie (Steiermark) el 20 de octubre de 1946. Su madre,
austríaca católica, pertenecía a la gran burguesía
vienesa. Su padre, químico, era un judío checo que provenía
de un medio humilde, menos cultivado.
En 1950, Jelinek ingresó en Notre Dame de Sion, institución religiosa
vienesa donde aprendió danza clásica y francés. Dos años
más tarde, su madre la obligó a seguir cursos de violín,
de órgano, de piano y de composición. A los dieciséis años
entró en el Conservatorio de música de Viena. Pero en 1965, convencida
de que no estaba suficientemente dotada para convertirse en concertista y angustiada
ante la idea de decepcionar a su madre, se hundió en la desesperación.
Su padre murió demente en 1968, en un hospital psiquiátrico. La
actitud tiránica de su madre provocó la rebeldía de Elfriede
contra la autoridad. En 1969, la muchacha se volcó a la literatura. Publicó
sus primeros textos y poemas en Protokolle, la más importante revista
austríaca de vanguardia, y recibió sus primeros premios.
Un año después apareció su primera novela (Somos carnada,
baby) que, según explica, “Se organiza en torno a la problemática
de la literatura barata y las historietas”. En 1972 publicó Michael
y tres años más tarde Los amantes, donde evoca dos retratos
paralelos de mujeres conformes hasta el embrutecimiento con las ideas de la
sociedad de consumo. Jelinek aprovechó para denunciar allí, como
en cada uno de sus escritos, las cobardías y las mentiras de su país.
En ese sentido, se la ha comparado con su compatriota Thomas Bernhard, aunque
ella se siente más cercana al poeta y polemista Karl Kraus.
En 1979, Jelinek firmó su primera pieza, Lo qué paso cuando
Nora dejó a su marido, donde, como feminista militante, imagina
una continuación a Casa de Muñecas de Ibsen. “Mis
personajes, considera, son superficies lingüísticas, o incluso,
estereotipos.”
En Los excluidos (1980, traducida al castellano en 1992), se inspiró
en un noticia policial: el asesinato, por parte de un estudiante secundario,
de sus padres y su hermano gemelo en la Austria de 1965. ¿Por qué
interrogar las noticias? Porque son “sopapas por las cuales se escapa
el vapor ardiente de la actualidad de la crueldad social”.
La pianista (1983, traducida al castellano en 1993), considerada como
una novela perturbadora, pone en escena relaciones infernales entre una madre
y su hija, pero también entre hombres y mujeres, concebidas sobre el
modelo de la dialéctica del amo y el esclavo. La narración tiene
muchos aspectos autobiográficos. Erika, la protagonista, profesora de
piano y excelente intérprete , es una mujer madura, tímida y retraída,
sometida por completo al poder materno. En el retrato de la madre, se adivinan
los rasgos tiránicos de la propia madre de Jelinek. La escritora se ha
referido en declaraciones de prensa (ver entrevista) a la feroz ambición
de esa mujer que, a toda costa, quería convertirla en una niña
prodigio, en una virtuosa eternamente sentada al piano: le arrancaba a la pequeña
Elfriede la muñeca con la que jugaba y para la que diseñaba vestidos,
empeñada en que la hija no perdiera un minuto y volviera a sus estudios
musicales. Seguramente como consecuencia de esa pasión infantil por la
ropa, hoy, Jelinek es una profunda conocedora de la moda y le encanta revolver
percheros en tiendas de lujo. Quien haya visto La bella perdedora,
el documental realizado por Theodor Ross (del que se ha tomado la entrevista
que se publica en esta edición), recordará que muchas de las escenas
muestran a Elfriede delante de vidrieras, o con una prenda en la mano, apoyada
en un mostrador. Esa pasión por la vestimenta podría parecer contradictoria
y frívola en una feminista acérrima como ella que, por si fuera
poco, militó en el partido comunista. Se trata más bien de un
revancha contra el pasado y de una reivindicación por los padecimientos
sufridos. Cada vez que la prensa registra su imagen en el momento de recibir
alguna distinción, la cámara muestra a una hermosa mujer vestida
con una elegancia refinada y austera.
En 1986, Jelinek recibió el premio Heinrich Böll de Colonia y, un
año más tarde, el premio literario de Steiermark, su región
natal. La pianista reapareció en 1988 bajo la forma de un oratorio
en tres partes, con música de Patricia Jünger.
Al aparecer en Alemania, Lust en 1989 (traducida al castellano como El ansia),
la reacción negativa fue casi unánime. ¿Porno o antiporno?,
se preguntaba la crítica. No obstante, el libro fue un éxito comercial.
Paralelamente, Elfriede Jelinek prosiguió con sus trabajos como traductora.
Luego de Thomas Pynchon y Georges Feydeau, tradujo La
poudre aux yeux de Eugène Labiche.
En 1995, Die Kinder der Toten, que se distingue como una furiosa alegoría
“contra el olvido de la historia austro-húngara reciente”,
obtuvo el premio literario de la ciudad de Bremen, otorgado por la Fundación
Rudolf-Alexander-Schröder.
Desolada por el clima político que reinaba en Austria, Elfriede Jelinek
decidió en 1996 abstenerse de toda aparición pública en
su país.
En febrero de 2000, Jelinek prohibió que sus piezas fueran representadas
en Austria. No obstante, en 2001 comenzó a pensar en volver al Burgtheater
de Viena, pero “sólo con una pieza sobre Austria”. Entre
tanto, su novela La pianista fue adaptada al cine por Michael Haneke.
La película recibió en el festival de Cannes el Gran Premio del
Jurado. En la Argentina, el film se dio con el título de La profesora
de piano.
Entre 2002 y 2004, Jelinek recibió numerosos premios. Ahora el Nobel
corona su trayectoria.
Las culpas que no pueden lavarse
Por
Elfriede Jelinek
Gentileza Jacqueline Chambon para La Nación
Traducción: Pedro B. Rey
Nace
la nueva Europa; la vieja era llegó a su fin; se abre la nueva. Las reconciliaciones
tienen lugar durante los períodos de transición: uno se detiene
por un instante; después, continúa su camino. Entre nosotros,
dicho período de transición no existió nunca. Nosotros,
tanto en Alemania como en Austria, seguimos chapoteando con la sangre hasta
los tobillos. E incluso si ya nos encontramos en los puestos de avanzada, en
el futuro, eso no nos evita la condena de continuar hundiéndonos en ese
suelo empapado porque no tenemos ningún derecho de acompañar en
silencio el porvenir. Por muy extrovertidos que seamos, no alcanzamos a salir
de nosotros mismos, de nosotros ni de este suelo repleto de cadáveres.
Y no podemos deshacernos de esos zapatos que hormiguean llenos de gusanos, de
los que salen huesos todavía.
La piel del lobo, de Hans Lebert, es una de las obras mayores de la
literatura mundial (y permítanme agregar que es también uno de
los libros que más me han marcado). Lebert volvió a recorrer una
vez más los caminos del pasado, consciente de que nadie lo acompañaría
porque todos habían dejado atrás esa época, envueltos por
el gas de los caños de escape, el tufo y las detonaciones de la nueva
era y de sus modernos medios de transporte, antes de que él hubiera llegado
a sentir, como sendos tiros de revólver, ese aliento en la nuca. Ese
aliento caliente, ¿emana de un humano o de una bestia? ¿O de ambos
a la vez? ¿De una bestia en el hombre o de un hombre en la bestia? Sobre
esa gigantesca pila de arcilla, en esa fábrica de ladrillos abandonada,
en ese viejo horno donde se condensa todo el espanto del texto, donde están
encerrados los muertos (y, con la ayuda de nuestros representantes en el Parlamento,
velamos bien para que ninguno de ellos se escape), allí, sobre esa pendiente
de creación negativa (para ser precisos, de destrucción) volvemos
a remover incansablemente sus cuerpos en las fosas: así lo exige la moderna
política del trabajo, la que procura trabajo a todos y para siempre.
Dado que en nuestros inocentes países nadie nos despellejó en
represalia por nuestras acciones estamos condenados a convertirnos en bestias.
La piel del lobo colgada de un clavo (que en realidad es una piel de perro porque
somos civilizados, ¡pero algo esconde nuestra docilidad!) tiene en su
interior reflejos azulados, reflejos de un violeta misterioso, pero hoy los
muertos no trastornan a nadie: no vuelven. Ya no se cuenta con ellos.
Se aprieta el tubo y la gente sale contenta. De pura suerte no yacen allá
abajo, en aquel suelo de arcilla del que un día alguien, con un gesto
creador, los extrajo para modelarlos. La danza continúa. “Las parejas
se apretaban sobre la pista, pastosa masa de carne que, en la penumbra, fermentaba
y subía; hervía, fustigada y petrificada, recorrida de temblores
y de sobresaltos, al ritmo de la bota del acordeonista, que imperturbablemente
marcaba la cadencia.”
Este país de amnésicos serenos no se merece un poeta como Hans
Lebert. Es por eso que apuró su olvido. Pero si la rabia amarga y las
imprecaciones obsesivas de un Thomas Bernhard no hacen más que raspar,
apenas descascarar el muro externo (como si se lanzara un cojín contra
una pared de cemento), en la obra de Lebert lo que hace aparición es
el gran mito de un mundo que se volvió culpable para siempre. Una historia
de Dios y, al mismo tiempo, una historia de fantasmas. La increíble injusticia
que resulta de que unos estén muertos y otros no (tampoco Elias Canetti
soportaba esto), de que para algunos el tiempo se haya acabado y para otros
todavía no —y, en nuestros países, los unos hicieron las
cosas de tal manera que para los otros todo terminó para siempre—,
esa injusticia nos conduce, a nosotros, los vivos, a una autodestrucción
permanente, por más que hayamos perimido, por más que nos encarnicemos
en permanecer aquí, en dejar huellas amarillas en la nieve profunda.
Por más que nos sumemos a la comunidad europea o festejemos pretendidos
años conmemorativos. Sí, esta injusticia nos lleva a estar muertos
en vida.
La bancarrota moral de los individuos de nacionalidad alemana y austríaca
ante su historia (aunque ahora se hable de la bancarrota de los demás
y del otro sistema: ¡qué alivio para todos nosotros!) detuvo y
anuló al mismo tiempo la creación, y con ella a nosotros mismos.
En la obra de Lebert esto concierne sólo a un único ser —¿hombre
o lobo?— que representa a todos los demás, con sus fusiles en bandolera
y sus trepidantes máquinas entre los muslos. “Pero el tribunal
tiene su asiento al mismo tiempo en todos lados; por tanto, también aquí.
Y si el veredicto ya ha sido pronunciado, nosotros también debemos ejecutarlo.”
Si el otro gran patriarca de nuestra literatura, Albert Drach, judío
y emigrado, para poder soportar y asir ese aspecto irreal de la realidad austríaca,
elaboró una variante personal de la lengua alemana que, con el fin de
no ahogarse a cada bocanada, llevó hasta una extrema formalización
que le permitiera sugerir apenas la aparición de lo irreal en lo real,
Lebert nos coloca sin piedad ante nosotros mismos. A pesar de todas las trampas
que despleguemos para desembarazarnos del pasado, a pesar de nuestra rapidez
y atención para emprender la fuga ante nosotros mismos. Porque incluso
si tenemos tiempo para vernos continuamente reflejados en la pantalla de la
televisión, apenas escandalizados por algún infatigable bufón,
¡nunca salimos transformados! ¡Nosotros, nosotros permanecemos!
¡Seguimos siendo nosotros mismos! ¡No hay lugar para los otros!
Los orificios de los amantes no son más que agujeros siniestros que llevan
a las letrinas, a la muerte, al fango, y lo que se abre nunca puede ser celestial.
“Porque cuando estamos maduros para desaparecer de este mundo, es mejor,
antes que frenar la cuestión, acelerarla (...) nos ilusionamos, decía
(el fotógrafo) Maletta, porque, por el momento, hay un entreacto. Por
el momento, nuestro país es un rinconcito apacible. No significa que
las cosas no sigan su curso.”
“¡Todo esto por el Movimiento! —dijo él—. ¿Me
sigues?” Entonces nos desplazamos, escalamos y, aliviados, respiramos.
¡Las montañas! Miramos a nuestro alrededor, contemplamos los paisajes
y no escuchamos nada: desde hace tiempo a todos los demás los redujimos
al silencio.
Entrevista
Quien gana, pierde
Por Theo Ross
“Los perdedores me interesan mucho más que los ganadores, éstos me causan rechazo. Me interesan quienes tienen su yo fragmentado”, dice Elfriede Jelinek.
—Su
perdedor favorito es el escritor suizo Robert Walser (1878-1956), que murió
mientras caminaba por la nieve.
“Robert Walser asumió el hecho de ser perdedor con un placer eufórico
pues era tan inteligente como para saber que en la vida sólo se puede
ser perdedor. Uno debe soltar inmediatamente todo lo que tiene, no aferrarse
a nada. Pero no quiero dar una imagen romántica de él porque pasó
treinta años recluido por la fuerza en un manicomio: algo terrible para
un hombre con esa apertura al mundo, autor de delicados y magníficos
poemas. Lo encerraron y dejó de hablar”.
— Jelinek, que se pone del lado de los perdedores, este año (1998)
resultó ganadora. Su pieza sobre Robert Walser fue aplaudida en el Festival
de Salzburgo. Cincuenta artistas le rindieron homenaje durante un día
en distintos lugares de la ciudad de Salzburgo. Al final de ese “viaje
por la mente de Jelinek”, hubo un desfile espectacular de la diseñadora
berlinesa de moda Lisa D.
“Uno de los pocos momentos en que dejo la actitud analítica y me
ocupo de algo con los sentidos es cuando veo ropa y pruebo maquillajes”,
dice Jelinek. “Por eso la moda y el maquillaje no podían faltar
en ese viaje por mi mente.”
—Sus palabras tienen un sonido propio. Trabaja intensamente el lenguaje,
hasta que éste revela su desacuerdo, su ideología, su violencia
oculta.
“Leo algo y cuando encuentro uno de esos núcleos que me resultan
interesantes, parto de él y éste me lleva en otra dirección,
como si se tratara de una composición musical. Me empieza a dar un poco
de miedo ser elegida como la autora dramática del año, cuando
yo no sé nada de teatro. No lo entiendo, no sé cómo funciona.
Trabajo siguiendo mi propia obsesión, aquello que yo imagino que es el
teatro. Ni siquiera el tema de lo corporal significa un obstáculo para
mi escritura, porque yo no me imagino personas vivas sobre el escenario. Decir
que escribo contra el teatro ya se ha convertido en un cliché. Digamos
que intento arrebatarle mis obras al teatro. En mis trabajos dramáticos
empleo citas de textos filosóficos, mitos triviales, refranes populares,
juegos de palabras o frases de novelas policiales. Lo hice, por caso, en Los
niños de los muertos. No es la psicología de un personaje
lo que me impulsa a avanzar en el desarrollo de una obra, sino el aura. Mis
personajes temen perderse a sí mismos. A partir del ‘ahora estoy
aquí’ de esas criaturas, hay enormes coros y largos monólogos.
Evidentemente esos seres temen morir si no hablan. Sólo viven en el escenario
mientras hablan. Hay un vínculo muy fuerte entre vivir y hablar. Si los
personajes callan, desaparecen, pues en realidad yo no me imagino qué
hacen cuando dejan de hablar. En mi caso, el director tiene que pensar cómo
ocupar a los personajes cuando no hablan, porque para mí cuando no hablan,
están muertos”.
—En Viena, donde vive, tiene motivos para sentirse herida. La prensa local,
sobre todo el Kronenzeitung, no la trata con delicadeza.
“Uno debe dejar que el lenguaje hable por sí mismo. Cuando se vive
en Austria, se debe permitir que el lenguaje de la extrema derecha, del PFÖ,
de la Iglesia, del Kronenzeitung, es decir esas corrientes del lenguaje que
fluyen todo el año, hablen por sí mismas. Entonces cualquiera
que lea el Kronenzeitung, aun quien lo lee todos los días, se dará
cuenta de qué cosas se dicen allí”.
—Con respecto a su obra Totenauberg, Jelinek es muy clara.
“Lo que hice en esa pieza o en Nubes es confrontar los distintos
pensamientos de Occidente. Por ejemplo, en Totenauberg se enfrentan Heidegger
y Hannah Arendt. Obviamente la mujer no puede ganar. Desde el principio, se
sabe que va a perder. Como ocurrió en la realidad”.
—Según algunos, la producción de Jelinek no es de fácil
comprensión.
“Me persiguen los que me reclaman que sea más comprensible, pero
yo soy más rápida y no me alcanzan. Tengo gestos arrogantes. Quizá
porque como mujer me digo: No voy a estar nunca más en una posición
de inferioridad. Voy a tener el control de todo. Un hombre no necesitaría
comportarse así porque quien posee el discurso hegemónico no necesita
afirmarse de esta manera en la literatura. Quizá una actitud semejante
proceda del miedo que uno tiene de chico de no ser querido, de no existir, si
no rinde. De niña, pasaba el tiempo diseñando ropa para mi muñeca.
Mi madre quería que yo fuera una virtuosa del piano. Cuando se pasó
por el infierno de la ambición de la madre, ya la ambición no
significa nada para uno. No busco la satisfacción personal de la ambición”.
“Como mujer, como ser inferior, estoy absuelta —dice Jelinek—.
Si no logro hacer una obra importante, de todos modos no se espera que lo haga.
Hay montones de libros sobre las mujeres que quieren amar y los hombres que
no quieren, pero esos libros sólo los compran las mujeres porque a los
hombres no les interesa para nada. Las mujeres, en cambio, tienen que estudiar
muy bien a los hombres porque están obligadas a presentarse ante ellos
como objetos. En esto no veo que haya habido algún cambio. La mujer sigue
marginada. La peor humillación es que en las economías su trabajo
no es registrado. Trabaja de una manera impresionante, pero eso no se ve. Baste
pensar sólo en el trabajo de cuidado de los niños, los ancianos
y los enfermos que realiza”.
—Perdedora en el rol marginal de la mujer en la sociedad, perdedora en
la infancia, ahora Jelinek es ganadora en la escritura. Su Obra deportiva
fue premiada y tuvo mucho éxito.
“Hasta Obra deportiva, yo siempre desaparecía de mis textos.
Estaba allí tan bien oculta que sólo yo sabía por dónde
había pasado. Quiero evitar todas las cosas arbitrarias, traicionarme
a mí misma con asociaciones reveladoras. No me pondría a merced
de nadie que me llevara por ese camino. Deseo tener todo bajo control”.
—Jelinek puede guiarlo a uno muy bien en cuestiones de moda y literatura.
Pero con tanto control en el arte ¿dónde queda la vida?
“Pierdo la vida, mi propia vida. Aparentemente tengo que renunciar a ella.
Aunque quizá no tendría que hacerlo en absoluto. Otros escritores
signados básicamente por el lenguaje sí viven, aunque en un estado
de arrebato. Yo siento temor de perderme en él”.
—Ahora que usted ha ganado en el arte, puede comenzar a vivir. En inglés
hay una expresión justa para el que gana y, al mismo tiempo, pierde,
“beautiful looser” (hermoso perdedor).
“Ser famoso es terrible para un escritor o un artista. Uno tiene que estar,
digamos, retirado. La fama nos destruye”.
Entrevista
7/10/04
Contra la barbarie
Por
Raniere Polese
Corriere della Sera, 2004
Traducción: Hugo Beccacece
—¿De
verdad no irá a Estocolmo a recibir el Premio Nobel?
—Es cierto, no iré. Pero no hay nada de polémico en esta
decisión. Sufro realmente de agorafobia, por eso evito ceremonias públicas
y los lugares donde hay mucha gente. Me representará mi editora, que
vive en Hamburgo.
—Ha dicho que no desea convertirse en un título de honor, de propaganda,
para Austria.
—De ningún modo quiero llegar a ser un instrumento. Por otra parte,
no se me pueden pedir sentimientos patrióticos que jamás he alimentado
ni manifestado.
—¿Recibió felicitaciones de parte de las autoridades austríacas?
—No me llamó ninguna de ellas. Pero, sabe, hoy mi teléfono
está muy ocupado, quizá no han logrado ponerse en comunicación
conmigo. De todos modos un amigo me dijo que el presidente de la República,
Fischer, y el Presidente del Parlamento, Kohl, han expresado su satisfacción
por este premio.
—Para muchos críticos, su obra literaria se inscribe en la línea
de otros dos grandes escritores austríacos, Thomas Bernhard e Ingebort
Bachmann. Ambos son muy duros con Austria. ¿Usted comparte esa posición
crítica?
—Desde un punto de vista estético son muy distintos de mí.
Pero tenemos algo en común: la oposición a Austria. En cierto
momento, Bachmann, no quiso vivir más en el país y se fue a Roma.
Bernhard, en cambio, permaneció en él, pero en los últimos
años de su vida prohibió la representación de sus piezas
en territorio austríaco.
—También usted, en 2000, el año de la asunción del
gobierno de centroderecha, prohibió que se representaran sus textos teatrales.
Como otros intelectuales se alineó contra Jörg Haider, al que en
la obra Das Lebewohl (El adiós), de 2002, definió como
“la tragedia y la farsa de la historia juntas”.
—Con la coalición de centroderecha se fracturó el país,
un hecho que, de otro modo, no se habría producido. Esta ruptura provocó
una verdadera regresión civil. De hecho llegaron al gobierno personas
que no sólo no tomaron más distancia de las SS, sino que les rindieron
honores públicamente. Es una cosa inadmisible. Se infringió un
tabú que no debía ser violado.
—Un tema recurrente de sus intervenciones y artículos de los últimos
meses (aparecen regularmente en su página de Internet) es la guerra en
Irak. ¿Por qué esa insistencia y cuál es su posición
al respecto?
—Para evitar equívocos, pienso que haber echado a un dictador sanguinario
como Saddam Hussein fue algo positivo. El problema es que ahora le toca a la
población padecer el terrorismo en acto. Hoy debería resultar
claro para todos que el 11 de septiembre no fue obra de Irak, entendido como
Estado; y es igualmente claro que la guerra en curso viola los derechos de un
pueblo y los elementales principios de humanidad.
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Elfriede Jelinek: ‘La marginación es el lugar del escritor’
El
Mundo libro - 7/diciembre/2004
EFE - Viena
La
austriaca Elfriede Jelinek, que esta semana recibe el Nobel de literatura, dice
que la marginación, en general forzada, “es el lugar del escritor”
que acompaña a la sociedad con voz crítica, como en ‘Las
amantes’, donde denuncia la discriminación de la mujer.
Jelinek, que según ha anunciado no asistirá al acto de entrega
del Nobel el viernes próximo en Estocolmo, opina que “un escritor
nunca debe comprometerse con los poderosos, con los gobernantes. Debe criticarles,
ése es su deber”.
Desde su primera obra, la controvertida literata y dramaturga, nacida en Mürzzuschlag,
Austria, en 1946, se ha convertido en una francotiradora que no ahorra andanadas
verbales ni en sus libros ni en su declaraciones para denunciar la injusticia,
la opresión o el sometimiento sexual de la mujer ante el hombre.
En ‘Las amantes’, editada originalmente en alemán en 1975
y entregada ahora a las imprentas de El Aleph Editores, en castellano, y Editions
62, en catalán, se lee: “Si alguien tiene un destino, entonces
es un hombre. Si a alguien se le impone un destino, entonces es una mujer”.
Jelinek afirma que esta narración “aún sigue vigente porque
las estructuras sociales sólo han cambiado en los detalles. Las mujeres
jóvenes cuentan aún hoy con menos posibilidades que los hombres,
sobre todo en las áreas rurales”.
Sin Austria
La
escritora adelanta que el discurso que enviará a la ceremonia de entrega
del premio en la Academia Sueca trata de la “marginación, en su
mayoría forzada, de quien escribe. El escritor es alguien que acompaña
a la sociedad y la observa desde la distancia. La marginación es su lugar”.
En esa lectura no se mencionará la palabra Austria: “No quiero
tener nada que ver con el Gobierno actual, ni con ningún otro”.
De origen “semijudío” por línea paterna, atribuye
al “pueblo de la palabra, los judíos”, una de las influencias
culturales más importantes en su formación, a pesar de haber recibido
una educación religiosa estrictamente católica por parte de su
madre y por el colegio de monjas donde estudió.
“La palabra, en mi educación, siempre tuvo una gran importancia.
Especialmente en la familia de mi padre. Ya de niña alababan allí
mi capacidad para dar respuestas rápidas, certeras y mi especial sentido
humor. Eso, naturalmente, me motivaba”, recuerda.
Así se le reveló en su infancia el poder invisible del lenguaje
como una herramienta formidable para derribar rivales poderosos.
“Me transmitió la conciencia de que como niña, débil
e impotente, tenía también poder gracias a las palabras. Comparable
a un David que vence a un Goliat con una honda”, comenta.
Añade que, en la difícil relación con su país, pesa
“el pasado criminal de Austria” y las víctimas en su familia.
“Crecí con ello”, confiesa.
La crítica que despliega no es la de una optimista que pretende cambiar
un orden de cosas, sino la de una pesimista vital.
Misántropa y pesimista
“Por
desgracia, tengo que admitirlo. No hay nada que hacerle, soy misántropa
y pesimista. Y un Premio Nobel no lo va a cambiar. No veo que nada mejore”,
declara de forma tajante.
Esa pulsión negativa alimenta su obra y la dota de una tensión
narrativa que, según algunos críticos, tiene su motor en el odio.
“En lugar de odio”, matiza Jelinek, “yo diría ira.
Ira por los condicionantes sociales que evidentemente son inalterables, o así
me lo parecen”.
La hemorragia fatalista de sus obras se transmite con una musicalidad que hace
de su escritura digna de leerse en voz alta y muchos la emparentan con otro
gran crítico de la sociedad austriaca como fue el fallecido Thomas Bernhard.
“También Thomas Bernhard escribía de una forma muy ‘musical’.
Pero él se centraba más en el ritmo de las frases, mientras que
yo uso el sonido y la tonalidad de cada palabra como material musical, con el
que luego juego, mediante asonancias, aliteraciones, variantes...”, explica.
Música
“Forcejeo
con las palabras hasta sacarles un nuevo sentido y desvelar al mismo tiempo
el carácter ideológico que transportan, su falsa conciencia”,
añade.
Su temprana formación en el conservatorio y su educación musical
tienen un gran influjo en su obra, como se demuestra en ‘La pianista’,
donde hay elementos autobiográficos.
“Mi compositor favorito es Schubert, por su inseguridad y su profundidad
emocional, por su capacidad para no ilustrar el lenguaje con la música,
sino para elaborar
con ella un todo. Especialmente su colaboración con el poeta Wilhelm
Müller en su gran ciclo ‘La bella molinera’ y ‘El viaje
de invierno’”.
Cree que el Nobel le dará mayor “libertad para hacer y escribir”
lo que quiere, pero espera también que “vuelva pronto la tranquilidad”
perdida: “Ahora mucha gente quiere algo de mí”.
No desea que el galardón dé a sus opiniones mayor relevancia de
la que tenían antes: “Hay que andarse con mucho cuidado. De ninguna
manera me gustaría tener más autoridad que la de cualquier otro
ciudadano que expresa su opinión”. ![]()