|
Glosario
básico del criollo bien hablado |
Por
José Luis Moure - UBA
/ CONICET. Academia Arg. de Letras
Diario
Clarin - 13/noviembre/2004
Orígenes de los argentinismos
Numerosas voces que creemos propias del español en realidad proceden de las lenguas aborígenes, como laucha, ombú y ñaupa, mientras otras, como calefón y lavandina, son invenciones locales posteriores. Aquí, un panorama del vocabulario de los argentinos.
Si
le pedimos a alguien que nos mencione algunos argentinismos, es muy probable
que nos responda con una lista de lunfardismos. Difícilmente sepa que
almacén, birome, bolillero, egreso, hondera, hornalla o petiso
también lo son, o que el adverbio difícilmente no figura
en el Diccionario de la Real Academia con el significado con que acabamos de
usarlo.
¿Qué es un argentinismo? Podemos definirlo como toda palabra,
expresión o rasgo gramatical propio de la Argentina. El concepto, sin
embargo, puede ser engañoso, porque daría por supuesto que nuestro
idioma posee particularidades que se interrumpen en los límites geográficos
del país. Pero ni la realidad de hoy ni la historia pueden sostener semejante
presunción. Nuestro territorio fue colonizado por los españoles
a través de tres corrientes de poblamiento: una proveniente del Alto
Perú, establecida en el noroeste y centro del país, otra que procedía
de Chile y que ocupó la región cuyana, y una tercera que, habiendo
partido del Paraguay, pobló nuestro litoral y refundó Buenos Aires
en 1580 (la región patagónica fue colonizada en época moderna
mayormente con gente de Buenos Aires). Esos orígenes distintos en fechas
diversas, los asentamientos en territorios habitados por aborígenes de
lenguas y culturas variadas, la dependencia de diferentes centros políticos
y administrativos durante la Colonia, el mayor o menor grado de aislamiento
geográfico, y el desigual establecimiento de la inmigración europea
a caballo de los siglos XIX y XX explican, por una parte, la formación
de regiones lingüísticas diferenciadas y, por otra, que puedan existir
rasgos que comparten grupalmente Mendoza, San Juan y Chile, Jujuy, Salta y Bolivia,
Misiones y Paraguay o Buenos Aires y Montevideo.
Hecha esa necesaria salvedad, podemos comprobar la existencia de características
lingüísticas que, como el voseo, que no es exclusivo de la Argentina,
por su generalización y aceptación en todos los niveles sociales
y culturales de nuestro país (con un tú casi extinguido
en el habla corriente), puede ser considerado un argentinismo. También
lo son las formas apelativa che (aunque la usen bolivianos y uruguayos)
y el maestro o el jefe con el que algún desconocido pide nuestra atención,
o la extendida pronunciación que en buena parte del país les damos
a las letras ll e y (el cabayo de los mayores y el
cabasho de los jóvenes). Decimos repartieron las cosas entre
ellos (y no “entre sí”), voy a ir (y no “iré”),
y particularmente en el litoral y en Buenos Aires todavía no llegó
(en lugar de “no ha llegado”). Usamos posesivos (mío, tuyo,
suyo, nuestro) después de los adverbios delante, detrás, encima,
cerca, etc. (cerca mío por “cerca de mí",
"el mundo está dentro tuyo", dice una publicidad) y manifestamos
distintos estados de ánimo con expresiones particulares como ¡pucha!,
¡mirá vos!, ¡qué esperanza!; desde hace unos
años estimulamos a un cuadro ("equipo") que atraviesa un período
de infortunio con un ¡aguante...!
Pero no hay duda de que es en el léxico donde los argentinismos se lucen.
Reiterando lo ya advertido, y salvo la lengua gauchesca y los lunfardismos —compartidos
con frecuencia con Uruguay, y a los que hoy no podemos referirnos—, es
probable que sean pocas las palabras que se emplean exclusivamente en la Argentina
(¿y cómo saberlo con seguridad?). A falta de uno mejor, el criterio
que generalmente se sigue para identificar los argentinismos es establecer qué
voces usuales en nuestro país, o en parte de él (regionalismos),
no lo son en España. Esto puede ocurrir porque la palabra es ajena al
español traído por los conquistadores, como ocurre con las derivadas
de lenguas indígenas, muchas de las cuales también sobrepasan
nuestra geografía: los quichuismos yapa, ñaupa, tambo, quincho,
ojota, vincha, choclo, charque, locro, achuras, mate, pucho, china, guacho,
chucho, guarango, pampa, opa, payada; los araucanismos malón,
boldo, curanto, huinca, laucha, colihue, o los guaranismos maraca,
jaguar, ñandú, piraña, yacaré, carancho, chimango,
ombú, tapera. Algunas quedaron relegadas a una región: chaya
"burlas y juegos de carnaval" o tomaticán "guiso
con tomate" (Cuyo y noroeste), caicobé o curuvicar
"despedazar" (nordeste). En otros casos, las palabras, después
de haber llegado en boca de los españoles, permanecieron entre nosotros
pero se perdieron en el uso peninsular (pollera "falda",
vereda "acera", escribano "notario", intendente
"alcalde"). Numerosísimas son las formas de perfecto ropaje
castellano que adquirieron aquí otro significado (saco, cajón
"ataúd", baldío, escupidera, mocoso "niño",
potrero, martillero "subastador", gomería, subterráneo
"metro", colectivo, lágrima "leche con poco
café", clavo "mercadería que queda sin vender").
Algunas son derivaciones de voces bien aceptadas (timbear, abatatarse, tropilla,
bolillero, mamadera, inflador, calesita), galicismos (placard, remís,
carné, garage, debut), italianismos (peceto, feta, grapa).
Hay verbos como agarrar, cuyo sinónimo hispánico evitamos,
o correrse que es aconsejable no conjugar en presencia de damas peninsulares.
Muy argentina es tilingo y no faltan misterios como chimichurri.
Más sorprendente es esa suerte de criptoargentinismos, aquellos que no
hacen sospechar su restringido empleo local. ¿Sabía usted que
también nos pertenecen soda, bibliorato, lapicera, cinta aisladora,
lavandina, calefón, edilicio, revisación (médica),
concesionaria, ahorrista, paragolpes, elastizado, tomacorriente, largavista?
![]()