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Idioma |
Por
Manuel Vicent - Escritor
y columnista del diario El País, de Madrid
Revista La Nación - 17/octubre/2004
Una
mañana, en el hotel Plaza de Nueva York, no había acabado de despertar
cuando oí voces en el pasillo que hablaban un castellano muy dulce. En
el sopor de la conciencia tuve un pensamiento feliz: por fin la excelsa lengua
de Cervantes había conquistado la cima del Imperio, según había
soñado Nebrija. Eran unas chicas mexicanas que estaban pasando la aspiradora.
Poco después, una joven colombiana llamó a mi puerta para arreglar
la habitación. Mientras limpiaba el lavabo, un día me contó
algunas peripecias de su vida con las palabras más puras de nuestro idioma.
No sé inglés y como no soy científico ni hombre de negocios,
no lo necesito.
A cualquier parte de Estados Unidos adonde vaya siempre encontraré un
camarero, una cajera, un maletero, un abrecoches, cualquier cocinero que me
saque del apuro. El emperador Carlos V dijo que utilizaba el italiano para hablar
con las damas, el francés para hablar con los hombres y el castellano
para hablar con Dios.
Hoy en Nueva York sólo usaría nuestro idioma para departir con
los criados, como hago yo, que no soy nadie. Cuando camino por Manhattan y suena
a mi alrededor la lengua de Cervantes, vuelvo la cara, y normalmente se trata
de alguien que está descargando bultos o va tirando de una carretilla.
El simple hecho cuantitativo de que hablen castellano 400 millones de personas
y que suene en el lugar más extraño del mundo donde se haya afincado
un emigrante latinoamericano, hace que los españoles no necesitemos el
inglés vitalmente, lo cual juega en nuestra contra.
Sin duda, la minoría hispana ya ha accedido en Norteamérica al
gran consumo, y constituye también una fuerza electoral; por eso los
políticos en los mítines balbucean algunas palabras en castellano
y los ejecutivos de las multinacionales consideran una ventaja hablarlo bien,
pero a la hora de firmar un contrato internacional y de acceder a las últimas
conquistas del cerebro humano, la lengua de Cervantes no cuenta para nada. Hay
que saber inglés.
En este sentido, conviene inculcar en nuestros escolares una idea básica:
el castellano sirve para soñar, para rezar, para escribir bellas historias,
para rememorar grandes hazañas del pasado, pero no interviene en absoluto
en la economía mundial ni en el pensamiento científico. Su zona
de máxima influencia está en los sótanos del Imperio, donde
se friegan los platos y se cargan los paquetes. Cuando oigo hablar mi idioma
en Nueva York, sé que lo pronuncia un hermano.
Voy hacia él y lo abrazo. ![]()