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Larga
vida al cuento |
Por
William Boyd
Traducción: Zoraida J. Valcárcel
Fuente: La Nación - 26/diciembre/2004
El
relato breve, muy popular en el pasado, suele ser dejado hoy a un lado por el
mercado editorial. En este artículo, uno de los más importantes
novelistas ingleses actuales analiza cuáles son las virtudes del género
y cuenta por qué lo considera una forma cargada de futuro
“¿Aristócratas?
Los mismos cuerpos feos y sucios, la misma vejez desdentada, la misma muerte
repugnante que las verduleras.”
Esta observación proviene de un cuaderno de apuntes que Anton Chejov
llevó en los últimos doce años de su vida (1892-1904).
Allí anotó jirones de diálogos que había oído
por casualidad, anécdotas, aforismos, nombres interesantes e ideas germinales
de cuentos breves. La cita pertenece a esta última categoría.
Cuanto más se lee a Chejov, tanto más fácil resulta imaginar
el cuento que podría haber salido de esta sombría comparación.
El concepto está bien expresado y sigue siendo tan válido como
lo era en la Rusia del siglo XIX: la muerte es la gran niveladora. Pero hay
algo más interesante: estas pocas palabras pueden guiarnos hacia un modo
inicial de comprender el cuento, contrapuesto a su hermana más corpulenta,
la novela. Afirmaría que es posible escribir un cuento inspirado en su
hermana más corpulenta, la novela. Afirmaría que es posible escribir
un cuento inspirado en las palabras de Chejov, pero ellas no bastarían
para una novela.
En opinión de William Faulkner, es más difícil escribir
un cuento que una novela. Algunos escritores rara vez lo abordan, o bien, escriben
apenas media docena en toda su vida. Otros parecen sentirse perfectamente cómodos
con esta forma y luego la abandonan. Y están aquellos que ven el desafío
en la novela.
Sin embargo, muchos grandes cuentistas se mantuvieron apartados de la forma
extensa en general: Chejov, Jorge Luis Borges, Katherine Mansfield, V. S. Pritchett,
Frank O’Connor. Mi caso quizá sea típico: llevo escritas
nueve novelas, pero no puedo dejar de escribir cuentos. Hay algo en la forma
breve que me tienta una y otra vez.
¿Qué atractivos tiene para un escritor? Importa recordar que el
cuento, tal como lo conocemos, es un fenómeno relativamente reciente.
Entre mediados y fines del siglo XIX, en Estados Unidos y Europa, la aparición
de las revistas de venta masiva y una nueva generación de lectores cultos
de clase media provocaron un florecimiento del cuento que, posiblemente, duró
un siglo. Al principio, muchos escritores se sintieron atraídos por él
como una fuente de ingresos, sobre todo en Estados Unidos: Nathaniel Hawthorne,
Herman Melville y Edgar Allan Poe costearon sus carreras de novelistas, menos
lucrativas, escribiendo cuentos. En la década del 20, The Saturday
Evening Post pagó 4000 dólares a Francis Scott Fitzgerald
por un cuento (unos 40.000, al valor actual). En los años 50, hasta John
Updike calculaba que podía mantener a su esposa y sus pequeños
hijos con sólo vender a New Yorker cinco o seis cuentos por
año. Los tiempos han cambiado. Si bien algunas revistas (New Yorker,
Esquire, Playboy) son generosas y pagan más que sus equivalentes
británicas, ningún escritor actual podría repetir la proeza
de Updike.
En cierto modo, la popularidad del género, y aun su disponibilidad, siempre
han estado a merced de consideraciones comerciales, en mayor medida que las
de la novela. Cuando publiqué mi primera colección de cuentos,
En resumidas cuentas (On the Yankee Station, 1981), estos libros eran
rutina en muchas editoriales británicas. Ya no. Además, había
un mercado, pequeño pero estable. Un cuentista podía colocar su
obra en medios muy diversos. Por ejemplo, los cuentos de mi primera colección
habían sido publicados en Punch, Company, London Magazine, la
Literary Review y Mayfair, y difundidos por la BBC. En mi
juventud, empecé a escribir cuentos porque entonces parecía lógico
hacerlo: tendría las mejores probabilidades de publicación. Pero
todo este discurso en torno al dinero y las estrategias enmascara el atractivo
tenaz de la forma. En definitiva, la frecuentamos porque ella activa un conjunto
diferente de mecanismos mentales. Melville escribió cuentos mientras
avanzaba trabajosamente con Moby Dick y dijo: “Mi deseo de que
tengan «éxito» (como le dicen) brota únicamente de
mi bolsillo, no de mi corazón”. Sin embargo, por entonces escribió
algunas obras de narrativa breve hoy clásicas: “Bartleby”
y “Benito Cereno”, entre otras.
Escribir un cuento y leerlo son experiencias distintas de la escritura y la
lectura de una novela. A mi entender, básicamente se contraponen la compresión
y la expansión. Pero volvamos al pequeño memento mori
de Chejov sobre las aristócratas y las verduleras, y a mi comentario:
vemos allí que las ideas y la inspiración que impulsarán
una novela, por sucintas que sean, deben ser aptas para un acrecentamiento y
una elaboración infinitos. En cambio, en casi todos los cuentos, lo esencial
es destilarlos, reducirlos. Tampoco es una simple cuestión de longitud:
hay cuentos de veinte páginas mucho más cargados y grávidos
de significados que una novela de cuatrocientas páginas. Hablamos de
una categoría de ficción en prosa totalmente distinta.
Es usual comparar la novela con una orquesta y el cuento breve con un cuarteto
de cuerdas. Esta analogía me resulta falsa porque, al referirse exclusivamente
al tamaño, nos lleva a conclusiones erróneas. La música
producida por dos violines, una viola y un violonchelo nunca puede sonar, ni
de lejos, como la producida por decenas de instrumentos, pero es imposible diferenciar
un párrafo o página de un cuento de los de una novela. Ambos géneros
utilizan recursos idénticos: lenguaje, argumento, personajes y estilo.
Al cuentista no le es denegado ninguno de los instrumentos literarios requeridos
por los novelistas. Para tratar de precisar la esencia de las dos formas, es
más pertinente comparar la poesía épica con la lírica.
Digamos que el cuento es el poema lírico de la ficción en prosa
y la novela su epopeya.
Hay muchas definiciones del cuento. Pritchett lo describió como “algo
vislumbrado al pasar con el rabillo del ojo”. Updike dijo: “Estos
empeños de apenas unos miles de palabras retienen los sucesos, apuros,
crisis y alegrías de mi vida con mayor fidelidad que mis novelas”.
Angus Wilson, el autor de Cicuta y después, señaló:
“En mi pensamiento, los cuentos y las obras teatrales van juntos. Tomamos
un punto en el tiempo y desarrollamos la acción a partir de allí;
no hay espacio para desarrollarla hacia atrás”. Cada escritor lo
interpreta a su modo: es la epifanía fugaz y cotidiana, la autobiografía
sumergida, una cuestión de estructura y rumbo. Podría citar más
definiciones, algunas contradictorias, otras forzadas, pero todas (cada una
a su modo) hasta cierto punto convincentes. Si la casa de la novela tiene muchas
ventanas, también parece tenerlas la casa del cuento.
En veinte años, he publicado treinta y ocho cuentos, reunidos en tres
libros. Habrá otros cuatro o cinco sueltos: creaciones juveniles publicadas
en revistas universitarias o algún encargo para un aniversario. Sea como
fuere, lo que me atrae, una y otra vez, a este género es su variedad,
la seductora posibilidad de adoptar voces, estructuras, estilos y efectos diferentes.
Por eso decidí que valdría la pena intentar una categorización
un poco más minuciosa, tratar de clasificar sus múltiples variantes.
Al examinar la obra de otros escritores, llegué gradualmente a la conclusión
de que hay siete categorías, en las que caben casi todos los tipos de
cuento. Algunas se traslaparán, o bien, una de ellas tomará algo
de otra sin ningún parentesco aparente, pero en general incluyen todas
las especies del género. Tal vez, en esta diversidad, comencemos a ver
qué tienen en común.
1. El event-plot story [una traducción aproximada
sería “cuento basado en una trama de hechos”]. Es una expresión
acuñada por el escritor inglés William Gerhardie en 1924, en un
libro sobre Chejov, fascinante pese a su brevedad. Gerhardie la usa para diferenciar
los cuentos de Chejov de todos los anteriores. En éstos, casi sin excepción,
lo más importante es la estructura argumental; la narrativa se adapta
al molde clásico: exposición, nudo y desenlace. Chejov puso en
marcha una revolución, cuyos reverberos persisten aún hoy. En
sus cuentos, no abandonó la trama, pero sí la asemejó a
la de nuestra vida: aleatoria, misteriosa, mediocre, áspera, caótica,
ferozmente cruel, vacía. El estereotipo del event-plot story,
en cambio, es el desenlace efectista que hizo famoso a O. Henry pero que también
fue muy utilizado en los cuentos de fantasmas (los de W. W. Jacobs, por ejemplo)
y de detectives (Arthur Conan Doyle). Yo diría que hoy parece muy anticuado,
por lo artificioso, aunque Roald Dahl ganó cierta fama con una variación
macabra sobre el tema y es de uso corriente entre los narradores de historias
inverosímiles, como Jeffrey Archer.
2.
El cuento chejoviano. Chejov es el padre del cuento moderno;
su formidable influjo todavía se hace sentir en todas partes. Cuando
publicó Dublineses, en 1914, James Joyce sostuvo, llamativamente,
que no había leído a Chejov (desde 1903, había ediciones
inglesas de la mayoría de sus obras), pero esta referencia precisa peca
de gran falsedad. Dublineses, una de las obras más admirables
que se hayan publicado jamás dentro del género, debe mucho a Chejov.
En otras palabras, Chejov liberó la imaginación de Joyce del mismo
modo en que, más tarde, el ejemplo de Joyce liberaría la de otros.
¿Cuál es la esencia del cuento chejoviano? “Era hora de
que los escritores, especialmente los que son artistas, reconocieran que en
este mundo nada se comprende”, escribió Chejov a un amigo. A mi
entender, quiso decir que debemos observar la vida en toda su banalidad, su
tragicomedia, y rehusarnos a juzgarla. Rehusarnos a condenarla y a ensalzarla.
Registrar las acciones humanas tal como son y dejar que hablen por sí
solas (hasta donde puedan hacerlo), sin manipularlas, censurarlas ni elogiarlas.
De ahí su famosa réplica, cuando le pidieron que definiera la
vida: “¿Me preguntan qué es la vida? Es como si me preguntaran
qué es una zanahoria. Una zanahoria es una zanahoria y punto”.
Las inferencias de esta cosmovisión, expresadas en sus cuentos, han ejercido
un influjo asombroso. Katherine Mansfield y Joyce fueron de los primeros en
escribir con una mentalidad chejoviana, pero la frialdad desapasionada e impávida
de Chejov frente a la condición humana resuena en escritores tan disímiles
como William Trevor y Raymond Carver; Elizabeth Bowen, John Cheever, Muriel
Spark y Alice Munro.
3. El cuento “modernista” [en la órbita de las lenguas anglosajonas, el término “modernista” alude a las vanguardias de principios del siglo XX]. Titulé así este apartado para introducir a Ernest Hemingway, la otra presencia gigantesca en el cuento moderno, y transmitir la idea de oscuridad, de dificultad deliberada. El aporte revolucionario más obvio de Hemingway fue su estilo lacónico y recortado; no temía repetir los adjetivos más comunes, en vez de buscar sinónimos. Su otra gran contribución —donación— fue una opacidad intencional. Al leer sus primeros cuentos (casualmente son, de lejos, sus mejores obras) comprendemos la situación al instante. Un joven sale a pescar y, al caer la noche, acampa. En un café, se reúnen varios mozos. En “Colinas como elefantes blancos”, una pareja espera un tren en una estación. Están tensos. ¿Ella se ha hecho un aborto? Eso es todo. Sin embargo, de algún modo, Hemingway envuelve este cuento y los otros, con todas las complejidades encubiertas de un oscuro poema. Sabemos que hay significados ocultos; el cuento es tan memorable por la inaccesibilidad del subtexto. La oscuridad voluntaria da resultado en el cuento; a lo largo de una novela, puede ser muy tediosa. Esta idea de la oscuridad se superpone parcialmente con la categoría siguiente.
4. El cuento cripto-lúdico. Aquí, la narración presenta su superficie desconcertante de un modo más abierto, como una especie de desafío al lector; recordamos de inmediato a Borges y Nabokov. En estos cuentos, hay un significado por descubrir y descifrar, mientras que en Hemingway nos fascina su inasequibilidad exasperante. Un cuento de Nabokov, pongamos por caso “Primavera en Fialta”, fue escrito para que el lector atento lo desenmarañe (quizá le lleve varios intentos), pero detrás de esa tentación hay un espíritu fundamentalmente generoso. El mensaje implícito es: “Sigue excavando y descubrirás más cosas. Esfuérzate más y tendrás tu recompensa”. El lector está dispuesto a todo. Entre los grandes del cuento críptico o “narración reprimida” figura Rudyard Kipling; en cierto modo, es un genio no reconocido del género. Cuentos como “Mary Postgate” o “La señora Bathurst” son maravillosamente complejos por sus envolturas múltiples. Los críticos todavía mantienen vehementes debates en torno a sus interpretaciones correctas.
5. La “mininovela”. Su nombre lo dice todo. Es una de las primeras formas que adoptó el cuento (otra es el event-plot story). Hasta cierto punto, es un híbrido —mitad novela, mitad cuento— que intenta lograr en unas pocas decenas de páginas lo que una novela consigue en cuatrocientas: una larga lista de personajes y abundantes detalles realistas. El gran cuento de Chejov, “Mi vida”, pertenece a esta categoría. Abarca un lapso prolongado; los personajes se enamoran, se casan, tienen hijos, se separan y mueren. De algún modo, comprime en cincuenta y tantas páginas el contenido de una novela victoriana en tres tomos. Estos cuentos tienden a ser muy largos —están a un paso de la novela breve— pero sus pretensiones son claras. Evitan la elipsis y la alusión; acumulan hechos concretos, como si quisieran decirnos: “¿Ves? No necesitas cuatrocientas páginas para retratar una sociedad”.
6. El cuento poético-mítico. En fuerte contraste con la anterior, se diría que quiere apartarse al máximo de la novela realista. Esta categoría es amplia e incluye casos tan disímiles como las viñetas de las páginas, concisas y brutales, que Hemingway intercala en su colección de cuentos En nuestro tiempo; los cuentos de Dylan Thomas y D. H. Lawrence; las divagaciones cavilosas de J. G. Ballard por el espacio interior y los extensos poemas en prosa de Ted Hughes o Frank O’Hara. Es casi un poema y va desde el fluir del pensamiento hasta la impenetrabilidad gnómica.
7. El falso cuento biográfico. Es la categoría, en apariencia, más difícil de definir. Podría decirse que es el cuento que, en forma deliberada, toma y copia las propiedades de otros géneros literarios fuera de la narrativa: la historia, el reportaje, las memorias. Borges suele jugar con esta técnica. La generación más joven de escritores norteamericanos contemporáneos, con su afición presuntuosa por las notas fuera de texto y las remisiones bibliográficas, es otro ejemplo del género (o, más exactamente, representa un híbrido de cuento “modernista” y biográfico). Otra variante consiste en introducir lo ficticio en la vida de personajes reales. He escrito cuentos cortos sobre Brahms, Wittgenstein, Braque y Cyrill Connolly en los que narré episodios imaginarios de sus vidas; eso sí, hice toda la investigación previa que habría requerido un ensayo. Según una definición muy válida, la biografía es “una ficción concebida dentro de los límites de los hechos observables”. El falso cuento biográfico juega con esta paradoja, en su intento de aprovechar las virtudes de la narrativa para presentar supuestos hechos reales.
El futuro de un género
Hoy,
especialmente en el Reino Unido, donde vivo y escribo, es más difícil
que nunca publicar un cuento. Las posibilidades de que disponíamos los
escritores jóvenes en los años 80 están casi agotadas.
A pesar de estas contrariedades prácticas, creo que el género
está experimentando una especie de resurgimiento, tanto aquí como
en Estados Unidos. La explicación sociocultural de este fenómeno
sería, tal vez, el aumento masivo de los cursos de escritura creativa
con títulos reconocidos. El cuento es el instrumento pedagógico
perfecto para este tipo de educación. Cabe suponer que las decenas de
miles de cuentos que se escriben (y se leen) en estas instituciones cultivan
el gusto por esa forma, como lo hizo la circulación masiva de revistas
a fines del siglo XIX y comienzos del XX.
No obstante, intuyo que podría haber otra razón que explique por
qué, en realidad, los lectores de cuentos nunca desaparecieron del todo.
Y esto no tiene nada que ver con la extensión del texto. Un cuento bien
escrito no cuadra con la cultura del spot televisivo: es demasiado denso, sus
efectos son demasiado complejos para una digestión fácil. Si el
espíritu de los tiempos influye en esto, quizá sea una señal
de que nos estamos acercando a una preferencia por las formas artísticas
muy concentradas. Un buen cuento es como una píldora vitamínica:
puede proporcionar una descarga comprimida de placer intelectual selectivo,
no menos intenso que el que nos causa una novela, aunque tardemos menos en consumirlo.
Leer un cuento como “Los muertos”, de Joyce; “En el barranco”,
de Chejov, o “Un lugar limpio y bien iluminado”, de Hemingway, es
enfrentar una obra de arte compleja y cabal, ya sea profunda o perturbadora,
conmovedora o tenebrosamente cómica. No importa que lo leamos en quince
minutos: su potencia es patente y enfática. Tal vez sea eso lo que, en
estos tiempos, buscamos cada vez más como lectores: una experiencia a
modo de bomba fragmentadora estética que actúe con implacable
brevedad y eficacia concentrada.
Como escritores, nos volcamos hacia el cuento por otros motivos. En última
instancia, creo, porque nos ofrece la oportunidad de variar la forma, el tono,
la narrativa y el estilo de manera muy rápida e impresionante. Angus
Wilson dijo que había empezado a escribirlos porque podía comenzar
y terminar uno en un fin de semana, antes de tener que volver a su trabajo en
el Museo Británico. Por cierto, exige un esfuerzo real, pero no es prolongado
como el de la novela, con sus años de gestación y ejecución.
Una semana podemos escribir un event-plot story y a la siguiente un
cuento lúdico-biográfico. En el cuaderno de apuntes que mencioné
al principio, Chejov se refirió a este mismo placer. Había copiado
algo de Alphonse Daudet que, evidentemente, también despertó fuertes
ecos en él. Todos los escritores de cuentos comprenderán el sentido
de sus palabras:
“«¿Por qué son tan breves tus cantos? —le preguntaron
cierta vez a un pájaro—. ¿Acaso porque tu aliento es muy
corto?» El pájaro respondió: «Tengo muchos, muchísimos
cantos y me gustaría cantarlos todos»”.
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