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Prohibido
leer contratapas |
Por
Leonardo Moledo - Página 12
Boletín Cegalnet - 14/febrero/2005
“¿Otra
vez va a regalar un libro?”, me preguntó el ferretero, que no solamente
es ferretero, sino que además tiene un tío que vive en Santa Fe.
“Así es”, contesté, y cuando volví a mi casa
usé la cinta aisladora, de un negro rotundo y asqueroso, capaz de asustar
al más pintado, para cubrir meticulosamente la contratapa.
Pablo, naturalmente, se sorprendió, ante la cinta aisladora, pero yo
le expliqué: “Mirá —le dije—, El lector
relata la relación entre Michael Berg y Hanna, una mujer mayor que él.
Pero enseguida empezás a percibir un desajuste, una incógnita
que flota en el ambiente, una molestia indefinida, una delicadísima sospecha,
que es el pilar sobre el que se apoya el encanto del libro, y que de repente
se resuelve con una nitidez precisa y perfecta, y a partir de esta revelación
todo cobra un sentido diferente (¡he aquí el misterio de la literatura!)”.
“Pero la contratapa —agregué— dice expresamente que
‘en este libro Schlink relata la relación entre Michael y Hanna,
una mujer analfabeta...’, y te arruina todo, todo encanto, todo misterio,
cualquier posibilidad de gozar el libro.” Pablo me agradeció el
dispositivo de la cinta aisladora y acto seguido arrojó el libro a la
basura. Desde entonces me retiró el saludo.
Cuando le regalé a Martín Asesinato en Praga, de Konrad
Czeck, y se intrigó ante la cinta aisladora, le expliqué que la
contratapa decía: “El detective, que sabe que el asesino se oculta
entre los pliegues de la familia de K (la víctima), investiga minuciosamente
las viejas ofensas de familia aún pendientes hasta llegar a Karl, el
primo menor, que estaba en posesión del cuchillo con que se había
cometido el asesinato”. “Si leés la contratapa —le
dije—, sólo vas a poder disfrutar de las últimas páginas,
donde, una vez detectada el arma, resulta fácil dar con Albert, hermano
mayor de Karl, que era el dueño del cuchillo y autor del asesinato.”
Martín me comprendió, y allí mismo quemó el libro,
con cinta aisladora y todo. Desde entonces no me dirige la palabra.
Las contratapas son bastante parecidas a las críticas cinematográficas
que cuentan la película en detalle. O a ese momento fatal cuando, en
medio de una reunión, alguien se pone a relatar todos los detalles de
Mar adentro —quién le dio el veneno, cómo son las
últimas escenas— y uno se ve obligado a encerrarse en el baño
para no oír, ante lo cual el relator, decidido, se arrima a la puerta
del baño y levanta la voz para que no haya más remedio que escucharlo,
y uno se mete en la ducha, y abre todas las canillas como Federico Luppi en
Tiempo de revancha y de todas maneras oye, y sabe que nunca jamás
irá a ver Mar adentro.
¿Qué posibilidad hay de contrarrestar la siniestra compulsión
de los editores por contar hasta los últimos detalles de una novela en
la contratapa y privarnos de la sorpresa del relato? ¿Por qué
los editores odian tanto a los lectores? ¿Qué les hicimos? ¿Y
cómo podemos defendernos?
Lo primero que a uno se le ocurre es no leerlas, pero es difícil, ya
que la atracción de lo prohibido es irresistible (“puedo resistir
cualquier cosa, menos la tentación”, decía Oscar Wilde).
Un grupo de choque de La Paternal tomaba por asalto las librerías y las
bibliotecas, reducía a libreros y bibliotecarios y armados de brutales
tijeras de podar recortaba las contratapas de los libros. Otros recorrían
las librerías repartiendo cinta aisladora. Ciertos profesores de literatura
propusieron renunciar a la lectura de novelas, concentrarse directamente en
las contratapas y luego en las críticas periodísticas, arguyendo
que el resultado sería idéntico y algunos fanáticos borgianos
presentaron un proyecto de ley al Congreso exigiéndole que las contratapas
tuvieran la misma longitud que los libros, con lo cual la lectura de las contratapas
sería equivalente a la del libro, pero los diputados y los senadores
se negaron porque las contratapas les evitaban la odiosa tarea de leer libros.
Por ahora parece que no hay solución, y que hay que resignarse a la cinta
aisladora, como hacía yo. Y digo hacía, porque cuando decidí
regalarle a Carlos el excelente Canciones de los niños muertos,
de Toby Litt, su autor favorito, ni siquiera compré el libro. Le mostré
el rollo de cinta aisladora y le expliqué que era para tapar una vergonzosa
contratapa que decía “Este libro de Toby Litt describe un verano,
a finales de los años setenta, en un lugar perdido de la campiña
inglesa: cuatro chavales (sic): Matthew, Paul, Andrew y Peter fundan lo que
ellos denominan Pandilla, y como un juego más se preparan para luchar
contra los rusos. Sin embargo, cuando después de la trágica muerte
de Matthew a causa de una meningitis desencadena la guerra, ésta no será
la que planeaban librar en las calles y los campos, sino que ahora tendrá
lugar en las propias casas de los miembros de pandilla, en las cocinas y los
dormitorios. Tras identificar a los abuelos de Matthew como el enemigo y culparlos
de la muerte de éste, la jerarquía del grupo se rompe, y la lucha
por el liderazgo libera toda la capacidad de violencia y crueldad de los chicos.
Litt compone de esta guisa un fascinante y estremecedor retrato cuyo terrible
desenlace no dejará indiferente al lector”.
“Si leyeras esa contratapa —le dije—, perderías toda
la tensión que produce no saber quién morirá. Es verdad
que todavía te quedarán casi treinta páginas con algo de
interés hasta ‘el terrible desenlace’, cuando ...”,
pero en ese momento Carlos me interrumpió, se levantó y se fue
jurando no volver a dirigirme la palabra. Desde entonces no he vuelto a tener
noticias de él.
¿Vieron que no hay que leer las contratapas? ![]()