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Cuatro
siglos del Quijote |
Fuente:
Revista Cabal Argentina – julio/agosto 2004
Año XXI - Nº 139
En
julio de 1604 Cervantes ponía el punto final a la primera parte de Don
Quijote de la Mancha, el libro que había logrado concluir en medio
de las angustias de una penosísima situación económica
y un ajetreado marco familiar. En agosto vendió los derechos de publicación
al editor Francisco de Robles, quien a su vez entregó el manuscrito al
impresor Juan de la Cuesta, dando comienzo a uno de los mayores mitos de la
literatura universal.
Autorretrato literario
El retrato de Cervantes pintado por su amigo Juan de Jáuregui es el único cuya autenticidad no se discute, ya que debajo del cuadro el mismo Cervantes escribió:
“Este que véis aquí, de rostro aguileño, cabello castaño, frente lisa y desembarazada, alegres ojos y la nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correpondencia los unos con los otros; el cuerpo ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros...”
¿Quiénes fueron los primeros lectores del Quijote? Se sabe que
por la época de su publicación apenas un 20 por ciento de la población
total sabía leer, un índice que hoy puede parecer bajo pero que
en realidad era alto comparado con los siglos anteriores. El crecimiento de
la alfabetización tuvo que ver con el incremento del número de
las universidades, cuyo número pasó de once a treinta y dos entre
1500 y 1600, merced al súbito enriquecimiento de la Corona española
tras el descomunal saqueo de la plata y el oro americanos.
En ese 20 por ciento de lectores potenciales no se hallaba por cierto el pueblo
raso. Los privilegios de la alfabetización tocaban apenas sólo
a los hidalgos, a los miembros de la nobleza, a los clérigos, a los estudiantes
y a los intelectuales. El resto era silencio o, más precisamente, oralidad.
Cantares de gesta, romances y villancicos iban pasando de boca en boca a través
de los siglos tratando de aferrarse a los movedizos andariveles de la memoria
colectiva.
Los primeros lectores del Quijote fueron sobre todo los integrantes de la recién
nacida clase media urbana, capaces de pagar el equivalente a unos cuatro dólares
actuales por un ejemplar de aquella primera edición. Se habrían
sorprendido de saber que cuatro siglos más tarde uno de aquellos ejemplares
se remataría en la neoyorkina Sotheby’s en más de 6 millones
de dólares.
El éxito del Quijote fue tan rotundo y fulminante que —hoy se sabe—
quienes no podían adquirirlo se conformaban con alquilarlo.
Según investigaciones de la inglesa Margit Frenk, también era
común la lectura del libro en voz alta ante grupos al parecer constituidos
mayoritariamente por mujeres.
Pero la gran pregunta sin respuesta es: ¿Habrá sospechado alguna
vez Cervantes que el libro que había escrito habría de convertirse
en uno de los más importantes y emblemáticos de toda la historia
de la literatura universal? De algún modo el mismo autor parece sugerirlo
en algunos tramos de la inmortal novela, aunque siempre encubriendo el sentido
tras el velo de su constante ironía. En todo caso, lo cierto es que el
inesperado éxito de ventas no le alcanzó ni remotamente para librarlo
de las durísimas penurias económicas que lo acosaron a lo largo
de toda su vida.
Cuando el 26 de setiembre de 1604 le concedieron la licencia real para publicar
el Quijote, Cervantes acababa de cumplir 57 años, una edad más
que avanzada, sobre todo en ese tiempo, para publicar una primera gran obra.
Su fama como autor dramático era prácticamente nula. Además
de unas pocas poesías, el único libro que había logrado
publicar, diez años antes, era La Galatea, de moderada resonancia
pública. Tampoco parece que antes de escribir el Quijote tuviera demasiado
clara una auténtica vocación literaria.
La prueba es que en 1590, no mucho antes de que empezara a esbozarse en su imaginación
la desgarbada figura del ingenioso hidalgo, envió una desesperada petición
a la Corona, en la que, haciendo valer su condición de ex combatiente
en Lepanto y su ulterior cautiverio a manos de los turcos, clamaba por un puesto
oficial en las Indias “en cualquiera de los cuatro que al presente están
vacíos: la contaduría del Nuevo Reino de Granada, o la gobernación
de la provincia de Soconusco en Guatemala, o contador de las galeras en
Cartagena, o corregidor de la ciudad de La Paz.”
Para desgracia de Cervantes y beneficio de la literatura, su angustiada súplica
ni siquiera obtuvo respuesta. De haberla tenido, probablemente Don Quijote no
habría existido y nunca hubiera montado en Rocinante para salir a enderezar
entuertos por el mundo. Y tampoco Cervantes, tras recibir los últimos
sacramentos el 19 de abril de 1616, “puesto ya el pie en el estribo”
hubiera podido despedirse de todos sus lectores como lo quiso hacer en el final
del prólogo de “Persiles y Segismundo”, su obra póstuma:
“A Dios, gracias; a Dios, donaires; adiós, regocijados amigos;
que yo me voy muriendo, y deseando veros presto en la otra vida!”.
E.M.
Horrores de imprenta
En
tiempos de Cervantes, las imprentas trabajaban de un modo absolutamente artesanal.
La responsabilidad mayor corría por cuenta de los “cajistas”,
operarios encargados de armar cada página ordenando los tipos móviles
uno por uno en un marco de madera.
Los cajistas sostenían cada página manuscrita a la vista, abrochada
en un caballete a la altura de los ojos para poder descifrar con más
facilidad la intrincada caligrafía del autor. Cuando el texto era muy
extenso, como era el caso del Quijote, intervenían cuatro o cinco cajistas
a la vez, lo que obligaba a separar las páginas del manuscrito original
para repartirlas entre cada armador.
Era común entonces que se produjeran involuntarias transpolaciones, a
las que se sumaban los constantes errores producidos al momento de manipular
los tipos móviles de madera. No es de extrañar por eso que la
primera edición fuera publicada con una enorme cantidad de faltas, muchas
de las cuales fueron atribuidas durante largo tiempo al propio Cervantes.
En realidad fue recién hacia 1970, gracias sobre todo a las minuciosas
investigaciones del erudito Alberto Flores, que pudo probarse fehacientemente
que las faltas de ortografía y alteraciones sintácticas aparecidas
en el texto de la primera edición obedecieron en realidad a errores de
imprenta. Flores contabilizó nada menos que 3.925 erratas, que en la
segunda edición, publicada dos meses después de la primera, los
cajistas trataron de enmendar,
produciendo a su vez nuevas faltas y aliteraciones en el texto original, atribuibles
esta vez al apuro con que debieron encarar su tarea. Por otra parte, los correctores
de la época tampoco ayudaban demasiado. El obligatorio ‘Testimonio
de Erratas’, previo a la publicación, consignaba: “Este libro
no tiene cosa digna que no corresponda a su original, de lo que doy fe en el
Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá,
en primero de diciembre del año 1604.”
Una vida difícil
La
vida de Cervantes fue digna de una novela de aventuras. A los 22 años
tuvo que huir a Italia para evitar ser arrestado por su intervención
en un duelo. A los 24 combatió heroicamente en la batalla de Lepanto,
donde las escuadras españolas vencieron a los turcos en octubre de 1571.
En esa ocasión recibió un arcabuzazo en el pecho “perdiendo
el uso de la mano izquierda, para gloria de la diestra”. Al año
siguiente formó parte de nuevas expediciones navales. Cuando volvía
de Nápoles a España fue hecho prisionero. Como los turcos creyeron
que el futuro escritor era una persona acaudalada, pidieron un cuantioso rescate.
Mientras sus padres trataban de reunir todo el dinero posible, Cervantes intentó
sin éxito fugarse en cuatro ocasiones. En el último intento, al
ser descubierto fue condenado a muerte, salvándose gracias al sultán
Hasán Bajá, quien ordenó encerrarlo en una celda especial,
cargado de grillos y cadenas. En setiembre de 1580, fue por fin liberado gracias
al pago de un rescate reunido por dos padres trinitarios.
En los años de escritura del Quijote, entre 1589 y 1604, encontramos
a Cervantes viviendo en Valladolid, rodeado de una familia compuesta solo por
mujeres: su esposa Catalina, sus hermanas Andrea y Magdalena; Constanza, hija
natural de Andrea e Isabel de Saavedra, hija natural del escritor. En el barrio,
la reputación de la casa distaba de ser ejemplar; tanto, que las mujeres
que vivían en ella eran llamadas despectivamente “las Cervantas”
por los vecinos, que en una ocasión se quejaron a las autoridades de
que “aquellas mujeres recibían a caballeros tanto en horas del
día como de la noche.”
La exitosa publicación del Quijote no alcanzó para mejorar la
condición económica de Cervantes. El 22 de abril de 1616 murió
como había vivido, en la pobreza, en el Convento de las Trinitarias Descalzas,
donde fue enterrado en una fosa común, por lo que sus restos nunca pudieron
llegar a ser identificados.
El otro yo del Quijote
El
personaje de Sancho Panza es tan propio del Quijote, que termina por ser parte
indiscernible de él. Aun antes de hacer su aparición a comienzos
de la novela, Don Quijote lo hace nacer en su imaginación, cuando expresa
su imperiosa necesidad de disponer de un escudero para completar su imagen de
caballero andante. Sancho es el prototipo del campesino rústico, desenfadado
y frontal, que opera como cable a tierra de la locura de su amo. Poseedor de
la “bendita ignorancia de los indoctos” de que hablaba Unamuno,
es de algún modo más humano y real que el fantaseoso hidalgo,
extraviado siempre en alucinaciones y delirios sublimes. Son muchos los escritores
a los que ha fascinado la figura de Sancho. Kafka, en su breve parábola
“La verdad sobre Don Quijote”, sostiene que el caballero y su escudero
configuran en el fondo un solo ser, donde el todo es mayor que la suma de las
partes. Sancho Panza es además el único que intuye la gloriosa
posteridad literaria de la novela. En un momento de la segunda parte del Quijote,
reflexiona con total clarividencia: “Yo apostaré que antes de mucho
tiempo no ha de haber bodegón, venta
ni mesón, o tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras
hazañas.”
Cervantes y Freud: extraña pareja
El
crítico inglés Edward Riley, uno de los investigadores más
serios de la obra de Cervantes, transcribe en su libro ‘La rara invención’,
varias cartas que Sigmund Freud escribió en 1884 a su entonces novia
y futura esposa Martha Bernays, con quien había emprendido el estudio
del castellano con el solo propósito de leer ‘El Quijote’
en su idioma original. Además de este libro, que lo maravillaba, admiraba
‘El coloquio de los perros’ (una de las ‘Novelas Ejemplares’)
obra que según Riley habría de jugar un rol preponderante en la
plasmación del método psicoanalítico.
En la mayoría de las casi setenta cartas que escribió a Martha,
varias íntegramente en castellano, Freud analizó esa pieza, estructurada
en forma de un extraño diálogo sostenido por dos perros parlantes.
A Freud lo impresionó sobre todo el momento en que uno de los perros
le comenta al otro: “Desde que tuve fuerzas para roer un hueso tuve deseos
de hablar para poder decir cosas que depositaba en la memoria, y allí,
de antiguas y muchas, o se enmohecían o se me olvidaban. Empero ahora,
que tan sin pensarlo me veo enriquecido de este divino don del habla, pienso
gozarle y aprovecharme dél lo más que pudiere, dándome
prisa a decir todo
aquello que recordare, aunque sea atropellada y confusamente.” Riley señala:
“Casi podríamos pensar que Cervantes lo escribió para Freud.”
Por su parte, el mismo Freud se refirió varias veces a la analogía
entre esa novela y la idea del analista entendido como una especie de arqueólogo
que trata de desenterrar lo que se halla debajo del nivel de la conciencia o
de la memoria del paciente.
“En mi juventud fui deslumbrado y sin duda influido por las ideas de Cervantes”,
recordaría Freud en 1928, décadas más tarde de la lectura
de aquel libro. ![]()