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La
emergencia de la lectura y la lectura en emergencia |
Por
Mempo Giardinelli
Texto leído en el cierre del 5º Congreso de Promoción de
la Lectura.
28º. Feria Internacional del Libro. Buenos Aires, 21 de abril de 2002.
Todos
aquí sabemos en qué estado está nuestra Argentina. Algunos
más perplejos que otros, más furiosos que otros, o más
dispuestos a resistir que otros, creo que todos sentimos que es increíble
que estemos viviendo tan horroroso presente en este tierra fantástica,
rica hasta la exageración pero saqueada groseramente, con alevosía
y ventaja. En ese contexto, vengo a hablar con ustedes este mediodía
como un argentino más, que padece lo mismo que cualquiera y que, como
espero que muchos de ustedes, o todos ustedes, se dispone a protagonizar jornadas
decisivas. Porque el desastre que vivimos, para el que la palabra crisis ya
quedó chiquita, nos impone hacer un formidable ejercicio de imaginación
y de audacia intelectual para rearmar de alguna manera la esperanza y acompañar
la marcha de un pueblo —el nuestro— que en diciembre pasado despertó
de una larga siesta y ahí anda ahora, enloquecido de furia, desordenado
y sin dirección, pero nuevamente en marcha. Yo creo que los docentes
argentinos, los intelectuales, los que trabajamos con libros en las manos y
sabemos del beneficio magistral de la lectura, tenemos muchísimo que
hacer en esta marcha. Tenemos una tarea fabulosa por delante, y de ella vengo
a hablar. Porque por estar adormecidos nos hemos dejado saquear de la manera
más feroz. ¿Cómo voy a hablarles, entonces, de estrategias
de promoción de la lectura, si acá todavía no sabemos si
vamos a tener un país en el que aplicar esas estrategias?
Tenemos que encontrar las salidas en pleno derrumbe, las soluciones en la desesperanza,
las vías de recuperación en medio del escepticismo, la confusión
y el miedo. Porque no es verdad que este país no tiene remedio ni que
la única salida es Ezeiza. Es hora ya de terminar con esas autoagresiones
feroces. Es hora de entender que como sociedad debemos afrontar de una vez la
construcción de un futuro posible y vivible, y eso es perfectamente posible
porque depende de nosotros mismos. Yo no quiero ser de los que apaguen la luz
cuando desaparezca esta nación, pero sobre todo sigo pensando que esta
nación no va a desaparecer. La emergencia es terrible, terminal, es cierto,
pero todavía depende de nosotros. Y si depende de nosotros es que todavía
algo podemos hacer y somos muchos los dispuestos a hacerlo.
Es bueno reconocer las causas del presente, y ésa es tarea principal
nuestra, de gentes como ustedes y como yo. Es urgente reconocer que es verdad
que la Argentina es víctima de los modos más perversos de la economía
mundial, y sin dudas el Fondo Monetario Internacional tiene una enorme responsabilidad
en lo que nos ha sucedido porque chichoneó a dictadores y ladrones, y
a todos les dijo que eran buenos muchachos, a unos porque eran Cruzados contra
el comunismo y a otros porque eran Cruzados contra el macroestado. Pero nosotros
como pueblo no estamos exentos de culpa, porque unos y otros Cruzados fueron
nuestros, salieron de nuestras entrañas y se formaron en las mismas escuelas
que ustedes y que yo. Nosotros, los argentinos, tenemos una enorme responsabilidad
en la tragedia contemporánea. Y si no cambiamos, no tendremos remedio.
No es cuestión de rasgarse ahora las vestiduras. No se trata de andar
acusándose los unos a los otros, o autojustificándose como la
mitad de los argentinos que votaron lo que votaron y ahora dicen “yo no
lo voté”. De lo que se trata es de frenar de una vez a la bestia
de la ignorancia que creció en esta sociedad y que hace que, por ejemplo,
haya tantos incautos que sienten nostalgia de los dictadores o del Señor
Feudal de La Rioja y su pandilla de mafiosos. Y la única manera de parar
a esa bestia es con más y mejor educación, con mucha y mejor lectura.
En la gravísima emergencia que vivimos, más que nunca es evidente
que una de las causas internas del desastre es el deterioro de la Educación
y la Lectura. Por años, por décadas, se destrozó la educación
pública mientras era irrefrenable la contumacia del sistema audiovisual
nacional. Así caímos por los despeñaderos del analfabetismo
y el abandono de la lectura. Las consecuencias están a la vista.
Ahora mismo, el Fondo Monetario Internacional nos está diciendo que es
mejor ser brutos. No exagero: en un reciente informe del Fondo Monetario Internacional,
publicado la semana pasada, se habla de que nuestro país ha recibido
durante décadas lo que ellos llaman una “sobreeducación”,
que es fuente, dicen, de muchos problemas. Porque los pueblos sobreeducados,
dicen, tienen expectativas demasiado elevadas, superiores a las que puede brindarle
la realidad económica y social en que se desenvuelven. El problema, además,
es que cuando el pueblo ha sido sobreeducado resulta ser inconformista, cuestionador
y, claro, nunca deja de buscar mejores niveles de vida, lo cual provoca, entre
otras cosas, problemas de desempleo y subempleo, conflictos migratorios y no
sé qué más...
¿Ustedes se dan cuenta de lo que significa este nuevo eufemismo cretino?
“Sobreeducación”. Significa que un pueblo “sobreeducado”
(como se supone que somos nosotros, los argentinos) es cuestionador y protestón,
y por lo tanto exige mejorar su nivel de vida. Habráse visto...
Entonces —dicen los genios desalmados del Fondo— mejor hacer que
sean brutos, que las nuevas generaciones resulten en un pueblo subeducado. O
sea más manso y manipulable, porque ellos suponen que los ignorantes
son mansos y manipulables. No han andado estos señores por el conurbano
bonaerense, evidentemente, ni por las periferias de nuestras capitales de provincia...
Pero ellos proponen profundizar la ignorancia, con la misma necedad con que
proponen más ajuste. “Basta de sobreeducación, mejor subeducar”
es el mensaje de estos sinvergüenzas de la economía mundial...
Bueno, ellos tuvieron y siguen teniendo gerentes entre nosotros. Están
en la Casa Rosada, en el Parlamento, en el Palacio de Justicia, en casi todos
los economistas al servicio de Bancos y empresas, y en todos los Bancos y casi
todas las empresas, y también en las organizaciones empresariales y en
las organizaciones sindicales. Eso es el Sistema, ése es el Contubernio
que nos gobierna cambiando a uno por otro pero siendo siempre los mismos. Hace
cuarenta o más años que son los mismos, y hace cuarenta o más
años que el gran edificio de la educación pública argentina
empezó a desmoronarse.
Estas urgencias, creo yo, no pueden dejar de decirse. Les ruego me disculpen,
pero me parece que no tiene sentido hablar de estrategias de lectura, despojadas
del contexto. Cuando se te está incendiando el living no podés
ponerte a ordenar el dormitorio...
Por supuesto que es urgente recuperar la pasión por la lectura e inculcarla
como lo que es: un acto de amor supremo, generoso, encantador y formativo. No
es una tarea imposible, ni depende (como muchos creen) del precio de los libros.
Hay muchísima gente en la Argentina que por encima del desastre, está
empeñada en esta batalla desde hace largo tiempo. Somos muchos los que
resistimos, lejos del poder y de los que dictan políticas y se encandilan
con modas. Somos muchos los que trabajamos en el interior del país impulsando
estas docencias fundamentales, silenciosas, paridas en la conciencia de que
no hay peor violencia cultural que el embrutecimiento que se produce cuando
no se lee. Basta mirar alrededor, basta ver con ojo crítico el propio
patio interior, el bestiario lleno de sonidos y furias que es hoy cualquier
calle, cualquier barrio, incluso cualquier escuela de la Argentina. Basta ver
la necedad de los que mandan, esos civilizados de mentirita que se están
pudriendo en su propia podredumbre.
Hoy la sociedad está agobiada y sumida en el desaliento y la desesperación,
pero resiste. Y mientras una sociedad resiste, está viva. Yo recorro
el país, amigas y amigos, y puedo asegurarles que la realidad no es como
muestra la tele porteña, donde se pregona que se desinflaron las asambleas
y que nos estamos desmovilizando.
Hay evidencias formidables de la resistencia cultural, y hay una amplísima
variedad de recursos que los argentinos tenemos para resistir. En el campo de
la lectura es asombrosa la cantidad de programas en marcha, como es notable
la conciencia que se ha formado alrededor de su necesidad. En el Chaco tenemos
un Programa de Abuelas Cuenta Cuentos que es pionero en la Argentina, y todos
los años hacemos un Foro Internacional que es ya un hito en la materia.
Hemos creado la primera cátedra de Pedagogía de la Lectura y tenemos
libros publicados en los que se da cuenta de esta nueva preceptiva. Miles de
docentes del nordeste argentino, y del país todo, participan de esta
fiesta anual desde 1996. Su onda expansiva se evidencia, en primer término,
en la lectura como valor represtigiado; y enseguida en la persistencia de los
planes de lectura que se llevan a cabo en escuelas y bibliotecas.
Muchísimos docentes argentinos se han convertido en militantes de esta
causa. Son miles los que por encima de miserias salariales siguen sus vocaciones
y se perfeccionan, se capacitan, leen y estudian porque saben que cuando en
calles y esquinas los chicos y chicas se suicidan lentamente con cerveza y cocaína,
eso no es “un asunto de ellos”. Esos son asuntos completamente nuestros
y el libro puede y debe ser nuestro instrumento. Una buena novela de Julio Verne,
una de Puig, de Youcenar o de Soriano marcarán siempre senderos de salud
mental. Un poema de Orozco o de Gelman siempre cauterizarán las heridas
del alma, las llagas de los necios. Un ensayo de Kovadloff o de Sarlo, un cuento
de Blaisten o de Cabal, o del inolvidable Cortázar, siempre nos salvarán
de la pobreza. Como cualquier diccionario, por modesto que sea, porque un diccionario
es como un bolsillo lleno de oro y a la mano.
Los maestros deberían volver a esa amistad. ¡Ah, cómo me
gustaría que los maestros se preocuparan más por el diccionario
que tienen y por los libros y los diarios que leer, que por puntajes y presentismos!
Porque de una vez hay que sacudirse las dictaduras de los burócratas
y de los sindicalistas, ¿no les parece? Y porque más allá
de la perversidad del sistema y de esta crisis maldita que padecemos, y que
nos enfurece y agobia, la primera misión del maestro es estar por encima
de la circunstancia; el maestro tiene la obligación de saber mirar más
allá y por encima del momento presente, aunque el presente lo desespere.
El maestro no debe quedarse en el instante, sino que tiene la obligación
de pensar en el futuro, del que es custodio. El maestro jamás debe contribuir
al pánico general; al contrario, debe contribuir a calmar los ánimos.
El maestro debe trabajar por la razón y no fogonear la confusión.
Y para la razón y el entendimiento, para aclarar y orientar, para eso
están los libros.
Es evidente que la educación pública argentina, de tradición
integradora de inmigrantes y cultivadora de un sentimiento nacional progresista,
ha sido desplazada por un economicismo suicida que nos ha convertido primero
en una especie de narcocalifato de negocios e impunidad y luego en un infierno
experimental de la economía especulativa. Cualquier argentino puede añadirle
sus propias experiencias a esta aseveración pero casi todos tenemos la
sensación cabal del retroceso. Con los maestros argentinos ayunando o
en huelga semipermanente, con la escuela pública al borde de la destrucción
total, la autonomía universitaria y la gratuidad de la enseñanza
amenazadas y el persistente recorte de recursos para la investigación,
¿cómo vamos a levantar este país que amamos?
Es común escuchar, en cualquier conversación, este punto de acuerdo
básico: “La solución de todos los problemas argentinos pasa
por la educación”. Ah, muy bien, pero el acuerdo se mediatiza enseguida
cuando se advierte que los procesos educacionales son muy lentos, demoran años
y mucha inversión y, claro, las urgencias de la coyuntura etcétera,
etcétera... El sistema educativo argentino, por décadas, tuvo
un desarrollo notable, importante, formador de generaciones de hombres y mujeres
que dieron lo mejor que tuvo nuestro país. Ese prestigio es alto todavía,
y cualquier familia sabe que si el futuro está en algún lado es
en la educación de sus hijos. No hay clase social que no lo estime así
y que no valore y desee que sus descendientes crezcan en base al conocimiento
por encima de cualesquiera otros valores. Pero a pesar de todo ello la Educación
viene siendo la gran postergada a la hora de las decisiones. Y las dirigencias
políticas y económicas avanzan en su paulatina destrucción
y ya vimos cómo en el Fondo Monetario Internacional se planea embrutecernos
más aún.
De Menem para acá, todos los hombres del poder han llegado a considerar,
y lo hacen de modo cada vez más recurrente y empecinado, el virtual cierre
de las universidades públicas. Ahí está el auge de los
“estudios” sobre la posible privatización de áreas,
el gerenciamiento universitario, los arancelamientos encubiertos y el evidente
deterioro de los presupuestos educativos que amenazan lisa y llanamente el funcionamiento
universitario. Han convertido a la universidad pública en una fábrica
de chicos que buscan “salida laboral”, esa fórmula canalla.
La universidad no está para dar salidas laborales, la universidad está
para enseñar a pensar, para el conocimiento y el saber universal, para
indagar el mundo y discutirlo. No para que preparemos futuros empleados idóneos
para las empresas del sistema global.
Hay que plantarse en lo logrado y defenderlo a rajacincha, y aún más:
hay que exigir que la Universidad Pública y Gratuita sea el bastión
de la resistencia cultural en la Argentina, para lo cual es urgente y es tarea
de todos exigir que se acaben los ajustes, a la vez que se profundicen valores
esenciales como la gratuidad de la enseñanza en todos los niveles. Es
el único camino para seguir siendo una nación: mantener una educación
solidaria, igualadora, no racista, no clasista y que enseñe a pensar
y a cuestionar. Y gratuita. Sólo así se alcanzará la revolución
democrática y pacífica que necesitamos los argentinos. Exigiendo
lo que hay que exigir, como el aumento de los presupuestos educativos del Estado
y el urgente redimensionamiento de los salarios docentes.
Todo debe analizarse y debatirse con pluralidad y pasión, de una buena
vez, y descartando todo tipo de intereses sectoriales. Debe anteponerse el principio
del interés educativo por sobre los intereses sindicales, magisteriales,
políticos o financieros. Esto es fundamental, y no se piense, por favor,
que esto no tiene que ver con la promoción de la lectura... Porque, ¿saben
qué? En el contexto de lo que vengo diciendo, el problema es que se lee
poco, cada vez menos, y que quienes ejercen el poder son decididamente pésimos
lectores y por ende gentes muy ignorantes, y aunque la mayoría puedan
ser profesionales con estudios universitarios es obvio que se embrutecieron
con los años y tanto pragmatismo. Este vicio maldito de la no lectura
es lo que echa a perder todas las posibilidades de la modernidad en la Argentina.
Es lo que dificulta los cambios y fortalece la improvisación. Y arraiga
la necedad en los ignorantes, por supuesto.
No es inocente esta reflexión sobre los resultados destructivos de la
fobia a la lectura. Del pueblo otrora orgullosamente culto que fuimos, hoy quedan
solamente restos de soberbia (en el mejor de los casos recuerdos de aquellas
glorias del saber y el conocimiento) y una masiva ignorancia en materia de mundo,
de tecnología e investigación científica. Y la razón
de ello reside, en gran medida, en el hecho de que dejamos de ser un pueblo
lector como alguna vez fuimos. Dejamos de ser una nación entregada a
la maravillosa curiosidad del conocimiento.
Aquella fama de cultos, de la que alguna vez gozamos los argentinos, se hizo
trizas en un par de generaciones. Poco más de tres décadas de
autoritarismo, intolerancia y oscurantismo (pienso desde Onganía hasta
ahora) nos cambiaron totalmente: éramos un país casi sin analfabetos,
pero hoy estamos rodeados de analfabetos funcionales. El campo educativo es
el que menos ha importado a los sucesivos gobiernos y es el sector al que más
se castigó. Hoy por lo menos un cuarto de la población argentina
lee y escribe de modo primitivo y apenas funcional. Basta recorrer las periferias
urbanas, basta adentrarse en lo que queda del viejo mundo agrario, basta profundizar
temas y cuestionamientos con ciudadanos y ciudadanas de cualquier ciudad y actividad.
Cuando ni siquiera hay cifras oficiales confiables, datos extraoficiales publicados
en varios diarios, en 1989, indicaban que el 22% de la población argentina
podía ser considerada analfabeta funcional. No quiero ni imaginar la
cifra de este primer año del siglo XXI. Todos sabemos que el analfabetismo
ha crecido dramáticamente entre nosotros. Por eso no existen datos oficiales
sobre alfabetización y analfabetismo en la Argentina. Lo cual es escandaloso
y ruin. Por eso ni siquiera se hace un Censo Nacional como se debiera en la
Argentina. Y cuando se hace, como en noviembre pasado, se lo emparcha aquí
y allá y lo cierto es que aún no se conocen los verdaderos índices
de analfabetismo, provincia por provincia. Y eso no es casual. Porque los que
gobiernan saben que sus resultados serán vergonzosos y además
les conviene mantener incluso la ignorancia acerca de la ignorancia. Pueden
llenarse la boca hablando de Sarmiento, pero son la nulidad del pensamiento
y la acción sarmientinos.
La lectura no ha dejado de deslizarse por la pendiente: en los años ‘50
los argentinos leían 2.8 libros por habitante/año; a mediados
de los ‘90 bajamos a sólo 1.2 libros por habitante/año.
Hoy quién sabe, me atrevo a decir que debemos estar por debajo de la
unidad. La reciente Encuesta Nacional de Lectura —ENL— (que realizó
el Ministerio de Educación entre 2.400 casos en todas las provincias
argentinas, entre febrero y marzo de 2001) demostró que el 41% de la
población lee entre 1 y 4 libros por año, mientras que el 36%
no lee ninguno. La ENL demuestra que el 40% de los encuestados admite que “en
el pasado leía con más frecuencia que ahora”, mientras que
el 44% dice que no puede comprar libros. Además, el 46% nunca va a librerías
y el 71% jamás concurre a bibliotecas. En contraste, mira televisión
“todos o casi todos los días” el 78% de la población.
Y de ese total más del 80% mira entre una y cuatro horas a la semana.
Sí, hemos perdido esa costumbre de la libertad y la inteligencia. Leer
—digo— como trabajo intelectual: entendiendo, interpretando. Eso
es lo que necesitamos. Porque vivimos en un mundo en el que los signos ya no
están solamente escritos; están en movimiento y lo zarandean todo.
Hoy la televisión e Internet imponen discursos muchas veces difíciles
de entender, o sospechosamente demasiado fáciles. Y casi siempre, autoritarios
y embrutecedores. Basta escuchar el lenguaje coloquial de los argentinos, que
se ha empobrecido hasta límites no sólo de indefensión
sino de incomunicación. Lo vemos en las clases dirigentes, que no saben
lo que dicen, que hablan de una cosa pero en realidad se refieren a otra, que
practican el doble discurso, o sea la mentira y la confusión como estrategia.
Y no me refiero solamente a las dirigencias políticas sino también
a las sectoriales: los dirigentes sindicales, empresariales, militares, deportivos
e incluso confesionales, hoy en día, hablan muy mal, con lenguaje muy
pobre. Y yo quiero recordar aquí que las consecuencias del eufemismo,
la mentira y la corrupción del lenguaje no son otra cosa que abre caminos
hacia formas de corrupción lisa y llana.
Este es un problema central para nosotros. Es un problema gravitacional porque
nos han embrutecido la República para sostenerse en el poder. Entonces
debemos resistir. Necesitamos cambiar. Necesitamos hacer una revolución
dentro de la democracia y la Constitución. Una revolución democrática
y convencidamente no violenta, basada en el saber y el conocimiento.
Tenemos mucho que hacer al respecto. Debemos recuperar la lectura de diarios
en las escuelas, debemos volver a los libros, que son nuestro amigo más
fiel, el único que supera al perro porque ni siquiera nos exige alimento
a cambio. El libro solamente nos da. El libro es nutricio y generoso como una
madre. Solo los estúpidos no lo entienden, igual que los que no leen
por necios, por empecinados en la ignorancia, por pobres de alma. Como suelen
ser los corruptos, los venales, los chorros por más discretos que sean
y por mucho traje y corbata que se pongan.
Es menester, es urgente, que la lectura vuelva a ser una preocupación
central de la sociedad, y en eso tienen muchísimo que ver el magisterio
argentino y la nueva pedagogía de la lectura. Se trata de restablecer
la amistad superior entre la inteligencia y el libro. De recuperar el amor y
el buen trato a nuestra lengua. De remozar las viejas cortesías elementales
(decir gracias, pedir por favor, prescindir de la grosería como estilo
coloquial argentino). Para que nuestro pueblo sea consciente de lo que dice
y se lance a corregir las ferocidades de este tiempo de depredación educativa
que se vive en las calles, las familias e incluso en las escuelas.
Y no crean que estoy haciendo solamente una enumeración de buenas intenciones.
La emergencia de la lectura es todo uno con el país en emergencia que
es la Argentina de hoy. Por lo tanto, trabajar por el fomento del libro y la
lectura es trabajar por la educación como razón de Estado. Porque
no hay educación sin Estado. No hay educación posible sin un Estado
responsable que la organice, la oriente y la dirija de acuerdo a los verdaderos
y siempre vigentes intereses nacionales. La educación, con la salud,
son las dos misiones básicas de todo Estado. Y decir esto no es una antigüedad.
Mienten los supuestos modernizadores al servicio de la banca nundial cuando
nos quieren hacer creer que la función del Estado puede ser reemplazada.
Eso es mentira. Cuando el Estado argentino fundaba escuelas y uniformaba con
guardapolvos blancos a niñas y niños de todo el país, cualesquiera
fuesen sus orígenes y condiciones sociales, la Argentina no sólo
crecía en posibilidades y talentos sino también en su autoestima.
Cuando el Estado argentino se ocupaba de que los maestros fueran respetados
referentes sociales en cada pueblo y en toda la campiña, y esos maestros
podían vivir dignamente de sus salarios, este país acumulaba una
reserva de energía formidable. Por eso el orgullo consistía en
ir a las escuelas públicas, que eran las que daban la mejor educación
porque sólo los repitentes, los burros y los hijos de ricos —pero
vagos— iban a las escuelas privadas.
Aquella educación pública gratuita, solidaria, igualadora, no
racista, no clasista y que enseñaba a pensar, a cuestionar y a tener
criterio propio: todo eso es lo que debemos recuperar y para ello primero hay
que saber que es perfectamente posible recuperarlo. Es parte de la resistencia
cultural y educativa que muchos argentinos estamos llevando a cabo en estos
años en que la Argentina entra en quiebra.
Hay que empezar, pues, por ahí. Por luchar por el cambio de la asignación
presupuestaria. Y para eso hay que remover a los gerentes. Y para eso hay que
profundizar la revolución democrática y pacífica que los
argentinos iniciamos en diciembre pasado.
Hacer cultura es resistir. Hacer leer es resistir. En eso estamos y estamos
a tiempo, y ¿saben por qué? Porque todavía el cambio en
este país depende de nosotros. De ustedes, de mí, depende de cada
uno de nosotros. Y en eso consisten la oportunidad y la esperanza.
*Catedrático y Literato peruano (radicado en Salem, Oregon, EU), ha obtenido innumerables reconocimientos por sus obras, como el Premio Latino de Literatura 2001 y el Premio Internacional de Cuento 'Juan Rulfo', el galardón para relato corto más importante de nuestra lengua. Su obra Los sueños de América (Alfaguara, 2000 y 2001), ha estado entre los primeros lugares de libros en español en los Estados Unidos.