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La
vida de un libro |
Por
Sergio Sotelo
La Nación. Revista — 3/abril/2005
Desde
un puñado de apuntes hasta las góndolas de las librerías,
cada libro recorre un largo camino. La Revista
pidió permiso para sumergirse en la historia de uno de ellos, La
pasión de María, del argentino Carlos Chernov, para contar
ese proceso apasionante en el que, con el esfuerzo de muchos, se logra una obra
literaria
Como
en el caso de otras tantas novelas, en la gestación de La pasión
de María, allá por 1996, hubo una ocurrencia más o
menos espontánea: una idea —dice su autor, el porteño Carlos
Chernov— en la que comenzaron a abrevar otras nuevas ideas. Ideas “ficcionales”
que, catalizadas después por la lectura de varios libros emparentados
temáticamente con aquella idea original, comenzaron a dar cuerpo a una
trama, a unas escenas, a unos personajes. A partir de ahí, La pasión
de María, que hasta entonces no era sino un montón de notas
escritas a vuelapluma, se convirtió en un archivo digital que Chernov
fue redactando, computadora mediante, durante un año y medio, aunque
podrían ser dos años, ya que el escritor no parece recordar demasiado
bien “los tiempos” que le llevó redactarla. Después,
el original —un relato en el que Chernov se propuso contar los años
del proceso militar a través de la historia personal de sus protagonistas
secundarios, de sus actores pasivos— fue una copia impresa que, bajo la
mirada del ojo escrutador, empezó a cubrirse de anotaciones y correcciones.
Por ese mismo camino, ya hacia el año 2000, la novela fue también
una segunda versión y una tercera...
Se podría seguir reconstruyendo con la mayor morosidad imaginable el
proceso de alumbramiento de una novela; concediéndole a su autor todas
la fatigas del mundo. Sin embargo, difícilmente se daría cuenta
de lo que realmente viene a ser la vida de un libro —en realidad, de la
mayoría de los títulos que año tras año se publican
en la Argentina; 18.502 en 2004— si para ello no se abriera el juego al
resto de personas que participan en su nacimiento. Abrirlo a los lectores profesionales,
editores, maquetadores, correctores o técnicos de imprenta que, a través
de una industria que tiene mucho de alquimia, consiguen que una historia escrita
en la intimidad pase a formar parte de ese extraño dominio público
que se hace a partir de millares de lecturas solitarias.
Peripecias y avatares
La
realidad de un libro depende en primer lugar de quien lo escribe; pero, descontado
esto, ¿cuáles son los principales avatares que hacen posible que
sus páginas lleguen a manos de los lectores? Igual que sucede con la
redacción de una obra, que puede estar sometida a un sinfín de
imponderables, el proceso de edición de cada novela tiene un desarrollo
particular. Lo que no quiere decir, sin embargo, que a partir de la historia
singular de un título de ficción —volviendo a La pasión...,
una novela publicada el mes último que puede servir como guía
en este viaje por los meandros de la edición— no puedan reconstruirse
algunas de las peripecias que comparten la mayoría de las obras.
Resulta fácilmente imaginable: el primer avatar que espera a una novela
inédita es ver si su trama consigue concitar la atención de un
editor. Cuenta Chernov, un médico psiquiatra y psicoanalista nacido en
1953, que la publicación de su novela tuvo bastante de azarosa, ya que,
en vez de optar por llamar a la puerta de una editorial, prefirió tentar
la suerte presentando el original a varios premios literarios. El suceso que
tuvo el escritor en 1993 con su primera novela, Anatomía humana,
ganadora del Premio Planeta, no se repitió en esta ocasión; y,
así, la carpeta en la que dormía el borrador de La pasión...
se fue engrosando con otros manuscritos. Al tiempo, cuando la editorial Alfaguara
—la firma que ha llevado a las librerías la novela— contactó
a Chernov, sus responsables tuvieron para elegir entre cuatro inéditos.
Como se deduce de lo anterior, hilar las razones que determinan la publicación
de un original darían para una novela en sí; pero se supone que
la suerte que espera a un manuscrito debería pasar por sus virtudes literarias.
Según cuenta Julia Saltzmann, subgerente editorial de Alfaguara, existe
una primera instancia, que consiste en dictaminar la calidad de una obra. A
saber: los informes que emiten los lectores profesionales de las casas editoras,
que son quienes aconsejan o desaconsejan su publicación. “Si son
muy positivos, después los originales llegan hasta los editores, que
son el último cedazo”, tercia Fabián Lebenglik, segundo
de a bordo en la editorial Adriana Hidalgo.
Esa sanción última por parte de la dirección de la editorial
es la que en rigor pone en marcha toda la maquinaria. Dicen desde el gremio
que, una vez iniciado el proceso, la primera decisión que debe tomarse
es la de asignar al futuro libro una suerte de padrino —lo que la jerga
llama el “editor”— cuya responsabilidad no es otra que la
de “acompañar” al autor en lo que sería el refinado
de su obra. Porque, frente a lo que podría ser la percepción más
común entre los legos, muchas veces el original que entra en las oficinas
de una editorial dista todavía de lo que será después el
texto que se envíe a la imprenta. “Puede pasar que haya una buena
idea, pero que no sea fácil sostenerla. O puede pasar que haya algún
problema con la trama, con algún personaje...”, comenta Saltzmann.
La figura que vale para ilustrar qué papel corresponde al editor en esa
fase sería la del afinador de instrumentos musicales. Siguiendo con la
metáfora, su función consistiría entonces en señalar
al autor aquellos elementos discordantes que hacen “ruido” en su
texto: en la estructura temporal, en el ritmo del relato, en el tono del narrador...
Sorprende averiguar, tal como lo atestiguan los implicados, cómo la disposición
de los autores a aceptar aquellas sugerencias que les llegan de sus editores
es mayor conforme más fogueados están en su oficio. “Cuanto
más experiencia tiene un escritor, más proclive es a aceptar modificaciones”,
dice Lebenglik.
Carlos Chernov no tiene ningún problema en reconocerse entre los autores
“permeables” a las recomendaciones. “Tomo todas las opiniones
y las filtro; porque no creo que el escritor sea una especie de genio inspirado
—dice el novelista—. Cuando escribí La pasión...,
la novela tenía una entrada lenta; había mucha información
al principio, mucha presentación de personajes... En una segunda corrección
le saqué bastantes páginas, pero después leyó el
libro una lectora de la editorial y, a pesar de que le había sacado bastante
texto a la novela, le seguía pareciendo lenta. Así que le saqué
como veinte páginas más...”. ¿Cuál sería
el límite en esa tarea de afinación encomendada al padrino? El
límite lo pone Saltzmann, al advertir cuál es el mayor peligro
que se corre al editar un texto: la “hipercorrección”. “Se
trata de hacerle todas las mejoras posibles al libro sin desvirtuarlo”,
señala.
La historia a través de la cual un libro deviene objeto no se detiene
ahí. Una vez que el autor y su editor han “consensuado” el
texto, lo que antes era un simple archivo digital pasa a continuación
a componerse dentro de una “maqueta”, que no es más que un
diseño estándar que organiza lo escrito tal como aparecerá
en el libro impreso. Después de ese lance, el corrector es la siguiente
persona en acercarse a algo que para entonces el argot llama galeras, para rastrear
en ese nuevo texto las erratas o los errores de distinta índole —anacronismos,
errores sintácticos, discordancias...— que hayan sido pasados por
alto. Finalmente, y antes de ser enviado a la imprenta, el libro es vestido
según el traje que identifica a la colección editorial de la que
formará parte, con sus tapas, una ilustración singular y los paratextos
ya clásicos en toda cubierta: la sinopsis de la contratapa, la semblanza
del autor...
Pliegues y cuadernillos
En
el taller de Indugraf, una imprenta situada en la Capital Federal que tira hasta
7 millones de libros al año, se acumulan varios fardos de papel del tamaño
de un escritorio de oficina de dimensiones generosas. Lorenzo Saia, el director
de la planta, explica los detalles que conforman el proceso de impresión
de un libro. Hace falta poner una buena dosis de atención para entender
la secuencia de pasos, pero quizás el procedimiento de fabricación
de un libro se entienda mejor si la cosa se aliña con un poco de imaginación.
Si antes de entrar al taller, una novela es una entidad que se metamorfosea
(rebobinemos, La pasión... fue primero un archivo digital trasmutado
en un borrador impreso; de ahí, un texto metido en una maqueta; una segunda
galera corregida, una tercera...), dentro de la imprenta el original todavía
sigue viviendo sucesivas transformaciones. Antes de llegar a las rotativas,
lo que es un texto en papel pasa a serlo en una película vegetal, y,
de ahí, a ser texto en una plancha de impresión. “Una plancha
presensibilizada con una base de emulsión fotográfica...”,
precisa Saia.
Aunque la verdad es que, por más que le expliquen a uno la industria,
y por más que uno pueda leer los nombres de María, Largo y Luis
—los personajes de La pasión de María que el periodista
ya conoce por la copia de las galeras— inscriptos en los astralones y
las planchas, lo cierto es que toda esa cosa de los ferros, las emulsiones y
los cilindros mojados en tinta y agua sigue sonando a curso de iniciación
para alquimistas.
Sin embargo, toda la perplejidad que causa la explicación de cómo
funciona el off-set —el sistema más común en la impresión
de libros, algo que viene a funcionar como un sello que traslada la tinta sobre
el papel— desaparece cuando el curioso ve salir del mastodóntico
artilugio de la prensa las planchas de papel que ahora traen dibujada, negro
sobre blanco, la composición perfecta de párrafos, páginas
numeradas y capítulos.
Ahí sí, la reconstrucción del proceso se vuelve mucho más
sencilla. Abreviando: cada una de las planchas de papel es plegada sucesivamente
por una máquina, siempre en dobleces que hacen números múltiplos
de 4 (8, 16, 32...), y en esa misma operación los distintos pliegues,
encartados unos dentro de otros, van dando lugar a cuadernillos. La colección
de cuadernillos que resulta de esa operación, como podría comprobar
cualquier persona que pruebe a destripar
una novela prescindible, es lo que termina, por obra y gracia de un carrete
de hilo de algodón, dando existencia física a un libro. ![]()