Novela a cuatro manos

Por Soledad Quereilhac
La Nación - 3/julio/2005

Las escritoras argentinas Graciela Montes (1947) y Ema Wolf (1948) son dos figuras de reconocida trayectoria en el ámbito de la literatura infantil y, en el caso de Montes, también juvenil. Con numerosos títulos en su haber, importantes premios ganados y traducciones de sus obras a diversos idiomas, han enriquecido la literatura para niños y jóvenes durante varias décadas. Sin embargo, hace cinco años resolvieron escribir conjuntamente una novela para adultos, El turno del escriba, y la empresa dio sus frutos: a principios de este año, la novela obtuvo el Premio Alfaguara, lo que significó, además de 175.000 dólares, su publicación simultánea en todo el ámbito hispanohablante.
El turno del escriba nace de una especulación histórica: las autoras parten de la coincidencia, en 1298, del copista pisano Rustichello y del viajero veneciano Marco Polo en la misma cárcel de Génova, retenidos como prisioneros de guerra. A partir de ese dato, sobre el que hay controversias historiográficas, imaginan las largas jornadas de encierro en las que Polo le relata al amanuense sus experiencias viajeras y en las que éste, fascinado ante la novedad de otros mundos, decide volcar al papel los viajes del mercader veneciano y dar forma a un libro “nuevo”, producto de su autoría y no de la copia, llamado Le devisement du monde. Con él, el escriba sueña con retornar a las cortes francesas para las cuales trabajó como copista en el pasado; sueña también, con cierto anacronismo, en convertirse en “novelista” y ganar la admiración de los reyes europeos del siglo XIII gracias a los ingredientes maravillosos que agrega al relato utilitario y comercial de Polo.
Para recrear el universo genovés de esos años, tanto los aspectos urbanísticos y arquitectónicos como lo relativo a la vida cultural, comercial y cotidiana de su sociedad, las autoras se embarcaron en una investigación de varios años, que incluyó el examen de cuantiosa bibliografía y la consulta a especialistas en historia medieval. Sin embargo, los resultados de esta exhaustiva tarea no permanecieron sólo en la trastienda del escritor, sino que saltaron crudos y casi sin mediaciones al centro mismo de la novela. El afán de las autoras por volcar todos sus nuevos conocimientos en el texto termina generando una saturación informativa, un desborde de nombres y enumeraciones que poco aportan al relato o que, peor aún, parecen querer reemplazar la función misma de la narración. Las largas descripciones y las abundantes marcas referenciales arman un cuadro estático, un decorado teatral mudo y carente de vida, dentro del cual el lector se pierde o busca con afán algún respiro argumental.
Así, las diferencias en torno a la concepción del libro Le devisement du monde que enfrentan a Rustichello y a Polo trascienden el plano de la ficción y parecen jugar también en el interior de la novela de Montes y Wolf. Hacia bien avanzada la obra, harto ya del “afán de precisión y verdad del veneciano”, Rustichello se pregunta: “¿qué rey, vivo o muerto, daría su beneplácito a un libro que acabara siendo un inventario de nombres y distancias sin un solo pasaje emocionante?”. La pregunta podría pertenecer también al lector extratextual, ya que de un tema tan atractivo como el encuentro del escriba y del viajero, las autoras aprovechan poco.

Graciela Montes y Ema Wolf, ganadoras del premio Alfaguara
Foto: Soledad Aznarez


Por otro lado, sobre el tema de la redacción de los pliegos por parte de Rustichello y sus ensoñaciones, gira la idea de que, aun desde una celda de prisión, se puede acceder al mundo entero gracias al poder de representación de la literatura. El mensaje, ciertamente encantador para el lector joven que se inicia en las magias de lo literario, resulta —bajo el tratamiento y el tono que le dan las autoras—- algo pueril para el lector adulto. Lo mismo sucede con la inserción de algún episodio escatológico en el texto, con intención jocosa.
Cabe señalar, no obstante, que entre los logros de la novela está la homogeneidad de estilo y voz, desafío difícil para una escritura conjunta. Asimismo, los párrafos en los cuales desaparece el compendio de datos históricos representan zonas interesantes del libro. Los vuelos del cernícalo sobre la ciudad o la representación en forma de panino que Rustichello tiene del cosmos (resabios del famoso Menocchio, molinero friulano cuyos testimonios estudió el historiador Carlo Ginzburg) construyen atractivas imágenes, donde efectivamente se percibe la investigación histórica de las autoras, pero esta vez, asimilada y transformada por su invención creadora.