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Cómo
elegir lecturas para niños |
José
María Romera / El Norte de Castilla
Boletín Cegalnet - www.libreros.org. 5/mayo/2003
Todo
el mundo da por sentado que los niños deben leer libros, porque la lectura
constituye un elemento nuclear de su formación. Pero ¿de qué
formación? ¿La intelectual, la psicológica, la lúdica,
tal vez la formación integral? Es en la respuesta a estas preguntas donde
surgen los desacuerdos y los malentendidos.
Salvo para algunos especialistas y no pocos industriales del ramo, «la
literatura infantil es el más próspero sector del negocio del
libro, después de los libros de texto». Son cuestiones que carecen
de importancia. Interesa que el niño o la niña lean y, si de vez
en cuando surge la preocupación por el tipo de lecturas más recomendables
para ellos, es debido más al miedo a que abandonen el hábito adquirido
que al interés por ofrecerles algo verdaderamente adecuado a sus intereses
y capacidades.
Tampoco resulta sencillo evaluar los libros infantiles con criterios universales
y válidos para todos los niños. Ni fácil ni tal vez conveniente,
pues es conocida la tendencia a incurrir en moralinas inquisidoras o, lo que
viene a ser peor, en imposiciones de bienintencionada apariencia estética
o educativa basadas en estereotipos de los adultos quienes a su vez leen muy
poco, o, dicho lisa y llanamente, no leen.
En vez de dar consejos sobre cómo debe ser un libro infantil, «error
en que incurren muchos estudiosos de la materia», habría que establecer
criterios acerca de «cómo no deben ser» esos libros. Y el
primer mandamiento es incontestable: que no sean aburridos. No quiere ello decir
que hayan de sujetarse a los patrones de entretenimiento al uso, pues en tal
caso incurriríamos en la banalidad y el estrépito impuestos por
otros medios. Huir del aburrimiento, en el caso de las lecturas, significa despertar
el interés y la curiosidad o procurar alguna suerte de gozo en el lector.
Es evidente la dificultad de identificar las claves que permitan penetrar en
el mundo de las expectativas infantiles, sobre todo en las primeras edades.
Pero el niño es un lector mucho más abierto de lo que se cree,
y en el momento en que se adentra en un libro suele adoptar una actitud receptiva
que le lleva a encontrar alicientes allá donde menos se espera. Si, pese
a eso, un libro no le agrada, lo abandona. Basta con seguir la pista de sus
rechazos para ofrecerle otra clase de lecturas.
Tampoco un libro para niños ha de ser ñoño. Borges ya advertía
del peligro de puerilidad en que suelen incurrir los autores que tratan al niño
como un estúpido, cuando en realidad lo que él quiere es sentirse
sabio. Aspira a descubrir mundos, y sabe que eso entraña alguna dificultad.
Con tal de no topar con obstáculos insalvables (vocabulario pretencioso,
sintaxis dilatada, exceso de personajes, estructuras narrativas complejas),
el niño está dispuesto a poner de su parte porque le agrada vivir
una doble aventura: la que le ofrece la ficción y la de su propio esfuerzo
de comprensión. Muchos de los grandes autores que han sabido conectar
con los niños deben su éxito al respeto con que les tratan al
hablarles como a personas instruidas.
Por supuesto, el desarrollo de los niños impone requisitos diferentes
para su literatura según edades. Las casas editoriales acostumbran a
consignar tramos de edad en sus libros, del mismo modo que se hace en las revistas
especializadas. Sin embargo conviene rechazar ideas rígidas de «itinerarios»,
pues muchas obras teóricamente concebidas para niños de ocho años
agradan a los de seis o doce. La lectura no es un proceso lineal ni ascendente,
salvo que la consideremos sólo en su dimensión instructiva. Teresa
Colomer, especialista en literatura infantil y autora-coordinadora de “Siete
llaves para valorar las historias infantiles” (Fundación Germán
Sánchez Ruipérez, 2002) ha observado que cada vez los jóvenes
lectores son más exigentes y no se conforman con las obras supuestamente
destinadas a su edad.
¿ Qué dicen sobre esto los autores? También entre ellos
hay opiniones de todo tipo. Pero, frente a la tradición de escritores
con pujos de director espiritual o de instructor de boy-scouts que, amparándose
en la tradición, imponían sus modelos casi canónicos, predominan
ahora los comprometidos con una labor artística personal, creativa y
ajena a proscripciones, que cultivan formas de expresión «tanto
literaria como plástica» variadas, desde las “ortodoxas”
hasta las transgresoras. En cierto modo, la literatura infantil y juvenil ha
experimentado el mismo proceso que la literatura de adultos: importa poco que
sea fantástica o realista, comprometida o recreativa, didáctica,
sentimental, de terror o de viajes, siempre que tenga calidad en sí misma.
Un autor tan moralista en su credo y tan poco sospechoso de heterodoxia como
J. R. Tolkien ya afirmaba que «un cuento no es más que un cuento,
una obra literaria que tiene el objetivo de producir un efecto igualmente literario».
Que no es poca cosa, si valoramos las diversas funciones de “lo literario”;
entre otras: estimular la imaginación, comprender el mundo, descubrir
nuevos horizontes, conocerse a uno mismo, experimentar placer estético,
enriquecer el propio lenguaje.
En cualquier caso, la inmensa producción editorial para edades jóvenes
no permite acertar siempre en el escrutinio entre el grano y la paja. Hacen
falta guías, y no siempre las existentes son fiables. Muchas revistas
monográficas sobre la materia obedecen a intereses editoriales; los profesores,
que podrían ser los mejores consejeros, tienden a caer en la tentación
del didactismo o de la pereza rutinaria; los críticos literarios, que
en su mayoría siguen considerando “literatura menor” a la
escrita para niños, se desentienden de ésta. ¿De quién
fiarse, entonces? Pues, aparte de los propios niños, de los bibliotecarios
y las bibliotecarias, posiblemente el gremio más avezado en lo que se
refiere a las lecturas infantiles.
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