Casi un héroe

ABC - J.J. Armas Marcelo
Boletín Cegalnet - 13/julio/2005

En nuestras visitas a las grandes ciudades del mundo, muchos escritores y bastantes de los lectores que todavía quedan en este planeta lleno de sucesivas tribus simiescas tenemos la norma obligada de peregrinar a sus grandes bibliotecas públicas. Ningún escritor viaja a Nueva York sin pasarse una mañana por su biblioteca. Necesariamente.
No hay un lector avisado que viaje a Londres y no dé un salto a su fantástica biblioteca, abierta al público para esparcimiento y asombro de propios y extraños. ¿Qué decir de las bibliotecas de las universidades estadounidendes, como la de Harvard, que no tiene presupuesto exacto, sino que adquiere dos ejemplares de todo cuanto se publica en el mundo en sus muchas lenguas babélicas?
En los congresos de bibliotecarios de todo el mundo, los guardianes del libro en cada lugar se quejan de las carencias de las catedrales de papel y levantan acta del descuido con el que son tratados en múltiples ocasiones. En un alto festivo en la Feria del Libro de Panamá, donde España será la invitada de honor en su próxima convocatoria, dentro de dos años, entre champán francés y langosta y centolla atlánticos a la plancha, mi amigo panameño Nelson Almirante me muestra el reportaje que Cristian Valencia escribe para la revista Gatopardo sobre un personaje tan quijotesco como asombroso: el colombiano Luis Humberto Soriano.
Con Alfa y Beto, sus dos burros llenos de libros, Soriano recorre todos los días los recónditos parajes y las veredas perdidas entre los municipios de Nueva Granada, La Gloria y El Difícil. Ese viaje de los libros entre montañas y maniguas sólo tiene un objetivo final: poner al alcance de los niños de esos municipios olvidados el objeto sagrado, el libro, hasta convertir la lectura en una diversión cotidiana.
Desde niño, la locura de la lectura encendió la vida de Soriano, cuando le leyeron Margarita está linda la mar. El ardor llegó a su culminación al alcanzar el adolescente las páginas del Quijote y dio la vuelta al mundo de su imaginativa vocación: bibliotecario andante, en burro, como caballero medieval a la búsqueda de aventuras.
En su casa guarda, en cajas de cartón (porque no hay dinero para estanterías), los 2.300 títulos de los libros que selecciona para su viaje cotidiano con sus burros, hasta hacer nacer un tan controvertido como sorprendente palabro: biblioburro.
Al principio hubo sus chistes, pero Soriano, casi un héroe, ha sido condecorado por el presidente Uribe y se ha ganado el respeto de todos sus vecinos y compatriotas, hasta el punto de que su ejemplo ha empezado a cundir por todas esas geografías sin mapa y ya no es más que el decano de una idea llevada a cabo con esfuerzo descomunal, contra vientos y mareas.
En ese periplo, digno del realismo mágico, Soriano lleva cinco años consecutivos y «el asombro», como escribe Cristian Valencia, «permenece intacto. No es para menos... Mientras el mundo está conmocionado con el anuncio del súper Airbus A3000 que transportará hasta novecientos pasajeros, en La Gloria y El Difícil, la conmoción, la risa, el asombro, la fantasía y el delirio están fuertemente ligados al biblioburro de Soriano».
Sépase que la más alta tecnología que existe en estas latitudes es una calculadora. Sépase que Soriano anda sólo en burro y se queja poco. Una vez lo invitaron a un congreso de bibliotecarios y en su vocación de caballero andante de los libros intervino con su palabra alegre para contar su gratificante aventura cuando las quejas de sus colegas por la desidia con las bibliotecas pasaba del color castaño oscuro. Y luego dicen, añade mi amigo Nelson Almirante, que el libro es caro.
Hace un par de días, en la alta madrugada de una noche bohemia inolvidable, en Cartagena de Indias, le conté a unas amigas cómplices y fiesteras el caso de Soriano. «No eres capaz de vivir sin fabular e inventarte héroes de novela, J. J.», me contestaron, muy amables y cariñosas, casi acariciándome la imaginación.
Fin