Enseñar a leer es enseñar a vivir

Boletín Cegalnet - www.libreros.org. 28/abril/2002

Imaginábamos un mundo plagado de libros, de palabras escritas que nos ayudasen a comprender la vida y los demás. Hubiésemos deseado que las historias que nos explican los libros, esos relatos viejos o nuevos, sirviesen para sumergirnos en el interior de nosotros mismos para plantearnos interrogantes difíciles de responder, para llenar silencios.
La lectura no sólo da respuesta a muchas de nuestras dudas sobre la vida, sino que abre grandes interrogaciones. Leer hace que nos cuestionemos las cosas, que queramos comprenderlas, que deseemos llegar hasta el fondo de todo porque nos aburre lo que es superficial. A través de lo que leemos nacen las preguntas. Son preguntas que nunca hubiésemos imaginado, que revelan inquietud y curiosidad, ganas de conocer. Cualquier lectura está, a la vez, llena de silencios. Además de palabras, naturalmente. Son los silencios que hay entre frases, en una página que se concluye, al final de un capítulo. Todo aquello que el libro sugiere pero no dice, lo que se nos insinúa, lo que se puede intuir aunque no aparezca explicado, nos abre la mente hacia nuevos horizontes.
Todo eso desde que éramos niños. Aquellos niños que devoraban libros, que comprendían la lectura como un premio, que descubrían el gusto por las palabras como el gusto lento por el chocolate que se deshace en la boca y nos endulza el paladar. Así deberían entender la lectura los más jóvenes. Como una fuente inmensa del mejor chocolate del mundo, llena de porciones que se derriten en nuestros labios y dejan buen sabor. Hay pocos niños ávidos de libros. Muchos no han descubierto aún cómo se para el tiempo cuando tenemos un libro que vale la pena entre las manos. Leer, siempre lo he creído, es como enamorarse. Es la misma sensación de desconcierto y de mareo, entusiasmo y duda. Los primeros libros se parecen a los primeros amores. Son intensos, impetuosos, querríamos que durasen siempre, aunque se terminen deprisa y sepan a poco. Nos endulzan la vida, mientras hacen que comencemos a intuir su complejidad.
Los que no concebimos una existencia sin libros nos preguntamos cómo puede andar tan ciego el mundo. No leer es vivir la vida a medias, sin ese punto de ficción que encontramos en el papel escrito y que ningún otro vehículo puede ofrecernos de la misma forma.
Dicen que los niños leen pocos libros, que hay un exceso de publicaciones que no implican calidad. Es decir, mucha oferta y poca demanda. El hecho de que se multiplique la oferta siempre me ha parecido un síntoma de normalidad. Una cultura normal ofrece gamas variadas de productos literarios a sus lectores. Cada uno se encargará de hacer su propia selección. Yo defiendo unos primeros años de lecturas diversas y caóticas, ese desorden magnífico que implica querer descubrirlo todo, acercarse a géneros y autores distintos, olerlos y escoger. Las lecturas se huelen a través de sus páginas como se huele la tinta aún fresca en el papel.
Los buenos lectores no habrán olvidado aquellos primeros años de descubrimientos, cuando empezaban a entusiasmarse por los libros y comenzaban a intuir sus múltiples rutas. La sensación de entrar en una librería o en una biblioteca, cuando ese acto no se ha convertido todavía en un hábito, y sentir que estamos en el laberinto de las mil posibilidades y sorpresas. Las ganas de acercarse a cualquier estante, de recorrer las primeras líneas de muchos volúmenes, de imaginar cuántas historias esconden en sus páginas.
Habría que invertir más dinero en bibliotecas escolares para que los alumnos pudiesen sentir muy real la posibilidad de tener libros cerca. Sólo desde la cercanía logramos el entusiasmo. Nos enamoramos de aquello que vemos y sentimos. Si hay libros en un aula, siempre habrá aquel alumno curioso que busque saber de qué hablan. Si hay un profesor atento, que concibe la lectura como un premio, como un pedazo pequeño de felicidad, siempre habrá algún alumno con ganas de contagiarse de felicidad. Existe primero la duda sobre el libro; después, las ganas de leerlo y, por último, el placer se convierte en hábito. Favorecer la proximidad de la lectura implica invertir en libros, aproximarlos a futuros lectores. Después, sin prisas, nacerá el entusiasmo.