La hamburguesa de papel

Por Aurora Luque - Sur Digital
Boletín Cegalnet - 17/octubre/2005


La feria internacional del libro en español, Liber, ha arrancado con llantos y quejas: el crecimiento del sector del libro ha sido prácticamente nulo en el último año. Ocurre lo mismo con los balances de cualquier sector: la salud o la debilidad se miden sólo en términos cuantitativos. Véase el turismo: sólo se admite que va bien si se produce una invasión de pobladísimas hordas en bañador, si vienen muchos, aunque cada vez vengan más aplebeyados y bárbaros. Como si todo fuera traducible a la magnitud del dinero: la bondad es sólo la capacidad de generar capital.
Pero el del libro es un terreno delicado en que el dinero no es la única variable. Se habla de la irrupción de nuevos soportes que hacen competencia al libro tradicional: es hasta cierto punto lógico que el papel impreso se vea obligado a repartirse las porciones del segmento del ocio y de la enseñanza con los nuevos soportes tecnológicos. Lo mismo que han sufrido embates más o menos duros las industrias de los carretes de fotografía, las máquinas de escribir, las cabinas de teléfonos o la música comercial, así la de los libros se ve obligada a reacomodarse en el mercado. La enciclopedia familiar para toda la vida ha pasado ya a la historia, por ejemplo. Razones de espacio, de ecología y de actualización hacen preferibles las consultas en los infinitos depósitos virtuales de la red.
Pero el libro no va a morir: se salvarán los libros bien hechos, buenos y bellos. Esos que no faltan, por ejemplo, en una Argentina en crisis. Lo excelente permanecerá en manos de los editores que aman los libros y que no pretenden vender su alma, sino elaborar bocados exquisitos. El problema es que en los últimos años ha habido un problema de sobrepeso: al igual que los locales de comida basura, también han proliferado los libros-basura, los premios-basura, las colecciones-basura. Libros caros, de vistosas cubiertas y contenidos fraudulentos de bajísima calidad que los grandes grupos editoriales obligan a situar en los lugares privilegiados de las librerías. El potencial público lector puede que esté o harto de tanta maravilla vociferada o ya definitivamente deseducado. Yo confieso que no compro una novela si no me la han recomendado al menos tres amigos, y eso hace tiempo que no ocurre. A lo mejor se nos han indigestado los falsos genios que montan cada año una novelita olvidable por presión de sus gruesos editores: se ha bajado el nivel para agradar al mayor número posible de consumidores. Los más vendidos son muchas veces los más bandidos. Con tanta “hamburguesa de papel” se está atrofiando el gusto de los comensales. Fin