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Por
qué leer los clásicos |
Por
Italo Calvino
Fuente: Mentat Escuela de Educación Mental
Boletín Nº 23 - 22/noviembre/05
Empecemos proponiendo
algunas definiciones.
1. Los clásicos
son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo...»
y nunca «Estoy leyendo...».
Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone «de vastas
lecturas»; no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el
mundo, y con los clásicos como parte del mundo, vale exactamente como
primer encuentro.
El prefijo iterativo delante del verbo «leer» puede ser una pequeña
hipocresía de todos los que se avergüenzan de admitir que no han
leído un libro famoso. Para tranquilizarlos bastará señalar
que por vastas que puedan ser las lecturas «de formación»
de un individuo, siempre queda un número enorme de obras fundamentales
que uno no ha leído.
Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante
la mano. ¿Y Saint-Simon? ¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes
ciclos novelescos del siglo xix son también más nombrados que
leídos. En Francia se empieza a leer a Balzac en la escuela, y por la
cantidad de ediciones en circulación se diría que se sigue leyendo
después, pero en Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que Balzac
ocuparía los últimos lugares. Los apasionados de Dickens en Italia
son una minoría reducida de personas que cuando se encuentran empiezan
enseguida a recordar personajes y episodios como si se tratara de gentes conocidas.
Hace unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos, cansado
de que le preguntaran por Emile Zola, a quien nunca había leído,
se decidió a leer todo el ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió
que era completamente diferente de lo que creía: una fabulosa genealogía
mitológica y cosmogónica que describió en un hermosísimo
ensayo.
Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es
un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o
menor) que el de haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a
la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular
importancia, mientras que en la madurez se aprecian (deberían apreciarse)
muchos detalles, niveles y significados más. Podemos intentar ahora esta
otra definición:
2. Se llama clásicos
a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado,
pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de
leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.
En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia,
distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia
de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de
que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos,
términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas
de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque
del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo en
la edad madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman
parte de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado.
Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero
que deja su simiente. La definición que podemos dar será entonces:
3. Los clásicos
son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por
inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose
con el inconsciente colectivo o individual.
Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir
las lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo
los mismos (aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva
histórica que se ha transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y
el encuentro es un acontecimiento totalmente nuevo.
Por lo tanto, que se use el verbo «leer» o el verbo «releer»
no tiene mucha importancia. En realidad podríamos decir:
4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.
5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura. La definición 4 puede considerarse corolario de ésta:
6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
Mientras que la definición 5 remite a una formulación más explicativa, como:
7. Los clásicos
son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que
han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en
la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente,
en el lenguaje o en las costumbres).
Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si
leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las
aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos,
y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos
en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones. Leyendo
a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la legitimidad del adjetivo
«kafkiano» que escuchamos cada cuarto de hora aplicado a tuertas
o a derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o Demonios de Dostoyevski,
no puedo menos que pensar cómo esos personajes han seguido reencarnándose
hasta nuestros días.
La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación
con la imagen que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará
bastante la lectura directa de los textos originales evitando en lo posible
bibliografía crítica, comentarios, interpretaciones. La escuela
y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún
libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión;
en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión
de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico,
la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder
lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja
hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él. Podemos
concluir que:
8. Un clásico
es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos,
pero que la obra se sacude continuamente de encima.
El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos;
a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o
creído saber) pero no sabíamos que él había sido
el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial).
Y ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción,
como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de
una pertenencia. De todo esto podríamos hacer derivar una definición
del tipo siguiente:
9. Los clásicos
son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto
más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.
Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es,
cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta
la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o
por respeto, sino sólo por amor. Salvo en la escuela: la escuela debe
hacerte conocer bien o mal cierto número de clásicos entre los
cuales (o con referencia a los cuales) podrás reconocer después
«tus» clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos
para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que
ocurren fuera o después de cualquier escuela.
Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con
el libro que llegará a ser tu libro. Conozco a un excelente historiador
del arte, hombre de vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha
concentrado su predilección más honda en Las aventuras de Pickwick,
y con cualquier pretexto cita frases del libro de Dickens, y cada hecho de la
vida lo asocia con episodios pickwickianos. Poco a poco él mismo, el
universo, la verdadera filosofía han adoptado la forma de Las aventuras
de Pickwick en una identificación absoluta. Llegamos por este camino
a una idea de clásico muy alta y exigente:
10. Llámase
clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a
semejanza de los antiguos talismanes.
Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo
soñaba Mallarmé.
Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte
de oposición, de antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau
piensa y hace me interesa mucho, pero todo me inspira un deseo incoercible de
contradecirlo, de criticarlo, de discutir con él. Incide en ello una
antipatía personal en el plano temperamental, pero en ese sentido me
bastaría con no leerlo, y en cambio no puedo menos que considerarlo entre
mis autores. Diré por tanto:
11. Tu clásico
es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo
en relación y quizás en contraste con él.
Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico»
sin hacer distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para
mí distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia
que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en
una continuidad cultural. Podríamos decir:
12. Un clásico
es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya
leído primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida
su lugar en la genealogía.
Al llegar a este punto no puedo seguir aplazando el problema decisivo que es
el de cómo relacionar la lectura de los clásicos con todas las
otras lecturas que no son de clásicos. Problema que va unido a preguntas
como: «¿Por qué leer los clásicos en vez de concentrarse
en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?»
y «¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la
mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel
impreso de la actualidad?».
Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente
el «tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano,
Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm
Meister, Coleridge, Ruskin, Proust y Valéry, con alguna divagación
en dirección a Murasaki o las sagas islandesas. Todo esto sin tener que
hacer reseñas de la última reedición, ni publicaciones
para unas oposiciones, ni trabajos editoriales con contrato de vencimiento inminente.
Para mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa afortunada persona
tendría que abstenerse de leer los periódicos, no dejarse tentar
jamás por la última novela o la última encuesta sociológica.
Habría que ver hasta qué punto sería justo y provechoso
semejante rigorismo. La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin
embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante
o hacia atrás. Para poder leer los libros clásicos hay que establecer
desde dónde se los lee. De lo contrario tanto el libro como el lector
se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo «rendimiento»
de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una
sabia dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamente
una equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un nerviosismo
impaciente, de una irritada insatisfacción.
Tal vez el ideal sería oír la actualidad como el rumor que nos
llega por la ventana y nos indica los atascos del tráfico y, las perturbaciones
meteorológicas, mientras seguimos el discurrir de los clásicos,
que suena claro y articulado en la habitación. Pero ya es mucho que para
los más la presencia de los clásicos se advierta como un retumbo
lejano, fuera de la habitación invadida tanto por la actualidad como
por la televisión a todo volumen. Añadamos por lo tanto:
13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
14. Es clásico
lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad
más incompatible se impone.
Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar en contradicción
con nuestro ritmo de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración
del otium humanístico, y también en contradicción con el
eclecticismo de nuestra cultura, que nunca sabría confeccionar un catálogo
de los clásicos que convenga a nuestra situación.
Estas eran las condiciones que se presentaron plenamente para Leopardi, dada
su vida en la casa paterna, el culto de la Antigüedad griega y latina y
la formidable biblioteca que le había legado el padre Monaldo, con el
anexo de toda la literatura italiana, más la francesa, con exclusión
de las novelas y en general de las novedades editoriales, relegadas al margen,
en el mejor de los casos, para confortación de su hermana («tu
Stendhal», le escribía a Paolina). Sus vivísimas curiosidades
científicas e históricas, Giacomo las satisfacía también
con textos que nunca eran demasiado up to date: las costumbres de los pájaros
en Buffon, las momias de Frederick Ruysch en Fontenelle, el viaje de Colón
en Robertson.
Hoy una educación clásica como la del joven Leopardi es impensable,
y la biblioteca del conde Monaldo, sobre todo, ha estallado. Los viejos títulos
han sido diezmados pero los novísimos se han multiplicado proliferando
en todas las literaturas y culturas modernas. No queda más que inventarse
cada uno una biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que
esa biblioteca debería comprender por partes iguales los libros que hemos
leído y que han contado para nosotros y los libros que nos proponemos
leer y presuponemos que van a contar para nosotros. Dejando una sección
vacía para las sorpresas, los descubrimientos ocasionales.
Compruebo que Leopardi es el único nombre de la literatura italiana que
he citado. Efecto de la explosión de la biblioteca. Ahora debería
reescribir todo el artículo para que resultara bien claro que los clásicos
sirven para entender quiénes somos y adónde hemos llegado, y por
eso los italianos son indispensables justamente para confrontarlos con los extranjeros,
y los extranjeros son indispensables justamente para confrontarlos con los italianos.
Después tendría que reescribirlo una vez más para que no
se crea que los clásicos se han de leer porque «sirven» para
algo. La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos
es mejor que no leer los clásicos.
Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran
(que no es un clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo
que sólo ahora se empieza a traducir en Italia): «Mientras le preparaban
la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. “¿De
qué te va a servir?”, le preguntaron. “Para saberla antes
de morir”». ![]()