Soldados de la lectura

J.J. Armas Marcelo / ABC Cultural
Boletín Cegalnet - www.libreros.org. 9/noviembre/2002



La manía de la lectura, según Robert Hughes, es uno de los caminos que nos quedan a los seres humanos de hoy y de mañana para cultivar una razonable musculatura de rebeldía y libertad.
Gutenberg enseñó el tesoro de leer a más de la mitad del mundo y rompió los secretos no siempre santos de los monasterios, cuya metáfora en nuestros tiempos recogió con gran eficacia Umberto Eco en su novela El nombre de la rosa, uno de los dos textos novelescos (el otro, y anterior, es El Gatopardo de Lampedusa) que consiguieron el regreso de los italianos a la creencia en el género literario hasta volver en masa a la lectura.
Pero, a pesar de la confesión de tantas gentes ilustres e ilustradas, que afirmaron en su momento que haber aprendido a leer de muy niños (y comprender cuanto se leía en cada instante) fue uno de los hallazgos más grandes de su vida, en España no llega al veinte por ciento la gente adulta que utiliza las bibliotecas públicas para ese ejercicio de libertad y musculatura intelectual que significa, también en tiempos de las exageradas deidades electrónicas, el placer exclusivo y excluyente de la lectura.
Gentes hay que no saben todavía que la lectura, esa manía de seres libres, es una acción que no puede compartirse con ninguna otra. Porque cuando se lee, el lector se traslada a la página en la que se abisma, y la devora como un caníbal, hasta trastornarse con el tiempo de hipnosis feliz provocada por el acto mismo de la lectura. Y, sin embargo, esa demencia fantástica de la libertad no parece haber prendido con la deseada frecuencia en la pasión de la población adulta española, que sólo accede en su mínima expresión a la posesión y lectura de un libro por año, a pesar de los esfuerzos de la industria editorial y los dispendios públicos por convertir el libro en un fetiche sacro y cotidiano.
Esa locura de leer (y hablábamos ayer de Marcel Proust en esta misma senda) fue la fragua de Alonso Quijano para transformarse en Don Quijote, gracias a su enloquecida manía por las novelas de caballería, no en vano prohibidas largos tiempos por el poder real y eclesiástico como mecanismos libertinos capaces de levantar las más oscuras sensaciones en seres tan díscolos como Cervantes.
Esa misma manía de leer llevó al soldado mujeriego y jugador Íñigo de Loyola, cuyo libro de cabecera era el mismo que el del Quijote, el Amadís, a inundarse de la lectura de las vidas de Cristo y los santos cristianos, mientras se curaba de una herida de combate, mala costumbre que lo hizo creer tanto en sí mismo y en la lectura que se volvió un empedernido maniático de la santidad, como los protagonistas y personajes de sus libros preferidos.
Algunos siglos más tarde, un ejército de jesuitas, de variado pelaje y condición, pero casi siempre mitad monjes, mitad soldados, mantiene en alto aquel testimonio de las lecturas del Fundador recorriendo el mundo entero como caballeros y quijotes de la cristiandad. Pero, ¿puede el libro, el gran quijote, seguir luchando contra tantos gigantes mediáticos y molinos monstruosos que adormecen la loca manía de la lectura? La respuesta está en el viento libre de los libros. Y en la maniática secta de los lectores
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