Lectura e individualismo

Peter Burke - ABC Cultural
Boletín Cegalnet – www.libreros.org. 9/noviembre/2002



La imagen del lector solitario es extremadamente poderosa. Desde finales del siglo XVIII, diversos cuadros representan a hombres y mujeres leyendo solos, echados en la silla de un estudio o en un dormitorio, o tumbados en el suelo, o fuera, en el campo, aparentemente ajenos a lo que les rodea y absortos en la lectura de un libro. Textos como el Éloge de Richardson, de Denis Diderot (1761), la refuerzan aún más, al insinuar que los novelistas escribían para un lector solitario que podía llorar libremente, sin ser observado.
Parece natural inferir que la práctica de la lectura fomenta el individualismo, porque desarrolla la autoconciencia e independiza respecto al grupo. Asumido este juicio, sólo un paso nos separa de la gran interpretación de la historia cultural según la cual la aparición de la imprenta de Johannes Gutenberg sustituyó la audición pública por la lectura privada y, de esa forma, condujo a una nueva era, la «modernidad». Ésta fue también la era del individualismo, simbolizado por Martín Lutero y su doctrina del «sacerdocio de todos los creyentes»; en otras palabras, el derecho de cada cristiano individual a leer e interpretar las escrituras por sí mismo. Algunos historiadores, siguiendo a Max Weber, podrían mantener que no fue una coincidencia que el capitalismo occidental, que era y es individualista por su naturaleza competitiva, surgiera en esa época.
Al poner cada vez más libros en circulación a un precio mucho más reducido que el de los manuscritos, las imprentas hicieron posible que los individuos escogiesen qué leer, además de leerlo donde y cuando quisieran.

Una habitación propia

Cada vez más personas comenzaron a llevar agendas y diarios y a escribir sus autobiografías, aparentemente aprendiendo de los libros que leían, ya fuesen novelas o manuales de conducta, hasta llegar a convertirse en personas más conscientes de sí mismas, de sus esperanzas y sus temores, sus estados de ánimo y sus objetivos. El auge de una preocupación por la intimidad, que se expresa tanto en palabras como en la arquitectura doméstica, donde surge «una habitación propia» (al menos para los individuos de las clases más ricas) en la cual es posible leer sin interrupciones, expresa y fomenta los demás cambios descritos. La aparición de las grandes ciudades también fomentó la lectura y el individualismo. La ciudad respaldaba el individualismo porque permitía a las personas escapar de las restricciones que les imponía la vida en una comunidad donde todos se conocían. Y en cuanto a la lectura, el sociólogo estadounidense Robert Park observó que «se ha convertido en imprescindible para la vida en la ciudad. En el entorno urbano, la alfabetización es casi tan necesaria como poder hablar».
Esta gran interpretación ha sido objeto de ataque en la pasada generación. El historiador que más ha hecho para desmontarla ha sido el francés Roger Chartier, especialista en la Francia de la Edad Moderna. Chartier y otros han señalado que, en este período, mucha gente tomaba parte en la lectura pública de textos, desde la Biblia a novelas o periódicos. Quienes no sabían leer, pedían a otros que les leyesen. Familias, amigos y vecinos se leían unos a otros. Frailes y príncipes siguieron escuchando libros que les leían durante las comidas. En la actualidad, el auge del protestantismo se interpreta menos por promover el individualismo y más por el apogeo de las comunidades disidentes, creadas y respaldadas por la práctica de leer un texto en común y discutir su significado; en estos casos, la lectura era a menudo una experiencia de grupo más que individual.
Estos argumentos resultan convincentes, pero en mi opinión añaden matices a una historia definida, en vez de invalidar su formulación original. El error cometido por los historiadores anteriores fue suponer que las actitudes y prácticas de todos cambiaron de la noche a la mañana, una vez que las imprentas de Gutenberg empezaron a funcionar. De hecho, en este ámbito como en otros, los usos tradicionales coexistieron con los nuevos.

Los estímulos más potentes

Como los libros eran escasos y relativamente pocas personas sabían leer, florecieron las lecturas públicas en voz alta. La multiplicación de los libros y la expansión de la alfabetización fueron potentes estímulos para la lectura individual, a menudo por parte de adolescentes que de esa manera podían escapar de su familia, al menos por unas horas. Un libro se considera frecuentemente un instrumento o una herramienta, pero al igual que otras, como la televisión o el ordenador personal, tiene la capacidad de transformar a quienes las utilizan. Una de las principales razones de que nosotros, como los contemporáneos de Gutenberg y Lutero, vivamos en las fronteras de una nueva era, es el tránsito del libro a la pantalla.
Ciertamente, parece que esta nueva era se caracterizará por el declive de la intimidad y del individuo solitario. Nuestro problema consiste en adivinar qué sustituirá estos familiares rasgos de la modernidad.