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La
desbordante vida de Balzac |
Por
L. Fernando Moreno Claros
El País - Babelia
18/febrero/2006
Uno
de los mejores autores del siglo XX, Stefan Zweig, escribe una biografía
sobre uno de los más brillantes y prolíficos novelistas del XIX,
el francés Honoré de Balzac. A través de la pluma de Zweig,
que cultivó con maestría el género biográfico, aparece
un hedonista, triunfador y perdedor a un tiempo, inconmensurable autor de Eugenia
Grandet.
El gran escritor
austriaco Stefan Zweig (1881-1942) publicó memorables biografías
de personajes históricos tales como María Antonieta o Fouché,
por citar dos de enorme éxito; así como magníficos ensayos
sobre Nietzsche, Hölderlin o Dostoievski. Su acusado don para recrear épocas
históricas y dar credibilidad psicológica a las figuras de su
interés logró que sus obras cautivaran a millones de lectores,
y aún hoy están más vivas que nunca.
Este Balzac que ahora edita Paidós, en una antigua traducción
revisada, es un proyecto de “gran biografía” que Zweig sólo
concluyó en parte. Exiliado en la carioca ciudad de Persépolis,
el autor de Amok se quitó la vida ante el implacable avance
de los nazis en Europa. Poco antes de tan lamentable decisión le había
pedido a su editor de entonces, Richard Friedenthal, el célebre biógrafo
de Goethe, que le enviara el manuscrito del Balzac a Brasil a fin de revisarlo
y concluirlo. Zweig llevaba media vida reuniendo materiales sobre el “Napoleón
de las letras francesas”. Desde hacía años pensaba elaborar
un exhaustivo estudio dividido en dos tomos: vida y obra. El abultado manuscrito
de lo que sólo iba a ser la primera parte del trabajo llegó a
su destino unos días después del suicidio de su autor y, finalmente,
fue Friedenthal quien se hizo cargo de editarlo, completando él mismo
algunos pasajes, según las diversas anotaciones y planes que dejara el
amigo desaparecido.
Zweig había leído las obras de Balzac en su primera juventud y
continuó frecuentándolas a menudo “para seguir aprendiendo
de ellas”. La inmensa personalidad del prolífico autor francés
lo había obsesionado siempre tal como lo obsesionaron esos tipos psicológicos
que él consideraba “demónicos” o tocados por el genio
trágico. Ya en sus breves semblanzas biográficas tituladas Tres
maestros (Acantilado) publicó un agudo ensayo sobre Balzac, pero
aquello sólo fue el tibio reflejo de un rotundo amor de por vida. Cuando
Zweig partió al exilio brasileño tuvo que abandonar en Londres
su gran archivo sobre Balzac y los preciosos manuscritos del genio que había
comprado por precios desorbitados, lo mismo que los esbozos y las notas para
la biografía.
Ayudado por su fiel segunda esposa, Lotte, que murió junto a él,
Zweig había redactado hasta tres veces lo que tenía que haber
sido el primer tomo de su “Gran Balzac”; esta última copia,
casi definitiva, que llegó a Brasil en vano fue la que sirvió
a Friedenthal para editarlo póstumamente. De modo que la maestría
de aquel Zweig aún no desesperado de la vida y la hábil injerencia
del amigo editor proporcionaron como resultado un relato biográfico poderoso,
que atrapa desde los primeros párrafos, que repasa la vida desbordante
de un ser harto particular, feliz y desgraciado, ingenuo y ambicioso, perspicaz
y espontáneo; arrastrado por sus pasiones y animado por el ímpetu
vital que sacudía su corazón y su fantasía.
Oriundo de Tours,
hijo de familia acomodada, Honoré Balzac (1799-1850) se trasladó
pronto a París; estudió Derecho, fue pasante de un notario y,
hastiado de la vida anodina de probo burgués, comenzó a escribir
guiado por su pasión libresca, su inteligencia fuera de lo común
y su desbocada imaginación. Quiso ser famoso de inmediato, primero como
pensador y literato, así que pergeñó obras de filosofía
y de teatro que fracasaron, pero también novelas de folletín que
le dieron alguna ganancia y lo introdujeron en el mundo editorial de París.
A la vez, Balzac soñaba con hacerse rico para vivir como un sibarita
y pronto emprendió negocios que prometían ser lucrativos: impresor,
propietario de una fundición tipográfica, dueño de un periódico...
Pidió créditos y se arruinó; todo negocio que acometía
fracasaba, ocasionándole pérdidas enormes y deudas que tendría
que pagar durante el resto de su vida, precisamente ejerciendo el único
oficio para el que parecía estar dotado: el de escritor, con el que cosechó
grandes éxitos más allá de Francia.
Durante quince años Balzac se entregó a verdaderas orgías
literarias, a extenuantes maratones creativos; escribió novelas como
un poseso. Creó más de mil personajes, un centenar de obras de
diversa extensión, ese vasto “conjunto orgánico” que
con tanto acierto llamó La comedia humana, y todo ello no por
amor al arte ni al conocimiento, sino porque tenía que ganar dinero para
vivir como a él le gustaba: a todo tren. Nunca reparó en gastos
para gozar de la vida ni para satisfacer sus pasiones favoritas, el amor y el
lujo; imitaba a los acaudalados aristócratas, a los sibaritas y erotómanos
rodeándose de caprichos que no podía pagar (cabriolé, apartamentos
suntuosos, antigüedades...); con aquel boato gozaba sin reparar en las
consecuencias. Tuvo numerosas amantes y amigas fieles que lo adoraron y confortaron,
mientras que careció de amigos leales, sobre todo entre los literatos.
Durante las últimas décadas de su vida, exhausto de trabajar para
ganar el vil metal que movía el mundo, decrépito y arruinado,
alimentó un solo anhelo: casarse con una mujer que lo liberara de todas
sus penurias, con una aristócrata de fortuna, cultivada y sensible. El
malicioso azar satisfizo su deseo, pero más que como premio, como un
castigo y finalmente —en una aventura increíble, digna del mejor
Balzac— logró seducir a aquella amada evanescente y desposarla.
Lo que pasó antes y después de la boda lo relata Zweig con su
sensibilidad y magia características. ![]()