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¿Quién
teme al «google» feroz? |
Manuel Rodríguez
Rivero - ABC
Boletín CEGAL - 3/marzo/2007
Ayer estuve practicando
con el Google Book Search, la herramienta puesta en marcha (en fase «beta»
o experimental) por la compañía estadounidense para examinar libros
cuyo contenido ha escaneado previamente mediante contratos con bibliotecas públicas,
editoriales y otras instituciones. Me introduje, por tanto, en el vientre de
la bestia, en el corazón más negro de lo que, todavía,
para muchos editores y autores constituye el mayor peligro para la supervivencia
de la propiedad intelectual e, incluso, para el futuro de la cultura escrita.
Una de las búsquedas que efectué (en inglés) se refería
a la Guerra Civil Española. En sólo tres segundos la pantalla
de mi ordenador me reveló que, dentro de la ya monstruosa base de datos,
existían 28.642 referencias al asunto que podía consultar de una
en una. De algunos volúmenes se me ofrecía «vista previa
restringida», de otros (pocos), «vista completa», y de otros
«vista de fragmentos». Que Google es un instrumento estupendo para
la democratización del conocimiento ya no ofrece dudas a casi nadie.
En un tiempo récord, y en cualquier lugar del mundo, pronto (¿una
década?) tendremos la posibilidad de acceder a todo el saber acumulado
en los libros desde hace cinco siglos, cuando un visionario creó las
bases para que la cultura escrita entrara en su fase de masiva reproductibilidad
técnica.
La Historia nos enseña que los progresos tecnológicos no se realizan
a coste cero. A corto plazo, algunos pierden: incluso lo pierden todo. Los exasperados
trabajadores que saboteaban las máquinas en los albores de lo que Alvin
Toffler ha llamado «segunda ola» creían luchar como san jorges
contra el dragón que amenazaba con arrebatarles (como finalmente hizo)
su forma de vida.
Ese no parece ser ya el caso. Las leyes del copyright fueron creadas para proteger
el derecho de los creadores y de quienes arriesgan su dinero en la publicación
de sus obras. Autores y editores actúan, en cierto sentido, como coautores
y socios de ese producto tan especial que aún llamamos «libro».
Como ese derecho tiene límites temporales, las obras de derecho público
no ofrecen mayores problemas para su digitalización y libre oferta y
uso. El problema son los otros: incluso si están agotados —es decir,
fuera del mercado— porque para sus editores ya no es rentable su comercialización.
Tras el pánico y la parálisis iniciales por parte de editores
y autores, el recelo provocado por el proyecto de Google de escanear todos los
libros del mundo (el catálogo bibliotecario más extenso que hoy
existe registra 32 millones de títulos) y ponerlos a disposición
de la gente se ha concretado en importantes demandas judiciales por «masiva
violación del copyright» a las que la compañía de
Mountain View tiene que hacer frente en varios países.
Si no se impone la razón, la locomotora acabará aplastando al
pollino que obstaculiza su marcha. Google, que se presenta como una herramienta
de progreso, es, por encima de todo, un gran negocio. Con «rostro humano»,
si se quiere (así insisten en caracterizarlo sus lemas corporativos),
pero, en todo caso, un negocio cada vez más pingüe. Y los grandes
negociantes siempre llegan a acuerdos, pactan y pagan. Entre otras cosas, porque
de ese modo neutralizarán a sus competidores. En cuanto a los titulares
del derecho de propiedad intelectual, más vale que no se empecinen en
maximalismos de resistencia. Con lo rápido que va todo en internet, la
solución no reside en encastillarse en los principios, sino en buscar
acuerdos, negociar, contemplar los retos como oportunidades. E intentar beneficiarse
del mayor instrumento publicitario que la técnica ha puesto jamás
a disposición de sus libros. De los de papel y de los otros. Las entidades
de gestión de derechos, que negocian con los fabricantes de máquinas
reprográficas y reparten entre sus asociados lo que devengan por compensación
de la copia (privada o pública) son un modelo posible. Uno entre muchos.
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