En la mesilla de noche

Manuel Rodríguez Rivero - ABC
Boletín CEGAL - 2/abril/2007


Desde hace años tengo el privilegio de ganarme la vida leyendo libros, que es una de las dos o tres cosas que más me gustan. Leo y escribo sobre lo que leo. Y a ello dedico mi jornada laboral, casi tan rígidamente pautada como la de un oficinista. No soy un lector rápido, especialmente cuando un libro me gusta o me interesa. Pero, como durante mucho tiempo he sido editor, me he visto obligado a aprender a leer de «otra» manera: inmediata, utilitaria, transversal, zapeando páginas para hacerme una idea de las características de la obra o encontrar enseguida lo que puede interesarme. Alguien ha dicho que el editor es un crítico con poder ejecutivo: es decir, dotado de la capacidad de publicar lo que le gusta o lo que le parece importante. Eso sería estupendo, pero no siempre ocurre. Pero lo que sí es cierto es que un editor puede leer muy rápido. Lo que no significa que lo pase bien haciéndolo.
En aquel oficio adquirí, por lo tanto, cierta técnica personal -y discriminatoria- de lectura veloz. Útil para algunas cosas, pero no para el disfrute. Cuando dejé la edición tardé en reciclarme como lector corriente y recuperar la bendita sensación de dejarme arrastrar, olvidado del tiempo y del entorno, por un texto sobre el que no tenía que tomar decisiones económicas. De manera que ahora puedo leer a dos velocidades, eligiendo el ritmo según me convenga. En todo caso, buena parte de mi jornada laboral consiste en leer. De lo que se deduce que, al final del día, ya estoy cansado de hacerlo, y me dedico a otras cosas. Una situación opuesta a la de la inmensa mayoría de los lectores, que sólo pueden leer en su (escaso) tiempo libre.
Según la mayoría de las encuestas sobre hábitos culturales, la falta de tiempo es, con gran diferencia, el principal motivo aludido para no leer. Una carencia especialmente acuciante entre la población en edad de trabajar. Lo he recordado mientras leía una carta al director publicada recientemente en un periódico y cuya remitente se preguntaba con amargura quién puede leer esos miles de libros apasionantes que se publican semana a semana, y cuyas reseñas aparecen en los suplementos literarios de los diarios. Ella no, desde luego: tras describir sin dramatismos la distribución de su jornada -hogar, hijos, transporte, oficina, almuerzo, transporte, hijos, hogar- exponía que, en el mejor de los casos (no ve mucha televisión), no le quedaba tiempo, antes de caer profundamente dormida, más que para leer cinco o seis páginas del libro que le esperaba en la mesilla de noche. Un tiempo de lectura que podría extenderse a dos o tres horas los fines de semana, pero nada más. Y se interrogaba, con argumentos basados en su experiencia, acerca de si esa lentitud no acabaría muy pronto con el interés con que adquirió y empezó a leer la biografía de 800 páginas cuya lectura retoma (aún) noche tras noche.
Quizás convenga que, en esta parte del mundo en la que el tiempo es uno de los bienes más escasos (y, por tanto, de los más caros), vayamos desacralizando la lectura, relativizando su valor simbólico. No para bajar la guardia en las políticas de fomento de hábitos lectores, sino para acabar con cierta demonización elitista de los no lectores (como si, encima de no tener tiempo, debieran sentirse culpables) en la que casi todos solemos caer. Los editores y los libreros, frecuentemente: en cierto modo, en ello les va el negocio. Pero también desde los medios que, como los libros, exigen tiempo de lectura. Leer está bien, incluso muy bien, como otras cosas que la vida ofrece. Y, probablemente, los que no lo hacen se pierdan algo. Claro que a veces no leer no es una decisión del todo voluntaria: al menos entre la población en edad laboral. Fin