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Herencias
y desafíos |
Roger
Chartier - ABC Cultural
Boletín Cegal.net – www.libreros.org. 9/noviembre/2002
Los
lectores del presente son herederos de un historia de muy larga duración.
El orden de los discursos tal como lo conocemos se establece a partir de la
relación que asocia tipos de objetos (el libro, el diario, la revista,
el cartel, el formulario, la carta, etc.) con categorías de textos y
formas de lectura. Semejante vinculación resulta de la sedimentación
de tres innovaciones fundamentales. En primer lugar, entre los siglos II y IV,
el libro que llamamos codex, compuesto por hojas y páginas reunidas dentro
de una misma encuadernación, sustituyó los rollos que leían
los lectores de la Antigüedad griega y romana. En segundo lugar, en los
siglos XIV y XV apareció en la cultura manuscrita un nuevo tipo de libro
que contenía dentro de un mismo volumen únicamente obras compuestas
por un solo autor; con anterioridad esta composición se solía
dar casi en exclusiva con autoridades antiguas y cristianas y obras en latín.
Finalmente, en el siglo XV, la imprenta se impuso como la técnica más
utilizada para la reproducción de lo escrito y la producción de
libros. Somos herederos de esta historia tanto para la definición del
libro, que es a la vez un objeto y una obra, como en lo referente a una cierta
percepción de la cultura escrita, que se funda sobre distinciones inmediatamente
visibles entre los diversos objetos manuscritos e impresos.
Es este orden de los discursos el que transforma profundamente la textualidad
electrónica. Ahora, un único aparato hace aparecer frente al lector
las diversas clases de textos tradicionalmente distribuidas entre objetos distintos.
Todos los textos son leídos en un mismo soporte (la pantalla del ordenador)
y en la misma forma (generalmente aquella decidida por el lector). Se crea así
una continuidad textual que ya no diferencia los diversos discursos a partir
de su materialidad propia, y que hace más difícil la percepción
de las obras como tales obras. La lectura frente a la pantalla es generalmente
una lectura discontinua, que busca a partir de palabras claves o rúbricas
temáticas el fragmento textual del cual quiere apoderarse sin que necesariamente
sea percibida la identidad y la coherencia de la totalidad textual que contiene
este fragmento. En el mundo digital todos las entidades textuales son bancos
de datos que procuran fragmentos cuya lectura no supone de ninguna manera la
comprensión o percepción de las obras en su identidad singular.
La revolución digital
No
debemos minusvalorar la originalidad y la importancia de la revolución
digital, aunque su efecto es todavía muy desigual: el 50 por ciento de
las direcciones electrónicas están ubicadas en países de
habla inglesa, sólo el 5 por ciento en los de habla española.
Semejante revolución obliga al lector a alejarse de todas las herencias
que lo han plasmado ya que se enfrenta, al mismo tiempo, a una revolución
de la técnica de la reproducción de los textos, a una revolución
del soporte de lo escrito y a una revolución de la percepción
de los discursos. De ahí surge, a la vez, el desasosiego de los lectores,
que deben transformar sus hábitos y gestos, y abandonar los criterios
inmediatos, visibles, materiales, que les permitían distinguir, clasificar
y jerarquizar los discursos.
¿Cómo caracterizar la lectura del texto electrónico? El
ejemplo de las ediciones electrónicas de los diarios ilustra la diferencia
que existe entre la lectura de los «mismos» artículos cuando
se desplazan de la forma impresa, que ubica cada texto particular en una contigüidad
física con todos los otros textos publicados en el mismo número,
a la forma electrónica, donde se encuentran y se leen a partir de las
arquitecturas lógicas que jerarquizan campos, temas y rúbricas.
En la primera lectura, la construcción del sentido de cada artículo
particular depende, aunque sea inconscientemente, de su relación con
los textos que lo anteceden o lo siguen. La segunda lectura propone al lector
textos sin otro contexto que el de su pertenencia a una misma temática.
La lectura frente a la pantalla es una lectura discontinua, segmentada, fragmentada.
Si conviene para las obras de naturaleza enciclopédica, que nunca fueron
leídas desde la primera hasta la última página, parece
perturbada o inadecuada frente a los textos cuya apropiación supone una
lectura continua y atenta, una familiaridad con la obra y la percepción
del libro como creación original y coherente. El desafío y la
incertidumbre del futuro se remiten fundamentalmente a la capacidad o no del
texto descuadernado del mundo digital para superar la tendencia al derrame que
lo caracteriza.
¿Será el texto electrónico un nuevo libro infinito, monstruoso,
indomable, que nadie podrá leer, como el libro de arena imaginado por
Borges? ¿O propone ya un nuevo soporte a la cultura escrita, que favorece
y enriquece el diálogo que cada texto entabla con cada uno de sus lectores?
No conocemos la respuesta. Pero, cada día, como lectores, sin saberlo,
la inventamos. ![]()