La relectura ofrece sensaciones que no se producen durante la primera lectura


Josep María Ruiz Simón (La Vanguardia)
Boletín Cegal.net – www.libreros.org - 27/enero/2003

Plinio el Viejo escribió, en los tiempos del emperador Tito, una de las enciclopedias más influyentes en la historia de la humanidad: la Historia natural. En ella, se hacía eco de más de 2.000 volúmenes de no menos de 500 autores latinos y griegos. Su sobrino e hijo adoptivo Plinio el Joven, que realizó la segunda edición de la obra, cuenta que su tío, para quien no había un libro tan malo que no tuviera algo bueno, trabajaba a ritmo frenético: nunca paraba de leer, o de hacerse leer por un esclavo, nuevos libros; no dejaba de hacerlo ni por la noche ni durante las comidas ni cuando viajaba. Las palabras de Plinio el Joven al relatarlo parecen rezumar admiración. Pero si hoy aún alguien se acuerda de Plinio el Joven es para citar un envenenado consejo que derramó en una de sus cartas y que parece poner en cuestión la manera en la que se concretaba la práctica lectora de su tío: Multum legendum esse, non multa (más que mucho, se debe leer muchas veces lo mismo). Borges, buen conocedor de ambos Plinios, procuró seguir este consejo en la medida de lo posible: “He tratado más de releer que de leer; creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer es necesario haber leído”. Y Nabokov, siguiendo el mismo hilo, prescribió una norma que, de no ser de imposible cumplimiento, terminaría con la industria editorial: “Los libros no se deben leer, deben releerse”. Borges y Nabokov eran vacas literarias, lectores rumiantes que pensaban que, para sacar todo el jugo a un libro, había que masticarlo no menos de dos veces. Quizás éste era uno de los motivos por los que Borges se prendó de El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer, un obra que, según su autor, no dejaba al lector otro recurso que el de leerlo dos veces si quería comprender el pensamiento que en él se desarrollaba.
Supongo que, dada la manera en que suele concretarse hoy la experiencia lectora, la relectura vive malos tiempos. Hace no muchos años, cuando a alguien le formulaban la tópica pregunta sobre qué libros se llevaría a una isla desierta, daba por hecho que se le interrogaba sobre qué libros estaría dispuesto a releer de forma repetida. La isla desierta se identificaba automáticamente con una isla robinsoniana en la que uno debía vivir por largos años, y los libros que escoger eran los clásicos con los que se suponía que uno nunca se cansaría de dialogar. Era una época en la que se pensaba que un clásico era un libro que, como decía Calvino, nunca terminaba de decir lo que tenía que decir, y con el que, por tanto, se podía mantener una relación estable. Hoy la isla desierta es una imaginaria isla del Caribe donde uno iría quince días de vacaciones con un par de libros recién llegados a las librerías para, una vez de vuelta, poder comentar algo con los amigos antes de olvidarlo.
Supongo, como decía, que la relectura está cayendo en desuso. Y es una lástima. No sólo porque hay algunos libros que merecen ser rumiados, sino también, y quizás sobre todo, porque la relectura puede ofrecer sensaciones que nunca podrá ofrecer una primera lectura. Releer a años vista un libro es releernos a nosotros mismos: dejar que el libro ayer leído hoy nos lea a nosotros, que lo leemos de otra forma porque ya no somos los mismos.