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El
libro digital |
Antonio
Rodríguez de las Heras.
Degà de la Facultat d'Humanitats, Comunicació i Documentació
de la Universidad Carlos III, de Madrid. Conferència pronunciada a Barcelona
el 21 d'octubre de 1999 en el marc de la II Setmana de Debat sobre l'ensenyament
universitari de les Humanitats Tecnologies de la Informació i Humanitats,
organitzades per la Facultat d'Humanitats de la Universitat Pompeu Fabra i els
Estudis d'Humanitats i Filologia de la UOC.
El espacio
digital: diez observaciones
El tema Tecnologías de la información y Humanidades posiblemente
habría parecido intratable hace unos años. En los años
setenta se pensaba que el desarrollo de las tecnologías de la información
iría por un camino totalmente divergente de la línea humanística,
y que progresivamente la sociedad bascularía hacia una sociedad tecnológica
cada vez más dominante. Nadie podía pensar en los años
setenta, y digo setenta por ser cuando comencé, desde las humanidades,
a estudiar estas tecnologías, que escasamente en quince o veinte años
ya no solamente esas dos líneas, la humanística y la tecnológica,
no iban a ser divergentes sino, todo lo contrario, que se daría una convergencia.
Y en ese encuentro entre tecnología y humanidades hay un campo apasionante,
o al menos así me lo parece, y quizá eso haga que trate sobre
este tema con una cierta pasión y emoción. Creo que el encuentro
es muy interesante por la cantidad de sugerencias y capacidades que abre a un
nuevo humanismo en una sociedad tecnológica.
Dentro de este encuentro, que me parece tan interesante, he querido centrar
mi atención en una mirada al libro. Creo que el libro es el objeto que
mejor representa lo que es el humanismo de siglos. El libro en estos momentos
se encuentra frente a un campo nuevo, el del mundo digital, que lo perturba
y, a la vez, esta reciente emergencia abre una incertidumbre sobre cuál
va a ser el papel de ese libro que nos ha acompañado, como objeto cultural,
durante tantos siglos. La página del libro en una sociedad en la que
domina la pantalla; una pantalla por la que está brotando una buena parte
de ese mundo digital. Este sería el motivo principal de mi intervención:
discurrir sobre el futuro inmediato que espera al libro en el espacio digital.
Primero querría hacer una observación sobre qué entiendo
por espacio digital. Porque me gustaría que durante toda esta intervención
nos libráramos de quedar enredados en la parte más superficial
del fenómeno: el utillaje. El bosque de aparatos y siglas obstaculizan
y desaniman la pretensión de alcanzar unas ideas claras y generales.
El mundo digital, tal como desearía que lo entendiéramos a lo
largo de mi intervención, es una emergencia muy reciente que ha provenido
de algo aparentemente sorprendente. Veamos: puedo coger en la mano un disco
magnético, óptico, pero si comienzo a reunir más discos
—a conectar unos con otros— el resultado no será una pila
de discos, del mismo modo que si reúno libros tendría una estantería
o una librería, sino que esos discos comienzan a desaparecer. Ya no los
veo y, sin embargo, ha emergido un nuevo espacio al que sólo me puedo
aproximar a través de ese ventanillo, de ese brocal, que es la pantalla
electrónica. Una emergencia que se ha producido, una vez más en
la historia de la evolución, por conexión de partes más
simples. Y lo que ha nacido detrás de esa pantalla es un espacio con
propiedades nuevas respecto al espacio tridimensional en el que estamos inmersos.
El espacio digital es un fuerte “atractor”. Es decir, que ese espacio,
que está empezando a formarse, tiene una gran capacidad de atraer todo
lo que hay al otro lado, en nuestro espacio tridimensional. Y así, cantidad
de objetos, sucesos y actividades que se dan en el espacio tridimensional pasan
al espacio digital. Cada vez más cosas, operaciones y sucesos de nuestro
mundo —cartas, papeleras, juegos, comunicación, dinero, mercadeo...—
están ya en el espacio digital. Y esto es sólo el comienzo, porque,
sin caer en visiones futuristas exageradas, las posibilidades de absorción
son ilimitadas.
Pues bien, si se está produciendo esa atracción tan generalizada,
no podía librarse de ella un objeto tan importante para nuestra cultura
como es el libro: el libro también sufre esa atracción y pasa
al otro lado de la pantalla. Ahora lo interesante, y lo que querría desarrollar,
es ver qué sucede con esa transferencia: ¿se pierde el libro tal
y como lo entendemos? ¿Adquiere otras propiedades? Pues yo les voy a
descubrir desde el primer momento mi tesis: creo que la transferencia, fruto
de ese espacio atractor que es el espacio digital, del libro objeto que hoy
tenemos —el códice, el texto en tinta, el papel, la página—
al otro lado de la pantalla va a reforzar las características, las aspiraciones
que secularmente el hombre había depositado en ese gran invento que consiste
en plegar el papel y sujetar los pliegos. Las propiedades del libro se van a
potenciar. Esta es mi tesis, y quiero manifestarla desde el primer momento.
Con este punto de partida es obligado que a continuación pase a justificar
por qué tengo esas esperanzas en el futuro del libro en el mundo digital.
A través de diez observaciones vamos a ver que las aspiraciones,
como decía antes, depositadas en las distintas formas materiales que
hemos dado al libro se van a potenciar en el espacio digital. Por consiguiente,
el paso del libro códice al libro digital no será más que
un reforzamiento de lo que ya existe. No una perturbación.
Densidad, accesibilidad y actualización
(1) Veamos la primera de estas observaciones: la densidad
del espacio digital. El espacio digital ofrece una ilimitada capacidad
de almacenamiento; una altísima densidad. No hace falta insistir mucho
en explicar esta propiedad porque la podemos tener al alcance de nuestra mano;
no es, por tanto, algo muy abstracto. Nos maravillamos cuando abarcamos con
la mano un disco de doce centímetros de diámetro y nos decimos:
¡que ya no es un CDRom, que es un DVD; que ya no son “megas”,
que son “gigas”! Y sin embargo es la misma superficie discoidal
para contener cada vez más cantidad de información. De la misma
manera que asomándonos a ese brocal de la pantalla y mirando ese pozo
sin fondo que es el mundo de la red, vemos que sigue recibiendo cada vez más
y más información sin que dé en ningún momento sensación
de colapso. Por tanto, las capacidades de almacenamiento del mundo digital son
espectaculares.
Pues bien, ¿daña eso de alguna manera las aspiraciones librescas?
Todo lo contrario. El hombre ha venido soñando con el libro-mundo, con
ese libro en donde se pudiera contener todo, en ese libro único que pudiera
guardar todo el saber. Es un sueño cultural que se ha manifestado en
múltiples autores. Flaubert, por ejemplo, intentó en sus últimos
diez años una novela enciclopédica —“Bouvard et Pécuchet”—
que recogiera todos los saberes. Goethe proyectó una novela sobre el
universo y Novalis un “libro absoluto“. El “Libro de Arena”
es, en descripción de Borges, un libro con infinitas páginas en
donde ninguna es la primera y ninguna es la última. Y para Mallarmé
el mundo existe para concluir en un libro. Y en las culturas o religiones del
libro está el empeño en que toda la verdad la guarde un libro.
Estoy pensado ahora en otro autor, Italo Calvino en sus “Seis propuestas
para el próximo milenio”, conferencias escritas para pronunciar
en Estados Unidos, pero que impidió su muerte; en una de ellas, “Multiplicidad”,
también muestra esta aspiración de poder conseguir un libro que
recogiera todo. Una aspiración que sobre el soporte material del papel
no se puede cumplir. En todo caso, acercarnos a su expresión plástica
como hace el escultor argentino Vanarsky en su escultura móvil, el “Libro-mundo”.
Pero, realmente, esto no es posible con los materiales que tenemos en este lado
del espejo, en este lado de la pantalla.
Este sueño no encontraría obstáculo material en el mundo
digital. Tendremos otros problemas para realizar el libro-mundo, pero no el
de la capacidad de acoger en uno —en un libro— todo —todo
lo que queramos—. El espacio digital puede absorber texto sin resistirse,
sin que aparezca el límite de páginas, sin que se hinche hasta
hacerse inabarcable el volumen de ellas. Por tanto, la densidad es una propiedad
interesante, que, como ven, no perturba los sueños que tenemos depositados
en el libro.
(2) La segunda propiedad es aparentemente contradictoria con
la primera en el mundo de tres dimensiones, pero no en el digital. El espacio
digital nos ofrece también una gran accesibilidad a
cualquier punto de él y, por consiguiente, a ese libro que queremos construir
al otro lado del espejo. Desde aquí esto nos parece difícil, porque
si, por ejemplo, hacemos cada vez más densa esta sala instalando más
gente, más sillas y objetos, una persona que entrase por aquella puerta
y quisiera alcanzar este micrófono tendría cada vez más
dificultades de moverse debido a la gran cantidad de cosas aquí almacenadas.
Pero esto no es así en el mundo digital.
En el mundo digital, a medida que crece su capacidad de contener aumenta también
su conductividad. Es más rápida y precisa la accesibilidad en
ese espacio y, por tanto, lo será también en un libro que allí
se instale. Empeño que se muestra a lo largo de toda la evolución
del libro; desde las tabletas de arcilla. Ya no sólo en una caja de tablillas,
sino con el rollo de papiro o de pergamino la accesibilidad era difícil
porque obligaba a enrollar y desenrollar el volumen para alcanzar una columna.
El gran invento del códice permite, hojeando, alcanzar con facilidad
cualquier lugar del texto. Y esto trae consecuencias tan interesantes como la
de poder hacer los autores citas exactas, ya que desaparece el tedio de la consulta
en el volumen —desenrollando y enrollando— que movía a la
tentación de hacer citas de memoria. Por la accesibilidad que proporciona
el códice, el diccionario adquiere su utilidad. La accesibilidad es,
por tanto, otra propiedad interesante que se potencia en el nuevo espacio, como
ya comprobamos con un simple procesador de textos, en el que conseguimos llegar
a cualquier parte de un escrito con sólo señalar una palabra.
Así pues, podemos soñar con grandes libros, podemos soñar
con gran densidad de información contenida en un libro, porque no por
eso reducimos la facilidad de acceso.
(3) La tercera propiedad es la actualización.
El retoque que se hace a un objeto digital no deja rastro, no deja ninguna cicatriz.
Por el contrario, si pretendo reformar esta mesa ante la que hablo y llamo a
un carpintero para la tarea, aunque sea un pequeño ajuste dejará
un resto de serrín y virutas. En cambio, en el mundo digital cualquier
alteración que se haga no dejará ninguna señal. Esto nos
lleva a fijarnos en otro afán que mantenemos con respecto al libro: que
el libro sea blando; que se pueda actualizar. De esta búsqueda viene
el palimpsesto: aprovechar la resistencia del pergamino (a diferencia del papiro)
para raspar con una hojilla, ya no sólo los errores, sino en ocasiones
todo el contenido de un libro a fin de que sus páginas queden libres
para otro texto. Luego la imprenta facilita progresivamente la consideración
provisional del libro, que puede reimprimirse o tener una vida corta para dejar
paso a otro que amplíe, complete o corrija el primero.
Pero estas posibilidades son bien reducidas ante la capacidad que ofrece el
ordenador. ¿Cómo ha llegado el ordenador personal a los hogares
y a las oficinas a partir de los años 80? Es un proceso sorprendente
por veloz y contundente; aunque en principio podría parecer que todo
iría en su contra: un aparato carísimo, que necesita un punto
de electricidad para que funcione y un manual para saber usarlo, y que, sin
embargo, va a dejar fulminada en unos años la máquina de escribir,
la mítica máquina de escribir (hasta los periodistas se desprenden
de ella, cuando les era tan inseparable como el cigarrillo). La máquina
de escribir es, a excepción del disco de vinilo, el aparato de nuestra
época con más rápida obsolescencia. El disco de vinilo
tardó cinco años y la máquina de escribir poco más.
¿Cómo rompió las resistencias hasta en nuestro mundo de
las letras, que ya es decir? Cuando incluso los más reacios comprobaron
que en un artículo o un libro podían realizar correcciones en
el texto hasta el momento de enviarlo a la imprenta, y que los cortes y añadidos
en el texto no dejaban ninguna cicatriz. Y así entró el ordenador
personal en el gran consumo, utilizando el procesador de textos como caballo
de Troya, encandilando al usuario, a pesar del coste del aparato y de las dificultades
de uso, con la presentación de una propiedad: el texto se hace blando
en el ordenador. La información es como arcilla mojada hasta que se pasa
a la impresora —que es el horno, que es el sol—.
¿Adónde van las palabras cuando dejo de verlas?
(4) La cuarta propiedad es también muy interesante.
Para presentarla siempre recurro a un momento de la película de Fellini,
“Ensayo de orquesta”: es cuando una componente de la orquesta recuerda
la pregunta que un día le hizo una niña: “¿adónde
va la música cuando deja de sonar?”. Esta frase nos va
a servir para aproximarnos a la siguiente propiedad que nos espera. Para ello,
imaginemos que estamos ante una pantalla electrónica (Bueno, corrijo
lo que he dicho en la conferencia, porque ahora hay un lector que está
leyendo DIGIT·HVM y, por tanto, se encuentra ya ante una pantalla electrónica).
Con un clic hace desaparecer las palabras que tiene en pantalla, y es entonces
cuando hay que hacer uso de la frase de la película de Fellini, pero
no ya para preguntarse “adónde va la música cuando deja
de sonar”, sino “¿adónde van las palabras cuando dejo
de verlas?”. Durante siglos, y hasta ahora, cuando se dejaba de ver las
palabras, es que habíamos pasado la página y éstas se encontraban
en el reverso. En la pantalla, el destino de las palabras es distinto: cuando
dejamos de verlas se diluyen en los interminables surcos de un disco. Y ahí
no hay palabras escritas, sino ristras inacabables de finísimas incisiones
o de partículas imantadas.
Esto es un cambio muy sugerente porque hasta ahora nuestras palabras, retenidas
en soportes distintos —la cera, la arcilla, la piedra, el papel, el pergamino—,
al dejarlas de ver estaban en el reverso o en otro lugar. Pero estaban ahí.
Ahora no están, vuelven a un pentagrama que son los surcos de un disco.
Y eso es interesante para entender el libro futuro. Las palabras, aunque nos
empeñemos con las metáforas —de las páginas en pantalla,
como la página Web, por ejemplo— no están impresas en la
pantalla electrónica. La palabra está sostenida. Y la pantalla
no es una superficie de 14 o 17 pulgadas. La pantalla es un espacio de tiempo.
Un espacio de tiempo, entre un clic y el siguiente, durante el cual las palabras
están sostenidas. Entre una acción y otra del lector las palabras
se sostienen en la pantalla; antes y después están diluidas en
el disco.
Lo mismo que sucede a las letras, la imagen y el sonido también se diluyen
en los surcos de la superficie discoidal. Aquí está el concepto
de multimedia, en la disolución del texto, la imagen y el sonido, que
se mezclan bajo el mismo código en los cauces del disco. Otro sueño
del hombre con respecto al libro se ve respondido desde el libro digital: la
buena conjunción de la imagen, el texto y el sonido en el espacio de
lectura.
A lo largo de la historia del libro, la lucha ha sido constante entre el texto
y la imagen. Cuando llega el códice se salva la dificultad del volumen
o rollo para contener la imagen, ya que que al doblar el soporte se saltaba
una pintura de capas espesas. Liberada la imagen de esta restricción,
aparece con todo su esplendor en los libros iluminados. Pero se manifestará
entonces más claramente la lucha del texto y de la imagen por el espacio
de la página: unas veces la imagen domina el texto y lo pone a sus pies
—pie de imagen, pie de foto— y en otras obras el texto encierra
la imagen y la confina dentro de los rasgos de una letra majestuosa. Hasta la
música, a través de la notación musical, encontrará
la forma de conseguir un lugar en la página de un libro.
El libro instalado en el espacio digital se hace multimedia; no hay impedimento
material para que congenien texto, imagen y sonido, aunque sí queda la
tarea de autor para saber dosificar y distribuir la presencia de cada uno de
ellos.
Interacción, ubicuidad y deslocalización
(5) La quinta propiedad proporciona una nueva relación del lector
con el texto. Es la interacción. Mucha gente, cuando
hablamos del libro digital, plantea que no va a dar al lector las sensaciones
que proporciona el códice en nuestras manos. Y hay razón en esta
desconfianza. Aun contando con los incipientes libros electrónicos que
están saliendo al mercado (pequeños, ligeros, con alta calidad
de pantalla) la frialdad de una pantalla es marcada, para lo que nos tiene acostumbrados
la hoja de papel (en sus comienzos despreciado, como también lo fue el
pergamino ante la calidad y precio del papiro). Sin embargo, una observación
más detallada de la nueva relación con el texto en pantalla suaviza
la visión negativa que la costumbre y la sublimación de lo establecido
imponen ante lo nuevo. Fíjense, cuando teníamos el libro sobre
un volumen o rollo, el lector tocaba el reverso del rollo—que no estaba
escrito— o los ejes sobre los que se enrollaba la tira para avanzar en
la lectura. En el libro códice se avanza en la lectura pinzando con los
dedos la hoja escrita. ¿Y en el libro digital?
En el futuro libro digital el lector tiene todavía un contacto más
directo con la escritura, porque lo que toca el lector para moverse por el texto
(por el hipertexto) es la propia palabra. Se toca las palabras para que esas
palabras desplieguen más texto. El lector ya no entra en contacto con
el soporte (¿en qué lugar del espacio digital está la superficie
discoidal conteniendo, diluidas, las palabras?), sino con las palabras sostenidas
en la pantalla. No hay, por tanto, alejamiento, sino mayor relación.
Y, además, con la organización hipertextual, que luego veremos,
la intervención del lector sobre el libro no consiste en pasar sus páginas
sino en desplegar su texto.
(6) La sexta propiedad la disfruta el libro desde hace siglos
con la invención de la imprenta, pero en el espacio digital se potencia:
es la ubicuidad. Hasta la imprenta, el libro residía
en un espacio concreto —biblioteca de universidad, de monasterio, de palacio—
y había que desplazarse a ese punto para llegar a la información.
La imprenta proporciona la ubicuidad al libro, produciendo unas consecuencias
culturales trascendentales. Esta posibilidad de que un libro pueda abrirse a
la vez en muchos lugares se potencia en el espacio digital, ya que se libera
de todas las servidumbres del material del soporte, que en el libro de papel
hay que transportar a cada lugar.
(7) Y otra propiedad, la séptima, es la deslocalización.
Nos daremos cuenta enseguida de lo que me voy a referir si les hago mención
de una experiencia que todos tenemos con sólo asomarnos a Internet. Si
fijamos la atención y miramos la barrita que el navegador tiene en la
parte baja de la pantalla, observaremos que muestra el sitio desde el que se
nos está mandando la información. Comprobaremos al cabo de un
rato que, a medida que vamos tocando las palabras activas y avanzando en la
lectura, estamos pasando de un sitio a otro, de un servidor a otro, sin darnos
cuenta. De manera que al final de una consulta hemos pasado probablemente por
varios servidores alejados quizá muchos kilómetros, sin que en
ningún momento hayamos percibido más que el retardo que aún
Internet impone a la navegación. Con nuestra lectura hemos encuadernado
unas páginas que residen en lugares distintos. La información,
por tanto, ya no reside en un único lugar y, sin embargo, el lector tiene
la percepción de que toda la información está tan próxima
como las páginas de un libro.
El sueño de poder acceder a una información que no resida en un
solo punto ya lo encontramos en el siglo XVI con un ingeniero humanista, Agostino
Ramelli. Ramelli nos describe en un libro muy bello sobre artefactos e invenciones
de la época, que no todas se llegaron a materializar, una “rueda
de libros”. Se trata de una especie de noria, en la que en cada cangilón
estaría depositado un libro abierto; el lector, sentado tangencialmente
a la noria, y ayudado por un ingenioso juego de palancas, movería la
noria de manera que con rapidez se pusieran al alcance de sus ojos los libros
que de otra manera habrían estado depositados en un armario o en los
estantes de una biblioteca.
El sueño, por tanto, de tener en un invento —en este caso, una
noria— la información al alcance de la mano; con el que se pudiera
decir: “¡Sólo tengo un libro!”. La rueda de libros
se sueña en el siglo XVI, pero en el siglo XX, en 1945, Vannevar Bush
diseña el “Memex”, ya no con cangilones y palancas, sino
con microfichas, motores eléctricos y pantallas, pero con la misma intención
de tener próxima una información muy abundante. Las máquinas
de Ramelli y de Bush terminan realizándose, al final del siglo XX, con
Internet. Así pues, la aspiración de hacer asequible mucha información
sin tener que someterse a la servidumbre de las distancias está presente
a lo largo de la historia del libro.
Amorfia y asincronía
(8) Pasemos a la octava propiedad. Para algunos no es muy adecuada
la palabra que uso para etiquetarla: la amorfia. Pero, a la
espera de otra más afortunada, sigo recurriendo a ella para nombrar esta
propiedad del espacio digital. Si los objetos en este espacio son ubicuos y
las partes que lo componen no coinciden necesariamente en un lugar, los objetos
digitales no tienen forma. Esto último me lo discuten los filósofos,
pero tal reserva no impide que lleguemos a lo que en esta conferencia nos interesa:
y es que con amorfia quiero también señalar las formas nuevas
que pueden surgir en el espacio digital, sin correspondencia alguna con las
existentes de este lado.
Cuidado con reducir el espacio digital, y en consecuencia la pantalla electrónica,
a un espejo en el que sólo refleja, más o menos fielmente, lo
que hay de este nuestro lado. Lo inquietante y sugerente del espacio digital
es que tiene capacidad para crear cosas radicalmente nuevas que no se pueden
realizar en el espacio tridimensional. Ya la inteligencia artificial, y más
aún las incipientes experimentaciones sobre vida artificial, apuntan
esta rica posibilidad. Lo más sugerente de las aportaciones de la vida
artificial no es la simulación virtual de la vida tal como se manifiesta
en nuestro mundo natural, sino la sorpresa con que se han encontrado los investigadores
ante la emergencia de formas de vidas que no tienen su correspondencia original
con las llamadas naturales.
Y el libro, y ya entramos en lo que nos interesa, ante esta propiedad, ¿cómo
se va a comportar? Pues el libro puede participar de tres maneras,
y las tres ya se están dando en estos momentos.
(a) La primera sería una relación, con respecto a esta propiedad, que llamo resonante. Se introduce el libro en el espacio digital, adquiere las propiedades que acabamos de ver — por ejemplo, el libro se hace blando— y luego se devuelve a nuestro espacio de tres dimensiones. Operaciones parecidas viene el hombre haciendo desde que controla el fuego. Al calentar, por ejemplo, el metal, éste adquiere una maleabilidad que posibilita imponerle formas a voluntad; luego se retira y se enfría. Se ha conseguido trabajar el metal con una facilidad que no se hubiera podido hacer en frío. O bien, el hombre mete la arcilla en agua, adquiere así plasticidad, le da forma, la saca, la pone al sol y ha conseguido unas formas imposibles sin esta operación.
Ahora, con esta nueva hoguera que es el espacio digital, el hombre se pone delante, introduce el texto, para que adquiera propiedades tan interesantes como la de hacerse blando, por lo que puede corregir el texto en pantalla, formatearlo…Y cuando está listo, se saca al sol, se introduce en el agua para que se enfríe... se imprime… y el libro está de nuevo sobre papel. En la actualidad, las editoriales, a excepción quizá de algunas artesanales, utilizan este sistema. Lo mismo sucede con la generación de imágenes por ordenador, y que una vez logradas pasan a una cinta analógica. También hay ya editoriales que imprimen y encuadernan los ejemplares bajo demanda de los compradores particulares; no producen una tirada previa a la demanda.
(b) La segunda forma de relación del libro ante esta octava propiedad del espacio digital es la que llamo especular. Es cuando se trasladan los objetos, sucesos o acciones, y en concreto el libro, al otro lado no con la intención de que terminen retornando sino de que permanezcan definitivamente allí, pareciéndose todo lo posible al original correspondiente. En el caso del libro, es intentar reproducirlo en el otro lado, como si fuera un espejo, pero no para luego imprimirlo. Y este libro, definitivamente sin páginas de papel, recibe el nombre de libro electrónico.
Hay ya una oferta discreta, pero variada, de libros electrónicos. La mayoría de ellos es más una tableta electrónica http://www.rocket-ebook.com/, con una superficie de lectura, que un códice que ofrece, abierto, dos superficies de lectura (¿para qué dos, si no hay hojas con anverso y reverso?) http://www.everybook.net/. Con una buena calidad de pantalla y autonomía, se cargan directamente de la red o a partir de un ordenador con varios libros comprados a la editorial. Leídos éstos, pueden ser borrados o pasar a la librería de un disco de almacenamiento. En algunos casos, hay también la posibilidad de simular el libro electrónico en la pantalla de un ordenador personal http://www.glassbook.com/.
La aparición de los primeros libros electrónicos nos indica además la forma en que el espacio digital va a estar presente, a materializarse, en el espacio que habitamos: con un creciente número de aparatos distintos y específicos para usos concretos de lo que guarda el mundo digital. El ordenador personal ha dejado de monopolizar la ventana de acceso al espacio digital. El televisor, conectado a la red, ha rejuvenecido, cuando hace muy pocos años se le veía ya como un viejo aparato electrónico sin posibilidades ante el rampante ordenador multimedia. Ahora la pantalla de un televisor está empezando a ser una atractiva interficie para actividades diversas y no sólo marco del flujo audiovisual. La nueva generación de teléfonos móviles se presentan como miniventanas para asomarse a Internet. Ya están las recientes consolas de videojuegos conectadas a la red. Y el gran negocio potencial de las empresas discográficas virando hacia pequeños aparatos reproductores de la música que se “baje” de la red... Esta es la satelización de aparatos diversos que produce el invisible espacio digital.
(c) Y, por último, hay una tercera posibilidad para el libro de aprovecharse de la octava propiedad que hemos atribuido al espacio digital: es la emergencia. Se trata de apostar por crear cosas que no tengan su original en el otro lado del espejo, que sean completamente distintas.
Es decir, pensar en un libro que no tuviera páginas, en un libro que rompiera definitivamente con el concepto de página y de hoja de papel. Y esto supone un gran esfuerzo. Es más, por el momento vamos en sentido contrario: reforzando la percepción de la pantalla como si fuera una página de papel. Les he hablado hace unos minutos sobre cómo ha influido la estrategia del caballo de Troya, en forma de procesador de textos, para introducir el ordenador personal, presentándolo como una máquina de escribir. Apoyándose en la metáfora que crea la ilusión de estar sentado ante una pantalla como si se estuviera ante una máquina de escribir, con la hoja incrustada en el carro de la máquina. Metáfora muy eficaz para pasar sin trauma de la máquina de escribir al ordenador.
Esta inclinación se acrecienta con la llegada de Internet y la utilización de la interfaz de la página web. Se sigue insistiendo en la pantalla como página. Sin embargo, la facilidad que proporciona la metáfora para que el lector se vaya habituando al nuevo espacio de lectura de la pantalla frena la creatividad y la búsqueda de nuevas formas. ¿Es que no se puede aprovechar de otra manera ese espacio en donde quedan sostenidas las palabras?
Hay que explorar la distribución de las palabras en la pantalla, así como su aparición y desaparición en ella. Al no ser una hoja de papel, no hay necesidad de aprovechar su superficie llenándola de texto; al no estar impresas las palabras, sino sostenidas durante un espacio de tiempo, pueden aparecer y desaparecer a los ojos del lector con unos efectos y ritmo que no se limiten a simples pantallazos. El texto sostenido en pantalla se puede dosificar, la medida no tiene por qué ser la de la caja de una página impresa. Y estas palabras en pantalla, pocas, pueden ser colocadas con mucha más libertad que la ofrecida por la página de un libro, y encadenarse y fundirse con otras, tras un clic, o desaparecer sólo parte del texto para dejar su lugar a nuevas palabras. Muchas posibilidades de aprovechar la “cinestesia”, que es la propiedad que adquiere el texto en pantalla y a la que no puede aspirar sobre el papel.
Cuando comenzó a difundirse el códice, el lector de volúmenes enrollados se resistía con el fundamento de que la lectura se le fracturaba al pasar la hoja, acostumbrado como estaba al suave desplazamiento de las columnas de texto en el rollo. ¿Por qué seguimos empeñados, una vez que nos hemos acostumbrado a leer con esa brusca fractura, a que también se fracture nuestra lectura en la pantalla? ¿Por qué no pueden diluirse lentamente esas palabras blancas en el negro de la pantalla, y quizá no todas a la vez, para que otras nuevas encajen en la parte del texto que ha quedado aún pendiente?¿Por qué no incitar con estos recursos de la cinestesia a percibir —y explotar— la profundidad de la pantalla? Aparecerían entonces unas capacidades expresivas que no son alcanzables sobre el papel, pero que pertenecen al libro digital. El resultado sería que emergería un libro en la pantalla que no es la imagen virtual del códice de papel. Ya no hay papel, ni tampoco página.
(9)
Paso muy rápido por la novena propiedad. La asincronía
en el espacio digital amplifica la capacidad que la imprenta proporcionó
al libro facilitando la lectura individual y, por tanto, en el momento en que
deseara el lector. Así pues, con la imprenta el libro se puede abrir
desde múltiples lugares y en momentos distintos. El sueño de un
libro permanentemente abierto (por estar en muchas manos) y en el que incesantemente
se inicie una nueva lectura se cumple todavía mejor en un libro del espacio
digital, accesible desde cualquier punto y en cualquier momento.
Hipertextualidad
(10) Y, para terminar, tenemos la décima propiedad.
Propiedad muy importante de tener en cuenta para concebir cómo puede
ser el futuro libro digital.
Esta propiedad permite continuar con una operación de trascendencia en
la historia del libro: en vez de enrollar el soporte, se pliega el soporte.
Pues bien, ahora en el mundo digital lo que hay que plegar ya no es el soporte
sino el texto. Y cuando se pliega un texto estamos hablando de un hipertexto.
No podríamos concebir un libro digital sin una estructura hipertextual.
Y paso enseguida a explicárselo; pero como será difícil
en poco tiempo, procuraré con una metáfora aclarar la idea de
hipertexto como una forma de plegar el texto, como una nueva geometría
del texto.
En la sociedad en la que vivimos los conceptos, las ideas se difunden tan rápidamente
que, como si de una brusca expansión en el mundo físico se tratara,
se enfrían igual de rápido y pierden fuerza. Uno de los conceptos
que ha perdido fuerza ha sido el concepto expansivo de hipertexto. Con Internet,
en concreto con la Web, se ha empezado a utilizar en su sentido débil,
en su sentido menos exigente. Hasta el punto de que se denomina hipertextualidad
al hecho de vincular documentos con el concurso de unas herramientas informáticas.
Pero esto es marcadamente insuficiente. Para ello, voy a recurrir a la metáfora
anunciada.
Imaginemos que tenemos una gran hoja de papel, que representaría la generosidad
de la tecnología en cuanto a posibilidad de registrar información
en los nuevos soportes. Podemos empezar a escribir sobre ella, hasta llegar
a llenarla. Pero una vez escrita, se nos dice que para leer lo escrito hay que
hacerlo a través de una ventana reducida como es la pantalla electrónica.
La superficie de la hoja escrita es muy superior a la de la pantalla Este es
el contraste entre un mundo digital extraordinariamente denso y su acceso mediante
una pantalla electrónica. La tecnología te ofrece todos los metros
de profundidad que se desee en el pozo, pero hay que asomarse a un estrecho
brocal. ¿Cómo resolver esta discrepancia?
Hay dos soluciones. Una, si no cabe la hoja, troceémosla en partes que
sí concuerden con el tamaño de la pantalla. Además, la
tecnología nos ofrece aguja e hilo para hilvanar a nuestro gusto los
trozos: son los “links” o enlaces.
Todos hemos experimentado que, cuando, aburridos en una reunión, comenzamos
a trocear una hoja, el montón de fragmentos adquiere un volumen considerable,
superior al del punto de partida. Y el intento de ligarlos con la ayuda de hilos
amenaza con convertirlos en una maraña. No es, por tanto, un buen camino
esta consideración del hipertexto basada sólo en enlaces.
¿Otra solución que podría haber? Ciertamente que la gran
hoja no cabe en las dimensiones de la pantalla, pero en vez de fragmentarla
comenzamos a plegarla. A medida que avanzan los pliegues, lo escrito va desapareciendo
bajo los dobleces y emergiendo una forma, una papirola, una interfaz, que sí
ya cabe en la pantalla y que luego el lector tocando el texto irá desplegando,
haciendo que vayan brotando las palabras tras los pliegues. El trabajo hipertextual
es un trabajo de papiroflexia, aunque lo que se pliegue no sea papel, sino el
texto. La hipertextualidad es una geometría del texto en el espacio digital.
Para que el libro digital emerja hay que concebir unas organizaciones hipertextuales
mucho más potentes que las que en estos momentos tenemos. Un conjunto
de páginas web es muy poco exigente en este sentido, y puede, en general,
resolverse con aguja e hilo, pero no sucede lo mismo con la escritura de un
libro. Aquí se necesita mucha más creatividad e insistente experimentación.
Sólo asi irá tomando forma un libro sin páginas, un libro
blando, poliédrico, navegable, con emociones nuevas de lectura y frustración
por otras irremediablemente perdidas.
Nos espera mucho trabajo, pero es un reto irrenunciable que nos llega al humanismo
desde unas tecnologías que están conformando el mundo. La responsabilidad
es nuestra. ![]()