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Leer
y vender en la era electrónica |
Por
Guillermo Schavelzon. Agente literario.
Fuente: La Nación. Suplemento Cultura 0109. Julio/2001
La aparición de los libros electrónicos, la venta y el lanzamiento de obras por Internet provocarán un cambio profundo no sólo en el negocio editorial sino en las costumbres de lectura y en la producción literaria. Habrán de desaparecer muchos intermediarios y los más beneficiados serán los lectores y los autores.
En el mundo del libro estamos abrumados por los cambios que se precipitan, y
por si esto fuera poco, agobiados de amenazas. Nadie que sea riguroso puede
predecir qué sucederá con el libro en el futuro, o si el libro
electrónico acabará con el de papel. Pero sí podemos analizar
las nuevas tendencias y las transformaciones.
Antes, las editoriales eran fundadas y dirigidas por individuos que tenían
una gran pasión por los libros. Si bien cuidaban el negocio lo suficiente
como para que sus empresas pudieran sobrevivir y crecer, el dinero y las ganancias
no eran un asunto prioritario en las decisiones de contratación. De esos
pioneros hoy en día sólo quedan sus nombres, convertidos en un
sello propiedad de grandes grupos y conglomerados multinacionales que tienen
diferentes líneas de negocios. Como las ganancias provenientes de la
edición son bajas comparadas con las del cine, la música o los
negocios del deporte, en este tipo de empresas el área "libros"
no es nunca prioritaria. Esto ha ido modificando el perfil tradicional del editor.
“El editor que contrata éxitos de venta que la cultura de élite
desdeña es un editor exitoso. El editor cuyas contrataciones pierden
dinero, pero son universalmente apreciadas por los críticos y la élite
intelectual, es un editor fracasado, al que le será difícil mantener
su empleo”, afirma Jeff Herman, en Writer's Guide to Book Editors,
Publishers and Literary Agents.
Hasta hace unos pocos años, un escritor consideraba el libro como el
destino lógico y único de su trabajo. Ahora, el libro convencional
ha perdido esa exclusividad: hay otros formatos, soportes y medios de difusión.
Hoy los escritores pueden “publicar” sus obras en Internet sin límite
geográfico ni de lectores, con muy poca inversión, y percibiendo
derechos por cada lectura.
En el mundo electrónico, algunas empresas del sector editorial están
desarrollando nuevos negocios, atrayendo inversiones y encontrando nuevas formas
de ganar dinero. Mientras esto sucede, en los países desarrollados los
libros convencionales se venden cada vez más. El libro no está
en crisis, sino en un proceso de transformación que enriquece, amplía
y democratiza las posibilidades de divulgación de la creación,
el ocio y el conocimiento. Lo que está sucediendo no es una crisis sino
una revolución, similar a la que se vivió hace 70 años
cuando apareció el libro de bolsillo, y se habló del fin del libro
ante el avance de esas ediciones baratas, en papel ordinario y sin coser. Lo
que el libro de bolsillo logró fue aumentar el número de lectores,
desarrollando nuevos mercados y nuevos puntos de venta. Muchos títulos
que nunca habían superado los 4 o 5 mil ejemplares llegaron a vender
millones.
Las librerías
La década del 90 estuvo marcada por una gran presión de las editoriales,
a través de una oferta gigantesca. Miles de nuevos títulos cada
año agobiaban al librero y al lector, que ni siquiera podían enterarse
de lo que se publicaba.
Esta enorme oferta se encontraba siempre con un cuello de botella: las librerías.
Pocas, mal ubicadas, peor atendidas, no ofrecían ningún atractivo.
No fueron capaces de especializarse, en todas se veían los mismos libros,
y todas pretendían vender de la misma manera carísimos libros
de arte y libros de saldo. Como si el comprador fuera el mismo, con criterios
estéticos, necesidades de atención y capacidades adquisitivas
similares.
En el sector minorista en general, comenzaron a llegar grandes inversiones.
Supermercados, cadenas comerciales, estaciones de servicio y especialistas en
venta al por menor se dieron cuenta de que el libro era un producto con posibilidades
comerciales no aprovechadas, que se vendía muy bien si se ofrecía
de manera atractiva en los lugares donde estaba la gente.
La venta en los quioscos de diarios, con lanzamientos apoyados por campañas
de publicidad por televisión, tuvo un éxito enorme. Luego los
libros aparecieron tímidamente en los supermercados y fueron ganando
espacio en las góndolas. Más adelante entraron en los videoclubes,
en las casas de discos, etcétera. Hoy las “casas de discos”
han dejado de ser casas de discos, y algunas “librerías”
han dejado de ser sólo librerías. El año pasado, Musimundo
ya se estaba convirtiendo en el principal vendedor de libros del país.
Y en famosas cadenas internacionales “de librerías” como
la Fnac, tan exitosa en Francia y en España, la venta de libros sólo
representa el 30 por ciento de la facturación.
En la Argentina fue necesaria una completa renovación generacional, y
la llegada de operadores que no provenían del libro, para comenzar el
cambio. La inversión en modernización y desarrollo de algunas
librerías comenzó a ensanchar el “cuello de botella”
fatal, y llevará, en pocos años más, a un gran reacomodamiento
del sector. Esto no quiere decir que desaparecerán las librerías,
pero sí que será inevitable su transformación.
A favor de las librerías conviene mencionar que en los mercados más
desarrollados, como Alemania, Estados Unidos o Francia, el 60 por ciento de
las ventas de libros se realiza a través de ellas.
Los libros de catálogo
Un sistema comercial perverso hace que las dificultades financieras presionen
al librero para que devuelva rápidamente los libros todavía no
vendidos, sin poder esperar a que se cumpla su ciclo comercial. Ya no es el
librero quien decide qué títulos ofrece en su local, decisión
que quedó en manos del editor. De ahí la unificación de
la oferta y la pérdida de individualidad de las librerías.
Las transformaciones muestran una tendencia cada vez más evidente: como
en los negocios de modas, las librerías sólo tienen en stock los
libros “de la temporada”. Tener una oferta amplia, obras anteriores
de un autor, o una sección bien surtida de libros publicados en años
anteriores, ya no parece ser el negocio de los libreros. Sólo las librerías
especializadas podrán tener secciones bien surtidas, y eso con dificultad,
porque los editores son los primeros en deshacerse de aquellos títulos
cuya venta se lentificó.
El avance del libro electrónico, en especial del sistema de Print-on-Demand
(impresión a pedido) pareciera ser el único destino para los libros
publicados con anterioridad. Este sistema consiste en una base de datos centralizada
a la que se tiene acceso desde una terminal, desde la que se baja, imprime y
encuaderna un libro en no más de 15 minutos. Las librerías son
el lugar más adecuado para ofrecer este servicio. Si no lo hacen, este
servicio terminará en manos de las casas de fotocopias o de cualquier
otro tipo de comercio.
En los países avanzados, existen sistemas bibliotecarios amplios y actualizados,
que ya son conscientes de su responsabilidad cultural como custodios de este
patrimonio: los libros que corren el riesgo de desaparecer.
Internet y el libro electrónico
La llegada y la rápida penetración de Internet es otra revolución
que cuesta digerir. Por ahora, para el negocio del libro lo más visible
son las llamadas “librerías virtuales”, cuya supervivencia
no está todavía garantizada. Estas librerías on line
no compiten con las librerías reales, brindan otro tipo de servicio,
e incorporan a otro tipo de compradores.
Sólo las librerías on line podrán mantener vivos
los catálogos, ofreciendo todo lo publicado, a condición de que
el editor tenga todavía esos títulos en stock. También
ofrecen un servicio bibliográfico excepcional, imposible de financiar
para una librería convencional. El sistema automatizado de recomendaciones
que amazon.com tiene tan bien desarrollado favorece a todos, incluyendo al librero
tradicional, que puede utilizarlo gratuitamente.
Al librero tradicional, Internet le ofrece recursos para mejorar la calidad
del servicio: información de novedades, referencias bibliográficas,
cobranza automatizada de tarjetas de crédito, oportunidades de nuevos
negocios (licitaciones, pedidos del exterior, etcétera), búsqueda
de libros antiguos o agotados, y en poco tiempo más, acceso al stock
de sus proveedores. Una conexión a Internet cuesta quince pesos mensuales,
sin embargo, en muchas librerías se pierden clientes respondiendo “está
agotado” a cualquier pedido no habitual.
No tiene sentido comparar la lectura en pantalla con la lectura en papel. No
porque una sea mejor que la otra, sino porque son dos cosas diferentes. Hoy
los especialistas en Internet reconocen que la computadora es una View Screen
(pantalla para ver), y no una Read Screen (pantalla para leer). El
soporte electrónico ofrece la facilidad de la actualización permanente
y la accesibilidad inmediata a muy bajo costo, desde cualquier lugar del mundo.
Pero tiene ciertos requisitos: conocer el uso de una tecnología, tener
acceso a una computadora, y disponer de corriente eléctrica y línea
telefónica.
El libro electrónico en todas sus variantes ofrece enormes ventajas para
acceder a obras de consulta. También ofrece ventajas para aquellos autores
que pueden poner sus obras en Internet con muy poca inversión y una tecnología
al alcance del usuario común. Pero el hábito de la lectura de
libros de la manera tradicional fue adquirido y afianzado a lo largo de siglos,
y no se modificará de un día para el otro. El avance imparable
del libro electrónico es una realidad. Pero una cosa son los efectos
aparentes que produce el lanzamiento de un libro por Internet, y otra la realidad.
Hasta ahora quien más se benefició con las últimas operaciones
espectaculares por Internet ha sido el libro convencional.
Esto queda claro analizando el caso de Stephen King. Desde el momento en que
se anunció el primer lanzamiento en Internet de un libro de Stephen King,
el tema ocupó páginas de toda la prensa internacional. En los
primeros meses, medio millón de personas pagó 2,80 dólares
para bajar a sus pantallas Riding the bullet. El autor percibió
un 80 por ciento del precio de venta, lo que representó un millón
ciento veinte mil dólares de derechos de autor.
Pero Stephen King, de cada nuevo libro de papel que publica, vende cinco millones
de ejemplares, lo que le deja siete millones de dólares, tan sólo
en el mercado norteamericano. Detrás del “operativo Internet”
de Stephen King, hubo otro negocio mayor: el notable aumento de las ventas de
todos sus libros de papel, como consecuencia de la enorme presencia del nombre
del autor en la prensa de todo el mundo, lo que jamás se hubiera logrado
por la publicación en forma tradicional de un nuevo libro.
Jason Epstein, antiguo director de la editorial Random House, un hombre formado
en la llamada “vieja economía”, publicó el pasado
2 de noviembre en The New York Review of Books un artículo titulado
“The Coming Revolution”, donde sostiene lo siguiente: “El
50 por ciento del tiempo y los gastos de una editorial son absorbidos por actividades
no editoriales, es decir, que no tienen que ver con los contenidos, los escritores
ni los lectores, como la compra de papel, los análisis para determinar
el tiraje de cada libro, la gestión de los stocks, los envíos
a los distribuidores y libreros, el control y el manejo de las devoluciones
de ejemplares no vendidos y la organización de las cada vez más
sofisticadas y rituales convenciones con los vendedores de la empresa”.
Con el desarrollo del libro electrónico, todas estas funciones tradicionales
desaparecerán. Desde el punto de vista de Epstein, esta transformación
permitirá a los editores concentrarse en lo esencial de su función:
la edición, la promoción, el soporte financiero a los escritores
y el perfeccionamiento de las estrategias en la Red. Si una editorial elimina,
al pasar al libro electrónico, el 50 por ciento de sus costos, el precio
de venta de los libros bajará a la mitad.
Pero hay más: el libro electrónico no requiere de canales comerciales
costosos. Si actualmente la cadena comercial de distribuidores y libreros se
lleva un 60 por ciento del precio de venta de un libro, eliminando a estos intermediarios
los precios bajan todavía más. Así, un libro que hoy cuesta
20 dólares en una librería, se podrá vender a 4 como libro
electrónico. En esta transformación brutal, quienes resultan más
perjudicados son los libreros, tal como los conocemos hoy. La consultora Price
Waterhouse Coopers prevé el impacto más significativo en todos
los segmentos del negocio del libro para el año 2004, y proyecta que
para entonces los libros electrónicos representarán el 26 por
ciento del total de las unidades que se vendan.
El futuro
De toda la información sobre el futuro del libro a la que tuve acceso
últimamente, la más interesante es la de un seminario realizado
en la última Feria del Libro de Londres (abril de 2000), cuyas conclusiones
sintetizo:
1. Autores y lectores serán los sectores favorecidos por el cambio.
2. La expansión del libro electrónico será cada vez mayor.
3. Los escritores de mayor éxito de ventas se convertirán en “marcas”.
Tendrán sus propios sellos editoriales y sus productoras, y sus discípulos
y colaboradores constituirán equipos que los ayudarán a crear
nuevas obras y a desarrollar nuevos proyectos.
4. Mientras que hoy los autores y los agentes literarios ofrecen libros, en
menos de diez años estarán ofreciendo planes de negocios. Habrá
un aprovechamiento cada vez mayor de los “derechos subsidiarios”
de cada obra originalmente pensada como libro.
5. Las regalías por derecho de autor llegarán en los proyectos
electrónicos al 80 por ciento del precio de venta. En el libro convencional
el autor debe esperar meses para cobrar el 10 por ciento.
6. Habrá un mayor aprovechamiento de cada obra y se desarrollarán
al máximo los llamados "derechos subsidiarios". Convivirán
diferentes tipos de edición: tapa dura, bolsillo, quioscos, etcétera.
7. La venta de libros se concentrará cada vez más en centros comerciales
y en grandes cadenas.
8. Las librerías independientes, medianas y chicas podrán sobrevivir
en la medida en que se modernicen y centren la atención en satisfacer
a un segmento de clientes especializados, y al de mayor nivel cultural.
9. Todas las librerías tendrán un bajo stock de novedades, y cada
vez más ofertas y saldos.
10. Cuando un libro se venda poco, para el editor será más barato
digitalizarlo que mantener ejemplares en stock.
11. Crecerá la impresión a pedido (Print-on-Demand),
que funcionará desde instalaciones centrales, con una impresora en cada
local. Este será el medio de adquirir los libros agotados, que serán
cada vez más.
12. La fijación de precios será dinámica y permitirá
rápidos cambios en función de la oferta y la demanda, como en
cualquier otro producto. El “precio fijo” no existirá más.
13. Se coincide en creer que el libro electrónico suma y no sustituye.
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