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Latinoamérica:
el humor de los poetas |
Por
Isidoro Blaisten
Para La Nación - Buenos Aires, 2002.
La Nación Line - 12/junio/2002
El
autor de Anticonferencias y Carroza y reina es uno de los
cuentistas más notables de la Argentina, pero tiene un pasado oculto
de poeta que ha dejado rastros en su escritura y en su pensamiento. En este
artículo reflexiona sobre la predisposición trágica de
quienes practican la poesía, compensada por una mirada inclinada a considerar
ciertos aspectos del mundo con una sonrisa. En el fondo, sostiene, la poesía
y el humor están unidos por la transgresión.
Este
pomposo título Latinoamérica dos puntos el humor de los poetas
merece ser aclarado. Me parece que, salvo los dos puntos, habría
que definir qué es Latinoamérica, qué es el humor
y qué son los poetas.
Dicho así parecería anunciar la antesala del tedio, la puerta
cancel del aburrimiento. No alarmarse. Seré breve, conciso y discutible.
Ante todo, hay que aclarar que al decir Latinoamérica nos referimos a
su literatura y que nos circunscribimos al español, este hermoso idioma
que todos hablamos y que nos une y nos separa, nos une en la integración
y nos separa en las diferencias.
Es cierto, todos los latinoamericanos de habla española sabemos de qué
estamos hablando cuando pronunciamos la palabra amor o la palabra rosa.
Pero muchas veces las diferencias son abismales. No hace mucho en un encuentro
de escritores, una novelista argentina contó que en una pared de Rosario
había visto un graffiti que decía: “Démosle una mano
a Cervantes”. Los argentinos nos reímos; el resto de los hermanos
latinoamericanos esperaron que termináramos de reírnos con un
silencio educado. Evidentemente, la expresión “dar una mano”
no tenía el mismo sentido para todos.
Como vemos, la integración latinoamericana no es tan simple. Y aquí
viene una curiosa y extraña coincidencia entre dos grandes escritores.
Uno de izquierda, el otro no. Estoy seguro de que ustedes se van a dar cuenta
de quién es uno y de quién es otro.
Jorge Amado, en cuyo país se habla el portugués, dice, refiriéndose
a la literatura latinoamericana, que existen 23 literaturas latinoamericanas,
una por cada país, y textualmente afirma lo siguiente: “Por eso
digo siempre que la literatura latinoamericana no existe, que existen literaturas...
Nada es más diferente de un escritor argentino que un escritor mexicano,
de un escritor chileno que un escritor cubano; son por entero diferentes. Son
literaturas diferentes”.
Ahora, Borges es aún más terminante, por no decir lapidario. Dice:
“Yo no creo que Latinoamérica exista. Pienso que es una especie
de haraganería, de comodidad [...]. Hablar de América latina es
una generalización que no corresponde a la realidad. Latinoamérica
es una superstición y la literatura latinoamericana otra superstición.
Acá en el Sur, nosotros nunca pensamos como latinoamericanos. En lo que
hace a mí mismo, me considero como un argentino, no como un brasileño,
un colombiano o un uruguayo. No quiero decir que sea mejor ser argentino que
ser brasileño, colombiano o uruguayo. Lo que quiero decir es que nunca
pienso que soy un mexicano.
¿Por qué habría de pensar que soy un mexicano cuando en
realidad no lo soy?”.
Bueno, ya definimos Latinoamérica. Ya resolvimos el acertijo.
Ahora faltan el humor y los poetas.
Y, sin pretender que nadie me acuse de autoplagio, sin pretender que nadie me
compare con Camilo José Cela que inauguró cuatro congresos distintos
con el mismo discurso, humildemente voy a citarme a mí mismo y a mis
libros Anticonferencias y Cuando éramos felices, cuando
lo crea necesario.
En esos libros dije que el humor se parece a la poesía por su mecanismo.
Es siempre, en esencia, una metáfora. Establece un misterioso nexo entre
dos cosas aparentemente imposibles de comparar. Tanto el humor como la poesía
encierran en su mecanismo el júbilo del descubrimiento. Pero mientras
la poesía descubre, descorre el velo de la belleza, el humor desgarra
el velo de la estupidez humana.
El humor, como la poesía, no es algo que se explica. Borges dice que
sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, y agrega:
“Hay personas que sienten escasamente la poesía; generalmente se
dedican a enseñarla”.
Yo estoy de acuerdo con Borges y tengo para mí que el humor como la poesía,
de alguna manera, nos ofrece un ordenamiento del caos, quizá la única
forma de ordenamiento, la única forma de salvación, la del absurdo.
Por eso decía Lugones: “Yo sé que dos más dos son
cuatro, pero me da una rabia”.
Creo que esto es un ejemplo de humor poético. Como lo es esta frase de
Federico Peralta Ramos que me llega en una invitación, mientras escribo
estas líneas. Dice así: “Solamente consiguen un oasis aquellos
que se bancan el desierto”.
Para mí esta frase es una maravilla. “Solamente consiguen un oasis
aquellos que se bancan el desierto”.
“Bancarse el desierto” es propiedad del poeta y aun en situaciones
límite el poeta tiene noción de su cometido. Cuando Enrique Heine
se moría, su mujer, que le había amargado la vida, le dijo: —Te
estás muriendo, Enrique. Encomiéndate a Dios para que te perdone.
—No te preocupes —le dijo Heine—. Perdonar es su oficio.
Esto conté en mi libro Anticonferencias, y ahí escribí
también: “Sé que la poesía conduce a la locura y
que un poeta es como un cartero que corre envuelto en llamas, alguien que corre
envuelto en fuego con algo en la mano que tiene que entregar”.
¡Qué alegre que estoy!
Hoy, ahora, veinte años después, pienso que esa disposición
trágica que tienen los poetas, me atrevería a decir: todos los
poetas, se compensa con la exacerbación constante, permanente y cotidiana
del humor. Pero esa exaltación del humor no siempre la vamos a encontrar
en su poesía. Después de recorrer Los mejores poemas de Amado
Nervo, buscando algo “edificante”, como diría mi madre,
sólo encontré estos versos:
Llegó la luz serena,
y a levantarme voy.
La noche se aleja como una gran pena;
¡Qué alegre que estoy!
El hilo del agua, la trémula brisa,
sus más alegres cosas empiezan a decir.
El cielo resplandece como una gran sonrisa
¡qué bello es vivir!
La verdad, después de esto, creo que todos seguimos prefiriendo al poeta
triste de “La amada inmóvil”.
Pero estoy seguro de que siempre la poesía y el humor tendrán
en común la transgresión de la realidad. Tanto la poesía
como el humor destruyen, sin proponérselo, todo lo que en la vida nos
resulta insoportable.
En un congreso que se hizo en Chile en 1992, y que se llamaba “Juntémonos
en Chile”, el gran poeta ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, asediado por
jóvenes y no tan jóvenes poetas que le tendían sus poemarios
dedicados, les preguntó con su voz grave y despaciosa si sabían
lo que había dicho Tito Monterroso. No lo sabían. “Poeta
—dijo Adoum que había dicho Tito Monterroso—, no regales
tu libro: tíralo tú mismo”.
En ese mismo congreso latinoamericano, en la mesa redonda sobre “El racismo
y los derechos humanos en la literatura de América latina”, Adoum
en su ponencia dijo que la última propuesta de un movimiento contra la
discriminación de los grupos minoritarios había cambiado la denominación
de los gordos y los borrachos, de tal forma que un alcohólico es un
individuo de temperancia restringida y un obeso es una persona de desplazamiento
amplio.
El poeta cubano Fernández Retamar se proclamó como uno de los
últimos románticos, uno de los últimos mohicanos: “Yo
no estoy con la revolución cubana —dijo—; yo soy la revolución
cubana”. Lo cual no le impidió contar un chiste que circulaba en
Cuba. En una conferencia de prensa, Fidel Castro dice:
—El primer problema de Cuba es la comida.
—¿Y el segundo, Fidel? —le pregunta un periodista.
—El almuerzo.
Como se ve, el humor de los poetas iba destruyendo la pomposidad de ciertos
temas. Sin embargo, el humor es difícil de encontrar en la poesía
de esos mismos poetas. Pareciera ser que la poesía no está hecha
para la dulce alegría que entraña el humor.
Y los poetas tienen razón. Imaginemos un poema que nos hable de lo bien
que le va al poeta y a su señora. Los dos tienen un buen trabajo y cinco
chicos que no les traen ningún problema. Cada uno de los chicos tiene
su cuarto propio. Los dos adolescentes, el casalito, la nena y el varón,
no han probado jamás la droga y a la nena jamás le pasó
nada en el picnic del Día del Estudiante. El poeta y su señora
han pagado ya la última cuota de la casita y ahora van a sacar un crédito
para otra casita en un country.
Además de provocar una envidia feroz, todo esto carece de sustancia poética
porque, generalmente, por no decir siempre, es la tristeza el único motor
poético. Es siempre la imposibilidad, como en el poema de Lugones. La
posibilidad de la pérdida nos descubre el amor. Dice Lugones:
Al promediar la tarde de aquel día,
Cuando iba mi habitual adiós a darte,
Fue una vaga congoja de dejarte
Lo que me hizo saber que te quería.
Esa vaga congoja de la despedida hace que el poeta se dé cuenta de que
está perdidamente enamorado.
No es lo mismo sentir una vaga congoja de dejarla que decirle “Chaucito”
o “Se non ti vedo piú” o “Nos hablamos”.
Estos versos: “Fue una vaga congoja de dejarte / Lo que me hizo saber
que te quería”, valen para mí por todo un tratado de psicología,
porque el hombre o la mujer que sienta esa vaga congoja está irremediablemente
enamorado.
Pero quizá fue Rubén Darío el poeta que escribió
algo que a mi madre le habría parecido realmente edificante. Rubén
Darío tuvo la presunción de la alegría, la celebración
del poema donde lo vital se aúna con la tristeza. Quién no recuerda
la “Sonatina” de Darío: “La princesa está triste”;
pero con la misma enjundia, el mismo fervor y la misma perfección, escribe
un soneto que, según mi humilde opinión, es una especie de oda
a la alegría. El soneto se llama “A los poetas risueños”;
transcribo estos versos:
Anacreonte, padre de la sana alegría;
Ovidio, sacerdote de la ciencia amorosa;
Quevedo, en cuyo cáliz licor jovial rebosa;
...
Prefiero vuestra risa sonora, vuestra musa
risueña, vuestros versos perfumados de vino,
a los versos de sombra y a la canción confusa.
Que al fin más fea es la muerte
En todos los grandes poetas hay un sustrato de alegría, una ambición
de dicha que muchas veces desbarata la tragedia de sus vidas, como una compensación
quizás o como un tributo.
Acerca de esta necesidad resultan extremadamente lúcidos estos Versos
sencillos de José Martí:
¡Penas! ¿Quién osa decir
que tengo yo penas? Luego,
después del rayo, y del fuego,
tendré tiempo de sufrir.
En una anticonferencia titulada “Para qué sirve un poeta”,
hablé de los poetas sin tinta: “Los poetas sin tinta son, a saber:
los chicos, los locos y el pueblo”. Quiero decir que hay invenciones verbales
que constituyen toda una creación que nadie registra: son la oculta poesía
del pueblo. En Cuba, cuando Nikita Kruschev decidió, ante la presión
de los Estados Unidos, retirar los misiles rusos de la isla, surgió un
estribillo que los cubanos cantaban y que decía así:
Nikita, Nikita,
lo que se da no se quita
Estos son rasgos de poesía momentánea que el tiempo se lleva y
la belleza lamenta.
Y en esa misma anticonferencia, “Para qué sirve un poeta”,
rescaté un hecho real ocurrido en Córdoba medio siglo atrás.
Hace cincuenta años corrían los años cincuenta. El deseo
sexual atenaceaba a los jóvenes. No se podían tener relaciones
sexuales antes del matrimonio. En Córdoba, un muchacho invita a una chica
al cine. La invita a ver La princesa que quería vivir. La oscuridad
del cine es proclive a las caricias. El joven empieza un manoseo procaz, feliz,
contumaz. Aprovecha el momento en que Audrey Hepburn mete la mano en la boca
abierta de la cara de granito. La cuestión es que en el momento de máximo
suspenso en medio del cine, con la pantalla en silencio, se oye un cachetazo.
En el momento en que Gregory Peck aparece detrás de la fuente y la pantalla
se ilumina, todo el cine se da vuelta. La luz de plata ilumina a la pareja que
está en las filas de atrás. Entonces el joven se levanta indignado,
se arregla la corbata y dice:
—¡Pa' que aprendas!
Y busca la salida caminando despaciosamente sobre la alfombra.
Esta insólita reacción, esta muestra inaudita de presencia de
ánimo, esta fulminante transformación de la realidad, implica
toda una creación, donde la poesía deja ver su magnificencia y
transgresión.
Un amigo chileno decía que “la poesía es muy fácil.
Toda chiquita y pa'abajo”. Esto, que yo he repetido en cuanta conferencia
he dado, hoy aquí tiene sentido. ¿Por qué tiene sentido?
Porque la poesía no está solamente en el verso ni en la formación
de los versos, todos chiquitos y pa'abajo, sino en el alma de las palabras,
que pueden estar en los libros, en la prosa o en la voz del pueblo.
En cuanto a la prosa, el brillante cuentista guatemalteco Augusto Monterroso
ha escrito una sentencia que en su brevedad combina magistralmente el humor
y el desenlace poético. Dice así: “Los enanos tienen un
sexto sentido para reconocerse entre sí”.
Ahora bien, pese a que no es fácil encontrar muchos ejemplos del humor
dentro de la poesía, rescato este poema de Lugones. En su romance “El
reo”, cuenta la historia de un soldado que va a ser condenado a muerte
por desertor. Se trata de un muchacho buen mozo, bailarín y jovial, que
antes de morir en la plaza pública rodeado de gente pide bailar una cueca.
Le hacen el gusto y baila, engrillado y feliz, al son de una guitarra, como
olvidando que va a morir.
En esa época, la tradición indicaba que si antes de ser fusilado
alguna mujer ofrecía casarse con el condenado, la pena sería conmutada.
Vale la pena ver con qué gracia cuenta Lugones, en octosílabos
perfectos, el final de esta historia.
El caso es que para el reo
No fue el destino tan cruel
Porque una dijo que estaba
Pronta a casarse con él.
La que a esta carta perdida
Se juega de tal manera,
Es, con sorpresa de todos,
Ña Justa la pastelera.
Parda jamona, y de yapa
Bizca por su mala suerte,
Aunque todos reflexionan
Que al fin más fea es la muerte.
Y que un culpable indultado,
A quien la cárcel aguarda,
No va a andarse con melindres
Sobre si es negra o es parda.
Ella le hace caridad,
Porque al fin es un suicidio
Pasar la vida esperando
A la puerta del presidio.
Con lo cual bien los asombra
Cuando ruega muy entero,
Que los ojos le desaten
Porque quiere ver primero.
Y en cuanto echa su vistazo,
“No me conviene la prenda”,
Dice con resolución,
Y vuelve a pedir la venda.
Recibió sus cuatro tiros
Dándose por satisfecho,
Y así la pobre Ña Justa
Sufrió el último despecho.
Miserias por esperanzas
Ella buscó decidida.
Y al rigor de la fealdad
Él sacrificó la vida.
No sé qué creerán ustedes,
Mas yo tengo para mí
Que merece algún respeto
Quien supo morir así.
Esta soberbia descripción de la muerte del soldado finaliza con un momento
poético. Triste pero poético. Creo que un momento poético
es un destello en la oscuridad, porque uno no puede pasarse la vida saludando
en el ascensor, pagando el monotributo y hablando del riesgo país. La
vida son momentos, momentos que son siempre algo para recordar, y ahí
está la literatura y ahí está la poesía, y el humor
que dimana de la ejecución de la poesía. Somos los momentos poéticos
que vivimos. Nada más que eso.
Roberto Arlt cuenta en una crónica el caso de un hombre que está
parado en una esquina y de pronto se detiene un tranvía y una mujer,
una soberbia mujer, lo mira desde la ventanilla. Es una mirada lenta, plena
y total. Pero es el año treinta, 1930, el terrible año de la crisis
y el hombre no tiene los diez centavos para tomar ese tranvía.
El tranvía se va, la mujer se va, y el hombre queda solo. Quizá
se ha ido el amor y ha quedado sólo ese momento, algo para recordar.
Con mucha envidia en el alma
A veces el humor se percibe en ciertos poemas y en ciertos poetas como una de
las formas de la venganza. Nicolás Guillén, el gran poeta cubano,
en El son entero, dice:
Hay
gente que no me quiere
porque muy humilde soy;
ya verán cómo se mueren
y que hasta su entierro voy.
Vamos a ver cómo Rubén Darío, mediante el humor, exorciza
el dolor de las humillaciones recibidas. En 1886, cuando Darío tiene
19 años y es totalmente pobre, un amigo le recomienda: “Vete a
Chile, a nado si no tienes dinero”. Y Darío, esperanzado, se va.
Se va a Santiago. Pero en Chile no la pasa muy bien. La sociedad no tolera —y
aquí viene la descripción que de él hace su amigo Borne—,
la sociedad no tolera a “ese personaje extraño, flaco, moreno,
marcadamente moreno, de facciones niponas, de cabello lacio, negro, sin brillo,
que vestía ropas que gritaban el recién salido de la tienda y
en las que parecía sentirse cohibido, enredado para andar, amarrado para
saludar, desconfiado, retraído, de escasa palabra, lenta y sin animación”.
Esta es la descripción de un amigo; imagínense lo que dirían
sus enemigos.
Entonces Rubén Darío se venga de esa sociedad pacata en el libro
que se llama Abrojos, donde encontramos lindezas como éstas:
Me tienes lástima, ¿no?,
y yo quisiera una soga
para echártela al pescuezo
y colgarte de una horca,
porque eres un buen sujeto,
una excelente persona,
con mucha envidia en el alma,
y mucha baba en la boca.
O esta otra, para alguna niña de la que quizá también se
vengó:
Cuando cantó la culebra,
cuando trinó el gavilán,
cuando gimieron las flores
y una estrella lanzó un ay;
cuando el diamante echó chispas
y brotó sangre el coral,
y fueron dos esterlinas
los ojos de Satanás,
entonces la pobre niña
perdió su virginidad.
Y por último creo que el humor es en los poetas una forma de destruir
la muerte. “Espérame y yo volveré/ para que rabie la muerte”,
dice aquel poema de Simonov.
En tal sentido, el famoso poeta dominicano Manuel del Cabral escribió
“Una carta a mi esqueleto” plena de gracia y magia. He aquí
un fragmento:
Cuando yo estoy amando,
me vigilan tus crujidos.
Comprendo...
Yo me acuesto contigo
Antes que con mi amante.
Sin embargo,
tú te quedarás...
y yo seguiré andando.
Tú cabes en mi cama como quien va de viaje,
te sientas en mi silla como un mueble con vida.
mas si a ratos sonrío, me sales por la boca.
Sólo un poeta puede lograr que el esqueleto, el símbolo de la
muerte, cumpla un acto vital.
Momento irrepetible
Pero
yo sé de alguien, alguien que murió muy joven, a los 44 años,
injustamente olvidado como suele ser injusto el olvido, que escribió
una poesía nutrida de la esencia del pueblo, una poesía singular
y distinta, argentina y sentimental, atravesada por la muerte, pero que, extrañamente,
como si estuviese compensando ese presentimiento de la muerte, esa solemnidad
de la muerte que tenía en la mirada, era el exponente máximo del
sentido del humor que yo haya encontrado en un poeta.
Estoy hablando de Mario Jorge de Lellis. De Lellis era un estupendo creador
verbal, capaz de soliviantar los menudos sucesos, darlos vuelta al revés
y producir siempre algo inesperado.
En una etapa de mi vida, cuando yo era muy joven, tuve la suerte de frecuentarlo
diariamente. Teníamos juntos un taller de fotocopias (fotocopias negras,
como las de antes), en una oficina de la calle Florida, en el tercer piso de
una casa antigua, y a la salida siempre íbamos a tomar un vino o dos.
Una tardecita estábamos sentados en un viejo y largo boliche de la calle
Tacuarí, un boliche que ya no está. Estábamos en silencio,
mirando hacia la calle, cada uno rumiando sus propios problemas, problemas sentimentales
(en aquella época se estilaba tener problemas sentimentales). Cuando
en eso entró un hombre extrañísimo, chiquito, morrudo,
como de otro tiempo, con un sombrero hongo empotrado hasta las cejas. Despaciosamente,
fue mirando con severidad todo el salón. Cuando nos vio se acercó
un poco más y nos estudió con una insistencia torva, casi despreciativa.
Y se fue. Con la misma dignidad con que había entrado, dio media vuelta
y se fue.
Nos miramos en silencio. Entonces Mario dijo: “Inspector de angustiados”.
Una tarde, el ascensor de la oficina en la calle Florida no andaba. Debíamos
subir por las escaleras hasta el tercer piso. De pronto sentimos un taconeo.
Evidentemente, una mujer bajaba las escaleras. Los tacos resonaban acompasados,
rítmicos, sugerentes como una música. ¿Cómo sería
esa mujer? Los dos lo pensamos. Por fin, en el tramo final, en el rellano final,
la mujer apareció. Era decepcionante. La mujer siguió hasta la
salida. Nos dimos vuelta al unísono, pensamos que quizá, de atrás,
algo mejoraría, pero no. Peor. Entonces Mario dijo: “Puro tacos”.
Y esto es todo. Heidegger definió a la poesía como la fundación
del ser por la palabra. Creo que nada somos sin esa palabra y que hay en la
intimidad de los seres humanos un momento irrepetible en que esa palabra debe
ser escuchada. Es entonces cuando la poesía y el humor “sobre el
puente del daño se hacen señas”.
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