El encuentro con ciertos libros

Por Elena Bisso
leedor.com - 28/noviembre/2002

El 16 de octubre de 2002, Thomas Abraham dio una clase teórica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, invitado por la cátedra de Filosofía Contemporánea de José Sazbón. No iba a hablar de Sartre, iba a hablar de Aron. Pero también habló de Sartre y nombró a Ernesto Sábato, a Abelardo Castillo y a César Aira. Lo que viene a cuento, en este artículo, es que también dijo algo muy significativo más allá del autor de que se trate:
“Todos somos lectores. Y qué es un lector, qué es la vida de un lector. Porque leer no es solamente poner los ojos sobre un libro. Con la lectura a uno le pasan muchas cosas, y le pueden pasar grandes cosas en el encuentro con ciertos libros y ciertos autores; uno puede llegar a tener dentro de su autobiografía o sus memorias, además de una vida conyugal o laboral, una vida de lector. Leer no es una operación inocente ni culpable, es una experiencia de vida... Hay encuentros que marcan una vida y hay autores que marcan una vida”.
¿Qué decir cuando alguien nos pregunta qué puede leer? Algún solemne tentado por “una práctica psicológica” podría diagnosticar un autor o un género adecuados para la circunstancia de vida de quien consulta. Una inquietante terapéutica que podría construirse con buenos recetarios de lecturas... Seguramente las habrá. Pero, no, no, no...
¿Por qué no apuntar a que el lector desorientado se autorice a elegir?
Pasear por las librerías y por ferias a escala humana, hurgar, leer contratapas. Dejarse llevar por el interés, la curiosidad y la transmisión de los entusiasmos, consultarle al librero, y navegar por internet con una búsqueda significante.
Pero no siempre es tan sencillo dar con un texto en un libro. Puede que suceda algo absolutamente coherente y “a la letra”: cierta tarde cierta persona se pregunta y recuerda vagamente una frase de Picasso en el seminario 11 de Lacan. Me invita a ubicarla. Entonces voy al libro. Voy al capítulo sobre pintura. No estaba allí. Hojeo el seminario intentando dar con un subrayado, tampoco estaba. Llamo a una amiga y colega, y me dice que sí, que hay una frase de Picasso, pero que no la recuerda exactamente. Aún no eran tiempos de tener las obras en cd y buscadores sofisticados. Le pregunto a un vecino y colega y me dice que la frase es “No busco, encuentro”.
Seguí buscando la frase. Vanamente. Horas después, sentada en un vagón del subterráneo, y decidida a leer nuevamente el seminario, en el mismísimo prólogo, fue ésa la frase, la que me encontró a mí.
Abraham plantea a la lectura como una experiencia de vida, y no pude menos que recordar algo que hoy me resulta divertido y entrañable en mi vida de lectora.
El primer autor argentino contemporáneo que hoy recuerdo haber leído fue a mis dieciséis años y es Isidoro Blaisten, en enero de 1984. Leí Anticonferencias, que debo haber conocido por la referencia de algún reportaje televisivo. Yo era adolescente y quería escribir. A causa de ese libro conocí tempranamente a Fernando Pessoa y a su poema Tabaquería y a Marcel Proust, en un giro humorístico acerca de la extensión de En busca del tiempo perdido, ese “opúsculo”.
Isidoro Blaisten es ese señor que hace muy poco escribió una hermosa nota en La Nación sobre “La destrucción de la solemnidad”:
“Mi humilde teoría consiste en afirmar que, entre otras cosas, la literatura es solemnidad destruida . Considero que lo mejor de la literatura argentina, de El matadero a Facundo, del Fausto a Ficciones, de Don Segundo Sombra a Adán Buenosayres, de Martín Fierro a La casa , de Una excursión a los indios ranqueles a El juguete rabioso, en fin, la lista puede hacerse extensa pero no será abrumadora, toda esta literatura, digo, es solemnidad destruida .
Cada lector podrá hacer su propia selección, pero es indudable que Borges, Roberto Arlt, Marechal, Silvina Ocampo, Cortázar, Bioy o Denevi, se han abocado a una destrucción. Se han propuesto destruir lo solemne”. (La Nación. Suplemento de Cultura. 02.10.2002)
Un cuento desopilante “Victorcito, el hombre oblicuo”, que he releído y propuesto para un taller de lectura, me ha dejado una duda que alguna vez podrá responderme: si no lo habrá escrito “inspirado” en un cuento preciso y también humorístico de Roberto Arlt. La sospecha nació por cómo se resuelve el terrible drama de Victorcito, final que no habré de adelantar en este artículo para no empañar la sorpresa de ese cuento magnífico de “Dublín al Sur”.
Y es ese señor famoso también por una ocurrencia poética: cerraba su librería con un cartel que decía “Cerrado por melancolía”, título de uno de sus libros de cuentos. Es de esos autores que están cerca, humanamente próximos, que invitan a leer.