|
Del
libro, al libro electrónico-digital* |
Félix
Sagredo Fernández
fesafer@eucmax.sim.ucm.es
Mª. Blanca Espinosa Temiño
RESUMEN:
Intentamos exponer algunas ideas sobre los fenomenología actual del libro
tradicional y de los modernos modelos técnico-librarios, hoy ya denominados
libros electrónicos.
Se abordan algunos de los prototipos aparecidos en el mercado de la edición
electrónica de las dos últimas décadas. Quedan expuestos
los elementos esenciales de lo que pudiera ser un prototipo de libro que utiliza
tecnología punta y que tiende a adoptar la la ergonomía tradicional.
1. Introducción
Cuando Umberto Eco, por tantos títulos uno de los más certeros
profetas de los efectos de las denominadas —en los 70 y 80 del siglo que
ahora fenece— nuevas tecnologías de la información, escribe
en el epílogo del libro dirigido por Geoffrey Numberg,(1)
citando a Bolter “...es poco inteligente intentar
predecir los cambios tecnológicos dentro de muchos años... pero
es cierto que, al menos hasta ahora, los libros todavía representan la
forma más barata, flexible y práctica de transportar información
a muy bajo coste”, incidía de lleno en uno de los temas más
controvertidos, del final de ese mismo siglo, y por extensión del mismo
milenio.
Un poco más abajo indicará: “leer en una pantalla no es
lo mismo que leer un libro”.(2)
Nosotros, inmersos aún en la cultura Gutenberg, es evidente que no intentaremos
contradecir esa evidencia; pero afirmamos rotundamente al mismo tiempo, y a
estas alturas de la historia del libro y de la tecnología, que no se
puede ser tan absolutistas al respecto.
Si seguimos pensando así, es muy probable que terminemos como los inquisidores
del XVI, que solicitaban al Papa Julio II la publicación de una bula
que permitiera quemar todos los productos de aquel, denominado por ellos “artilugio
del demonio”, que luego conocimos expandido por el orbe con el nombre
de imprenta.
El libro, y no hace falta reiterarlo, fue un hallazgo que, como la rueda o el
arco de medio punto y otros pocos inventos, no tienen discusión en cuanto
a su contribución al progreso de la humanidad. Pero así como la
rueda, por ejemplo, no se nos ofrece hoy con una estructura protohistórica,
sino conexa con una máquina perfeccionada hasta límites hoy seguramente
incompresibles hasta para sus propios descubridores, resulta evidente que el
libro que hoy conocemos, y que se ha conocido durante siglos, va a ser objeto,
dentro de no muy pocos años, de una serie de transformaciones trascendentales
y sustanciales.
Es verdad, que los soportes documentales han experimentado muy pocos cambios
hasta la segunda mitad del siglo XX; si queremos extendamos los mismos, incluso
a la segunda mitad del XIX, por hacer honor a la fotografía y microfotografía.
Pero no es menos cierto, que esos mismos soportes, fotográficos, magnéticos,
magneto-ópticos, electrónicos y ópticos se han mostrado
en una prolífica expresión, hasta incluir no menos de medio centenar
de modelos de naturaleza, formas y capacidades muy diversas.
En vista de ello, Willfrid Lancaster(3)
consideró, a finales de los 70 que la “sociedad
sin papel” se acercaba a pasos de gigante. Lo mismo Afirmaba Bruno Lussato(4)
en esas mismas fechas. Y lo ratificaba Anthony Smith,(5)
poco después, con respecto a la prensa diaria.
Hoy sin embargo, a principios del tercer milenio, hemos contemplado cómo
buena parte de tales predicciones, no han resultado del todo ciertas y exactas.
Y es que una cosa resultará ser el entramado de la “sociedad sin
papel”, y otra cosa bien distinta el modelo librario, prototipo de la
difusión de la ciencia y de la cultura a lo largo de cinco siglos y medio.
El libro tuvo tal éxito, y lo sigue teniendo, no sólo como modelo
tecnológico en sí, sino porque recogió una serie de modalidades
ergonómicas que lo identificaron con el hombre y lo hicieron una extensión
de sus mismos sentidos.
Qué son, cubiertas y hojas, sino una especie de fruto del gran árbol
del conocimiento que, con sus ramas, manos en cierta sentido, nos presenta ese
mismo fruto que el intelecto contempla, consume y disfruta, mientras lo sostiene
con cariño quasi reverente. Hasta a veces le trasmitimos esa misma indirecta
veneración, al traspasar a sus páginas con los dedos, como un
ósculo el húmedo tacto de nuestra lengua.
Se ha identificado tanto ese modelo con nosotros y con nuestra cultura que resulta
o resultaba difícil, que tales actitudes pudieran gravitar sobre otro
de distinta naturaleza y con similares características.
Pero, no nos engañemos, la cultura y la civilización están
en continuo devenir. Ese mismo prototipo podremos encontrarlo muy pronto, diríamos
que ya; sobre algo que del mismo modo, y desde hace un siglo —el cine
tiene 100 años— nos fascina, al menos desde cierta proximidad:
la pantalla.
Esa pantalla que convive con nosotros, que nos sirve universalmente para trasmitir
ideas, cultura, creación y conocimiento; y sin la cual nuestra vida,
en estos precisos momentos, quedaría frustrada y truncada en muchos de
sus aspectos; porque nos es tan vital o más que la misma lectura.
El gran problema de ese imán de nuestra moderna visión de las
cosas, esa pantalla lugar común hoy como decimos, en
todos los ámbitos de la información y de la vida diaria, es que
hasta el presente, no se la entendía, sino ligada comúnmente al
ocio o a una máquina, más o menos adecuada, para ser colocada
en un mueble funcional o en una mesa de trabajo; pero que pierde todo su magnetismo,
cuando se nos quiere hacer presente en las funciones confortables de la lectura,
amén de otras notables carencias tecnológicas de la misma.
Pero vayamos un poco más lejos, hacia adelante y no hacia atrás,(6)
como nos aconsejara Lewis Carroll(7)
hace más de un siglo.
Las distintas sociedades han evolucionado considerablemente desde el descubrimiento
de la escritura gráfica —en los albores de la protohistoria, ideográfica,
jeroglífica o literal—; y no siempre ese misma grafía ha
tenido como soporte, un modelo como el que ha llegado hasta nosotros y se ha
perpetuado, con muy pocas variantes, hasta los umbrales del citado tercer milenio.
Hemos visto transcurrir por el devenir histórico, soportes muy distintos
en formas y estructura; desde, por citar algunos, las tablas de arcilla de Ebla,
Hatsor o Mesopotamia, hasta, dejando atrás las téseras de Luzaga
y los Bronces de Osuna, el soporte dúctil, papiro egipcio o el perdurable
pergamino, que llenaron casi dos milenios de las edades tanto antigua, como
alto y bajo medievales.
Sin duda fue el papel uno de los hallazgos más señeros de nuestra
historia, y su divulgación logró con sus características
de estabilidad, tersura, maniobrabilidad y rendimiento cultural, al par que
de costo, cotas de perfección y de divulgación que, en innúmeros
ejemplares han llegado felizmente, como patrimonio intelectual, hasta nuestros
mismos días.
El papel, adoptando el modelo del códice, supo ensamblarse de tal manera,
que a Gutenberg le resultó muy sencillo expresarlo en esa forma simple
y maravillosa que con tanta comodidad manejamos y de la que incesantemente hablamos:
el libro impreso.
Pero, volvamos a ese prototipo de soporte, que también sirve ya para
crear y leer, como es la pantalla de mi ordenador, en la que elaboro estas ideas
y las leo y releo, antes de depositarlas en el inevitable por el momento, suave
y milenario papel. Porque, en cierta manera, ese mismo papel ha sido el fruto
de una evolución también milenaria y distante en el tiempo y en
el espacio.
La pantalla, con todos sus inconvenientes para las funciones rutinarias de lectura
y fijación y captación del conocimiento, no así para la
gestión del mismo, también ha experimentado mutaciones trascendentales.
Desde los modelos fosforescentes de primera generación, hasta sus actuales
de cristal líquido o plasma,(8)
y otros que aún se desarrollan en laboratorios
especializados, ha recorrido, en menos tiempo que el libro, como realidad connatural
con el mismo tiempo que nos toca vivir, un espacio considerable.
Tiene además, en general, y como soporte, una serie de ventajas inconmensurables.
El texto, la imagen estática o en movimiento, y los modelos multimedia,
pueden desfilar por su “brillante página” sin necesidad de
funciones de borrado e inutilización del soporte correspondiente, como
sucedería con el soporte papel; es decir puede ser utilizada o reutilizada
en las mismas tareas culturales interactiva e indefinidadamente, con un consumo
elemental de materia prima. En una palabra ha dotado además a la ciencia
y a la cultura de unas potencialidades y dinámica, incluso a distancia,
que el papel jamás pudo soñar ni ofrecer.
No hemos conseguido todavía, por múltiples razones, la pantalla
ideal. Se está en vías de ello; pero no cabe la menor duda, a
pesar de las considerables suspicacias de los más fanáticos agoreros,
de que ese y no otro, ha sido el punto de partida de numerosos experimentos,
y a veces cortas experiencias, por hacer de la pantalla un émulo de la
que en su día fue —y quizás lo siga siendo por un tiempo
todavía— el blanco papel.
Podríamos enunciar razones ecológicas y de otro tipo: transportabilidad,
capacidad, interactividad, almacenamiento, costes, etc., etc.,... para dejar
bien a las claras de que el tomar como punto de partida tal modelo, no constituya
algo ilusorio y descabellado.
Quién a estas alturas, por ejemplo, no considera que es una temeridad
el seguir consumiendo celulosa(9) —árboles
esencialmente— como materia prima del soporte papel, para la realización
de las virtualidades de adquisición, disfrute y divulgación de
la información y del conocimiento.
Aterra pensar los miles de toneladas de vegetal arbóreo que perecen diariamente,
para soportar en su materia prima, la pesada carga de los elementos fundamentales
de la información y del conocimiento.
Si unimos a ello el crecimiento elevado de la población mundial, las
necesidades de información de los humanos y el descenso de las áreas
forestales del planeta, no es ocioso predecir que, en medio siglo o menos, podemos
crear un grave desequilibrio en los ecosistemas, que impida el mismo desarrollo
humano. Así de sencillo, al par que así de estremecedor.
La literatura irreflexiva y cierta industria de la edición irresponsable,
parece hacer oídos sordos a esta realidad, que no obstante es patente
y trascendente en grado sumo.
Nos refugiamos en un preciosismo confortable, sin contemplar que más
allá de ciertas páginas, puede estar el ocaso de los ojos que
las leen.
Pensemos entonces en utilizar los modelos y los periféricos de que nos
ha dotado nuestra inventiva y las realidades conexas, para encontrar, si no
la solución definitiva, sí al menos la racionalidad a ella conducente.
Parafraseando a nuestro siempre recurrido Paul Otlet(10),
consideremos que: “el hombre puede resumirse a
tres coordenadas: pensamiento, sentimiento y acción. Estos tres
elementos coexisten y funcionan simultáneamente...; es ante esta realidad
ante la que tiene su sitio el (nuevo) libro-documento... que tiene como responsabilidad
sostener el desarrollo de la Civilización Universal...”. Por otra
parte, la repetida terna de lo teórico, lo institucional o social, y
lo material —basada en el 'savoir', 'prévoir', 'pouvoir'—
entraña ya otras tantas dimensiones del documento...”.(11)
En la búsqueda actualizada de ese “documento ideal” hemos
empeñado nuestras últimas investigaciones en Documentación.
Partíamos de que se trataba de un empeño contra corriente; ya
que resulta muy difícil, como le resultara a Gutenberg desde luego, vencer
la inercia personal y la añadida de la sociedad, del tiempo y del espacio.
Sin embargo, por las razones enunciadas y otras muchas que quedan entre las
teclas del ordenador, es preciso —y cuanto antes— encontrar una
respuesta luminosa, sencilla, ilusionante(12)
y adecuada a las múltiples necesidades científico
culturales e informativas del momento que nos ha tocado vivir, a las mismas
puertas del tercer milenio.
Cómo no va a existir en embrión ya esa respuesta, que sin duda
no será la última palabra; pero que constituya el punto de partida
de un nuevo horizonte documental y tele o meta documental.
Sería negarnos a nosotros mismos, y renunciar a nuestra capacidad de
obviar el futuro con mayor adecuación, resolución y eficacia.
No se acabó el mundo en Gutenberg, y él precisamente nos dio la
pauta para no encerrarnos en ciertos cortos horizontes civilizadores; sino que
nos ofreció el libro para abrirnos a otras formas de divulgación
de la ciencia y la cultura.(13)
2. Los problemas del denominado libro electrónico
Hasta el momento presente, finales de 1999, muchos de los soportes, nacidos
de aplicaciones del almacenamiento masivo de información, han sido denominados
libros electrónicos.
Pero fue el CD-ROM, que surgió en la primera mitad de los 80, cuando
parecía que, al encontrarse un modelo de tal capacidad y versatilidad,
era razonable que comenzara a hablarse decididamente del tal libro electrónico.
Incluso alguien lo denominó “The New Papyrus”, refiriéndose
a aquel soporte milenario del mundo egipcio, que sí constituyó
un verdadero soporte dúctil y ampliamente utilizado en la antigüedad,
y en buena parte del alto medioevo.
Fue sin embargo en una revista de finales de los 70, cuando se utiliza una memoria
flexible para ubicar información utilizable en un periférico distinto
del ordenador.(14)
No obstante en ese prototipo circular, que luego ha adoptado múltiples
versiones por lo que a capacidad y tamaño se refiere, apenas existían
las características esenciales del libro tradicional es decir su ergonomía
y accesibilidad universales.
En efecto, siempre o casi siempre, semejantes soportes discográficos,
en la mayoría de los casos, precisaban y precisan de uno o varios periféricos
a la hora de recuperar la información textual, gráfica o multimedia,
a pesar de que tales periféricos fueran ajenos al ya clásico ordenador.
Lo único que aportaban estos nuevos prototipos eran capacidades muy superiores
a las que tradicionalmente manejamos al leer un libro convencional, una notable
transportabilidad de la información y la posibilidad de ponerlos en red
o recuperar a distancia dicha información.
Por ello han tenido un éxito muy notable en las empresas e instituciones
que manejan grandes cantidades de datos e información; pero casi nulo
éxito por lo que hace referencia al uso como tal libro.
En consecuencia el mundo editorial ha seguido produciendo información
según los patrones tradicionales, y los recursos magnéticos y
ópticos no han pasado de dedicarse ampliamente al mundo audio, como el
compact CD, o en el mejor de los casos a soporte de grandes masas interactivas
de información.
3. Primeros pasos hacia el nuevo libro
Si pretendíamos seguir utilizando más propiamente el nombre de
libro, debíamos dirigir por otros derroteros más adecuados la
posibilidad de los usos de la tecnología en un modelo quasi librario.
Lo que acabamos de afirmar latía en numerosas experiencias en este sentido,
alimentadas por la tecnología e incluso por el riesgo intelectual y económico.
Recalquemos, que cuando hablamos de “libro”, no rompemos por tanto
el cordón umbilical con el prototipo que nos dio e hizo lo que ahora
conocemos y somos.
Y ello por varias razones: porque, en primer lugar, ese modelo se ha adaptado
ergonómicamente a nuestro ser intelectual y psico-físico de forma
determinante. Y además, porque no debe de haber tanta distancia entre
lo que el modelo libro es en sí, y lo que puede ser el libro nuevo, al
menos intelectualmente hablando.
Se trató recientemente y se trata ahora, de conservar lo mejor de algo
conocido y reemplazarlo por algo fácil de conocer e utilizar; con notable
incremento además de la rentabilidad cultural, social y económica.
A ello tendían los intentos, en 1981, de la firma Microsoft, dentro de
la cual Bill Gates, y Dick Brass trabajaban sobre modelos normalizados, para
evitar desde un principio problemas de incompatibilidad entre productos y sistemas.
3.1. Un precedente librario: el modelo de los 80, el DYNA BOOK
Este nombre recibió en los EE. UU., un prototipo librario que tenía
muy poco de semejante con el tradicional libro. “At last —indica
el folleto de presentación— the technology exists to make the ideal
information access tool a reality. A five ounce plastic CD-ROM disc can hold
more information than 500 textbooks, but until now, the only way to use that
information was from your computer. DynaBook puts the incredible power of CD-ROM
into a compact 14'5"x 2'75" electronic book weighing a mere 16 pounds...
DynaBook makes reading from CD-ROM data as confortable as sitting down with
a good book”.
No era sino la expresión tecnológica en una pantalla LCD (Liquid
Crystal Display)(15) de
simple lectura, ajena al ordenador y conectada a él como periférico
necesario, que actuaba a manera de concentrador de información o disco
duro.
El denominado “Dyna Book” era por tanto, más bien una pantalla
táctil, transparente como un cristal, y exenta de teclado alguno.
Utilizaba un “driver” CD-ROM con convertidor analógico digital.
Tenía posibilidades audio. Utilizaba asimismo un chip 80286 CPU. Sus
posibilidades de reloj a 10 MHz, le permitía correr a velocidades mayores
que las de los computadores contemporáneos.
A su vez utilizaba floppys 3'5 de 740 K.
Incluía entre sus unidades un disco duro de 20 Mb., a una velocidad de
acceso de 25 ms.
Uno de sus mayores logros era la interacción por tacto con la pantalla.
Sin embargo, el modelo DynaBook apenas hizo fortuna y se extinguió del
mismo modo que había llegado.
Y ello porque, en realidad, lo que de nuevo presentaba ese modelo no era otra
cosa sino un lector particular de CDs.
Transcurriría incomprensiblemente más de una década, antes
de que apareciera un verdadero modelo propiamente librario.
4. Modelos patentados de libro electrónico-digital
Conocemos los intentos de la firma Sony a principio de los 90 (1992), con su
Bookman; así como los de Franklin Electronic Publishers, que carecieron
de popularidad porque el intento de leer, en pantallas no del todo adecuadas,
como las corrientes de aquellos años, distaba mucho de las calidades
de las hojas de cualquier texto o libro impreso.
Poco después las firmas Canon, Fujitsu, IBM, JVC, Matshushita, Microsoft,
Minolta, Ricoh, NEC, y la misma Sony junto con otras varias emprendieron un
proyecto que tenga todas las condiciones adecuadas para, si no de forma inmediata,
sí en un corto período de tiempo, intentar una alternativa digital
al modelo tradicional
No son muchas sin embargo las patentes y aplicaciones que en los últimos
años 90 se han acercado en menor o mayor medida al libro electrónico-digital
ideal.
Las más han mimetizado el modelo computacional en sus primeras experiencias
para permitirle prácticamente las mismas virtualidades que posee el ordenador.
Quizás, opinamos nosotros, en esta tendencia absolutamente obsesiva por
seguir dependiendo del ordenador como punto de partida por parte de las empresas
que trabajan en este nuevo modelo, frustra las posibilidades de verdadera ergonomía
libraria que ha hecho fortuna durante más de medio milenio.
No obstante, como tales presentaciones constituirán la protohistoria
del nuevo soporte, vamos a abordarlas siquiera esquemáticamente.
4.1. La iniciativa Open eBook
En octubre de 1998, en el foro de la 1ª Feria del Libro Electrónico,
bajo el patrocinio del NIST (National Institute of Standars and Technology)
celebrada en Gaithersburg, Medford, USA, fue presentada la denominada iniciativa
Open eBook (OEB).(16)
Tal iniciativa se basaba en un acuerdo de especificaciones sobre la estructura
de un modelo universal que utilizara las normas html y xml. Se consideraba este
paso como esencial, dadas las características del naciente mercado electrónico,
a la hora de uniformar los formatos de edición, lenguajes, contenidos,
iconografías, conectividad, etc... “La pronta adopción de
un formato estándar constituiría una piedra miliaria en el mundo
de la edición”.(17)
“La presente convergencia de las tecnologías hará finalmente
viable la publicación digital y se presenta como un atractivo desafío”.(18)
Tanto las firmas SoftBook como Nuvo Media's RocketBook adoptarán sustancialmente
dicha expresión normativa.(19)
4.2. El modelo SoftBook Press (1998)
Un prototipo que comenzaba a parecerse al libro tradicional fue presentado en
1998 por la empresa americana SoftBook Press(20)
fundada por Jim Sachs y Tom Pomeroy, en Palo Alto, California.
SoftBook Press Inc. es un líder en el emergente mundo del libro electrónico.(21)
Es una compañía cuyo objetivo es desarrollar
la sociedad sin papel por medio de las extensiones SoftBook y SoftBook Network,
aprovechando las prestaciones de Internet. Parte de la idea de que Book +Technology
= a SoftBook.
Su apariencia sin embargo lo asemejaba al mismo libro, a pesar de tratarse de
un modelo monopágina, protegido en este caso por una cubierta de piel.
La información se incluye en el softbook por medio de flash cards
que permiten un almacenamiento de hasta casi las 100.000 páginas, también
puede cargarse el modelo vía red.
Fue presentado como tal en la feria Seybold de San Francisco el 30 de agosto
de 1999. El 18 de octubre de 1999, el Atheneum de Chicago premiaba esta idea
con el premio del Museo de Arquitectura y Diseño.
Si lo estudiamos en profundidad, dicho modelo se parece más a los desarrollados
PDA (Personal Digital Assistent) que al sistema librario que pretende mimetizar.
Su modelo más avanzado es el Palm Pilot de la firma 3Com.
En septiembre de 1999 la firma presentaba la posibilidad de ofrecer por este
sistema los medios Newsweek y Washington Post, así
como un grupo de revistas: Time, Fortune, Money, New York Times, etc.
4.3. El modelo Rocket e Book
En la misma línea se encuentra el Rocket eBook(22)
ideado por los consultores californianos Martin Eberhard
y Marc Tarpenning partir de 1996.
Consiste este denominado libro electrónico en una pantalla manejable
con una mano, y que puede contener unas 4.000 páginas, o sea alrededor
de 10 novelas normales.(23)
El Rocket ebook contiene en el sangrado de su pantalla un programador
de sistema de visualización; un orientador de página, que permite
leer en sentido vertical y horizontal en la pantalla; una barra de navegación,
con un indicador de la situación corriente de lectura, con respecto al
texto total; un localizador índice de títulos y un menú
de opciones como: marcado de página, subrayado, notas, etc.
Otro modelo de esta misma firma lo constituye el denominado Everybook,
de Daniel Munyab, en el que se obvian las carencias ergonómicas de la
pantalla única, y se inclinan por la más aparente de la doble
pantalla —doble página— ligada al tradicional.
4.4. El Everybook
“El concepto Everybook es radicalmente diferente al de otros libros electrónicos.
Cuando se abre el periférico de lectura (libro) aparecen dos páginas
similares a las de un libro impreso, en las que puede desplegarse cualquier
libro, así como periódicos, revistas, etc...”.(24)
Fue creado por la empresa Everybook Inc. fundada por Daniel E. Munyan en 1995.
Este modelo supone un salto entre los modelos computacionales y el mismo libro
en sí. Puede ser utilizado, dada su amigabilidad, por estudiantes, profesionales
y por el público en general. “Este libro electrónico recoge
toda la sensibilidad del lector acerca del libro tradicional, y permite el almacenamiento
masivo, acceso rápido a cualquier información, y servicio en tiempo
real”.(25)
Resuelve, mejor que otros modelos los problemas de:
– transportabilidad
– producción
– distribución
– ecología, etc...
Sin embargo todos los modelos enunciados hasta aquí —que constituyeron
el consorcio Novo Media— no han tenido en principio el éxito deseado,
además de por su precio considerable, porque no dejan de ser una cierta
transformación del ordenador más sofisticado, y por ende su peso
es desproporcionado como para ser manipulados con relativa facilidad.
4.5. El proyecto del equipo del Dr. Joseph Jacobson del MIT Massachusets
Institut of Technology)
“En apariencia es exactamente igual que un libro cualquiera de hojas de
papel y tapas duras, excepto por un par de botones que lleva en el lomo. Basta
pulsar uno de ellos y en pocos segundos en sus más de 200 páginas
aparece impreso el texto de...” así se expresaba Ricardo Herren
en la revista Tiempo.(26)
El proyecto del que hablaba el articulista corresponde a una investigación
aplicada lo suficientemente compleja del MIT, de Cambridge liderado por el Dr.
Joseph Jacobson.
El modelo a punto de aparecer en 1999, se basa en un nuevo pigmento: la tinta
electrónica: millares de partículas esféricas sensibles
a la corriente eléctrica, blancas por un lado y negras por el otro, en
la proporción de 250.000 por pulgada. Esa tinta, extendida por un papel
especial, en contacto con unos microscópicos hilos, se activa de tal
manera, que ofrece un texto similar al producido en el mismo papel por un procedimiento
de impresión tradicional, e incluso de un contraste mayor al de la impresión
láser.
El correlativo movimiento de las esferillas activadas producirá otra
página de texto, y así sucesivamente.
Por otra parte la capacidad de almacenamiento del sistema es muy grande, ya
que se puede cargar desde un ordenador, una tarjeta o un disco óptico
de alta densidad; posee también la virtualidad de interactivar el contenido
del texto con imágenes en movimiento, u ofrecer cortos independientes.
Limitaciones, las tiene y muy considerables: además del alto precio por
ejemplar —lo cual tiene su compensación a nivel de sus innúmeras
posibilidades secuenciales de uso—, nos encontramos frente a un sistema
excesivamente sofisticado y que necesariamente, según el proyecto, precisa
de un disco duro, que aunque permita realmente —dada la capacidad actual
de los mismos— transportar una biblioteca entera, no podrá eludir
el alto BER (Bit Error Rate) que produce cualquier periférico de este
tipo, amén de su peso y fragilidad.
Pero será el tiempo el que discrimine entre los sucesivos modelos; dejemos
en ese horizonte su posible aceptación.
4.6. El sistema SAGREDO-HIDALGO. (Patente P9801927)
Concebido a partir de ideas un tanto similares, la diferencia esencial de este
modelo con los anteriores, reside en que se desprende del contexto computacional
en gran medida, para confeccionar un prototipo cercano al libro en su apariencia,
y muy próximo a su vez, a los soportes más avanzados de información,
ya que al fin y al cabo el libro no deja de ser un soporte de información.
No se trata en él de expresarse en modos de ordenador más o menos
perfeccionados. Importa sobre todo extraer toda la rentabilidad de una pantalla
universal de alta definición, como las que existen hoy en el mercado;
y convertirla en hoja iluminada sucesivamente por el contenido de las de un
libro tradicional; para mayor ergonomía, adoptamos la hoja doble y enfrentada,
como en el mismo tipo librario.
A este sistema lo dotamos de una serie de comandos, no más de 10, que
permiten funciones de paso de página, subrayado, aumento del tamaño
de la letra, color, etc... sin incidir en otras virtualidades multimedia, que
complican, por el momento, el sistema adoptado.
El texto no está en ningún disco duro, sino que se contiene en
una tarjeta óptica que, editada en cualquier editorial avanzada, podremos
adquirir en librerías, tiendas de artículos diversos o en un kiosco
tradicional.
El sistema por tanto está dotado esencialmente de un simple lector de
tarjeta óptica de avanzada tecnología, basada en las potencialidades
de los discos de la última tecnología; o bien de un lector de
banda óptica o del denominado papel digital, que en su día fuera
patentado por Creo Products.
Nos desprendemos así de cualquier soporte circular, de lectura normal
en espiral y con cabeza óptica; para pasar al modelo secuencial de barrido
de un soporte rectangular y de lectura similar a la que nuestro ojo produce
sobre el papel tradicional.
Dado el desarrollo de tarjetas de este tipo, ideadas por Canon y Drexler, es
sumamente sencillo incorporar dicho elemento y además, su precio es irrisorio
en comparación con el de cualquier ejemplar libro o revista. De este
modo, nos desprendemos de la celulosa para siempre; dejamos a los árboles
que nos enseñen el bosque, y podremos llevarlo con nosotros, si así
lo deseamos, hasta en los lugares más remotos del universo.
Asimismo, y dadas las capacidades y autonomía de las actuales pilas de
energía, no es difícil adoptar un modelo que permita una autonomía,
como la de cualquier artilugio que hoy manejamos a diario: teléfono portátil,
cassette, cámara digital, etc...
Cualquiera podrá adquirir o recargar las tarjetas que desee, con los
libros que se adecuen mejor a su función profesional, científica,
cultural, recreativa, personal o colectiva, y transportarlos fácilmente
a cualquier lugar.
Al conjunto del sistema lo hemos denominado, con marca patentada, Bibliotron.
5. Conclusión
Hemos querido compendiar, en esta sencilla aportación informativa al
1º número de la revista RED (Revista Española de Documentación),
el estado de la cuestión por lo que hace referencia al hoy tan denostado
a la par que anhelado “libro electrónico-digital”, que hasta
ahora no era tal libro, pero que a partir de ahora le compete más o menos
propiamente dicha denominación.
Concluyo con tres párrafos, uno de ellos tomado de un chat de la Red,
moderado por Ramón Buenaventura(27):
“Uno, ante estos augurios, se queda perplejo. No puede concebir un mundo
en el que todos los libros quepan en un solo tomo, ni sabría renunciar
a la individualidad de la obra, ni querría aceptar la inexistencia física
de El cuarteto de Alejandría. Pero las ventajas prácticas
del e-libro son tan apabullantes, que no habrá metáfora cultural
que se resista. Y, el futuro, oiga, no hay quién lo pare”.
La otra referencia es del director de la Editorial Alfaguara Don Juan Cruz(28):
“... puedo imaginarme un futuro sin libros de papel, pero no sin libros”.
Interesará también conocer, a nivel general, las conclusiones
a las que han llegado sobre el tema “Network, Screen and Page: The future
of Reading in a Digital Age” elaborado por la firma Interquest, y asesorado
por investigadores de la Universidad de Virginia y la Fundación para
los Sistemas de Documento Electrónico.(29)
Las mismas tienen por objeto sopesar y evaluar las tendencias
que están diseñando un posible pero desconocido futuro para el
documento impreso.
El auge de la Sociedad de la Información ha provocado, según este
informe, una corriente desbocada de predicciones y pronósticos que no
son necesariamente consistentes. El camino que se nos ofrece no es tan sencillo
como nos lo presentan los “misioneros digitales” ni tan simple como
lo consideran los “bibliófilos tradicionales”.(30)
Y, para concluir, me quedo con parte de una sentencia del autorizado tratadista
de estos temas Umberto Eco(31) “...
Estoy seguro de que las nuevas tecnologías volverán obsoletos
muchos tipos de libros...”. ![]()
Notas
* El presente artículo, que en un principio fue
elaborado y publicado para la revista RED de la Facultad de Documentación
de la Universidad de Alcalá, por encargo de su Decana la Profª Purificación
Moscoso, ha sido notablemente actualizado, a la luz de las últimas aportaciones,
y lo ofrecemos en este 1º número electrónico del 2000 de
Cuadernos de Documentación Multimedia, del Depto. de B. y Documentación,
de la Univ. Complutense. (Volver al texto)
(1) NUMBERG, Geoffrey: El futuro del libro. ¿Esto
matará eso? Barcelona, Paidós, 1998. pp. 307-308. (Volver
al texto)
(2) id. ib. p. 308. (Volver
al texto)
(3) LANCASTER, W.: Towards Peperless Information
Systems. New York. Accademic Press, 1978. (Volver al
texto)
(4) LUSSATO, Bruno: Le defi informatique.
París, Fayard Press, 1978. (Volver al texto)
(5) SMITH, Anthony: Goodbye Gutenberg.
London, Oxford University Press, 1980. (Volver al
texto)
(6) Citado en Félix Sagredo y José
María Izquierdo: Concepción lógico-lingüística
de la documentación. Madrid, Ibercom-Red Comnet de la UNESCO, 1983.
p. 3. “Mala memoria la que sólo funciona hacia atrás —censuró
la Reina”. (Volver al texto)
(7) Carroll, Lewis: Alicia en el País
de las Maravillas. Ed. 1973, p. 97; cap. 5º: “Agua y lana”.
(Volver al texto)
(8) IBM acaba de presentar los modelos TFT, pantallas
planas sin vibración ni reflejos, y con un consumo mínimo de energía.
(Volver al texto)
(9) ABC, 1999, junio 22. p. 89a. Las noticias
sobre la deforestación de nuestro planeta son recurrentes en la prensa
diaria. Veamos una de fecha bien reciente: Cada año se destruyen
1,5 millones de hectáreas de la Amazonia. “La organización
ecologista Greenpeace ha iniciado una campaña mundial en la que se pretende
advertir del riesgo en que se encuentra la Amazonia, con una pérdida
anual aproximada de 1,5 millones de hectáreas debido, principalmente,
a la acción de las industrias madereras... en los últimos 20 años
se ha destruido el 15 por ciento del territorio, lo que supone una superficie
similar a la de Francia”. Si bien es verdad que buena parte de esa madera
no va directamente a usos celulósicos, no es menos cierto que, tanto
en esas selvas, como en las de Canadá y los países nórdicos
principalmente, sí que se destinan a la industria editorial, por otra
parte imprescindibles de momento, muchos millares de hectáreas día.
Una reciente información ratificaba que cada minuto se destruyen 25 ha
de bosque para aplicaciones diversas, de las que no es la menos importante la
fabricación de pasta de papel. (Volver al
texto)
(10) OTLET, Paul Marie G.: Traité
de Documentation: Le livre sur le livre. Bruxelles, Eds. Mundaneum, 1934.
p. 419 B, n. 425.22 (Volver al texto)
(11) SAGREDO FERNANDEZ, Félix y José
María IZQUIERDO ARROYO: Concepción lógico-lingüística
de la documentación. Madrid, Ibercom, 1983. p. 366. (Volver
al texto)
(12) A pesar de que, en otro orden de cosas,
—pero dentro de la misma filosofía— resulte un tanto ingenuo
el texto que voy a transcribir, tomado de una revista de didáctica escolar:
Escuela en acción, marzo abril 1999; me permito
la licencia de citarlo con cierto detalle por exponer lo que de ilusionante
tiene cualquier descubrimiento —de aplicación tecnológica—
desde luego un poco tardía en este caso —pero, “nunca es
tarde si la dicha llega”—, de lo que significan las nuevas aportaciones
tecnológicas aplicadas a cualquier actividad intelectual o formativa.
El texto lleva por título: “Lápiz, teclado... todo vale
para acercarse a las letras”: “Inesperadamente, sin que apenas nos
diéramos cuenta, íbamos a ver cumplido en el colegio un deseo
que acariciábamos desde el comienzo del curso. A menudo nos planteábamos
qué hacer con algunas de las cosas que tenemos en casa y que el paso
del tiempo ha dejado anticuadas. En ocasiones, como en esta que nos ocupa ahora,
demasiado pronto se convierten en inservibles. En estos términos, más
o menos se expresaba el padre de un alumno y, de inmediato, y propulsada como
un resorte, se alzó una mano que no sé muy bien si lo que pedía
era la palabra o directamente el ordenador. El hecho es que aquel comentario
y la generosidad de aquella persona han propiciado que se haga realidad el sueño
que comenzaba al mismo tiempo que el presente curso.
”La escuela no puede olvidar la influencia de las nuevas tecnologías,
ni discurrir manteniendo las distancias, sino que debe confluir con ellas, puesto
que los niños y niñas de nuestras aulas habrán de utilizarlas.
Estaba decidido. Había llegado el momento. En nuestras aulas iba a aparecer
'El rincón del ordenador'. Pero surgían los interrogantes: ¿cómo
empezar?, ¿dónde ponerlo?, ¿cuál sería la
organización adecuada?, ¿será suficiente un ordenador...?
Conscientes de que las respuestas las iríamos obteniendo con la práctica,
empezó la aventura.
”Nuestros alumnos y alumnas escriben 'a su manera' desde los tres años,
de modo que a partir de ahora se trataba de escribir con un instrumento más,
en el que hay que pulsar teclas ... Una de las primeras preguntas que surgen
ante la experiencia ya tiene respuesta...
”Aunque solamente llevamos un mes con este 'rincón' nos parece
altamente gratificante por la cantidad de situaciones tanto de aprendizaje como
de interacciones que se generan en él. Pensamos seguir con él
todo el resto del curso y trataremos de conseguir más ordenadores, bien
sea a través de entidades privadas o de la generosidad de las personas
relacionadas con el centro, como ha ocurrido en esta ocasión”.
(Mª Pilar Martínez, Concepción Barcala. CEIP “Antonio
Machado”, Colmenar Viejo, (Madrid ).
Este sencillo relato confirma cómo las potencialidades de la tecnología
pueden llegar a transformar y mejorar las condiciones y modos del simple aprendizaje.
No se debía por tanto rechazar por principio algo que vuelve tan ilusionante
en este caso la función formadora. Asimismo pensamos ahora que debiera
suceder con el nuevo modelo librario que está surgiendo en nuestro ámbito.
(Volver al texto)
(13) Precisamente, poco antes de redactar el
texto del presente artículo acababa de leer una columna de un diario
de economía, cuando en Madrid celebramos la última Feria del Libro
del IIº milenio: Rafael Guijarro: Libros libres. La Gaceta de
los Negocios, 1999, junio 1, p. 56f. Es increíble como se confunden formas
y modelos, que muy poco tienen que ver con el libro.
Se lee en la citada columna: “...Hay que hacer un homenaje a los libros
porque son la cosa más fácil de utilizar, no necesitan batería,
ni conexión a la red, no hay que programarlos, ni esperar a que llegue
la hora de que empiecen, no pesan nada en comparación a lo que acaban
pesando los ordenadores que nos dicen que no pesan”.
No discutimos lo del homenaje, pero nada tiene que ver éste con las afirmaciones
que vierte su autor a continuación referidas por contraposición
al libro. El Sr. Guijarro habla claramente de un ordenador; y un ordenador,
computador o cerebro electrónico para recoger todas las expresiones sobre
el artilugio rey de la segunda mitad del siglo XX es evidente que no es un “libro”,
aunque sin los ordenadores es fácil que hoy no existieran los libros.
Lo que intentamos aclarar es que existe la posibilidad que ese libro objeto
del homenaje puede tener otra forma y mejores características que el
presente. Sería como comparar la mula de transporte de mis abuelos, con
un moderno coche. Claro que aquella era más bucólica, quizás
menos peligrosa, y tampoco tenía pilas o motor; pero por ejemplo para
traslado o transporte preferimos la tracción mecánica a la animal,
con toda su pérdida de preciosismo ecológico-cultural.
No comento otros detalles del artículo que inciden en más de lo
mismo. Pero sí apostilló la última frase: “Seríamos
menos brutos si leyéramos más, creo”. Eso mismo creo yo,
pero hay otras formas de leer más y más fácilmente, y si
no, al tiempo. (Volver al texto)
(14) Information Age. 1978, mayo. En ella encontramos
incluso lo que yo consideraría una de las primeras memorias floppy ROM
de características muy versátiles a la hora de manipular la información.
(Volver al texto)
(15) El texto del folleto publicitario del
sistema exponía: “DynaBook's revolutionary display panel is a major
breakthrough. Its resolution and clarity outperforms Apple´s Macintosh,
and is far easier on the eyes. It also has the ability to do grey-shading (not
just black or white).
”Not only is it confortable to look at, Dyna Book´s display is confortable
to hold. For the first time, you can relate to a display panel the way
you do to a printed page”. (Volver
al texto)
(16) http://www.openebook.org (Volver
al texto)
(17) id. id. /status.htm (en palabras de Jack
Romanos, uno de sus promotores). (Volver al texto)
(18) id. id. id. John Voiklis, Pres. de Red
Figure Inc. (Volver al texto)
(19) id. id. /faq.htm
Para obtener la especificaciones: http//www.openebook.org (Volver
al texto)
(20) PUJOL GEBELLI, Xavier: Los grandes
de la edición se unen para lanzar libros electrónicos. El
País, Supl., Ciberpaís, 1998, jueves 29. p. 10.
El ordenador se alía con el libro. Rev. Newton, 1998, sept.
5, p. 58. (Volver al texto)
(21) http://www.softbook.com/corporate/about
(Volver al texto)
(22) http://www.rocketbook.com/enter. html
(Volver al texto)
(23) http://www.bloombergcom/rocketjump.html
(Volver al texto)
(24) http://www.everybook.net/ (Volver
al texto)
(25) id. id. /faks.html (Volver
al texto)
(26) HERREN, Ricardo: El libro recargable
que tiene en sus páginas todos los libros. Tiempo, 1999, febr. 23.
pp. 96 - 98. (Volver al texto)
(27) rbuenaventura@europemail.com/www.geocities.com/Soho/
Gallery/6776 (Volver al texto)
(28) MARTOS, José Ángel: Llegan
los libros electrónicos. Sin tinta ni papel. Rev. Muy Interesante,
nº 216 ( 1999 ) pp. 190 - 194. (Volver al texto)
(29) http://www.explor.org/pubs/edsf/network.cfm
(Volver al texto)
(30) id. id. “... is not as smooth as
'digital missionaires' predict, nor as slippery as ¨traditional bibliophiles'fear”.
(Volver al texto)
(31) NUMBERG, Geoffrey ed.: op. cit. p. 308.
(Volver al texto)