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El
libro electrónico[1] |
Carlos
Sáez
Scrineum. Universidad de Pavia. Italia. 2000
1.
Introducción
Cuando hacia el cuarto milenio antes de JC. los sumerios comenzaron a utilizar
signos gráficos, no lo hicieron para narrar historias ni para escribir
libros, sino para llevar su contabilidad. Parece que fue ésta la primera
misión de sus escritos, que cumplían así una función
más pobre y elemental que las complejas grafías esquemáticas
prehistóricas, mucho más expresivas y comunicativas. Sólo
unos mil años después se escribió la primera historia y
la difusión masiva de relatos no llegó hasta cuatro milenios más
tarde. La literatura fue en este largo período más bien un arte
oral que se apoyaba en representaciones escénicas, imágenes y
sonido, y en la relación con el público, que criticaba o animaba.
Esta situación no cambió sustancialmente hasta la aparición
de la imprenta.
En este largo período el concepto libro tuvo diversos formatos. Quienes
nos hemos dedicado a la enseñanza de la codicología los hemos
comentado con frecuencia: el rollo o volumen y su competidor, a partir del siglo
I de nuestra era, el codex o códice. El siguiente paso del progreso textual
está constituido por el nacimiento de la imprenta y del libro impreso,
que poco a poco fue asumiendo el papel de los manuscritos, aunque no de forma
drástica, cómo se ha escrito con frecuencia. Pero conviene decir
que el paso de un formato a otro nunca supuso una ruptura total, sino que cada
etapa toma elementos importantes de la anterior: el codex adopta las columnas
del rollo, el libro impreso la página del codex y, como veremos, el llamado
libro electrónico, sigue usando de manera casi exclusiva la página
de sus inmediatos predecesores como principal nexo de comunicación con
el lector.
Llegados a nuestros días, es necesario mencionar otras innovaciones en
las que hoy se plasman los textos que constituyen los libros, puesto que, como
ha señalado Roger Chartier los autores no escriben libros, escriben textos
que se transforman en objetos escritos, manuscritos, grabados, impresos... Nos
referimos, en primer lugar, a los escritos luminosos o microformas, esencialmente
la microficha y el microfilm. Hoy en día todavía existen muchas
empresas que se dedican a microfilmar fondos de archivos, bibliotecas y de particulares,
y todas ellas son relativamente recientes: en 1975 había dos en toda
España, en 1985 cuatro, en 1991 once. Sólo después su número
se dispara, aunque en los últimos años se ha producido en ellas
el salto hacia el disco óptico. Muchos proyectos de microfilmación
han sido suspendidos o substituidos por la digitalización y la duplicación
en microformas acabará por ser abandonada.
De estos últimos elementos podríamos saltar a los más sencillos
soportes informáticos transportables, los disquetes de varios diámetros
de los que hoy prácticamente sólo usamos de 3 1/4 pulgadas, aunque
ya se comercializan hace algún tiempo, y a precios asequibles, discos
de mayor capacidad, discos duros extraíbles y transportables, y unidades
para el almacenamiento y transporte de datos de gran cabida. La utilidad inmediata
de estos elementos es innegable, a pesar de la incredulidad de José Saramago,
incapaz de entender como el texto completo de una de sus novelas puede tener
cabida en este objeto tosco de plástico y metal.
Pero los discos ópticos constituyen hoy el postrero eslabón en
el almacenamiento físico de datos y, por tanto, también en la
reproducción y difusión de información y, entre ésta,
de los textos que forman los libros. Los discos ópticos nos acercan a
un término que cada vez se usa más en nuestros días: el
libro electrónico. Pero ¿qué se entiende en realidad por
libro electrónico? Varias cosas.
2. Los e-books
En primer lugar, el llamado papel digital, un descubrimiento del Instituto de
Tecnología de Massachusetts cuyo director, Nicholas Negroponte, comenzó
a darle publicidad hace ya algunos años. Este invento hace posible la
fabricación de libros iguales a los de siempre, con su mismo tacto, peso
y olor, pero que poseen las cualidades de una pantalla de ordenador. Asimismo,
pueden adoptar la forma de periódicos que se materializarán en
una pantalla plana recargable que evitará el uso del papel. Cada nuevo
día tendremos acceso desde ellas a las noticias que los editores pongan
en circulación. [2]
Por muy fantástico que el descubrimiento parezca, varios tipos de estos
libros, que son designados con el nombre de e-book (electronic book) o con otros
más complejos, comenzaron a comercializarse a finales de 1998. Diferentes
empresas, americanas y japonesas, han lanzado o pretenden lanzar al mercado
un objeto, del tamaño y forma de un libro convencional, que no esconde
sino un ordenador de pequeño formato dotado de una o dos pantallas, equivalentes
a una o a las dos páginas que un lector ve en un libro abierto, en color
o blanco y negro, por las que pueden pasar con absoluta fidelidad las páginas
de un libro, incunable o manuscrito, de una revista o de un periódico
que el usuario puede descargar a su gusto, eso sí, previo pago de un
canon en concepto de enlace o suscripción.
Con este nuevo 'libro', que se anuncia de uso sencillo, cae otra de las barreras
que limitaban la lectura en los ordenadores: podremos llevar e-books a la playa,
a la bañera o a la cama. Uno de los modelos que se han anunciado incluso
permitirá tomar notas y apuntes en una zona de su pantalla. Asimismo,
las empresas fabricantes han encontrado un rápido apoyo en los grupos
editoriales que, sin pensar que el libro clásico vaya a desaparecer,
ven en este invento una nueva vía para la venta de todo tipo de obras
con grandes ahorros, pues se evitan reimpresiones, gastos de papel y devoluciones,
y los libros no se agotan nunca. Además, su propagación evitará
la tala de árboles y la contaminación que produce la fabricación
de papel. En cuanto a los precios del producto, los aparatos más baratos
comercializados en los EE.UU. en 1999 se anunciaban a unas 40.000 pesetas, a
las que hay que añadir una cuota mensual algo superior a las mil.
Por contra, por el momento no existe un estándar en el nuevo libro, sino
que hay varias compañías desarrollando modelos paralelos y diferentes
entre sí. No obstante, es previsible que la cordura se imponga y que
tarde o temprano la tan deseable como necesaria compatibilidad general sea un
hecho. Quizás a través de estos nuevos libros pueda cumplirse
algún día el sueño de Borges, en el que un lector ideal
pueda llegar a tener a su disposición una inmensa biblioteca con todos
los libros imaginables.
3. Los CD-ROM
Pero, si prescindimos de este novedoso producto, por libro electrónico
se entiende con más frecuencia un texto grabado en un disco óptico
o CD-ROM formato en el que se han divulgado ya una gran cantidad de obras. Los
CD-ROM son elementos que hoy están desarrollándose de manera espectacular
y que forman parte de la vida de todos nosotros. Estos discos nacieron aplicados
al sonido y su origen se puede se puede situar hacia 1982. Desde entonces el
éxito de los compact-disc ha sido total: se han vendido cientos de millones
de equipos y miles de millones de discos. Los CD-ROM supusieron la aplicación
de este formato óptico musical al mundo de los ordenadores, y han tenido
un éxito parecido. Sólo en 1996 se vendieron 35 millones de lectores
de CD-ROM y después esta cifra se disparó.
Los CD son muy prácticos para almacenar sonido y datos, pero su utilidad
es limitada si se trabaja con imágenes. El espacio físico de que
disponen es demasiado corto para reproducir escenas largas y menos películas
completas con buen sonido. Pero este problema ya ha sido resuelto. Una nueva
generación de discos ópticos acaba de aparecer en nuestros mercados
y tarde o temprano, como ocurrió con el vinilo, los actuales CD serán
sustituidos por los DVD.
4.
DVD
El origen del nuevo producto se remonta a 1995, cuando diez grandes compañías
mundiales de electrónica unieron sus esfuerzos, a pesar de ser rivales
comerciales, para crear los discos, que se denominan DVD (siglas de Disco Versátil
Digital), intentando, entre otras cosas, asegurar una compatibilidad total en
el artículo resultante. Este acuerdo es un hecho sin precedentes: diez
grandes competidores colaboraron aplicando lo mejor de su tecnología
para crear un producto común, que se impondrá en el mundo informático.
De hecho, se está imponiendo ya. [3]
La principal ventaja del nuevo formato radica en que permitirá almacenar
25 veces más información que los actuales discos. Su tamaño,
en cambio, es el mismo que el de un CD convencional, aunque estos discos sólo
tienen una cara y una capa donde grabar datos, mientras que los DVD pueden llegar
a tener dos caras, cada una de ellas con una o dos capas o sustratos.
La capacidad absoluta de estos discos es muy elevada. Un CD normal admite unos
650Mb mientras que en cada una de las capas o sustratos del DVD caben 4,5Gb
o 4500Mb. El total de las cuatro capas por tanto es de unos 17Gb. Además,
los DVD tienen otras ventajas: los nuevos lectores serán más rápidos
que los actuales, lo cual redundará en el acceso y recuperación
de la información, y los discos se deteriorarán con más
dificultad por calor, humedad o torceduras, pues las capas donde se almacena
la información son de ínfimo tamaño.
En realidad, la aplicación que dio origen al DVD es la reproducción
de películas. Los discos están pensados para almacenar imágenes
con sonido digital y alcanzarán una calidad idéntica a la de los
largometrajes difundidos en salas de cine. Cualquier película de larga
duración cabe en un DVD, pero es necesario comprimirla (y descomprimirla)
mediante un lenguaje especial. Pero la mayor capacidad y velocidad de los DVD
también redundará en otros campos. Juegos, programas educativos,
obras de consulta (diccionarios, enciclopedias, libros en general) tendrán
un coste mucho menor que hoy, pues producir un DVD cuesta lo mismo que producir
un CD.
Pero todavía hay más en el fugaz curso de la electrónica.
En el canal televisivo norteamericano CNN apareció a finales del pasado
el 1997 una noticia, cuyo origen era el laboratorio de la Universidad de Santa
Bárbara (EE.UU.), según la cual unos estudiantes graduados habían
descubierto, después de dos años de investigación, un nuevo
disco en el que se podría grabar el contenido de 72 CD-ROM actuales.
Sin embargo, no hemos vuelto a tener noticias sobre este postrero desarrollo
de los discos ópticos, por lo que es obligado volver a dirigir el discurso
hacia los DVD. Se ha dicho que en uno de estos discos caben 17Gb. Pero, ¿cómo
llenar de textos, con o sin imágenes, semejante espacio?
5. El archivo o la biblioteca en casa
Para responder a esta pregunta utilizaremos como hilo conductor un tipo especial
de manuscritos. Todos hemos oído hablar de la costumbre medieval de formar
códices misceláneos, que son aquellos constituidos por fragmentos
de obras diversas que podían tener un vínculo temático
entre sí o que podían estar formados simplemente por textos que
interesaban de manera personal a un determinado estudioso. Esta costumbre fue
heredada por el libro impreso en ambientes profesionales y eruditos. En ellos
se produce un tipo de ejemplar que, como el códice misceláneo,
está compuesto por pequeñas obras diferentes que interesaban a
una persona en particular. Estos tomos son en realidad reencuadernaciones de
diferentes textos, que en muchos casos se guillotinaban de nuevo para llegar
a formar un único volumen de formato regular. Esta costumbre estuvo muy
desarrollada en el s. XIX y llegó casi hasta nuestros días. Quizás
no sea necesario explicar que las primitivas xerocopias y las actuales fotocopias
acabaron con este sistema de unión y almacenamiento de textos. Hoy fotocopiamos
los artículos que nos interesan y los encuadernamos o no, puesto que
la fotocopia no es pieza única y se puede volver a conseguir con facilidad.
Volviendo a los libros misceláneos, la producción de este tipo
de obras en soporte magnético (CD o DVD) es hoy una posibilidad real.
Por este sistema podríamos elaborar discos personales con los trabajos
de nuestro interés, procedentes de separatas, artículos, apuntes
etc. Todo puede ser almacenado en discos. Y este proceso se puede aplicar a
la producción completa de un autor determinado (como de hecho ya existe
con las obras de Shakespeare o de Cervantes, por ejemplo). La idea es atractiva
pero plantea algún problema, el principal el tiempo que llevaría
pasar de soporte papel a soporte digital un material escrito voluminoso. Es
necesario digitalizar cada página de forma individual y después
grabar todo el material obtenido en el disco óptico. Pero infinidad de
empresas se dedican ya a estos menesteres. Incluso la Universidad de Alcalá
cuenta con un servicio especializado que a precios muy bajos lleva a cabo digitalizaciones
para la comunidad universitaria. Y hoy la grabación doméstica
también está a nuestro alcance, es barata y forma ya parte de
la vida de muchos de nosotros.
Las ventajas de la aplicación de este proceso a un fondo escrito son
espectaculares. En primer lugar, supondría una reducción drástica
del espacio ocupado por una colección de libros. Por ejemplo, mi colección
de separatas, que conservo almacenadas en unas 50 cajas archivo de cartón,
quedaría reducida a otros tantos CD-ROM, o a dos únicos DVD. Pero
encontramos un ejemplo más cercano al mundo profesional en la reducción
que supondría pasar a CD-ROM los 230 metros que, aproximadamente, ocupan
apiladas las revistas médicas recogidas en el índice anual de
Medline. Este caudal bibliográfico quedaría reducido a menos de
mil discos ópticos que uno al lado de otro no superarían los diez
metros.
Pero sigamos con nuestro 'libro electrónico' y con sus posibilidades.
En el campo profesional (sobre todo en bibliotecas) los CD-ROM con textos se
utilizan ya con frecuencia. Todas nuestras bibliotecas poseen discos de muy
variado contenido. Pero este hecho va a plantear pronto un problema de acceso.
Hoy en día la entrega individual de libros a los usuarios supone un trabajo
ímprobo para el bibliotecario. Si estos libros estuvieran en formato
CD (cosa que por el momento es utópica) se podría ahorrar mucho
esfuerzo en la entrega y devolución del material. Pero aún así,
si se utilizan diferentes discos, éstos deberán ser entregados
al usuario que los solicite, o si acaso introducidos en el correspondiente lector
para permitir su acceso, como si fueran libros en formato codex. Es decir, en
definitiva el bibliotecario (o archivero) tiene que hacer un trabajo manual
parecido. Y ya la oferta de CD-ROM es enorme: manuales, diccionarios, enciclopedias,
obras de consulta e infinidad de monografías se encuentran ya en este
formato.
Así pues, llegamos a la conclusión de que a la larga no se podrá
mantener a un funcionario introduciendo discos en un lector cada vez que un
usuario lo solicite. Pero la solución a este problema está inventada
hace años. Muchos de nosotros recordamos aquellas máquinas automáticas
de discos de las películas de la época de Elvis Presley en las
que, previa introducción de una moneda, se podía elegir un disco
simplemente apretando el botón de su número: el jukebox. Y este
sistema está ya introducido en la informática. Existen jukeboxes
con capacidad para cien y hasta para quinientos discos. Si pensamos que éstos
pueden ser DVD, el volumen de información que es posible acopiar en uno
de estos lectores es inimaginable.
Estos aparatos serán una solución en un futuro próximo
en nuestras bibliotecas y archivos, donde el usuario sólo tendrá
que pedir a través de una terminal el disco que desea consultar y el
jukebox le permitirá leerlo. Este sistema múltiple ha penetrado
ya en el mercado doméstico y desde el pasado año hemos tenido
noticias de ordenadores con cuatro lectores de discos ópticos. Y, en
todo caso, con la capacidad de almacenamiento de los DVD, podríamos en
un futuro próximo tener acceso desde nuestros domicilios a gran cantidad
de textos e incluso amplios fondos de archivos y bibliotecas.
Esta última afirmación nos conecta con soluciones más futuristas:
los discos ópticos con fondos de archivos públicos podrían
ser comercializados o su contenido puesto en Internet, lo cual produciría
al usuario (y también a la Administración) beneficios adicionales,
como ahorro de tiempo y económico, pues se evitarían viajes, estancias
y consultas in situ, o de preservación de los originales. Este proceso
en realidad sería muy barato, pues duplicar discos ópticos o poner
una página en la red cuesta muy poco. Pero ¿hay voluntad para
ello?
Es necesario hacer al menos una breve alusión a otro factor que por el
momento impide el paso de textos al formato de discos ópticos: los intereses
económicos de autores y editoriales. Muchos escritores y todas las editoriales
viven de la venta de sus textos y si éstos se plasman en formato digital
su precio aumenta de manera considerable. Diccionarios, enciclopedias u obras
de autor en CD-ROM tienen hoy por hoy un precio superior al que tendrían
impresos en papel. Y hablamos de precios altos, pero en ocasiones algunos se
pueden considerar escandalosos y totalmente inaccesibles tanto a usuarios singulares
como a instituciones. [4] Por
ello no resulta difícil adivinar que los usuarios poco a poco se volcarán
hacia las páginas de Internet, en las que la oferta de textos cada vez
es más amplia y donde el acceso, por el momento, suele ser gratuito.
6.
Mercado negro
Dos cuestiones aludidas, por tanto, se enfrentan claramente entre sí:
los altos precios de algunos textos en formato digital y los bajos precios de
su reproducción. Ambas nos llevan a otro tema candente que afecta al
mundo del libro, la piratería. La facilidad de reproducción de
los discos hace que se utilicen cada vez con más frecuencia para copiar
de manera ilegal programas, música, textos y datos de todo tipo. Los
propietarios de los programas y de datos afirman que sus pérdidas son
astronómicas y se miden en miles de millones. De hecho, los CD son una
verdadera panacea para el pirata puesto que en ellos cabe mucha información,
se reproducen con gran facilidad, los datos no se deterioran en el proceso de
copia y su precio es realmente bajo. Además, la información se
puede comprimir, de forma que en un disco normal se podrían grabar, por
ejemplo, todos los programas de Microsoft. Así, algo que en el mercado
cuesta millones se podría vender por dos o tres mil pesetas con beneficio
para el pirata.
Estas razones, entre otras, han provocado que los fabricantes de los DVD hayan
trabajado con más lentitud de la previsible en su difusión condicionados
por el temor a un pirateo masivo de productos. Por ello, han introducido un
nuevo factor técnico en estos discos, cuyo objetivo es reducir la piratería.
El mundo ha sido dividido en seis zonas con el fin de evitar los perjuicios
económicos de las exportaciones ilegales. Los discos fabricados en cada
una de estas zonas están dotados de una codificación regional
que impide su reproducción en aparatos fabricados en las demás.
Así pues, si adquirimos un reproductor en España, que pertenece
a la zona 2, sólo podremos emplear en él discos procedentes de
Europa, Oriente Medio, Sudáfrica y Japón. La localización
de este último país en la zona europea resulta muy significativa,
puesto que de esta forma los Estados Unidos, que forman la zona 1 con Canadá,
se liberan de la invasión de productos japoneses y la dirigen precisamente
hacia nosotros. Las demás zonas, de manera aproximada, son: las islas
del Océano Índico y Corea; Centro y Sudamérica, Australia
y Oceanía; Oriente lejano, África y Asia; y, por último,
China. Resulta significativo que en esta división se haya aislado a China,
que es el país sobre el que recaen las mayores sospechas y acusaciones
de piratería masiva. Desde la introducción del DVD los chinos
ya sólo podrán vender lo que fabrican dentro de su propio país.
[5]
7.
El libro sin letra
Todos los 'libros' mencionados hasta aquí resultan ser más o menos
similares en cuanto a sus características externas: están basados
en la página como elemento de comunicación con el lector. Además
todos tienen o pueden tener imágenes y sólo el libro electrónico
presenta alguna novedad: los textos enlazados entre sí, o hipertextos
[6]. Editoriales
como Penguin y Atlantic Disk Publishers han editado obras, generalmente novelas
de aventuras y de ciencia ficción, en las que a los textos se añaden
imágenes y sonido. En ellas se puede utilizar el ratón para pinchar
diversos iconos que suministran información adicional al lector: qué
artículos científicos ha consultado el autor para escribir la
obra, textos aclaratorios, fotografías de ambientación de una
escena determinada, etc. El hipertexto, por tanto, ha modificado la trayectoria
del lector deseoso de obtener información adicional. Normalmente acudiría
a otros libros, depositados en alguna biblioteca, con el fin de recabar nuevos
datos sobre el tema de su interés, mientras que en el caso del 'libro
electrónico' son los hipertextos los que le conducen hacia esta información
complementaria.
Pero hoy se dice también que el futuro del CD-ROM irá por otro
camino, la pérdida de la letra, que será sustituida por imágenes
y sonido. Estas capacidades futuras del libro electrónico quizás
podamos imaginarlas a través del relato From Alice to Ocean,
editado en CD-ROM y basado en un viaje en camello por Australia de la periodista
americana Robyn Davidson. En la pantalla del ordenador aparece un mapa de Australia
sobre el que se indica la ruta de viaje. El 'lector' puede elegir un punto de
la misma y a continuación la voz de la autora narra las aventuras por
las que ha pasado en él, sin la presencia de textos. Mientras, como telón
de fondo, van apareciendo fotografías sobre el lugar por el que transcurre
el viaje. Todo ello se ve acompañado por la música de los aborígenes
australianos. En ocasiones el lector, entre comillas, puede elegir entre el
relato de la autora o el de su fotógrafo, que también tiene la
posibilidad de hablar. De esta forma es posible escuchar versiones diferentes
de un mismo hecho.
Este cambio supone una vuelta a la oralidad histórica del relato. Este
tipo de 'libro' se encuentra más cercano a los trovadores medievales
que al libro de Gutenberg. Suena en él de nuevo la voz de un narrador,
los espectadores pueden navegar por el relato y el autor no se esconde detrás
del blanco y del negro de las páginas impresas. Todo ello sazonado de
música e imagen, y sin texto. Pero, ¿podemos llamar libro a este
producto?
8.
Internet
Varias veces hemos mencionado ya Internet y resulta obvio que entre los llamados
libros electrónicos se deben incluir también los textos divulgados
en la red de redes. De hecho, muchos CD-ROM son o han sido simplemente pasos
intermedios hacia una divulgación en la red. Pero el 'libro' de la Internet
es algo diferente. La forma o aspecto que tiene la información de la
red se aleja de los formatos tradicionales preestablecidos a los que estamos
habituados.
En Internet el 'libro electrónico' ya no tiene una forma individualizada,
ni límites físicos, ni números de página. Internet
no sólo contiene textos en sus 'libros' sino que también incluye
otros elementos muy diversos (gráficos, imágenes, voz, programas
ejecutables, etc.) y enlaces hacia ulteriores informaciones, lo que forma una
cadena de información que no tiene fin. Además, a diferencia de
la información de los CD-ROM (que en general está prohibido reproducir)
casi todo en la red es recuperable para el usuario: colecciones de gráficos
a todo color, obras de los museos, textos de conferencias, actas de congresos
y artículos de un océano de revistas e infinidad de obras completas.
De ello se tratará algo más abajo.
Muchos inventos de nuestro siglo y de épocas pasadas fueron considerados
como ciencia ficción o como locuras por nuestros antepasados. Sin embargo,
algunos de ellos han acabado por formar parte de nuestro mundo y por convertirse
en imprescindibles. Por ejemplo, hoy no podríamos entender la vida sin
teléfono, sin electricidad, o simplemente, sin la grafía de las
letras. Esto es lo que está ocurriendo hoy con Internet. La red de redes
está empezando a ocupar un lugar muy destacado en nuestra vida y constituye
ya una auténtica revolución en el mundo de las comunicaciones
y de las ciencias de la información.
Esta revolución no solo causará importantes cambios en el modo
en que se trata la información, sino que, tarde o temprano, incidirá
en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana y, como no, en los educativos
y en los referidos al mundo del libro. Internet permite comunicarse y participar
en discusiones a millones de personas de todo el mundo, ya sea a través
del correo electrónico, o de listas y foros de discusión, que
permiten establecer conexiones y comunicaciones directas entre ordenadores de
todo el mundo. Por ello constituye la fuente de lo que se ha dado en llamar
recursos de información compartidos a escala mundial y es mucho más
que una red de ordenadores o un servicio de información. Es la demostración
de que la información, el llamado hasta ahora cuarto poder, es totalmente
accesible, universal y gratuito. Es decir, el acceso a la red sólo exige
pagar unas moderadas cuotas de conexión y costes de llamadas telefónicas
locales.
Internet se remonta a la década de los 70. Surge gracias a la Agencia
de Desarrollo del Pentágono que intentaba mejorar sus comunicaciones.
Después los militares de los EE.UU., que se encontraban atrasados en
tecnología de comunicaciones con respecto a los soviéticos, y
los investigadores universitarios aplicaron el invento. Se intenta entonces
acelerar los procesos de comunicación y se idea un medio para aumentar
la rapidez de las comunicaciones, medio que consiste en eliminar el papel de
las mismas. El papel hay que escribirlo, guardarlo, mandarlo, abrirlo, leerlo
etc. Su envío y recepción producía una enorme pérdida
de tiempo, por lo que había que eliminar estos procedimientos. La comunicación
sin papel tendría que ser mucho más rápida. Y de hecho
lo es. Es curioso que esta red original de la que surgirá Internet nace
por tanto como un antilibro, aunque en el fondo no es así, como se verá.
De forma paralela se produce otro invento, esta vez en Suiza, en Ginebra. Allí
unos investigadores de física buscaban el modo de trabajar en sus casas
y comunicarse desde éstas e inventaron lo que hoy es la web. Esta red
no tenía centro, lo cual sigue siendo una de las características
de la Internet actual. Ambos avances, mejora de las comunicaciones e invento
de la web, formaron la primera red, que se denominó Arpanet y cuya vida
llegó hasta 1990. Este año surge Internet y substituye a la red
primera, aunque todavía no en la forma en la que la conocemos, y algo
después llegaron los navegadores que hoy utilizamos.
Pero ¿por qué se ha desarrollado tanto Internet? La virtud y la
idea genial de los creadores de Internet radica en haber conseguido reunir en
un mismo lenguaje texto, imagen, sonido y programas. Todo puede entrar en Internet.
Todo puede digitalizarse y por tanto transmitirse: textos, imágenes,
música, transmisión oral, vídeo. Todo tiene cabida en la
red y llegará al mundo entero aunque no ha sido posible, como aventuraba
Nicholas Negroponte, que el 31 de diciembre del año 2000 hubiera ya mil
millones de usuarios conectados a la red.
9.
El libro en Internet
La mejor forma de acceder al libro es a través de una biblioteca. Y esta
vía tradicional también funciona en el mundo electrónico.
No hay revista que se consulte en la que no aparezcan noticias sobre educación,
cultura, libros y bibliotecas en la red. No hay institución académica
o cultural que no tenga una página web o que planee tenerla. Es posible
consultar catálogos de casi todas las bibliotecas importantes desde el
ordenador propio. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los libros siguen
depositados en los estantes de las bibliotecas. Su acceso directo por ahora
no puede ser otro que el tradicional. Lo que Internet hace es facilitar y acelerar
el acceso a la información, es decir, a la localización de los
libros.
Aún así, nuestras bibliotecas actuales han cambiado mucho. En
ellas los usuarios ya pueden solicitar nuevos servicios desde Internet, como
la compra de los libros y revistas, búsquedas temáticas de información
o el préstamo de fondos de otras bibliotecas. Debido al inmenso caudal
de información que contiene la red, dentro de poco el bibliotecario tendrá
que saber orientar al usuario no sólo sobre libros, sino sobre todo lo
que hay en ella. Tendrá que facilitar el acceso a publicaciones electrónicas,
catálogos, bibliotecas virtuales, etc.
Estos avances suponen evidentes ventajas para el usuario. Pero no sólo
éste sale beneficiado de la red. También los bibliotecarios han
visto su trabajo muy aligerado, y lo verán aún más en el
futuro. Internet facilita ya la catalogación, búsqueda, préstamo
interbibliotecario, planificación de adquisiciones, servicio de referencia
etc., es decir, muchas de las tareas que ocupan gran parte del tiempo del bibliotecario.
Pero es necesario aludir también a las pequeñas bibliotecas municipales,
de barrio, de ciudades de provincias, que son aquellas a las que la mayoría
de la población tiene acceso. Lamentablemente en ellas Internet está
todavía lejos. La política estatal y comunitaria por el momento
no pasa por ahí. Como contrapunto podemos mencionar que todas las bibliotecas
de ciudades de más de cien mil habitantes de los EE.UU. están
en Internet desde 1997. Allí se ha comprendido antes que aquí
que la red no es un capricho, sino un instrumento de articulación y de
educación de la población que no vive en las grandes urbes y que,
gracias a ella, tendrá acceso a recursos remotos.
Pero pasemos a ver qué es lo que efectivamente se puede hallar en la
red en al campo del libro. En primer lugar, las llamadas revistas electrónicas
que hoy son editadas por infinidad de instituciones. El número y temática
de estas revistas es muy elevado. En el campo de las humanidades puede verse
prueba de ello en el web de la Universidad de Alcalá (http://biblio.uah.es)
donde una sección de las páginas de la biblioteca permite el acceso
a un elevado número de ellas, muchas de las cuales tienen nivel científico.
Esto nos indica el verdadero volumen que están adquiriendo las revistas
electrónicas. Con seguridad puede decirse que una de las vías
principales del acceso del libro a Internet son precisamente estas revistas
y publicaciones periódicas. Incluso se dice que en un futuro más
o menos lejano están destinadas a sustituir a las que hoy editamos en
papel, aunque por ahora este momento no ha llegado aún.
Pero pasemos al libro comercial, que también tiene su espacio en Internet.
Entramos aquí en un mundo en el que el negocio es el epicentro. Y el
negocio pronto se hará a través de la red. Las compañías
comerciales que expiden tarjetas de crédito pretenden hoy erradicar el
dinero, que es su competidor. Su intención es que todo se compre en la
red haciendo clic sobre su icono. Desde nuestra casa podremos comprar en Milán,
Japón, Nueva York o en el supermercado de la esquina. Así, los
canales de distribución desaparecerán y las tiendas estarán
en peligro. Los productores venderán sus productos de manera directa
al público, sin pasar por intermediarios. Todo el poder económico
pasará entonces a los productores. Podremos comprar la nueva película
de Spielberg telecargándola en Internet y no necesitaremos vídeos,
CDROM, ni ir al cine.
Y esta idea es ya válida para los libros, que son de los primeros productos
que han aparecido masivamente en la red. Todo lo nuevo puede ya comprarse a
distancia, pues las librerías han sido de las primeras entidades comerciales
que se han dado cuenta de las posibilidades de la red. En un lapso menor de
dos años todas las editoriales o librerías importantes se han
apresurado a poner su página en la red: han comprendido el futuro de
forma muy rápida. Además han aparecido nuevas empresas que venden
libros sólo a través la red, que son sin duda las que han puesto
en alerta a las librerías tradicionales, en las que se está empezando
a hablar de pérdidas de puestos de trabajo. Su incorporación a
Internet supone simplemente su supervivencia. Pero, en nuestra opinión,
pronto los autores pondrán también sus obras a la venta en la
red, lo cual revolucionará sin duda sus bolsillos y los de sus editores.
Pero tratemos ya de las llamadas bibliotecas virtuales. Hoy está muy
claro que las bibliotecas virtuales no van a sustituir a las tradicionales,
ni siquiera a largo plazo, por las razones expresadas más arriba. Como
se dijo, lo que hacen es facilitar el acceso a la información, como Internet
en general.
Sin embargo, en los últimos tres años han proliferado los sitios
web que ofrecen a los lectores obras completas de autores diversos. En un principio,
estas páginas se dedicaron en exclusiva a obras carentes de derechos
de autor o de edición, pero poco a poco estas barreras se están
rompiendo. De hecho, cualquier persona puede poner textos en Internet, aunque
ello sea ilegal. Pero para salvaguardar esta ilegalidad proliferan también
las páginas comerciales, en las que sólo se accede a la información
mediante el pago de una cuota que puede llegar a ser completamente inaccesible
tanto a personas singulares como a instituciones. [7]
Un interesante ejemplo de libros on line es el Proyecto Gutenberg (http://www.promo.net/pg/),
que ha anunciado la edición en la red de más de diez mil obras,
o The on-line Books Page (http://onlinebooks.library.upenn.edu/),
que anuncia la edición de ocho mil libros. También la Fundación
Botín, de Santander, ha creado recientemente un centro que permitirá
a cualquiera recuperar dos mil obras en castellano por Internet aunque aspira
a elevar esta cifra hasta las treinta mil. Sirvan estos ejemplos como muestra
de algo que está destinado a ocupar parte de nuestra vida académica
en el futuro.[8]
Pero el acceso directo a textos en Internet también ha creado una secuela,
la venta de trabajos académicos, hechos por encargo y a medida del consumidor
o simplemente a elegir entre los títulos de un catálogo
[9]. Sin embargo, creo que
esta venta académica ha existido siempre. Todavía recuerdo de
mis años boloñeses anuncios de tinte sospechoso en periódicos
que ofrecían solapadamente tesinas, obligatorias en Italia, a los alumnos
de los últimos cursos.
10.
Realidad virtual
Cuando en 1962 el cineasta Molton Heilig ideó su paseo virtual en moto
por Nueva York, todavía no podía imaginar lo que la llamada realidad
virtual iba a aportar en un futuro no muy lejano a nuestros domésticos
ordenadores personales. Su invento consistió en una butaca móvil
desde la que el espectador asistía al viaje de una moto a través
de una pantalla en color con imágenes tridimensionales; además
podía oír el ruido de la moto y del ambiente, con sonido estereofónico,
y el invento le permitía también apreciar otras cualidades que
no ha logrado todavía la virtualidad actual: olores, vibraciones y viento.
Así, cuando la moto pasaba por un restaurante se podía oler la
comida, o si sobrepasaba un bache la butaca vibratoria se movía.
Éste es el precedente más remoto que conozco de un entorno virtual;
y esta última palabra nos lleva de nuevo a las bibliotecas y libros virtuales.
Pero ¿hasta qué punto son éstas realidades aplicables y
útiles en el mundo real? Por desgracia las técnicas más
actuales están todavía poco desarrolladas para permitirnos el
acceso a un archivo o biblioteca real (no así a sus catálogos,
como se ha dicho) desde nuestros hogares o desde nuestros lugares de trabajo,
y desde allí consultar en directo páginas de libros, incunables,
valiosos manuscritos o vetustos documentos.
Por el momento Internet sólo nos facilita el acceso a imágenes
de libros o de algunos códices escogidos y en forma de imágenes
planas y fijas. La verdadera realidad virtual todavía tardará
en llegar a nuestras casas, archivos, bibliotecas o universidades. Sin embargo,
algún día tendremos la posibilidad de entrar por medio de nuestro
ordenador en una biblioteca, acceder a través de sus salas y pasillos
hasta el estante en el que esté localizado un libro o códice de
nuestro interés y, mediante sucesivos clics del ratón, tomarlo,
abrirlo y hojear sus páginas con el fin de leerlo o de elaborar un trabajo
de investigación.
De hecho, la compañía Xerox (Palo Alto, California) está
investigando ya un sistema que permitirá almacenar información
sobre un tema determinado en un objeto con forma y aspecto de libro (es decir
de codex), al que se le pondrá una etiqueta perfectamente legible y se
almacenará en estanterías localizadas en una habitación
tridimensional, que será nuestra biblioteca virtual. Cuando reunamos
información sobre otro tema, la almacenaremos en otro libro similar,
que se situará en las estanterías al lado del primero. Para recuperar
información, es decir, releer un libro o tema determinado, no habrá
más que pincharlo con el ratón y podremos hojear y leer sus páginas.
Así podremos crear, con el tiempo, una auténtica biblioteca virtual
según nuestros intereses y necesidades. Pero ¿cuándo llegarán
estos avances hasta nosotros?
Entonces será posible reproducir en un entorno de realidad virtual una
insigne biblioteca como la del cardenal Cisneros, fundador de la Universidad
de Alcalá. El primer catálogo que se confeccionó de la
misma, a principios del siglo XVI, permite situar todos y cada uno de sus libros
en sus respectivas estanterías, de manera que podríamos hacer
con facilidad una reconstrucción exacta de la biblioteca, con cada estantería
y libro en su lugar original. Máxime si sabemos que el recinto original
de la biblioteca cisneriana es la actual sala de exposiciones de la Universidad
de Alcalá, denominada Sala 1293.
Las ventajas de estas posibilidades de consulta de libros y manuscritos son
muchas y obvias; no es necesario enumerarlas. Pero una de ellas es fantástica:
el mismo libro o códice podrá se consultado a la misma hora y
en el mismo minuto por un número ilimitado de personas localizadas en
cualquier punto del globo terráqueo. Pero también podríamos
mencionar algún inconveniente: ¿cuánto costará el
disfrute de este servicio al investigador? Se me antoja que no puede ser algo
gratuito, pero por el momento no hay respuesta a la pregunta.
Hoy existen ya magnos proyectos de digitalización masiva de libros y
manuscritos en bibliotecas como la Biblioteca Nacional de Madrid, la Nacional
de París y la del Congreso de los Estados Unidos. Con presupuestos millonarios
se pretende digitalizar una ingente cantidad de publicaciones periódicas,
libros y manuscritos, en especial valiosos y deteriorados. Pero habrá
que ver los resultados finales de estos proyectos. Porque una cosa es digitalizar
un códice del siglo X y otra es que el investigador pueda consultarlo
desde su casa y, sería deseable, de manera gratuita. Se dice que en diez
años todo lo escrito por el hombre estará en soporte informático,
pero que habrá que esperar otros diez para que todo sea accesible desde
cualquier ordenador doméstico.
11.
Contrastes
Toda esta parafernalia nos da la impresión de que hoy nos encontramos
en un mundo casi virtual en el que todo está disponible a nuestro antojo
y, por ahora, de forma gratuita. Tenemos que considerarnos por ello unos privilegiados
pues Internet está produciendo un abismo entre quienes lo usan y quienes
no tienen posibilidades de acceso. Y esto nos da pie a mencionar, a modo de
ejemplos, una serie de contrastes con los que convivimos, en la mayoría
de los casos sin saberlo.
Es necesario mencionar en este apartado los libros manufacturados que produce
la editorial cubana Vigía. Sus miembros carecían en sus orígenes
de medios para montar una editorial al estilo occidental y se conformaron con
elaborar libros artesanos con papel reciclado, reutilizado y con auxilio de
una máquina de escribir como único medio mecánico. Elaboraron
así ediciones de 200 ejemplares máximo, que solían vender
fuera de Cuba. No quiero decir con ello que el sistema político de Fidel
Castro prohíba la impresión de libros, pues Cuba los edita aunque
de calidad muy modesta por cuestiones económicas. Pero no es menos cierto
que esta situación obedece al carácter oral del sistema político
castrista, que se basa en los interminables discursos y arengas de Castro, y
que sin éstos deja de existir. Una sociedad oral deja de existir sin
su discurso o con la intromisión de la escritura y del libro.
[10] Oralidad y escritura
están aquí enfrentadas. El libro comprime años de trabajo
de un autor en 200 o 300 páginas, que el lector puede aprehender en un
solo día. Y ya hemos visto las posibilidades de acceso a libros (entendiendo
éstos en sentido amplio) por Internet. Es aquí donde podemos apreciar
el abismo que separa a quienes tienen acceso a la red de quienes no lo tienen.
Me viene a la mente aquí la anécdota, lejana a nosotros en el
tiempo, procedente de las cartas de don Claudio Sánchez-Albornoz dirigidas
a mi padre en las que desde Buenos Aires le pedía que robase libros de
su propia biblioteca confiscada por el franquismo en Madrid. Es ésta
una buena prueba de supervivencia ante una escasez de recursos producida, en
este caso, por discrepancias políticas del ilustre historiador con el
régimen español de aquel momento.
Otro contraste nos lo brinda la Pequeña historia del libro de
la editorial Labor, que dedica un capítulo final al futuro del libro.
Hemos hablado de CD-ROM e Internet y nos podemos preguntar: contribuirán
estos medios a que los habitantes de la India abandonen su analfabetismo endémico?
El 15.8.97 el diario El Mundo publicó unas declaraciones del
presidente de esta nación con motivo del quincuagésimo aniversario
de su independencia, en las que señalaba que los problemas del país
eran cuatro: pobreza, enfermedad, corrupción e ignorancia. Esta sociedad
publicó en 1981 11.500 libros, cuando contaba con más de 600 millones
de habitantes. No tengo datos más cercanos. ¿Qué posibilidades
tiene de subirse al carro de Internet? Me temo que ninguna o muy pocas. El distanciamiento
entre quienes accedemos al nuevo medio y los que no, ¿puede ser aquí
definitivo? Es de esperar que no, aunque las perspectivas no sean muy halagüeñas.
12.
¿Libro impreso o electrónico?
Por otra parte, se ha dicho que desde la aparición de Internet se lee
poco, por lo menos libros convencionales, o, si acaso, menos de lo que los editores
quisieran. Este fenómeno es cierto y ha influido en el libro electrónico.
La relativa escasez de venta del libro impreso va siendo sustituida por los
editores con nuevos productos electrónicos: se lanzan a crear 'libros'
cuyo contenido no es excesivamente importante pero que son más atractivos
puesto que están dotados de gran profusión de imágenes
y de sonido. En 1996 casi un tercio de las publicaciones electrónicas
editadas pertenecían al campo de la ciencia y la técnica, y casi
la mitad de ellas se dedicaba a temas jurídicos y legales. Esta nueva
literatura profesional crece a un ritmo superior a otros tipos de libros, por
lo que su oferta será cada vez mayor. [11]
Pero, ¿esto significa que muere la letra impresa? Es ésta una
cuestión crucial en el mundo del libro y que muchos se han planteado.
Muchas empresas informáticas, siguiendo los vaticinios de McLuhan, esperaban
que sucediera algo parecido y que el uso del papel descendería conforme
nos fuéramos incorporando al nuevo mundo electrónico.
La supuesta desaparición del papel también fue anunciada por muchos
artículos, libros, programadores, académicos y agoreros diversos,
que preveían la muerte de la cultura impresa o su desaparición
inmersa en el ciberespacio. Sin embargo, todas estas voces exageraban sin duda.
De hecho la cultura virtual es impensable sin el apoyo del libro impreso, que
es su modelo y a cuya semejanza ha sido creada. Son también muchos autores
los que apoyan esta última idea.
Cada vez que ha aparecido en nuestra historia un nuevo medio (radio, televisión,
fotografía, vídeo, etc.) se ha anunciado la muerte de su inmediato
antecesor. Pero ello no ha sucedido nunca. Lo mismo ha ocurrido con el libro
electrónico que ha sido designado como el verdugo del libro impreso en
formato codex. Pero nada más lejos de la realidad. Ninguno de los nuevos
medios acabó con el anterior, aunque sí contribuyó a su
cambio y evolución. Y el libro electrónico, ya sea CD, DVD o en
la red, tampoco acabará con el impreso. Si acaso, con quien acabará
es con la librería de la esquina [12]
o con algunas de nuestras librerías urbanas y
con parte del comercio directo, cuyos responsables poco han tardado en instalarse
en Internet, como se ha dicho.
Durante cinco milenios nuestra vida ha estado vinculada a la escritura. ¿Qué
sería pues de nosotros sin nuestros libros ni escritos privados a los
que amenaza la nueva cultura digital? La escritura impresa no desaparecerá,
pero habrá cambios. Tantos como los que produjo la aparición del
alfabeto, el paso del rollo al códice o la aparición de la imprenta,
de la que el veneciano Filippo di Stara renegaba afirmando que la pluma es una
virgen, la imprenta una puta. Se refería con ello no sólo al peligro
que veía de que se plasmasen por escrito textos inmorales o heterodoxos,
sino a que la imprenta divulgaría el saber entre los 'ignorantes'. Recelaba
así el temor de que la imprenta acabara con el tradicional monopolio
de unos pocos sobre la cultura escrita.
Hay por tanto bastante escepticismo hacia la posible desaparición del
libro tradicional por causa del libro electrónico. La enorme capacidad
de almacenamiento o la posibilidad de integrar imagen, sonido y texto no contribuirán
a la desaparición del libro impreso. Es más, los intelectuales
consideran hoy que el libro impreso es un soporte imprescindible de nuestra
cultura y que supone un desahogo del bombardeo informático y audiovisual
cotidiano. Esta es la opinión más generalizada y aceptada. Sin
embargo no todos piensan lo mismo. Algunos autores imaginan un mundo sin el
libro tradicional impreso y compuesto de páginas, aunque nadie se aventura
en describir cuándo sucederá esta desaparición.
Por contra, Armando Petrucci, en una conferencia pronunciada en Erice, en 1993,
dio pruebas, por medio de un ejemplo paralelo, de la no desaparición
del libro impreso al referirse al paso del manuscrito al impreso. Se había
dicho que éste acabaría con aquel. Todo lo contrario, en el siglo
XVI se produjeron en Europa más manuscritos que en toda la Edad Media.
Lo mismo vale en mi opinión para el siglo XX: seguramente se editarán
en nuestro siglo más libros impresos que en los cinco precedentes. Vivimos
en un mundo en el que la producción editorial en papel sigue creciendo.
De hecho la oferta de libros no ha sido nunca tan abundante, tan generosa y
tan poco sometida a condiciones como hoy.
Nada substituirá al libro impreso que tendrá siempre la ventaja
del acceso directo, mientras que el electrónico o digital necesitarán
de un medio adecuado que actúe de intérprete ante el lector para
aprehender su texto. De hecho, por alguna oscura razón que se nos escapa,
resulta imposible realizar un trabajo de redacción definitivo o de lectura
larga y profunda sobre textos a través de la pantalla de un monitor,
por lo que todos los imprimimos para corregirlos en sus últimas instancias.
En definitiva somos, como dice José Saramago, escritores (o lectores,
añado yo) a la antigua, es decir aquellos que en un casi olvidado pasado
tuvimos que teclear nuestros textos con la máquina de escribir y proceder
a su lenta y penosa corrección manual hasta llegar a la redacción
definitiva. Es curioso que el propio Negroponte, estandarte de lo electrónico
y digital, confiesa su necesidad de actuar de idéntica manera cuando
trabaja con sus textos.
Pero volvamos a la hipotética desaparición del la letra impresa.
Gary Stix refiere el nacimiento de una revista electrónica informal en
la que autores de física americanos editan resúmenes o artículos
todavía no evaluados por expertos. Se entiende que estos trabajos no
pasan a papel hasta que la evaluación se efectúe. Pues bien, muchos
físicos ya no leen las versiones impresas definitivas y simplemente acceden
por Internet a la máquina que recoge estas primeras redacciones.
El autor se pregunta qué pasaría si todas las ciencias adoptasen
este sistema, que cuenta con ventajas observables a primera vista. Por un lado,
se elimina la demora que sufre la edición en papel de los trabajos científicos,
que es de meses o años. Por otro, se reducen los costes de edición.
Según Stix, en el campo de las matemáticas la mitad del millón
de artículos de revistas existentes se han editado en los últimos
10 años, lo cual ha gravado de forma brutal a los suscriptores, ya sean
particulares o centros académicos. De hecho, son cada vez más
las instituciones que editan revistas por Internet y, en contra de lo que pueda
parecer, la mayoría son de humanidades.
Pero en mi opinión, ningún medio que se venda impreso sitúa
en la red toda la información de que dispone. Si consultamos las páginas
de cualquier periódico veremos resúmenes de informaciones, comentarios
adicionales, información marginal. Si un periódico se publica
íntegro en Internet tarde o temprano sufrirá pérdidas económicas,
aunque este hecho se está paliando mediante la obtención de otros
ingresos, en su mayoría publicitarios. Si yo publico la revista Signo,
que se autofinancia, en Internet, perdería muchos o todos los suscriptores.
En definitiva, ésta es una nueva razón que apoya la perdurabilidad
de la letra impresa. Sin embargo, nadie se aleja demasiado de Internet, es necesario
estar presente. Si no se te puede encontrar allí, no existes. Esto hace
recomendable a todos, sobre todo a los universitarios, estar conectados a la
red.
13.
Los nuevos 'libros'
La letra impresa, por tanto, no muere pero cambia. Ya mencionamos algunos cambios
que adoptará el libro electrónico en el futuro, como aquellas
novelas y narraciones en CD-ROM en las que voz, imágenes y sonido sustituían
por completo al texto escrito. Trataremos aquí de otras cuestiones.
1. Uno de los cambios más importantes que sufrirá el libro electrónico
será el aspecto de la información y de los libros que utilicemos.
Como elemento de referencia o modelo del libro electrónico hoy seguimos
utilizando la página plana de los libros impresos. Sin embargo, la página
es innecesariamente limitante. En el futuro será suplantada por soluciones
que permitan a los usuarios consultar información desde varias perspectivas
simultáneas, no desde una sola, como ocurre con el libro impreso o en
el electrónico. Esto se logrará por medio de un ambiente virtual
tridimensional como el que mencionamos a propósito de la hipotética
reconstrucción de la biblioteca cisneriana. Lo cierto es que la propia
Internet tendrá una imagen virtual con el tiempo a la que accederemos
en tres dimensiones. Sin embargo, podremos seguir accediendo a la información
en modo texto, que no se perderá, como tampoco la letra impresa.
2. Por todo el mundo, las bibliotecas han emprendido la hercúlea tarea
de creación de copias digitales de libros, imágenes y grabaciones.
Los bibliotecarios ven en la digitalización tres ventajas claras: la
preservación de los objetos en los que se evita la manipulación;
la comodidad: libros y manuscritos serán accesibles desde nuestras casas
en tiempo escaso y manuscritos únicos se podrán consultar sin
limitaciones; el ahorro de espacio: hoy el gasto más importante de las
bibliotecas es la construcción de nuevos edificios cuando se agota su
espacio.
La Biblioteca Nacional de Madrid, por ejemplo, sigue un proyecto de digitalización
que está dirigido a permitir la investigación y divulgación
a través de la red, evitando en lo posible la manipulación de
originales. Es obvio que el ingente fondo que custodia hace imposible la reproducción
de su totalidad, por lo que fue necesario elegir. Y se eligieron, por una parte,
obras deterioradas y con riesgo de extinción. Es el caso de la prensa,
que por las características y mala calidad del papel se encuentra en
un avanzado estado de deterioro, que la manipulación agrava. Por otro,
obras valiosas, manuscritos, incunables y raros. Parece que el proyecto prevé
la digitalización y microfilmación simultánea, pero no
está claro. El plan cubrirá 90% de la prensa pero sólo
el 30% de los fondos valiosos. En total, si estas previsiones se cumplen, en
breve plazo cambiarán de soporte 55.500 obras valiosas y 57.000 unidades
de prensa.
También la Biblioteca Nacional de París va a digitalizar 110.000
volúmenes valiosos de sus fondos y la Biblioteca del Congreso de los
EE.UU. nada menos que cinco millones. Se dice que en breve la mitad de nuestras
bibliotecas será ya digital, pero harán falta muchos años
más para sus fondos sean accesibles on line.
3. Otro tema sobre el que se discute son los derechos de autor. Todo lo que
está en la red es accesible a cualquiera de forma gratuita, por ahora.
Es decir, nadie que pone un texto en la red espera que le paguen por ello y
sabe que cualquiera podrá usarlo, copiarlo, difundirlo etc. Todo aquello
que está prohibido y se vigila celosamente en libros, vídeos,
películas no tiene sentido en la red. Pero este tema adolece de un vacío
jurídico enorme. Teniendo en cuenta lo dicho, ¿qué pueden
digitalizar las bibliotecas, o que podemos poner nosotros mismos en Internet?
Por ahora se evita digitalizar obras con derechos vigentes, normalmente las
comprendidas entre 1920 y 1990 (después de este año se considera
que gran parte de lo editado tiene formato electrónico). La compañía
Corel editó en 1996 un CD-ROM titulado Classic Books en el que se incluían
3.500 obras completas carentes de derechos de autor, desde autores clásicos,
como Platón, hasta contemporáneos, como Darwin. Lo curioso es
que el disco se vendía a 3.500 pesetas por lo que cada obra completa
costaba una peseta. Esto significa que las editoriales y los autores tendrán
que defenderse a ultranza de posibilidades semejantes.
El problema de editar textos para un público amplio no es nuevo. Literatos
como Lope de Vega o Molière siempre se negaron a editar sus obras, aunque
finalmente se vieron obligados a hacerlo para fijar por escrito sus textos de
manera correcta, pues en ediciones piratas se les atribuían frases de
baja calidad. Esta costumbre obedecía a un intento de dar lustre a las
ediciones mediante la mención de un autor de renombre. [13]
Se ha llegado incluso a anunciar la desaparición total de los 'copyright'.
Pero nada más lejos de la realidad. Si nos fijamos bien, por el momento
en Internet no hay excesivos textos de alta calidad y la mayoría de lo
que encontramos es divulgativo o muy caro e inaccesible. Recordemos lo dicho
antes sobre este mismo tema y sobre la revista Signo y saquemos conclusiones:
ni autores ni editores pueden ganarse la vida regalando su trabajo a Internet.
Hoy basta pulsar un botón para imprimir un libro entero, o la obra de
toda una vida. Por eso, la mayoría de autores y editores se niegan a
publicar en la red.
¿Cómo solucionar esto para no minusvalorar Internet? Parece inevitable
el mencionado sistema del pago, ya sea por el acceso a textos de la red como
por la carga de obras o periódicos en los e-books. Estos sistemas permitirán
leer y tener determinadas obras a cambio de un pago, de forma que el comercio
de libros se desarrollará de manera parecida al del libro en papel. Sin
embargo, no serán del todo seguros. De la misma forma que hoy podemos
fotocopiar cualquier obra impresa, expertos informáticos podrán
acceder fácilmente a cualquier información textual, de manera
que habrá que paliar la copia ilegal con ulteriores soluciones. Sólo
así llegarán a la red obras de autores de alto nivel literario
y científico.
4. Otra cuestión candente es la valoración académica de
los trabajos editados en Internet. A pesar de lo dicho antes a propósito
de los físicos americanos, creo que la edición en la red por el
momento no se valora en exceso en nuestro campo de las Humanidades. Esta es
otra cortapisa que impide el paso de muchos textos a Internet. Pero se tendrá
que solucionar, pues un texto impreso no tiene por qué ser de mejor calidad
que uno electrónico. Aún así, mucha gente deberá
ser convencida de ello.
5. Todo lo relativo al acceso a la información, y por tanto al libro,
bajará de precio. Cuantas más personas se conecten a la red, más
baratos serán el acceso, programas y aparatos. Lo que hoy casi nadie
puede comprar, pronto lo tendremos todos. Por contra, la sobreexplotación
de la red también trae previsiones opuestas. Se ha propuesto que para
evitar los colapsos quienes accedan a la red paguen una cantidad. Pero esto
es muy dudoso por ahora, puesto que ¿a quién habría que
pagar?
6. Es posible también hablar de libros para ciegos en Internet. Existen
ya programas que leen cualquier texto que aparezca en pantalla para hacerlo
accesible a invidentes. Son capaces de utilizar diferentes voces y entonaciones
para títulos, textos en negrita, textos normales etc.
7. Mientras que la letra impresa y la manual tienen la propiedad de ser legibles
a simple vista sin especial auxilio de máquinas, la información
digital y electrónica no goza de esta característica. Como se
ha dicho, para la recuperación de la información de un CD-ROM
es necesario un lector que actúe de intérprete. Pero dado lo rápido
que avanza la técnica ¿hasta cuándo serán legibles
los CD-ROM o DVD de hoy? Este problema preocupa a los científicos más
que la duración física de los soportes. La legibilidad de un soporte
cualquiera es otro de los misterios del futuro próximo y exigirá
que todo lo que se invente pueda leer lo anterior, cosa que hasta ahora no se
cumple.
14.
Epílogo
Vista la situación actual de lo que podríamos llamar libro electrónico
o digital cabe preguntarse ¿qué nuevas sorpresas nos depara el
futuro inmediato? Ya están a la vuelta de la esquina los ordenadores
sin pantalla y sin teclado, escáneres tridimensionales, ordenadores cuánticos,
robots, androides y otros muchos mundos por descubrir, explorar y desarrollar.
Y es sintomático que los únicos que hablaban en los años
60-70 de las posibilidades reales de los ordenadores son los autores más
conocidos de ciencia ficción, como Arthur C. Clarke, Isaac Asimov o Ray
Bradbury.
Recientemente se ha inventado un ordenador molecular mil veces más potente
que los actuales. Su chip tiene el tamaño de un grano de sal y podrá
ser introducido dentro de un organismo. Se comienzan a cumplir así las
profecías de otro escritor de ciencia ficción, Rudy Rucker, que
imaginó en el casi lejano 1982 un hombre dotado de una especie de disquetera
en la cual se podían introducir registros diferentes, de manera que el
protagonista tenía la posibilidad de vivir una vida u otra. Más
allá va una conocida serie televisiva de ámbito futurista que
aventura seres humanos conectados en red, mediante un chip implantado en su
cerebro, capaces de leer libros a través de un código de barras
pero incapaces de procesar información analógica alfabética,
es decir, escritura. De esta forma, el hombre podría llegar a convertirse
en una especie de biblioteca viviente, o incluso en un Internet ambulante.
En definitiva, el libro electrónico no es más que uno de los vértigos
que han pasado por la humanidad. Platón sufrió el del manuscrito,
el renacimiento el de la imprenta y nosotros el propiciado por esos nuestros
acompañantes diarios, los ordenadores que procesan nuestra escritura.
15.
Bibliografía empleada
– Album. I luoghi dove si accumulano i segni (dal manoscritto alle reti
telematiche), a cura di Claudio Leonardi, Marcello Morelli e Francesco Santi,
Centro Italiano di Studi sull'alto Medievo, Spoleto 1996, en especial parte
III. Iperalbum.
– Ambrojo, JC., La informática invade la ciencia-ficción,
“PC World”, (1998, enero) pp. 26-28.
– Bell, Alan D., La próxima generación de discos compactos,
“Investigación y Ciencia” (1996, septiembre), p. 4.
Primitiva Bueno Ramírez, Grafías esquemáticas prehistóricas
peninsulares. Simbología y lenguaje en el Holoceno, “Signo. Revista
de Historia de la Cultura Escrita”, 4 (1997) Universidad de Alcalá,
pp. 11-26.
– Cardona, Giorgio Raimondo, Il sapere dello scriba, en La memoria del
sapere, a cura di Pietro Rossi, Laterza, Bari 1998, pp. 3-28.
– Castillo Gómez, Antonio, 2040: ¿Un mundo sin libros?,
“Sildavia” (fanzine editado en Torrejón de Ardoz).
– Codina, Lluis, El Llibre digital. Una exploració sobre la informació
electrònica i el futur de l'edició, Centre d'Investigació
de la comunicació, Generalitat de Catalunya, Barcelona 1996.
– Cuaderno de “El Urogallo”, Revista literaria y cultural,
121 (1996, junio) pp. 26-52, dossier Hacia un nuevo ágora. La cultura
en las redes virtuales.
– Darnton, Robert, La nueva era del libro, “Letra”, 62 (1999)
pp. 21-26.
– Nunberg, Geoffrey (compilador), El futuro del libro. ¿Eso matará
eso?, Paidóa, Barcelona 1998.
– Propuesta de proyectos extraordinarios de inversión en la Biblioteca
Nacional. 1998-2000, Ministerio de Educación y Cultura, Madrid 1997.
– Sáez, Carlos, Manuscritos, Internet y realidad virtual, “Gazette
du Livre Médieval” (París, 1998) pp. 56-57.
---, Los nuevos formatos del libro, “Signo. Revista de Historia de la
Cultura Escrita”, 6 (1999) Universidad de Alcalá, pp. 179-190.
– Saramago, José, Cuadernos de Lanzarote (1993-1995), Alfaguara,
Madrid 1997.
– Sommer, Theo, Geht das Zeitalter Gutenbergs zu Ende?, en Medien und
Kultur, ed. Werner Faultisch, Göttingen 1991, pp. 95-100.
– Stix, Gary, ¿Muere la letra impresa?, “Investigación
y Ciencia”, 221 (1995, febrero).
Notas
[1] Este trabajo se encuadra en un proyecto de
investigación más amplio, Documento, lengua y cultura escrita,
PB97-777, financiado por la DGES. Agradezco a Margarita Gómez Gómez
y a Antonio Castillo Gómez su ayuda y útiles consejos. (volver
al texto)
[2] Véase Nicholas Negroponte, El mundo digital,
Madrid 1995; Jeroen Duijvestjin, El libro electrónico, “Lateral.
Revista de Cultura”, 18 (1996, junio), y, por ejemplo, un artículo
del periódico "El Mundo" (de 22.11.97) cuyo titular rezaba:
Negroponte anuncia el desarrollo de un periódico de papel recargable.
(volver al texto)
[3] En el verano de 1997 comenzaron a anunciarse discos
y lectores DVD en España pero hasta el año siguiente su presencia
en nuestros mercados fue nula. A finales de 1999 comenzaron a invadir el mercado
doméstico. (volver al texto)
[4] Por citar el ejemplo más exagerado que ha caído
en nuestras manos, mencionaremos la edición en CD-ROM de la Patrología
Latina, que cuesta nada menos que siete millones de pesetas. Por la suscripción
anual de un solo usuario a la web se cobran unas 650.000 pesetas. (volver
al texto)
[5] Sergio Cabrera, Llega el disco más versátil.
DVD, “Home PC” (1998, noviembre) p. 34-40. En este último
artículo se informa que algunas marcas comerciales se resisten a esta
división por zonas y anuncian lectores operativos en todas ellas. Asimismo,
hemos hallado ciertas diferencias en la delimitación de zonas en varias
de las publicaciones consultadas. (volver al texto)
[6] Sobre el concepto y origen del hipertexto puede verse
la obra de J. Pasquier y J. Monnard, Livres électroniques. De l'utopie
à la réalisation, Presses Polythéchniques et Universitaires
Romandes, Lausanne 1995. (volver al texto)
[7] A lo dicho en la nota 4 se podrían añadir
otros muchos ejemplos: Database Acta Sanctorum, cuyo CD-ROM y acceso a la red
cuesta 7.750 libras esterlinas anuales; o el PCI español: acceso online
a los sumarios de las publicaciones periódicas españolas editadas
entre 1770 y 1990, cuya conexión monousuario cuesta 100.000 pesetas anuales.
(volver al texto)
[8] Para ampliar información: J. Ignacio Díez
Fernández, Los manuscritos en la Red: catálogos, digitalizaciones
y proyectos, “Signo. Revista de Historia de la Cultura Escrita”,
6 (1999) pp. 145-160. (volver al texto)
[9] “El País”, 4.6.99, p. 30, artículo
titulado Vendo ensayo sobre Mme. Bovary. (volver
al texto)
[10] Richard A. Lanham, Alfabetización digital,
“Investigación y Ciencia” 230 (1995, noviembre) pp. 120-121.
(volver al texto)
[11] Cuaderno de “El Urogallo”, Revista literaria
y cultural, 121 (1996, junio) dossier: Hacia un nuevo ágora. La cultura
en las redes virtuales, p. 37. (volver al texto)
[12] Como reza el título de un artículo aparecido
en el diario “El Mundo” el 31 de diciembre de 1998, p. 30. (volver
al texto)
[13] Conferencia de Roger Chartier pronunciada en la Universidad
de Alcalá el 17.2.2000: Entre el escenario y la edición impresa:
el texto teatral en el Siglo de Oro. (volver al
texto)