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Devoradores
de libros |
Luis
Olivera Marañón
Conferencia pronunciada en el Colegio Madre Alberta, el 20/mayo/1999
arvo.net
I. Introducción
“Me
gustaría saber qué pasa realmente en un libro, cuando está
cerrado. Naturalmente, dentro hay sólo letras impresas sobre el papel.
Pero, sin embargo… Algo debe de pasar, porque cuando lo abro, aparece
de pronto una historia entera. Dentro hay personas que no conozco todavía;
y todas las aventuras, hazañas y peleas posibles… Y a veces se
producen tormentas en el mar o se llega a países o ciudades exóticos.
Todo eso está en el libro de algún modo. Pero para vivirlo hay
que leerlo: eso está claro. Pero está dentro ya desde antes. Me
gustaría saber de qué modo”. Podemos transformar el mundo
en un universo de bolsillo. Michael Ende, que está convencido de ello,
le hace decir estas palabras al pequeño lector de su libro “La
historia interminable”.
No es la primera vez que utilizo este título para un trabajo. “Devoradores”
de libros, una palabra que ya usó Goethe hace mucho tiempo en la “Autobiografía”
de su juventud. Devorar es “comer algo con avidez, con ansia”. Y
hoy lo he querido reiterar aquí, porque creo que sigue siendo necesario.
Es una de las buenas adiciones que hay y de las pocas que vale la pena alentar
entre los escolares… y entre ustedes, sus padres y madres. Porque esta
ansia se contagia de padres a hijos, como todo lo bueno. Y, además, diversas
voces autorizadas lo están volviendo a poner de manifiesto.
El académico Antonio Muñoz Molina, el primer ministro británico
Tony Blair y varios estudios académicos han reiterado la necesidad de
embeberse entre líneas y más líneas de letra impresa. No
de los best-sellers, que pasan sin dejar rastro, sino de los clásicos:
de los libros que han dejado una huella imperecedera. Un clásico es un
contemporáneo permanente. Incluso un conocido escritor, Graham Greene
—autor de “El tercer hombre”—, escribió que “nuestra
vida está hecha más por los libros que leemos, que por la gente
que conocemos”. Lo que leemos deja una huella más profunda, permanece
de forma más imborrable en la memoria y, después, en nuestras
vidas. Los buenos escritores son los arquitectos de la historia. “No existe
ninguna prueba de calidad literaria salvo la supervivencia, que es —en
sí misma— un índice de opinión mayoritaria”,
una especie de referéndum universal e intemporal (George Orwell).
En Inglaterra, una votación entre 25.000 británicos ha escogido
el libro “El Señor de los Anillos”, de Tolkien, como el mejor
del siglo XX. Y eso que se trata de un libro con más de 1.500 pág.
Sus editores se sorprendieron de que un libro de aventuras para niños,
triunfara también entre adultos. Y lo sigue haciendo. El mismo Tolkien
pensaba que “si el cuento como género merece ser leído,
es digno de ser escrito y leído por adultos”. Por cierto, que su
traductora al castellano, la argentina Matilde Horne, vive —con 84 años—
desde hace 20 en la isla de Ibiza.
El propio autor de best-sellers Stephen King, cuando dice que “mis libros
son el equivalente literario a un ‘Big Mac’ (de MacDonalds) con
una gran ración de patatas fritas”, se hace el haraquiri literario.
Los libros-basura no sirven para educar, ni para culturizar, ni tampoco para
humanizar al que los lee. Son libros de usar y tirar, como los ‘Kleenex’
o los envases desechables.
La literatura es un tesoro infinito de sensaciones, de experiencias y de vidas.
Gracias a los libros, nuestro espíritu puede romper los límites
del espacio y del tiempo. De tal manera que podemos vivir a la vez en nuestra
propia habitación y en las playas de Troya; en las calles de Nueva York
y en las llanuras heladas del Polo Norte. Es una ventana y también un
espejo. Es necesaria, aunque algunos la consideren un lujo. En todo caso, pienso
que es un lujo de primera necesidad. La escritora polaca Szymborska, Premio
Nobel de Literatura en 1997, animaba con sus versos a leer, para —decía—
“descubrir la Atlántida”:
“En sueños/
(...) hablo griego con fluidez
y no sólo con los vivos.
Conduzco un coche
que me obedece.
Poseo talento
y escribo grandes poemas.
(...) Mis dotes pianísticas
os dejarían boquiabiertos.
Revoloteo como es debido:
es decir, por mi propio impulso.
Me precipito desde el tejado
y sé caer, suave, en el verdor.
No tengo problemas
para respirar bajo el agua.
No puedo quejarme:
he descubierto la Atlántida”.
Como decía Aristóteles, “leer las gestas de los héroes
del pasado resulta fundamental para la educación de un joven… El
lector se siente movido a la admiración de las grandes y nobles gestas,
por la generosidad de quien ha pasado por sus padecimientos y dado su vida (...)
por los propios ideales; o ha expiado hasta el fondo sus errores, o los de sus
antepasados”. Lo mismo se podría decir de todos los dramas de Shakespeare
que, como las dos obras básicas de Homero, proponen todos los modelos:
los del heroísmo, la resistencia al dolor, el honor y el respeto a la
palabra dada, y el sacrificio hasta le entrega de la propia vida. El autor de
“Romeo y Julieta” presenta las grandes cuestiones morales de un
modo crudo, muy desnudo y muy honesto, de modo que resultan bastante inquietantes.
Como ha dicho el director de cine Kenneth Branagh, “Shakespeare mantiene
un espejo frente a la naturaleza humana. Y fuerza a los personajes a mirarse
a sí mismos al desnudo, en momentos emocionales muy dramáticos”.
Así que, al leer sus obras o verlas en el cine, nos sentimos obligados
a hacer lo mismo con nuestro interior.
Un filósofo escribió que “desistir de los clásicos
es, en cierto modo, quemar el pasado en la chimenea frívola de la impiedad”
(R. Yepes). Y los que lo hacen están abocados a un estéril autodidactismo,
porque no se puede construir sin cimientos.
Stefan Zweig, el popular biógrafo austríaco, en una entrevista
que le hicieron en 1940, se preguntaba: “¿Cómo van a captar
nuestra atención los viejos temas? Un hombre y una mujer se conocen,
se enamoran, tienen una aventura: en otra época eso fue una historia.
Volverá a serlo dentro de algún tiempo. Pero, ¿cómo
vivir con entusiasmo en un mundo tan trivial como el de ahora?” (“Grandes
entrevistas…”, p. 354).
II. El esfuerzo personal por leer
Si
la TV no exige ningún esfuerzo del televidente, adentrarse en la lectura
es una tarea más ardua. La lectura es una convivencia sutil entre el
escritor y el lector; es una experiencia compartida, que enriquece a pesar del
empeño que conlleva: No hay lectura de un libro sin esfuerzo del lector.
En uno de sus más recientes chistes, Forges muestra a dos de sus personajes
paseando por el campo. Uno de ellos dice: “Con tanta tele, me temo que
leer, lo que se dice leer, la gente ya sólo lee la fecha de caducidad
de los yogures”. El otro le contesta: “Temo desilusionarte: las
fechas de caducidad no se leen; se miran”. Y el primer personaje le contesta:
“Pues más a mi favor”.
Un gran libro debería dejarnos en herencia muchas experiencias, y algo
cansados al final. Porque leyéndolo vivimos varias vidas y eso consume
energías. Pero está al alcance de cualquiera.
“La tarea del que se dedica a introducir a los niños y a los jóvenes
en el reino de los libros es enseñarles que éstos no son monumentos
intocables o residuos sagrados, sino testimonios cálidos de la vida de
los seres humanos, palabras que nos hablan con nuestra propia voz y que pueden
darnos aliento en la adversidad, y entusiasmo o fortaleza en la desgracia”
(Muñoz Molina). Incluso Ortega y Gasset decía que los grandes
escritores nos copian, porque al leerlos descubrimos que nos cuentan nuestros
propios sentimientos y que piensan ideas que nosotros mismos estábamos
a punto de pensar.
Pero aunque la lectura resulte necesaria, eso no implica que cualquiera pueda
escribir o leer libros sin esfuerzo. De hecho, desde hace años ha cundido
la superstición irresponsable de que el empeño, la tenacidad,
la disciplina y la memoria no sirven para nada. Y de que, por lo tanto, cualquiera
puede hacer cualquier cosa a su antojo, como por arte de magia. Lo que hoy se
llama ‘lo lúdico’ se ha convertido en una categoría
sagrada. “Del aula como lugar de suplicio —ha escrito un académico
español—, se ha pasado a la idea de la clase como permanente guardería,
lo cual es una actitud igual de estéril, aunque mucho más engañosa,
porque tiene la etiqueta de la renovación pedagógica”.
La lectura requiere esfuerzo, especialmente un empeño inicial de concentración
y de interés; una actitud más activa y operativa que la que requiere,
por ejemplo, un video-juego. Posteriormente, si la lectura no se frustra y está
bien elegida, la compensación del esfuerzo es enormemente superior. Y
es probable que aquella joven no necesite más impulsos externos para
leer: porque habrá captado la gratificación que produce lo literario.
Como consecuencia, la persona crece en su capacidad de expresión y de
entendimiento de los conflictos que le envuelven y, es probable, que también
cuente más con la fuerza de la palabra para solucionarlos. Y que no hable
con el lenguaje de la fuerza.
III. Diez mandamientos para odiar la lectura (Decálogo del mal
lector)
1.-
Niño, lee; no veas la televisión.
2.- Niño, lee; para que aprendas gramática y redacción.
3.- Los libros son verdad; los comics son violencia y maldad.
4.- Niño, lee libros de conocimiento; no sólo cuentos.
5.- Niño, saca la moraleja. Todo libro una lección enseña.
6.- Desarrolla tu inteligencia y escribe el resumen del libro en tu libreta.
7.- No juegues: coge un libro y lee.
8.- El libro es educación, y nada de juego y diversión.
9.-Como sigas así de inquieta, te mando a la biblioteca.
10.- Yo leería libros de gran calibre… si tuviera tiempo libre.
Siguiendo este decálogo, conseguiremos que los chavales digan: “Abuelo, ¡qué rollo leer!”, que es el título de un libro de reciente aparición, dirigido a locos bajitos de 8 años en adelante. Pero ya en el lejano año 1904, el Conde de las Navas escribió la obra “Amigos y enemigos del libro”. O sea, que el problema no es nuevo, sólo distinto.
IV. Leer, ¿desde cuándo?
El
pensamiento se articula, se expresa y se contiene en las palabras. A veces,
como en la palabra escrita, esa expresión puede alcanzar una incomparable
precisión y riqueza de matices. Por ello, la lectura es una de las grandes
instancias educadoras: al leer, recorro el mismo camino mental que el escritor.
Él abrió la senda y yo sigo sus pasos: me lleva de la mano. “(…)
En la lectura se puede volver atrás para comprobar la coherencia del
texto: puedo pensar sobre lo que leo y entablar un diálogo o polémica
con el autor. Le puedo decir: ‘¡no estoy de acuerdo!’, y enfrentarle
con mis propios argumentos. Si la lectura predispone a pensar, en cambio la
TV, obligada a contentar a todos, forma cabezas planas, privadas de matices
y sutilezas, sin gusto por la libertad de pensamiento” (J.R. Ayllón.
’Desfile de modelos’, pp. 198-199).
Un gran actor, Chartlon Heston, en sus “Memorias”, cuenta lo que
hacía con su hijo mayor Fray: “Cuando era pequeño, yo solía
leerle en voz alta todas las noches, como hacen la mayoría de los padres”.
Por cierto, una pregunta:
La mayoría de ustedes, ¿leen a sus hijos, todas las noches?
Volvamos a Chartlon Heston, que después añade: “Cuando Fray
tenía unos cuatro años decidí que era hora de leerle una
novela de verdad: “La isla del tesoro”, que en realidad no es un
libro para niños. Es el recuerdo adulto de una experiencia infantil.
Le leí a Fray un capítulo cada noche y le encantó. Finalmente
terminamos la última página y le dije:
”— Bueno, aquí termina la historia. Ahora vamos a buscar
algo para empezarlo mañana por la noche. ¿Qué te gustaría?
”—¡Volver a leer ésta! —dijo Fray.
” Así que la leímos otra vez, desde el principio. Me parece
que releímos el clásico de Stevenson cuatro veces más.
Llegó un momento en que ya podía leerlo él solo. Y así
lo hizo. Creo realmente que ‘La isla del tesoro’ estuvo germinando
dentro de él durante todos los años que pasó aprendiendo
su oficio en el rodaje de exteriores en diversas partes del mundo” (‘Memorias’,
p. 576).
Otro ejemplo, más eminente: el de Einstein, descubridor de la teoría
de la relatividad. Aunque desde pequeño demostró una inteligencia
despierta, hasta los 7 años —¡sorpréndanse!—,
no aprendió a leer. Tampoco se interesaba demasiado por las lecciones
que recibía de sus profesores y nunca fue un alumno aventajado. Eso sí:
leía sin parar y su segundo amor fue la música (el violín).
Hoy, 120 años después de su nacimiento no se puede decir que su
pasión por los libros lo haya condenado, precisamente, al olvido. “Dios
no es de los que se ponga a jugar con el hombre a los dados”, decía.
Si retrocedemos un poco en el tiempo, llegamos a Grecia: ¿Saben ustedes
cuál fue el primer regalo que le hizo el gran filósofo Aristóteles
a su nuevo alumno, luego el célebre Alejandro Magno? Un ejemplar de “La
Odisea” y otro de “La Ilíada” en papiro, que él
mismo había encargado a un copista. El regalo entusiasmó al príncipe
de 13 años de edad. Y Alejandro, que descendía por parte materna
de Aquiles, el héroe de “La Ilíada”, guardaba este
poema habitualmente debajo de la almohada. Y le dedicaba siempre los últimos
momentos de la jornada.
Otro escritor, el francés Emile Zola, contaba que aunque “mi rendimiento
en la escuela fue desigual, (...) Durante el último año de estudiante
hice amistad con dos compañeros que contribuyeron a hacer de mí
lo que soy ahora. (...) Siempre que podíamos nos apasionaba salir al
campo, recorrer las orillas de un arroyo y leer durante horas toda la literatura
de ficción que caía en nuestras manos, a la sombra de un árbol…”
(“Grandes entrevistas…”, p. 156).
Teniendo en cuenta que en España se editan anualmente unos 18.000 libros
dirigidos al público infantil y juvenil, no podemos decir que no hay
oferta. Es una explosión editorial sin precedentes.
V. Redescubrir el placer de leer
Pocas
veces se ha descrito el goce por la lectura tal como la narra el protagonista
de “La historia interminable”, como ese vértigo que expresó
así su autor, Michael Ende:
“Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las
orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo,
olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba
quedando helado…
”Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo
la manta, porque papá o mamá…le ha apagado la luz con el
argumento bien intencionado de que tiene que dormir, porque mañana hay
que levantarse…
”Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas,
porque una historia maravillosa acababa, y había que decir adiós
a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería
y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía
la vida le parecía vacía y sin sentido…
”Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender
probablemente lo que Bastián hizo entonces:
”Miró fijamente el título del libro y sintió frío
y calor a un tiempo. Eso era exactamente lo que había soñado tan
a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía
deseando: ¡Una historia que no acabase nunca! ‘El libro de todos
los libros’”.
Unamuno hablaba en “17 o 18 lenguas, sino correctamente, al menos lo bastante
bien para enterarme de cuanto en ellas se ha escrito que merezca la pena, o
el placer de ser leído”. Y, claro, cuando murió de repente,
estaba sentado en su camilla y rodeado de sus libros; con la cabeza doblada
sobre el crucifijo que llevaba siempre colgado del cuello, debajo de su camisa
blanca.
El Premio Nobel hindú Rudyard Kipling, en su juventud, conoció
en casa de unos amigos a su colega Mark Twain, ya autor consagrado. Y cuenta
que, al verlo, pensó: “Aquel era el hombre al que había
aprendido a amar y admirar desde miles de millas de distancia” (India
a EE.UU.). Por eso, Kipling añadió que “era un momento para
atesorarlo” (“Grandes entrevistas…”, p. 116).
VI. Algunos datos sobre los hábitos de lectura en España
Las
últimas encuestas sobre el hábito de lectura de los españoles
ofrecen un panorama desolador. Con motivo de la feria ‘Liber 94’,
se apuntó que la media nacional de consumo de libros al año es
de… ¡3,3 ejemplares! Tal cifra produce sonrojo.
El “Informe sobre la sociedad española 1993-94”, dirigido
por Amando de Miguel, coincide en la sequía lectora: el 28% de los hogares
españoles no compró ni un solo libro en 1992, y sólo el
13% de ellos adquirió más de 20. En ese año 1991, cada
español gastó 627 ptas. en libros, mientras invertía 8.000
ptas. en bares y revistas.
El Centro de Investigaciones Sociológicas, el conocido CIS, no sólo
hace sondeos electorales o de intención de voto. En marzo de 1998 realizó
una encuesta sobre cómo usan los españoles su tiempo libre y qué
leen durante su ocio:
Tiempo de dedicación a leer libros:
- todos/casi todos días: 29%
- vs. veces/mes: 16%
- nunca/casi nunca: 39%
Compra de libros:
- Habitualmente, el 59% de los españoles no compra libros, salvo los
de texto o escolares.
- el año anterior, sólo el 25% de la gente fue a una biblioteca
a leer, pero de ellos el 75% no sacó en préstamo ninguna obra
(6%).
El escritor Luis Marañón comentó “… que una
sociedad sin lectores se ‘coloca’ al borde la nada, que es una enfermedad
grave y casi incurable. A estas alturas del siglo, me pregunto: ¿es posible
que la sociedad española haya tomado partido por la ignorancia?”
Y eso que se ha descubierto que el propio Cervantes, por su afición a
leer, leía “aunque sean los papeles rotos de las calles…”.
Aunque en su tiempo no se editaban en España más de 50.000 libros
al año, como ha sucedido en cada uno de los últimos años.
Pero si acudimos a datos europeos sobre adolescentes y jóvenes, los resultados
ponen los pelos de punta. Un estudio de la London School of Economics —una
de las más prestigiosas facultades de Economía del mundo—
dice que, en 1998:
- los adolescentes dedicaron 145 minutos diarios (2 h. y 25’) a ver la
TV;
- y sólo dedicaron a leer 16 minutos diarios (10 a 1).
- otro dato: los jóvenes pasan más tiempo jugando con el ordenador
que en la calle (deporte; conciertos; visitas culturales; paseando; jugando...).
Si volvemos a España, vemos que el 50% de los chicos de 15 y 16 años
tienen ordenador con CD-ROM; y que el 20% de los niños entre 6 y 7 años
tiene ‘tele’ en su habitación. Las cifras del estudio británico
dan bastante pena: leer escasamente 16’ al día es un camino cierto
para convertirse en un analfabeto, aunque se maneje con precisión el
ratón del ordenador o se reciban multitud de imágenes por la TV.
En el ordenador, y sobre todo por Internet, puedes encontrar todo. Pero si el
chico no tiene una formación integral, —también de principios
morales—, será incapaz de discernir si lo que ve tiene valor o
es una palada de basura. Incluso más: si no tiene una cierta cultura
general, pasará por alto los errores —que los hay— en la
información que le llega. Esos jóvenes “serán analfabetos
con carrera”, saldrán con un título bajo el brazo, pero
no sabrán realmente nada.
Acaba de visitarnos John Dibiaggio, presidente de la Universidad de Boston y
director del Consejo Americano de Educación, órgano asesor del
Gobierno USA: “Los jóvenes son muy competentes con la tecnología
—ha dicho—. Pero me preocupa su creciente dificultad para comunicarse
oralmente y por escrito. Y para pensar analíticamente. Siempre digo que
no importa lo inteligente que uno sea, si después no es capaz de expresarse”.
Por cierto, este profesor es licenciado en Inglés y en Química,
y se doctoró en Odontología y Administración de Empresas.
En su discurso de recepción del Premio ‘Príncipe de Asturias
1996’, el escritor Francisco Umbral dijo: “Quiero dejar aviso de
lo que está pasando: la muerte de los libros y la herida de la idea.
(…) Vamos a la barbarie”. Otro de los laureados ese año,
el filósofo Julián Marías, coincidía con él:
“El abandono de las Humanidades en la educación nos puede hacer
retroceder a un primitivismo inquietante”. Barbarie y primitivismo: vamos
hacia atrás. Porque el niño de hoy en día, “el niño
sencillo, padrote del Dos Mil, no frecuenta las ciencias ni la paciencia, pero
mata marcianos y asesina a otro niño” (Umbral).
VII. Libros como tesoros
Rubén
Darío estuvo dos veces en Mallorca. Años antes, en 1887, hablaba
así de los libros, a los que dedicó estas ‘Rimas’:
“En el libro lujoso se advierten
las rimas triunfales:
bizantinos mosaicos, pulidos
y raros esmaltes,
fino estuche de auténticas joyas,
ideas brillantes;
los vocablos unidos a modo
de ricos collares;
las ideas formando en el ritmo
sus bellos engarces,
y los versos como hilos de oro
do irisadas tiemblan
perlas orientales.
¡Y mirad! En las mil filigranas
hallaréis alfileres punzantes;
y, en la pedrería,
trémulas facetas
de color de sangre”.
Mosaicos, esmaltes, joyas, collares, hilos de oro, perlas, alfileres, pedrería…
Todo ello está en el libro. ¿O se trata, mejor, de un fabuloso
tesoro? Pío Baroja, exilado en París en 1937, se lamentaba de
que “lo peor de todo lo que le ocurre a uno aquí, es no disponer
de un poco de dinero para comprar libros”. Pero como el nivel de vida
era allí superior al de Madrid, confesaba: “Como yo no he comprado
en mi vida nada que no sean libros, no tenía idea de lo caro que está
todo” (“Como yo los he visto”, pp. 25 y 29). En casa de G.
Marañón se comía en la biblioteca; porque consideraba que
no hay nada mejor que los libros, para decorar una habitación.
Otro gran literato, el Premio Nobel Rudyard Kipling, coincide con Darío.
Kipling le hace decir al padre del protagonista de su obra “Capitanes
intrépidos”: “Tienes que asimilar toda la sabiduría
que anda por ahí (...). Ante todo tendrás que guardar todos los
conocimientos librescos, claros y comunes, que hayas adquirido en tus estudios.
Ninguna inversión es mejor que ésa, Harvey”. Libros, conocimientos,
estudios: la mejor inversión y, por lo tanto, el mayor tesoro. Y si antes
hablábamos de ‘analfabetos ilustrados’ y de ‘analfabetos
con carrera’, el padre de Harvey añade otra categoría. Dice
que a él le llaman ‘burro enriquecido” (Kipling, R. “Capitanes
intrépidos”, p. 199).
Para que no se produzca ninguno de esos tres supuestos de ‘poliomielitis
mental’, Umbral proponía: “Estamos rodeados, no me asusta
decirlo: los robots, los misiles y los antiguos dioses han armado una guerra
contra la vieja Europa (...) Y hay que hacer la milicia (de paz, digo yo), milicianos
de Persia. Seamos los hombres/libro del avezado Bradbury: digamos de memoria
las venganzas de Orestes, acudamos a Ortega —el vigía de Occidente—;
aprendamos Gramática como párvulos griegos y muramos despacio
conjugando la rosa” ( la primera declinación latina).
VIII. Consejos prácticos
1. Lean libros con frecuencia delante de sus hijos y que se note que los aprecian.
Un texto del Antiguo Imperio egipcio, decía: “Ama los libros como
amas a tu madre”. Y, vayan haciendo una biblioteca familiar, en un sitio
accesible de la casa. Aquí y ahora, las bibliotecas domésticas
parecen servir sólo para exhibición ante las visitas: se ven libros,
pero no se tocan; y se leen todavía menos. Para que sus hijos lean es
fundamental que se acostumbren a ver libros en casa. Arturo Pérez-Reverte,
hablando de sus primeras lecturas, decía: “Tuve la suerte de crecer
con libros cerca; sólo tenía que acercarme a las estanterías
y cogerlos”. Los libros para adultos no los pongan en las baldas accesibles
a los pequeños. Que sea una biblioteca sin llaves, accesible a todo el
mundo. Serán muy escasos los libros que unos padres pueden leer y sus
hijos todavía no. En la mayoría de los casos no los cogerán
porque les aburrirán.
Pero algunos creen que llevan debajo del brazo un libro, y lo que llevan es
una carga de basura. Albino Luciani, pocos años después elegido
Papa con el nombre de Juan Pablo I, escribió una serie de cartas a personajes
históricos. En la dedicada a Walter Scott (“Ivanhoe”, “Carlos
el Temerario”,…), el entonces cardenal de Venecia reconoce que sus
libros “a mí me encantaban cuando era pequeño”. Y
añade sobre este escritor escocés: “Y todo limpio. Libros
que exaltan siempre el valor y la lealtad, y pueden dejarse sin peligro en manos
de los niños. En medio del actual aluvión de ‘mala prensa’,
esto es lo que más me asombra y me hace exclamar: ‘¡Gloria
al escocés, al padre de la novela histórica y limpia!” (“Ilustrísimos
señores”, p. 157).
2. Compren libros habitualmente, pero seleccionándolos bien. Los libros
son el alimento de la inteligencia y, por ello, hay que garantizar que la mercancía
es de excelente calidad. El cerebro es el órgano más vital y sensible
del hombre: en él, cualquier virus se reproduce inmediatamente en cadena.
Hay tanto que leer y tan poco tiempo en la vida para hacerlo, que merece la
pena afinar la puntería y leer sólo lo mejor. Que no tiene que
ser siempre lo más novedoso ni lo más anunciado. Y regalen libros
a sus amigos y familiares, en fechas especiales o no. Como escribió Plinio
el Joven, “no hay libro tan malo que no contenga algo bueno”.
3. Que siempre haya un libro para cada hijo entre los regalos de Reyes y del
santo y cumpleaños. “Lo importante es que el crío tenga
un libro entre las manos”, recomendaba Janer Manila. Animen a sus hijos
a que tengan la ilusión de hacerse su pequeña biblioteca de libros
infantiles.
4. Léanles a sus hijos, al menos 15 minutos cada día: les podrán
aclarar dudas de palabras nuevas, expresiones hechas, refranes, dichos; y, a
la vez, hacerles ver qué conductas están bien y cuáles
no pueden imitar sin ir contra su dignidad de personas. El humanista español
Juan Luis Vives, recomendaba a uno de sus discípulos: “Procura
que no pase un solo día sin leer y escribir algo”. Paco Abril se
pregunta: “Y, ¿en cuántos hogares se les cuentan cuentos
a los niños? En muy pocos, desgraciadamente. Sin embargo, esos primeros
cuentos son los mejores caminos que conducen a la lectura. Los niños
a los que se les leen cuentos, descubrirán que las historias que les
conmueven y que les apasionan, están en los libros”. A Ricardo
Corazón de León, su hermano mayor le contaba cuentos de dragones,
princesas y gestas cuando era un niño. Él las oía extasiado
y nunca se cansaba de escucharlas.
5. Hagan que sus hijos lean delante de ustedes: les podrán enseñar
a pronunciar correctamente las palabras; a hacer las pausas debidas; a leer
con el ritmo correcto cada texto. Después, pregúntenles si han
entendido lo que acaban de leer, para aclarar conceptos equívocos o,
mejor, para enriquecer su vocabulario.
6. Dediquen algún tiempo del fin de semana a leer en familia alguna obra
maestra de la literatura y a debatir después sobre lo leído, como
Zola y sus dos amigos a la orilla del río.
7. Contraten videos basados en conocidas obras literarias para, a continuación,
animarles a leerlas en la versión escrita original, que siempre es mejor
que la versión filmada. Sólo de las obras de Shakespeare se han
filmado ya 336 películas, lo que le consolida como uno de los mejores
‘guionistas’ de Hollywood. El año pasado se filmaron siete
películas más y hay otras ocho proyectadas para este año.
Hay 56 de ellas a la venta, si ustedes quieren coleccionar la obra del dramaturgo
inglés.
8. Infórmense bien de los cuentos, libros, comics y tebeos adecuados
a la edad de cada uno de sus hijos, para acertar en la elección y lograr
que se interesen por cultivar esta afición en el futuro. Voy a dejarles
una pequeña guía de libros infantiles y juveniles y una lista
de 100 obras clásicas, algunas de las cuales son adecuadas para todas
las edades.
9. Piensen que, a la misma edad, la madurez de cada hijo es distinta. Un libro
adecuado para uno no lo será para otro. Y que hay que distinguir entre
niños y niñas, no por machismo, sino porque tienen sensibilidades
diferentes.
10. Para aficionarles a la lectura, tendrán que moverse sobre un plano
inclinado, para no llegar nunca al empacho. Existen colecciones de literatura
infantil verdaderamente atractivas y con un gran contenido de valores humanos.
De todos modos, es muy conveniente no forzarles los gustos, para evitar posibles
rechazos. Las colecciones de ‘comics’ bien elegidas, pueden convertirse
en una fuente de afición. Poco a poco podrán ir aumentando la
dosis, hasta llegar a las puertas de la universidad habiendo leído a
los clásicos. Como decía un viejo profesor de literatura, “en
los clásicos están todas las miserias humanas, pero bien resueltas”.
11. Si ven algún hijo suyo adolescente con un libro poco aconsejable,
no lo pueden dejar pasar por alto. Hoy, la táctica de Horacio —mezclar
lo útil con lo agradable—, no parece surtir tanto efecto. Albino
Luciani, hablando de ella, dice: “En los ‘tebeos’ que leen
nuestros niños, así como en las fotonovelas de los mayores, raramente
se encuentran héroes (...), que acudan volando a ayudar a los débiles
y oprimidos, como suele ocurrir con tus protagonistas, (Walter Scott). Es más
corriente lo contrario: el héroe del mal que siempre queda bien y alcanza
la victoria definitiva.
“En los libros de hoy —continúa el que luego sería
Papa—, cuesta trabajo encontrar gentiles doncellas, alegres y sentimentales,
pero pudorosas y reservadas, a cuyos pies corren a deponer todo su ser y poseer
los caballeros, con corazón palpitante. Tus heroínas, (Walter
Scott), tienen sentimientos delicados y se sonrojan con facilidad; las protagonistas
de hoy no se sonrojan jamás: fuman, beben, ríen a carcajadas y
no son más que un fenómeno biológico o una diversión.
El matrimonio no es nunca el desenlace normal de una novela. Con mucha frecuencia
(las jóvenes), además de corruptas, son cínicas y sanguinarias”.
“En una novela ‘verde’, el amante de una chica da una tremenda
paliza al padre de ella y lo arroja al suelo con la cara chorreando sangre.
Mientras, ella no deja de incitar a su amante: ‘Dale fuerte, más
fuerte aún’” (“Ilustrísimos señores”,
p. 159).
IX. Consecuencias positivas
a)
aumentar, ampliar la propia cultura: Los planes de estudio vigentes
forman “analfabetos ilustrados”, en palabras de un profesional de
la enseñanza. “La ignorancia es la noche de la mente; pero una
noche sin luna y sin estrellas”, escribió Confucio.
Ramón y Cajal, el Premio Nobel español de Medicina, expresó
que, para llegar a la madurez, “…los buenos libros y la visión
directa de las cosas serán los mejores maestros” (‘Charlas
de café’, pp. 265-266). Hasta Bill Gates ha dicho que la tecnología
nunca podrá sustituir ni las clases magistrales ni los libros.
Ampliar la cultura y, en su caso, erradicar la incultura. Le preguntaban el
mes pasado al Director de la Real Academia Española de la Historia, si
es verdad que hay un desconocimiento de la historia en los jóvenes hispanos.
La respuesta de Gonzalo Anes no admite matizaciones: “(Lo hay) de la historia,
(pero también) de la geografía, de la literatura y hasta del lenguaje.
Hace poco, un profesor me contó que un alumno estaba comentando un cuadro
de la Santísima Trinidad; muy bien, la figura del Padre, la del Hijo.
Pero,… ¿y la paloma? Bueno, pues al llegar a la paloma…,
dijo que era… la de Picasso”. No es un caso aislado: otro alumno
suyo le dijo que sabía que “Alfonso XIII fue un rey de España;
lo que ya no sé es si fue del siglo I o del V. Ahí no llego, dijo
el flamante estudiante universitario”.
Thomas A. Edison –inventor de la lámpara eléctrica–
preguntaba dos cosas a los candidatos a obtener la beca que lleva su nombre.
Una, era: “Si pudiera prescribir y llevar a la práctica un sistema
educativo para toda la población del mundo, ¿en qué elementos
esenciales haría especial hincapié?”. Cuando un periodista
se la hizo al escritor irlandés G. Bernard Shaw, éste contestó:
“Lectura (incluida la musical), escritura, aritmética y modales,
principal y obligatoriamente…” (“Grandes biografías…”,
p. 260). El escritor español José Mª Pemán, elegido
presidente de la RAE durante la II República, coincidía con Shaw
en uno de sus célebres artículos periodísticos: “…Falta
amor a la música… Falta hablar más bajo. Falta gesticular
menos. Falta humanismo. Falta leer. Faltan flores. Falta Universidad…”
(“Mis mejores artículos”, p. 161).
b) saber escribir, con riqueza de vocabulario y corrección gramatical:
Siempre es una herramienta útil para la vida académica y/o profesional.
“Pero la magia de las palabras tiene su ‘truco’: si no fuéramos
seres espirituales, no podríamos hablar. Es el lenguaje lo que nos hace
más humanos y, a la vez, más semejantes a nuestro Creador. Cultivar,
por tanto, el bien decir, la escritura correcta, el amor a la lectura, etc.,
es una forma de enriquecimiento humano” (Carlos Goñi, filósofo:
‘Filosofía impura’, p. 47).
El filósofo hispano-romano Séneca (Córdoba, 3 d.JC), que
educó y fue consejero de Nerón, en sus “Cartas a Lucilio”,
le dice que “cuanto más recibe el alma, eso más se amplía”
(p. 392). Y le recomienda que “el lenguaje es el alimento del alma; si
es alisado, afectado y artificioso, manifiesta que también ella no es
sincera y que tiene algún quebranto” (p. 422).
c) saber expresarse oralmente, sin atascos ni usando barbarismos ni palabras
de laboratorio escolar o jergas urbanas: Como decía el profesor
Dibiaggio, es más importante saber expresarse oral y literariamente,
que el nivel intelectual que se tenga. Un refrán de la sabiduría
popular dice de alguien “que habla como un libro abierto”, cuando
quiere reflejar que se expresa con corrección, elegancia y autoridad.
El objetivo final de cualquier enseñanza es formar personas. Y para alcanzarlo,
el elemento clave es la comunicación. Las personas necesitamos expresarnos,
tanto para relacionarnos como para comprendernos a nosotros mismos. El desarrollo
del lenguaje verbal está en la base del ser humano. ¡Cuántos
profesores se quejan de que sus alumnos no saben exponer un tema ni explicarse!
La última, hace quince días en un congreso de la Fundación
Santillana. El problema no es de faltas de ortografía —que, al
fin y al cabo, es faltar a una convención—, sino de no saber construir
un razonamiento lógico. La lectura interior —en silencio—,
estructura la mente y el juicio; encauza la capacidad crítica; ayuda
en la capacidad de concentración; facilita el trabajo de síntesis
y de análisis de textos de diverso tipo. Con ella, la persona aprende
a transmitir con la máxima eficacia sus mensajes. Es el primer efecto
de la lectura: se aprende a hablar, así de sencillo. Y, como consecuencia,
se aprende a pensar: así de magnífico.
Otro humanista, Tomás Moro (s. XV-XVI), en una de sus composiciones titulada
‘Cómo escoger esposa’, escribe: “Feliz la mujer cuya
educación le permite deducir, de las obras de los autores antiguos, principios
que son una bendición en la vida”. Moro se refiere a una educación
que no es sólo “saber hablar”, una especie de retórica
vacía; sino una auténtica “sabiduría”, que
hace que la persona no sólo se exprese bien, sino que sepa hablar de
todo tipo de temas. La sabiduría es para el alma, lo que la salud para
el cuerpo.
d) aprender a pensar: si lo que se lee es un texto literario, el sujeto
desarrolla la capacidad de recreación de la realidad; la capacidad imaginativa;
el conocimiento de lo intuitivo; el papel de la evocación y los matices.
Además, se amplía el conocimiento de la lengua; se profundiza
en ella —sin necesidad de hacer grandes análisis gramaticales—,
de manera intuitiva. Y se amplia el vocabulario, tanto el activo como el pasivo.
En su “Diccionario del siglo XXI”, Jacques Attali habla del concepto
de ‘adolescente-pantalla’, que pasa la mayor parte de su tiempo
—tanto libre como escolar—, ante las pantallas de TV, de los juegos
de vídeo, del ordenador, del cine, etc. Y dice de él que, “imbuido
de una cultura de la imagen, del ‘zapping’, de lo lúdico,
estará más formado para la navegación que para la lógica;
para la intuición que para la racionalidad; más para la orientación
que para la demostración”.
Y es que lo más revolucionario para los hombres no es saber, sino pensar:
profundizar en lo que saben, para progresar a partir de esos conocimientos y
hacer avanzar —enriqueciéndola— a la Humanidad. Y si ninguna
pantalla mueve a pensar (encefalograma plano de la TV), y el fenómeno
del ‘adolescente-pantalla’ está muy generalizado, vamos hacia
un principio de siglo amenazado por la uniformidad mental, el borreguismo dócil
y acrítico, de nuestras sociedades. En otro chiste reciente de Forges,
uno de los muñecos pregunta al otro: “¿Qué pone en
la faja del libro? El otro lee: ‘Las autoridades advierten que la lectura
perjudica seriamente al Pensamiento Único’. Y el primero contesta:
‘Jo; están a la que salta’”.
Pero tampoco sirve leer bajo presión, como puede ser la de los libros
que obligan a leer para trabajos escolares. Leer bajo presión es matar
este arte, que es esencial para restaurar las actividades de la reflexión,
de la pregunta y de la apreciación del proceso de la lectura.
Ya Cervantes, hablando de los múltiples objetivos de la escritura, decía:
“Que leyendo vuestra Historia, el melancólico se mueva a risa;
el risueño, la acreciente; el simple no se enfade; el discreto se admire
de la invención; el grave no la desprecie ni el prudente deje de alabarla”.
La lectura transforma al lector en un ciudadano más libre, más
discreto, más crítico: “Leer —ha escrito Muñoz
Molina—, es el único acto soberano que nos queda”. Porque
la lectura nos regala mucha compañía, pero también la libertad
para ser de otra manera y para ser más. Por eso en algunas dictaduras
se han llegado a prohibir los libros de temática religiosa o, incluso,
clásicos como “El cantar del Mío Cid” o, —asómbrense—,
“El Quijote”, situación que reproduce el libro “Fahrenheit
451” de Ray Bradbury, en el que los gobernantes queman todo libro que
encuentran. La intolerancia siempre ha sabido que el libro es su peor enemigo,
porque los libros son una apuesta sobre la trascendencia del hombre.
X. Conclusión
1.
Lo que les propongo es posible, no es una utopía; pero implica un esfuerzo
inicial por su parte: que ustedes vayan por delante. Baudelaire decía
que cualquier hombre de bien puede aguantar un par de días sin comer,
pero no sin poesía. Es una hermosa quimera que, si alguna vez se generalizara,
nos acercaría a la perfección de nuestra imperfecta naturaleza.
Pero no cabe duda de que, mientras tanto, la lectura nos hace más libres
—o menos esclavos—; nos hace felices, porque es un goce para nuestra
inteligencia y para nuestro corazón; o que, al menos, nos ayuda a sobrellevar
las dificultades.
2. Y como supongo que quieren lo mejor para todos sus hijos, también
debo suponer que están dispuestos a poner en marcha la maquinaria lectora
familiar, dentro de su papel —en el que son insustituibles—, de
primeros y principales educadores. Yo les animaría a que dijeran a sus
hijos: “No te compensa dormir en la pasiva inercia de la diversión
convencional. Piensa; atrévete a saber. Rebélate ante lo cutre
y lo que no convence, frente a la superficialidad carente de talento”.
3. He citado muchos testimonios de personas cualificadas con los que coincido,
porque pienso que —en su boca—, esos argumentos tienen más
autoridad ante ustedes. Y porque, además, si ellos lo han dicho o escrito,
sería tonto no aprovecharlos.
4. Mis palabras de hoy aspiran a que todos, sin distinción ni exclusiones,
puedan encontrar un hueco en su agenda para que, con la lectura de libros, destierren
de su lado la vulgaridad alienadora y sean capaces de escuchar los auténticos
latidos del corazón humano. Sí, los libros producen emociones,
amplían la sensibilidad y fortalecen el espíritu para encarar
el futuro ignorado. Sí, los libros son cosa de todos. Estamos todos comprometidos
para salvarlos: sí, los libros son vida. En el lejano año 1857,
ya Flaubert hablaba de “leer para vivir”.
5. El actor inglés Peter Ustinov, que caracterizó a Nerón
en ‘Quo Vadis’ y que veranea en Mallorca desde hace 30 años,
también es escritor. Leí una hilarante novela suya: “El
Viejo y Míster Smith” (el Viejo es Dios y Mr. Smith es el Diablo).
Ambos corren una serie de aventuras en su viaje por diferentes países
de la tierra, con apariencia humana. Ante la Duma, el parlamento ruso, pero
durante la época comunista, Dios-El Viejo sube a la tribuna de oradores
y dice: “…. Creo apasionadamente en el triunfo final del bien, aunque
he de admitir una absurda afición al riesgo. Quizá en el fondo
soy un jugador, pero sólo porque creo que la senda del triunfo final
debe estar, necesariamente, llena de espinas. En la facilidad no hay virtud.
La amenaza del fracaso es el condimento que hace deseables los frutos de la
victoria (...). Recordad sólo que las dudas son necesarias para avanzar,
y que un remordimiento es un vislumbre de Dios” (p. 177).
6. A la vez, preparando esta conferencia, yo mismo me he enriquecido, porque
me ha proporcionado muchas oportunidades vitales en forma de libros. Espero
que también les haya servido a ustedes. Les agradezco su asistencia y
la atención que me han prestado. También quiero dar las gracias
a la APA de Madre Alberta, por volverme a invitar a la “Escuela de Padres”.
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