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La
lectura |
Juan
Perucho. Premio Nacional de las Letras 2002
La Vanguardia, 10/marzo/2002
arvo.net
Es
evidente que sin la lectura no existe afición a la cultura. Es preciso,
pues, empezar la lectura muy pronto, y el interés vendrá gradualmente
por poco que se tengan predisposiciones adecuadas. Es muy importante, por lo
que a mí me parece, tener afición a la lectura porque ésta
es el vehículo normal e insustituible, no sólo por el placer estético
que se espera y produce, sino también por la cultura en general. La lectura
es el vehículo de la cultura. La cultura de la letra impresa. En estos
últimos tiempos, se acostumbra a hablar de otras culturas como, por ejemplo,
la de la imagen y la del sonido. Pero está claro que, sin el substratum
de la escritura, no son cultura. Incluso la acción de estudiar es, normalmente,
lectura. Se observa determinante el hecho de que, para la cultura de la imagen,
sea preciso la educación de los ojos, así como para la del sonido
se requiera la del oído, pero no serían nada sin la implícita
relación con la educación en general y, específicamente,
con la cultura crítica. Y ésta nos viene dada por la lectura,
la cual incluye alusiones e, incluso, ironías.
Ahora bien, de una manera general, se ha de tener en cuenta, en este viaje iniciático,
las consideraciones que hace T. S. Eliot en “Notes towards a definition
of culture”, diciendo que el término cultura tiene diferentes acepciones,
según consideremos el desarrollo de un individuo, de un grupo o clase,
o de toda una sociedad. Pero también se ha de tener en cuenta diversas
formas de realizaciones. Nos encontramos ante un hecho complejo. Podemos —añade
Eliot— pensar en el refinamiento de las maneras, o urbanidad y civilidad;
si es así, primero pensaremos en una clase social. Podemos pensar en
la erudición; si es así, el hombre de cultura es el erudito. Podemos
pensar en la filosofía, en su sentido más amplio, o un interés
en las ideas abstractas, y alguna experiencia para manipularlas; si es así
podemos significar al intelectual.
En realidad, lo había empezado a entender. Intenté analizar el
efecto negativo que producen los medios de comunicación audiovisuales
en los ámbitos de lectura. Primeramente, ésta obligaba a hacer
una gimnasia mental. No hay nada que llegue fácilmente. El acceso a la
cultura es, en un principio, un poco áspero y ascético. Requiere
un esfuerzo que no se hace en forma baladí. Lo más grave, ocurre
por el hecho de que la televisión o la radio se ofrecen de una manera
tan cómoda y fácil, que los aficionados a la lectura se sienten,
incluso, cautivados por sus imágenes sugestivas.
La cultura es, en el fondo, un repertorio de posibilidades. Proporciona los
datos que cada persona, según su manera de ser, su sensibilidad, escogerá
para confrontarse a sí mismo. Como no se puede leer todo, se termina
por asimilar aquello que a uno le conviene fundamentalmente. La cultura que
nos ofrecen las escuelas y las universidades, no da un nivel superior, pero
diverso, porque todo el mundo leerá, es cierto, Shakespeare o Cervantes,
Goethe o Rilke, pero algunos profundizarán más en Balzac o en
Dickens, en Leopardi o en Kafka. Todo el mundo sabe quién es quién;
no obstante, uno se nutre de sus afinidades: ¿Lulio o Bacon? ¿Dostoievsky
o Eça de Querioz? ¿Machado o Valéry? De los dos autores,
el déficit de uno y la abundancia del otro provoca nuestras diferencias.
Somos diferentes porque, a pesar del idéntico nivel de la propia computadora
cultural, hemos bebido en distintas fuentes: conocemos Platón, sí,
pero no Zenón de Elea.
Este hecho nos hace diversos y divertidos. La comunicación de masas (televisión,
radio, cine) nos hace iguales, nos uniformiza, y así nos encontramos
riendo de los mismos chistes y acabamos pensando de la misma manera. Por otro
lado, la lectura nos hace libres y hace posible la meditación de lo que
hemos leído.
Defiendo el concepto de cultura como una práctica de la tolerancia, y
me siento inclinado a afirmar que una persona culta (la que se ha hecho a través
de la cultura) es aquella que puede debatir los problemas más complejos
sin alterarse. Uno se siente tolerante y libre.
Cuando la televisión se pronuncia sobre algo, parece como si fuera cosa
juzgada; produce autoridad absoluta y, evidentemente, es un mal. Se inicia,
desde aquí, un proceso de homologación masiva que, sólo
se podría modificar, incrementando los contenidos culturales. Pero esto
es un pez que se muerda la cola. ¿Quién manda? ¿Los promotores
culturales o el público? Dentro del mundo, estrictamente cultural, también
se formula la misma pregunta. ¿Quién manda, el escritor o el editor?
Ahora se tiende a vender el libro como un producto manufacturado, simplemente,
por las grandes editoriales, como marketing y promoción publicitaria
intensísima. Se edita, al final, lo que quiere el gran público.
Se saldan los libros o se destruyen. A veces, existen simplemente para intimidar
al autor, y castigarlo por no obedecer determinadas exigencias editoriales.
Las anteriores alegaciones sirven para hacer un llamamiento a las instituciones
responsables y conscientes del problema, y recomendarles que protejan la formación
de las bibliotecas públicas y privadas, y que la gente lea y ame el libro,
a través de los educadores, que son casi los únicos que pueden
impulsar el amor al libro, y su lectura. No solo amar el libro, como un producto
de cultura, sino como a una Babà física: cogerlos del suelo, de
los estantes de las bibliotecas, oler el perfume de sus tintas, acariciarlos,
contemplarlos como auténticas joyas. Solamente entonces podremos recuperar
la gran tradición cultural de Occidente que estamos perdiendo muy deprisa.
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