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Cómo
hacer hijos lectores |
Carmen
Lomas Pastor
"Hacer Familia" Nº 84, (Págs. 11-41). Ediciones Palabra,
Madrid 2002
arvo.net

I. INTRODUCCIÓN
AL TEMA
—«De
un tiempo a esta parte vengo observando una profunda preocupación por
la cultura escrita».
Me lo decía, con cierta inquietud, un amigo, hombre especialmente sensible
a los cambios sociales. Su afirmación nos dio pie a un diálogo
rico en reflexiones —llegamos a plantearnos si, dentro de unos pocos años,
la lectura será prácticamente suplantada por otras técnicas
de comunicación— que sin duda pueden ser útiles al lector
de este libro.
Nos encontramos en un momento histórico que puede definirse, entre otras
características, por un vertiginoso proceso de cambio. Un cambio profundo
de las estructuras sociales y económicas, del mundo profesional y de
las relaciones familiares, etc. En este proceso, los sistemas de comunicación
—que cada día nos sorprenden con nuevas tecnologías—
juegan un papel de indudable protagonismo. Los nuevos medios de comunicación
nos ofrecen, casi a diario, posibilidades insospechadas que pretenden facilitar
las relaciones humanas; posibilidades que pueden enriquecer la convivencia pero
que, al tiempo, pueden hacerla más difícil...
Es indudable que los medios audiovisuales —la televisión digital,
los vídeos, los CD-ROM y especialmente la «informática multimedia»—,
están ya presentes en todos los ámbitos de la vida social: la
empresa, la escuela, la familia, el ocio... A través de Internet es posible
acceder, de forma sencilla y prácticamente inmediata, tanto a la información
—exhaustiva y sobre cualquier tema— como a la comunicación
con interlocutores de cualquier parte del mundo.
Es también hoy una realidad patente cómo nuestros hijos, nuestros
alumnos, han alcanzado un dominio importante de estos medios: podríamos
decir que la informática, Internet y, en general, las tecnologías
de la información «no tienen secretos para ellos», forman
parte de su vida cotidiana —de su ocio, de su trabajo escolar...—:
han nacido y han convivido con ellos desde el principio y de forma natural.
Esta situación, con implicaciones educativas y de desarrollo personal
tan positivas, también nos puede provocar esa «profunda preocupación
por la cultura escrita». Nuestros hijos, ¿están igualmente
familiarizados con la lectura y con la escritura?, ¿están desarrollando
una competencia similar en su compresión y expresión oral y escrita?
Durante siglos, los conocimientos se almacenaban en la memoria y eran transmitidos
de generación en generación por medio de la palabra hablada. Cuando
apareció la escritura, la tradición oral era tan fuerte que no
pudo imponerse de manera inmediata. Johannes Gutenberg tropezó con incomprensibles
y dificultades, pero la letra impresa se fue imponiendo como medio de transmisión
de conocimientos. Había que aprender a leer pues la comprensión
escrita era tan necesaria como la comprensión oral.
Ahora estamos viviendo un momento semejante: «Nos encontramos a medio
camino entre lo impreso y lo visual, como en otros siglos se estuvo entre la
oralidad y la escritura» . Con la aparición de la imagen en movimiento
—y gracias a su enorme fuerza y atractivo—, el lenguaje audiovisual
se ha ido imponiendo frente a la letra escrita. Y, ante el «viejo oficio
lector», nos planteamos un gran interrogante: dentro de, por ejemplo,
una decena de años, ¿cómo será, en la forma y en
el fondo, el hábito lector de las nuevas generaciones?
En esta línea, están surgiendo voces autorizadas que se preguntan
si «se perderá el camino recorrido en la difícil carrera
de la alfabetización de las capas más extensas de la sociedad,
para volver a los tiempos en que el libro era un objeto precioso solo al alcance
de unas elites?».
Durante quinientos años —desde la invención de la imprenta—,
el monopolio de la comunicación cultural lo ha ejercido el libro; pero
el hecho de que ahora lo comparta con otros medios, ¿hace temer por su
existencia en el futuro?
Los principales expertos en esta cuestión consideran, sin ningún
género de dudas, que el hecho de que el libro no sea hoy el único
instrumento de comunicación y de transmisión de la cultura, no
quiere decir que no posea un papel específico e insustituible. Así,
por ejemplo, Michel Gault considera que el libro es y seguirá siendo
insustituible «como vehículo de fantasía, de exploraciones
interiores, de meditación, de recreación». Por su parte,
José Jiménez Lozano, haciéndose eco de esta preocupación,
escribía recientemente: «la televisión o el Internet quitan
mucha lectura ¿a quién? Seguro que no será a un lector,
por la sencilla razón de que lo que da la lectura no lo pueden ofrecer
otras cosas, y viceversa; así que cada cual sabrá lo que busca
y lo que necesita».
Los testimonios autorizados sobre el poder evocador de las palabras, que se
hace patente en la letra escrita, son innumerables. Ramón María
de Valle-Inclán dejó escrito: «Las palabras son espejos
mágicos donde se evocan todas las imágenes del mundo». Stephen
King, el autor del primer libro en Internet, hacía las siguientes declaraciones:
«Aunque Internet ofrece grandes posibilidades, no creo que haya nada que
pueda reemplazar a la palabra impresa y a los libros encuadernados».
Así pues, no es verdad que «una imagen vale más que mil
palabras»; hay una equivocación en los términos que habrá
que invertir, pues «es cada palabra la que sugiere —la que encierra—
mil imágenes».
No debemos temer por una posible desaparición del libro. Es razonable
pensar que, dentro de unos años, el libro no será un objeto formalmente
igual al actual: quizá se cambie el soporte de papel por un soporte informático;
quizá el texto aparezca en una pantalla y no podamos pasar nuestra mano
por la superficie de sus páginas; quizá para pasar sus hojas y
avanzar en su lectura tengamos que apretar el botón derecho o izquierdo
de nuestro «ratón»... Pero ahí estará el texto
escrito conteniendo, bajo esos signos, una obra de arte en la que podremos adentrarnos
y de la que podremos gozar.
La lectura será siempre necesaria.
Nuestra sociedad necesita buenos comunicadores, hombres que sepan pensar con
orden y claridad, expresarse bien y saber escuchar. Y esta competencia comunicativa
tiene su fuente de alimentación y entrenamiento en la lectura.
Es verdad que en nuestro país no existen ya prácticamente analfabetos,
pero sí podemos hablar de altos porcentajes de personas que son analfabetos
funcionales, aunque sepan leer y escribir. Estudios estadísticos recientes
sobre los hábitos lectores —libros, prensa diaria, etcétera—
de personas adultas arrojan porcentajes alarmantes: en enero del 2000, el IMEC
hacía públicos los siguientes datos sobre la frecuencia de lectura
de libros en mayores de 14 años:
Casi todos los días 19,9 %
1-2 veces por semana 13,9 %
2-3 veces por semana 4,6 %
Una vez al mes 4,8 %
Menos de una vez al mes 4,5 %
Casi nunca lee 51,8 %
NS / NC 0,5 %
Unos meses más tarde —en noviembre del 2000— se publicaban
los datos de la encuesta sobre hábitos de lectura y compra de libros
de los españoles mayores de 16 años. Cito algunos datos que siguen
estando en la línea de los anteriormente expuestos: 42% de los españoles
no lee nunca o casi nunca (Nunca, 23% y casi nunca, 19%); solo 58% de los españoles
leen regularmente (todos los días, 22% y semanalmente, 36%); 30% de los
españoles no compra ningún libro. La encuesta ha impulsado el
Plan de Fomento de la Lectura que ha elaborado el Ministerio de Educación,
Cultura y Deportes y que va dirigido a la población escolar comprendida
entre los 10 y los 16 años, por ser esta «la edad en la que se
pueden adquirir hábitos sólidos y constantes» (Pilar del
Castillo).
Las estadísticas sobre hábitos de lectura en la población
escolar son difíciles de elaborar, pues el niño que dice leer
posiblemente lo hace por las necesidades del currículo escolar, pero
estas lecturas no responden a lo que es un hábito lector.
Contrastando con esos datos estadísticos, la producción editorial
de libros infantiles y juveniles sigue un ritmo desproporcionado: anualmente
se publican más de cinco mil títulos. Este elevado número
de publicaciones puede generar cierta confusión en los padres y en los
educadores escolares, e incluso en los libreros, a la hora de orientar la lectura
de sus hijos y de sus alumnos: es difícil acceder, con la suficiente
profundidad, a todo lo publicado, y distinguir el buen libro del malo; resulta
por tanto complicado elegir y recomendar lo mejor y más adecuado para
cada uno.
Y, sin embargo, esta elección y orientación resultan fundamentales,
especialmente para los que se están iniciando en el hábito de
la lectura. En esos inicios es muy importante que las primeras lecturas sean
atractivas, capaces de llamar y mantener la atención y el interés
del lector novel; que su lenguaje —vocabulario, estilo...— se adecue
a su edad; que la temática responda a sus intereses y madurez; etcétera.
En caso contrario, es fácil sembrar la decepción (con dos o tres
decepciones de este tipo, corremos el riesgo de perder un lector, con lo que
esto supondrá para su futuro crecimiento personal).
Junto a esta necesidad de orientación, cada vez es mayor el número
de padres que solicitan estrategias concretas —sencillas y eficaces—
que les permitan realizar con sus hijos una animación lectora y conseguir
despertar en ellos el deseo y el gozo de leer.
Aunque no existen fórmulas infalibles, ni se ha encontrado ningún
sortilegio que pueda convertir de la noche a la mañana a una persona
en amante de los libros, sí conocemos técnicas y procedimientos
que pueden facilitar esta importante acción educativa de la familia:
fomentar la afición y el gozo por la lectura. Trataremos algunos de ellos
en este libro. También ofreceremos orientación sobre títulos,
tanto de literatura actual como clásica, adecuados para las diferentes
edades.
En todo caso, es importante ser consciente de que hacer de nuestros hijos grandes
lectores es una conquista que solo es posible con esfuerzo y convencimiento,
y que exige plantearse —sin desánimos— objetivos a corto
y medio plazo. Se trata, además, de una conquista que requiere por parte
de los educadores entusiasmo contagioso en el amor por la lectura.
Así mismo, es preciso ser consciente de que cada hijo es irrepetible
y que las estrategias han de diseñarse individualmente con cada uno.
Cada persona tiene sus intereses y cada libro tiene su público lector.
En esto precisamente insiste Ibáñez Langlois cuando afirma:
• Hay libros que soportan cualquier lector.
• Hay lectores, tan voraces, que soportan cualquier libro.
• Hay libros que tienen diversos niveles de lectura.
• Hay libros que pueden leerse siempre.
• Hay libros que solo se leen con placer y sabiduría en la juventud.
• Hay libros que no deben leerse nunca.
• Hay libros que marcan para siempre.
Así pues, con este libro deseo ofrecer soluciones a dos cuestiones que
se plantean los padres con la preocupación de hacer de sus hijos buenos
lectores:
1°. ¿Qué puedo hacer para que mis hijos adquieran la afición
lectora?
2º. ¿Qué libros son los más adecuados para cada uno
de ellos?
La primera cuestión nos remite a las técnicas de animación
a la lectura, a las estrategias que podemos poner en práctica para acercar
el libro al niño y despertar su deseo de leer. La segunda supone establecer
criterios para elegir un libro adecuado para cada uno de nuestros hijos, y ofrecer
una relación comentada y suficientemente amplia.
Ojalá sepa dar una respuesta satisfactoria a estos dos interrogantes
y así ayudaros en esta gran tarea.
II. IMPORTANCIA DE LA LECTURA
La
lectura tiene una gran importancia en el proceso de desarrollo y maduración
de los niños. Desde hace unos años se está notando un creciente
interés de los padres por la lectura de sus hijos, quizá porque
saben —se les dice así desde los medios de comunicación—
la relación que existe entre lectura y rendimiento escolar.
Desde estas páginas quisiera hacerles conscientes de que el potencial
formativo de la lectura va más allá del éxito en los estudios;
la lectura proporciona cultura, desarrolla el sentido estético, actúa
sobre la formación de la personalidad, es fuente de recreación
y de gozo.
La lectura constituye un vehículo para el aprendizaje, para el desarrollo
de la inteligencia, para la adquisición de cultura y para la educación
de la voluntad.
¿Qué
es ser lector? ¿Basta saber leer
para ser lector?
Etimológicamente
la palabra leer viene del verbo latino «legere» que significa «coger».
Así pues, leer es descifrar un mensaje, comprender lo que está
escondido tras unos signos exteriores: leer es desentrañar, descubrir.
Tradicionalmente ha sido la escuela la institución encargada de enseñar
a leer, a comprender un contenido expresado en signos gráficos, a conocer
y utilizar una técnica lectora. Pero somos conscientes —la experiencia
nos lo demuestra cada día— que no basta saber leer, no basta conocer
las técnicas lectoras y comprender el texto escrito para ser un lector.
Muchas personas reducen la lectura al uso indispensable como instrumento informativo:
letreros, avisos, cartas... Algunos llegan a leer ciertos asuntos relativos
a su trabajo, pero no tienen interés por leer otras cosas. Leen por necesidad
pero no han llegado a captar el placer que puede proporcionar la lectura. Hacen
pensar en esos aparatos sofisticados que pueden hacer muchas cosas, pero que
por ignorancia o falta de capacidad de quienes los usan, solo sirven para realizar
un trabajo rutinario y exento de creatividad. No son analfabetos pero tampoco
son lectores.
Ser lector supone convertir la lectura en una necesidad vital, hacer de la lectura
un hábito voluntario, una actividad elegida libremente, deseada y gustosa.
Pedro Salinas definía al lector como «el que lee por leer, por
puro gusto de leer, por amor invencible al libro, por ganas de estarse con él
horas y horas, lo mismo que se quedaría con la amada» (...) «Ningún
ánimo, en él, de sacar de lo que está leyendo ganancia
material, ascensos, dineros, noticias concretas que le aúpen en la social
escala, nada que esté más allá del libro mismo y de su
mundo» (El defensor. Ed. Alianza. Madrid, 1967).
José Antonio Pérez-Rioja, en su libro La necesidad y el placer
de leer, afirma: «Cuando de verdad se habitúen a leer, experimentarán
por sí mismos que se puede gozar leyendo, que sumirse en la lectura de
ciertos libros supone muchas veces una evasión y que hay también
otros libros que nos producen una ilusión inmensa». Cuando esto
se ha experimentado personalmente, podemos decir que tenemos un lector.
Para ser lector, para tener el hábito de la lectura, no basta con que
el niño sepa leer —incluso en el caso de que sea un diestro lector—,
es necesario que experimente el goce de leer.
¿Qué bienes reporta la lectura?
Voy
a realizar una enumeración —no pretendo que sea exhaustiva—
de bienes que trae consigo la actividad lectora, y así ayudar a interiorizar
su importancia. También quiero indicar que el beneficio personal que
cada lector saca de la lectura es muy variado, pues todas las actividades humanas
—por ser libres— son irrepetibles y personales.
En cualquier caso, podemos afirmar que con la lectura llegan a la persona un
cúmulo de bienes que la mejoran.
La lectura no solo proporciona información (instrucción) sino
que forma (educa) creando hábitos de reflexión, análisis,
esfuerzo, concentración... y recrea, hace gozar, entretiene y distrae.
• La lectura ayuda al desarrollo y perfeccionamiento del lenguaje. Mejora
la expresión oral y escrita y hace el lenguaje más fluido. Aumenta
el vocabulario y mejora la ortografía.
• La lectura mejora las relaciones humanas, enriqueciendo los contactos
personales. Nutre los contenidos de nuestras conversaciones y nos ayuda a comunicar
nuestros deseos y sentimientos. Nos da la posibilidad de conocer a personajes
que de otro modo no podríamos haber conocido y asomarnos al interior
de muchas personas entablando con ellas una sabrosa conversación que
nos enriquece... Según Huang Shanku: «Un sabio que no ha leído
nada durante tres días siente que su conversación no tiene sabor
(se hace insípida)».
• La lectura da facilidad para exponer el propio pensamiento y posibilita
la capacidad de pensar. Podemos decir que proporciona materia para pensar ya
que no se puede pensar si no tenemos ideas, palabras, conceptos. Hace años
circuló un eslogan para fomentar la lectura que decía: «Si
no lees, calla, se nota».
• La lectura es una herramienta extraordinaria de trabajo intelectual
ya que pone en acción las funciones mentales agilizando la inteligencia.
Por eso tiene relación con el rendimiento escolar.
Cuando esta actividad se realiza de una forma puramente mecánica, sin
comprensión de lo leído, es fácil que genere en los niños
una «fobia» ante el libro; un miedo secreto, inconfesado, inconsciente,
a no entender un texto que le llena de inseguridad y la angustia ante un libro;
y si el libro tiene muchas páginas — «es gordo»—
esta repugnancia aumenta pues le hará pensar en las muchas horas de esfuerzo
que le va a exigir su lectura, un esfuerzo especialmente ingrato por ser ineficaz.
• La lectura aumenta el bagaje cultural; proporciona información,
conocimientos. Cuando se lee se aprende. Leer para saber quiénes somos
y de dónde venimos y adónde vamos; leer para iluminar nuestro
presente teniendo memoria del pasado; leer para comprender los fundamentos de
nuestra civilización. Podemos afirmar que un chico que lee es un hombre
que sabe, un hombre que piensa. La lectura, enriquece nuestra vida.
• La lectura amplía los horizontes del individuo permitiéndole
ponerse en contacto con lugares, gentes y costumbres lejanas a él en
el tiempo o en el espacio. Por el contrario, el hombre que no tiene el hábito
de leer, está apresado en su mundo inmediato. Recuerdo la experiencia
realizada por una bibliotecaria, enamorada de su trabajo, que trabajaba en el
extrarradio de una gran ciudad. Aquellos niños —que no disponían
de medios económicos para desplazarse a otros lugares— periódicamente
realizaban «grandes viajes» con los libros; vivían una maravillosa
aventura yendo a lugares lejanos a través de unas lecturas bien seleccionadas.
Aquellos viajes les aportaban unos conocimientos iguales o mayores que los que
pueden adquirir quienes realizan un desplazamiento real.
La lectura estimula y satisface la curiosidad intelectual y científica.
La curiosidad no se puede forzar, hay que despertarla. Y la curiosidad del lector
es insaciable; leyendo va encontrando respuestas a sus interrogantes, al tiempo
que genera nuevas preguntas. «Estimular la lectura será pues, promover
interrogantes» (G. Janer Manila).
Menéndez Pelayo —cercana ya su despedida de este mundo— afirmaba:
«Lo único que siento es la cantidad de libros que aún me
quedan por leer».
• La lectura despierta aficiones e intereses.
Es una puerta abierta por la que nos asomamos a mundos inéditos, a parcelas
de la vida cultural, social, artística, etc. que no hubiéramos
conocido nunca si no hubiera sido por los libros.
• La lectura desarrolla la capacidad de juicio, de análisis, de
espíritu crítico. El niño lector pronto empieza a plantearse
porqués. ¿Por qué este autor afirma lo contrario que este
otro? ¿Qué ventajas tiene este planteamiento frente a aquel? ¿Dónde
está la verdad? ¿Dónde está la opinión?
• La lectura fomenta el esfuerzo pues exige una colaboración de
la voluntad. La lectura exige una participación activa, una actitud dinámica.
El lector es protagonista de su propia lectura, nunca un sujeto paciente. Mientras
leemos todas nuestras facultades están en «alerta»: vemos,
oímos, olemos, recordamos, sentimos amor, odio, envidia... ¿No
es cierto que hemos sentido «el olor de las hojas empapadas y los troncos
podridos» que percibió el doctor Livesey cuando al llegar a la
isla «olfateaba y olfateaba como quien prueba un huevo podrido»?
• La lectura potencia la capacidad de observación, de atención
y de concentración. Estas cualidades son muy necesarias en nuestro mundo.
El niño tiene mucha dispersión porque está reclamado constantemente
por cosas muy variadas y, como todas le interesan, no quiere renunciar a ninguna
siendo muy superficial la atención prestada a cada una. Al niño
le cuesta concentrarse y somos conscientes de que objetivamente lo tiene difícil.
La lectura puede ser nuestra aliada para promover y desarrollar el hábito
de la atención.
• La lectura facilita la recreación de la fantasía y el
desarrollo de la creatividad. El lector, durante la lectura, recrea lo que el
escritor ha creado para él. ¿No es verdad que cuando hemos ido
al cine a ver la película del libro que hemos ya leído, la película
no acierta a darnos lo que esperábamos? Cada lector recrea el libro,
ha de imaginar todo. En una película todo está dado, nada se conquista,
hasta los sonidos que acompañan a una acción están ya determinados.
En cambio, la experiencia lectora es tan personal que podemos afirmar que un
mismo libro puede ser distinto para personas diferentes; cada lector la interpreta
libremente según su modo de ser, sus conocimientos, sus experiencias
y los sentimientos que le provoca.
Incluso cuando el mismo lector vuelve a leer el mismo libro en períodos
diferentes, logra un sabor distinto. Siempre al leer hacemos nuestro libro,
pues siempre la lectura queda teñida por nuestra experiencia y nuestra
visión interior.
• La lectura es un acto de creación permanente. Laín Entralgo
señala: «Todo cuanto un hombre lee es por él personalmente
recreado, vuelto a crear (...). Pero el lector, además de recrear, se
recrea, se crea a sí mismo de nuevo, vuelve a crear su propio espíritu».
• Las lecturas nos cambian igual que las buenas o las malas compañías.
Toda lectura deja huella, uno no es el mismo después de cada lectura.
Por eso se afirma que «un libro es un amigo». En ocasiones un libro
es nuestro mejor amigo, aquel que nos consuela, acompaña, distrae, aconseja
y deja en libertad.
• La lectura favorece el desarrollo de las virtudes morales siempre que
los libros se seleccionen adecuadamente. Las lecturas proponen modelos para
admirar e imitar; y, mientras los modelos vivientes (padres, profesores, etc.)
pasan, los protagonistas de los libros permanecen.
• Las lecturas nos hacen más libres. Hace unos años hubo
un eslogan para la promoción de la lectura que decía: «Más
libros, más libres». Y es que todo acto de lectura es un acto de
libertad. El individuo ante el libro se siente libre. El lector manda sobre
el libro, puede estar de acuerdo o en desacuerdo con las afirmaciones del texto,
puede leer ordenadamente o enterarse del final, dar marcha atrás y releer
unas páginas, ir hacia delante saltándose una parte, interrumpir
la lectura... También el lector tiene esa otra libertad que es la de
hacer su propio libro con su participación activa, imaginando, explorando,
encontrando respuestas y haciéndose preguntas que solo él podrá
responder.
• La lectura potencia la formación estética y educa la sensibilidad
estimulando las buenas emociones artísticas y los buenos sentimientos.
Las lecturas nos ayudan a conocernos a nosotros mismos y a los demás,
y —de este modo— favorecen la educación del carácter
y de la afectividad, despertando buenos sentimientos. La lectura nos enriquece
y nos transforma, nos hace gozar y sufrir.
• La lectura es un medio de entretenimiento y distracción, que
relaja, que divierte. Muchos «sesudos» padres dan poca importancia
a esta cualidad de la lectura, les parece que la lectura es algo serio que no
se puede convertir en divertimento, creen que hay que leer para instruirse y
que la lectura que no aporta instrucción es una pérdida de tiempo.
¡Qué equivocados están! Quizá no han descubierto
que el ocio es un valor.
• La lectura es una afición para cultivar en el tiempo libre, un
hobby para toda la vida. Una afición que puede practicarse en cualquier
tiempo, lugar, edad y situación; una afición al alcance de todos;
una afición que cultiva lo más especifico del hombre: su entendimiento,
su voluntad, su imaginación y creatividad, sus ideales y valores humanos.
La lectura es una afición que está al alcance de todos siempre.
Ya Montesquieu afirmaba: «Amar la lectura es trocar horas de hastío
por horas deliciosas».
• La lectura es fuente de disfrute, de goce, de felicidad. Se ha hablado
mucho de «el placer de leer», y esta frase expresa una verdad. Leer
es una pasión, algo que envuelve a la persona entera y le comunica un
deleite porque es una actividad auténticamente humana.
Para explicar qué es el goce de la lectura voy a transcribir unos párrafos
de Michael Ende en La historia interminable que me parecen especialmente elocuentes:
«Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las
orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo,
olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba
quedando helado...
»Quien nunca haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo
la manta, porque papá o mamá o alguna otra persona solícita
le ha apagado la luz con el argumento bien intencionado de que tiene que dormir
porque mañana hay que levantarse...
»Quien nunca haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas
porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós
a personajes con los que había corrido tantas aventuras, a los que quería
y admiraba, por los que había temido y rezado, y sin cuya compañía
la vida le parecía vacía y sin sentido...
»Quien no conozca todo eso por propia experiencia, no podrá comprender,
probablemente, lo que Bastián hizo entonces. Miró fijamente el
título del libro y sintió frío y calor a un tiempo. Eso
era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde
que se había entregado a su pasión venía deseando: ¡Una
historia que no acabase nunca! ¡El libro de todos los libros!».
Leer para vivir
Se
dice del maestro Fray Luis de León que anduvo en pleitos y buscando dineros
para saldar las cuentas de sus libros «que eran también libros
de su vida y sin los cuales no podía vivir».
Cuando leemos, la vida adquiere una mayor plenitud. Cuando la lectura ha entrado
a formar parte de la vida de una persona, no leer supone una mutilación,
una ausencia dolorosa. ¿No habéis leído cómo en
los campos de concentración nazi, algunos sobrevivieron recitando de
memoria obras literarias? ¿Cómo se puede vivir sin leer cuando
la lectura se ha convertido en una necesidad vital? Podemos afirmar con C. Bertolo
que «la enfermedad de leer tiene sus ventajas».![]()