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y editores |
Jesús
Marchamalo
Diario ABC - 1º/marzo/2002
André
Gide se justificó después y afirmó que había visto
el original sólo por encima, pero lo cierto es que Gallimard, la editorial
para la que entonces trabajaba, rechazó el manuscrito de Proust “Por
el camino de Swann”, que tras dos años de calvario apareció
publicado por Bernard Grasset, en 1913, en una edición costeada por el
propio autor: el libro se convirtió en un éxito de ventas, y Gallimard
tuvo que comprar los derechos de la obra años más tarde.
Tampoco Thomas Mann tuvo más suerte con su novela “Los Buddenbrook”.
Se la llevó a Fisher para que la publicara, y se encontró con
que el editor le exigió que la redujera a la mitad. Cuando finalmente
el libro fue publicado, después de innumerables avatares, fue tal el
éxito que se cuenta que Fisher tuvo que comprar un camión, el
primero con el que contó la editorial, para poder atender los pedidos.
Otro autor que también tuvo problemas fue Benito Pérez Galdos.
Aconsejado por Antonio Maura, que se prestó a defenderle ante los tribunales,
demandó al editor Hernando, con quien le vinculaba un contrato de por
vida. En 1897, tras años de litigio, consiguió recuperar la propiedad
de sus obras, y el derecho a reimprimirlas y venderlas pero a cambio de tal
cantidad de dinero que tuvo que ponerse de inmediato con la tercera serie de
los Episodios Nacionales.
Las relaciones entre autores y editores nunca han sido fáciles, y la
historia de la edición está llena de mutuos recelos y desconfianzas.
Cuando Mario Muchnik publicó en 1999 el primer tomo de su autobiografía
editorial, en la portada aparecía un sugestivo titulo: “Lo peor
no son los autores”. «La idea nació de un viejo libro de
Ben Hecht, un guionista de Hollywood que tituló sus memorias “Los
actores son un asco”, lo que me llevó inmediatamente a pensar en
“Los autores son un asco”. Luego me di cuenta de que en el negocio
editorial lo peor no son los autores, caí en que incluso pueden ser los
buenos, y desde luego la parte más remunerativa siquiera en el sentido
espiritual de la palabra». Muchnik, que lleva más de treinta años
en el mundo editorial ha publicado casi quinientos títulos, y ha trabajado
con más de trescientos autores. «La relación autor editor
está condicionada por una cuestión de paternidad. Hay un señor,
el autor, que es el padre de una obra, pero hay otro señor que también
de alguna manera es padre de la misma obra, y ahí surgen los problemas
en los que, en el fondo, siempre subyace un conflicto de paternidades».
En todo caso, hay escritores con los que es fácil tratar —Julio
Verne, por ejemplo, mantuvo unas modélicas relaciones con su editor Hetzel,
con el que le unía un contrato por el que se comprometía a entregarle
dos libros al año durante veinte años—, y escritores de
trato más complejo. Especialmente susceptible con la edición de
sus libros fue el joven Kafka que, cuando publicó “La metamorfosis”,
se quejó de que el interlineado era un milímetro menor que otro
libro que acababa de publicar la misma editorial.
Añadidos y tachones
También
Balzac era extremadamente minucioso en la corrección de sus originales,
hasta el punto de que los cajistas parisinos que componían sus libro
se turnaban cada hora, y exigieron cobrar el doble por él tiempo dedicado
a aquel inextricable bosque de añadidos y tachones. Otro caso singular
fue el de Proust. Era tal el número de rectificaciones que hacía
en sus galeradas que acabaron por asignarle un corrector sólo para él,
que en algún momento fue André Bretón. «Entre todos
los autores con los que he trabajado», es de nuevo Mario Muchnik, «he
tenido tres realmente obsesionados por el aspecto físico del libro: Jorge
Guillén, Elías Canetti y Julio Cortázar. Guillén
imponía un número de versos por página, y todas sus ediciones
están compuestas de la misma manera, me atrevería a decir que
escribía pensando en la caja del libro. Canetti se interesaba por los
más pequeños detalles: el texto de la solapa, la faja, al igual
que Cortázar. Tuve la suerte de editarle uno de sus libros difíciles,
al menos desde el punto de vista de la edición, “Los autonautas
de la cosmopista”, lleno de juegos tipográficos e ilustraciones,
en cuya composición él participó activamente, sugiriendo
incluso el diseño de la cubierta, en la que hubo que hacer un fotomontaje
siguiendo sus instrucciones».
Otro autor preocupado hasta la obsesión por el aspecto de sus libros
fue Juan Ramón Jiménez, que a menudo mantuvo unas relaciones difíciles
con sus editores. Él mismo fundó una revista, “Índice”,
en cuya selecta biblioteca publicó unas cuidadas ediciones de Alfonso
Reyes, Bergamín o Salinas, entre otros, antes de decidirse a poner en
marcha una editorial para cuidar de su «propia y sola obra» en la
que, por cierto, el cuidadoso Juan Ramón («voy a morir un día
de una errata»), acentuó la palabra sola.
También Valle-Inclán se ocupaba personalmente de sus libros, que
él mismo editaba, y de los que a veces cortaba párrafos enteros
para ahorrar papel y cuando Josep Pla publicó sus obras completas en
Destino, envió una carta al editor, Josep Vergés, donde
le recomendaba el tipo de papel, la letra que a su juicio debía tener
el libro e incluso el color de las tapas, que debían ser rojas porque
en las bibliotecas —decía—los libros de ese color causan
un gran efecto. «Siempre que puedo y me dejan, intervengo en todo».
Andrés Trapiello, último Premio Nadal, es escritor, editor y tipógrafo.
«A veces esto es complicado en las grandes editoriales y me quedo en un
rincón. En todo caso, debo confesar que cada vez me importa menos que
me hagan libros feos, como cada vez me importa más hacer hermosos aquellos
que cuido yo. Aun así, y a estas alturas suelen dejarme elegir la ilustración
de las cubiertas, así ha ocurrido con la reedición de “Las
armas y las letras”, y también con “Los amigos del crimen
perfecto”».
Otro aspecto que llama la atención es el interés que en multitud
de casos despierta en los escritores el mundo de la edición. Walt Whitman,
que trabajó como cajista en una pequeña imprenta en Brooklyn,
aprovechó sus conocimientos para componer él mismo la primera
edición de “Hojas de hierba”; lo mismo que el poeta Georges
Duhamel, que había aprendido el oficio de tipógrafo, y que se
editó su primer libro de poemas. En España, Giménez Caballero
compuso las “Notas marruecas de un soldado” en la imprenta que tenía
su padre, a ratos perdidos, y José Bergamín abandonó durante
unos meses la carrera de Derecho para conocer de cerca el funcionamiento de
las prensas y linotipias.
Luis Cernuda, que vivía en Madrid en la calle de Viriato, en la misma
finca donde tenía la imprenta Manuel Altolaguirre, bajaba a menudo a
ayudarle a componer textos. Gonzalo Santonja es escritor y ensayista: «El
caso de Altolaguirre, como el de Bergamín, ambos poetas y editores, es
excepcional aunque sólo relativamente, ya que los dos se miran en el
espejo de Juan Ramón que es, a mi juicio, el maestro de este tipo de
ediciones que convierten el libro en un objeto poético, no sólo
en lo que respecta al verso, sino también al aspecto. Con ellos el libro
se convirtió en un objeto cuidado y exquisito de una gran belleza tipográfica».
La generación del 27 al completo
Altolaguirre
y Bergamin, desde las revistas “Litoral y “Cruz y Raya”, respectivamente,
y sus colecciones de suplementos se convirtieron en los editores más
importantes de la generación del 27, a la que publicaron prácticamente
al completo: Alberti, Guillén. Aleixandre, Lorca, Cemuda... «Estos
poetas editores saltaron muy bien sobre la guerra, y de hecho continuaron con
su trabajo en el exilio», es de nuevo Santonja. «Manuel Altolaguirre
y Concha Méndez, en La Habana, desde la imprenta La Verónica,
de la que salieron colecciones tan hermosas como la de “El ciervo herido”;
Bergamín, en México, al cuidado de Séneca, y Alberti en
Buenos Aires, donde dirigió, bajo el sello de Pleamar, una bellísima
colección de clásicos en castellano».
Hay otros muchos escritores convertidos también en editores, al menos
de sus propios libros. Borges lo hizo con “Fervor de Buenos Aires”
con el dinero que le dio su padre. Sábato pagó la primera edición
de “El túnel” con lo que le había prestado su amigo
Rogelio Frigerio. Rimbaud supervisó personalmente la edición de
“Una temporada en el Infierno” que pagó su madre. Y cuando
Lewis Carroll publicó “Alicia en el país de las maravillas”,
ofreció al editor McMillan hacerse cargo él mismo de los gastos
de la edición, para que el libro no le resultara gravoso. «Creo
que hay una mezcla de timidez y orgullo», opina Andrés Trapiello.
«O al menos ésas fueron las razones por las cuales yo me edité
mi primer libro con mi propio dinero, en una colección que se llamó
“La Ventura”, que dirigíamos Juan Manuel Bonet y yo, y que
logró financiarse malamente hasta que murió de inanición.
Me gustaban los libros de otros poetas editores, Juan Ramón y Altolaguirre,
pero también subyacía cierto temor al rechazo si me decidía
a llevar mi manuscrito a una editorial».
Alguno de estos libros, de tiradas cortas y mal distribuidas en su momento,
alcanzan hoy precios astronómicos en el mercado bibliográfico.
Es el caso de una edición de “El pozo” que Juan Carlos Onetti
preparó con unos amigos en una minerva artesanal que habían comprado
en Buenos Aires. Inventaron un supuesto sello editorial, Signo, hicieron una
ilustración de portada imitando un dibujo de Picasso, firma incluida,
y tiraron 500 ejemplares que en la práctica no llegaron a comercializarse
y por los que hoy se pagan pequeñas fortunas.
Resta tratar el extenso capítulo de los fracasos, de los libros que en
su momento no contaron con el favor del público, y que justifican la
reticencia de los editores a la hora de lanzarse a la aventura editorial. Por
ejemplo, de la primera recopilación de poemas publicada por Herman Hesse
en la editorial Pierson, de Dresde, se vendieron 54 ejemplares de los 600 que
componían la edición. Tampoco tuvo suerte Robert Walser con su
libro “Los cuadernos de Fritz Kocher”, editado en 1904 por Breitkopf
& Hartel, quienes un año más tarde se dirigieron al autor
para comunicarle que hasta ese momento se habían vendido 47 libros. Por
cierto que Walser siempre intervino en la elección del formato de sus
libros, sugería tipos de letra y solía pedir muestras del papel,
para aprobarlo.
700 ejemplares de “Los gozos y las sombras”
En
España costó vender la primera entrega de la trilogía “Los
gozos y las sombras”, de Torrente Ballester; cuyas ventas, incluidos los
libros de cortesía, no sumaron los 700 ejemplares de la primera edición,
y tampoco tuvo nunca grandes liquidaciones Juan Benet, cuyos amigos fantaseaban
con la posibilidad de que él mismo las falsificara borrando algún
cero. «No es que vendiera poco, sino que para ser el mejor novelista español
de finales del siglo XX, nunca vendió lo que debía». Luis
Suñén es en la actualidad director de Ediciones Espasa Calpe.
“De su libro “En la penumbra” agotó los veinte mil
ejemplares de la primera edición. Recuerdo que se hizo una tirada considerable
porque el propio Benet pidió a los editores que apostaran definitivamente
por él. Coincidió también con que la editorial cambió
de diseño y con que hubo una muy buena promoción y anuncios, y
eso, qué duda cabe, ayudó. Fue su obra más vendida».
Benet, que tuvo fama de hombre complicado, era un autor exigente pero disciplinado.
Siempre estaba dispuesto a discutir con los editores sobre sus textos, solía
elegir las ilustraciones de cubierta, y a comentar, a veces con cierta ironía,
los textos que le escribían para las solapas.
Falta hablar de las relaciones ejemplares. La de Miguel Delibes con su editor,
Josep Vergés, con quien publicó prácticamente toda su obra
a lo largo de casi 40 años, y cuya correspondencia se ha editado recientemente
en Destino. También por la correspondencia que se conserva se
comprueba la relación de amistad que unía a Schiller con su editor;
Johan R. Cotta, a quien trataba como un confidente y consejero; o la de Rilke
con Kippenberg, al que se dirigía no sólo para transmitirle sus
dudas y problemas literarios, sino incluso para confiarle la elección
de los regalos para su mujer y su hija. ![]()