El verbo leer no soporta el imperativo

La Nueva España
Boletín Cegal.net – www.libreros.org. 7/octubre/2003

Hace falta gran imaginación para ser hombre de ciencia. La utopía es tan educativa como la realidad. El problema es que, como dice J. Held, «el valor educativo de lo fantástico no se distingue bien, porque es un valor indirecto que actúa a largo plazo». No es posible un aprendizaje inmediato.
Hay otra ventaja de la ficción que muy bien explica Jacob Bronowski: «Cuando Newton observó la Luna y la vio como una pelota arrojada alrededor del mundo, daba comienzo a una gigantesca metáfora. Cuando ésta terminó, era una fórmula calculable, era un algoritmo». Hace falta gran imaginación para ser hombre de ciencia. La utopía es tan educativa como la realidad. El problema es que, como dice J. Held, «el valor educativo de lo fantástico no se distingue bien, porque es un valor indirecto que actúa a largo plazo». No es posible un aprendizaje inmediato.

Leer ficción no es fácil: exige un esfuerzo suplementario, no permite una actitud pasiva porque obliga a optar permanentemente, frente a la inevitable parcelación de los libros técnicos y científicos («ante cada situación —dice Umberto Eco— elige una solución; para cada personaje, una cara imaginaria; para cada escenario, visualiza un cuadro...»). La ficción estimula el pensamiento, enseña a pensar. Valoraba J.R. Caso: «Para estudiar matemáticas es tan indispensable la literatura como los aprendizajes específicos de la materia». Sentenciaba Ortega y Gasset: «Los hechos deben ser el final de la educación; primero mitos; sobre todo, mitos. Los hechos no provocan sentimientos».

La lectura infantilizada: Otro mito es creer que debemos rebajar nuestro lenguaje para ponernos a la altura del lector, escribir con intencionalidad, condicionarse con el destinatario y caer en el lenguaje infantilizado para atraer la atención y el interés, olvidando, como dice Pennac, que «en literatura la madre de la tontería es siempre la intención».
Rafael Sánchez Ferlosio piensa que hay una tendencia a confundir «el lenguaje para los niños» con «el habla de los niños», lo que «perrifica» el lenguaje: cuando era pequeño, Ferlosio se ponía a cuatro patas para hablar con sus perros, creyendo que así le entendían mejor, y esto es lo que hacen muchos adultos cuando se dirigen a los niños.
Los niños necesitan tomar a diario «baños de lenguaje», porque es necesario distinguir entre el lenguaje-herramienta y el lenguaje-creador, que les hace crecer y progresar. «Del mismo modo —dice Jacqueline Held— en que se retarda la maduración de un niño hablándole en un lenguaje bebé, también lo empobrecemos ofreciéndole textos cuyo vocabulario ya maneja por sí mismo. Postular que se debe dar al niño de tal edad un texto claro y simple, hecho con palabras conocidas y reutilizables de inmediato, sería admitir que el texto en cuestión se dirige sólo al intelecto del niño... Un texto es recibido no sólo en el nivel de la inteligencia, sino en el nivel de la sensibilidad y de la imaginación... Privar al niño de palabras desconocidas sería privarlo de un material esencial de juego y sueño».
A los jóvenes les gustan los juegos de palabras, los vocablos altisonantes, los significados desconocidos. Carmen Riera da testimonio de su infancia: «Cuando mi padre me leyó La sonatina de Rubén Darío, me quedé literalmente fascinada. Le pedí que la releyera no sé cuántas veces hasta aprenderla de memoria. Me encantaban las palabras que desconocía, especialmente las más musicales, como “golgonda” y “argentina”, que me parecían varitas mágicas capaces de transformar en maravillosa la realidad más mostrenca».
Jugar con las palabras es comenzar a jugar con las ideas.

La lectura interesada: Los jóvenes tienen su propia percepción sobre las cosas, saben lo que les gusta o les disgusta, y en los libros, su innato sentido crítico y su intuición les hace ver que no todo lo que tienen que leer está acorde con sus intereses.
Tolkien piensa que es una ilusión de los adultos pensar que a los niños les gusta todo, ilusión que él cree debida a tres causas principales:
-La humildad de los niños, que no desean contradecir al adulto que, imbuido de autoridad, les recomienda una historia.
-La falta de experiencia crítica y de vocabulario («si no les gusta, no logran expresar bien su desagrado ni logran razonarlo»).
-La voracidad: les gusta de forma indiscriminada una gran cantidad de cosas diferentes, sin molestarse por analizar los distintos niveles de su creencia.
Como el autor de El Señor de los Anillos, el psicoterapeuta norteamericano Bruno Bettelheim opina que muchos alumnos «fingían que les gustaban las historias que leían porque estaban convencidos de que el maestro no les hubiera sugerido la lectura si no hubiese estado convencido de que les gustaría».

La lectura comprensiva: Juan Ramón Jiménez dijo: «No importa que el niño no lo comprenda todo. Basta que se contagie del acento, como se llena de la frescura del agua, del calor del sol y la fragancia de los árboles; árboles, sol, agua, que ni el niño, ni el hombre, ni el poeta entienden en último término lo que significan». Muchas veces el exceso de celo, el afán por que el alumno lector lo comprenda todo y dé explicaciones de lo leído es contraproducente y perjudicial. Si no lo comprenden, no son capaces de dar explicaciones razonadas. Si lo comprenden, puede que no encuentren las palabras precisas para explicarse, piensen que su explicación no será del agrado de su interlocutor adulto o puede que no quieran dar explicaciones de una historia que puede violentar su intimidad, su manera de entender las cosas.
La lectura transmuta en hábito cuando el contacto con lo leído es íntimo y personal, dando pie a la reflexión, a la comunicación personalísima entre el lector y los personajes de la trama. Proust definía la lectura como «ese milagro fecundo de una comunicación en el seno de la soledad».
«Los escasos adultos que me han dado de leer —señala Pennac— se han borrado siempre delante de los libros y se han cuidado mucho de preguntarme qué había entendido de ellos». Importa más el espíritu que la letra, la posición en que nos deja el libro, como pensaba Azorín: «Cuando se lee inesperadamente por goce, acaso no se puedan dar luego detalles del libro, pero el espíritu y el ambiente de la obra sí lo recogeremos. Y esta impresión total, esta sensibilidad es lo que, en definitiva, nos da el valor verdadero del libro».
R. Dahl, en Matilda, cuenta cómo la protagonista, niña de cinco años, cuando devuelve un libro de Hemingway a la biblioteca decepcionada porque no lo ha entendido del todo, la bibliotecaria le dice: «No importa, deja que te envuelvan las palabras, como la música». Nada aprenden de los libros los que no saben sentirse perdidos y fascinados en el misterio de lo que no comprenden.

La lectura textual: Para despertar aficiones lectoras entre los jóvenes, lo natural es ponerles en contacto con buenas lecturas, y cuanto antes, mejor. Pero el libro no es la única forma de comprensión y reflexión, y es positivo aprovechar todo tipo de estímulos culturales: cine, televisión, música... Podemos favorecer la lectura poniéndoles en contacto con estímulos supratextuales.
El profesor francés Marc Soriano piensa que cuando los niños apenas disponían de influencias audiovisuales, todo consistía en acercar «el niño al libro». El libro como única forma de acercarse a la fantasía y al conocimiento. Hoy se debe llevar «el libro al niño», puesto que con el libro compiten formas más atractivas, a priori, de conocer y soñar. Se trata de hacerles ver que el libro no ha perdido su atractivo y que puede competir con otros medios en igualdad de condiciones y que no es un medio ajeno a su cultura y a su época.

La lectura impuesta: ¿Qué papel corresponde al maestro? ¿Cuál es la función de los padres? ¿Imponer? ¿Sugerir? ¿Orientar?
Juan Benet: «La función del maestro es servir de guía turístico en el mercado del libro, mostrar dónde se encuentra la literatura para que el lector haga con ella lo que quiera». Pennac: «Darles a oler una orgía de lectura», como mucho insinuar lo que vive dentro de ellos. Juan Marsé: «El gusto por la lectura se transmite como se transmite el interés por una película: contándola bien. Hay que hechizar, y por eso son tan importantes los maestros, porque son los encargados de desplegar el hechizo».
El maestro debe ser un «intermediario activo», un flautista que conduce a los niños hacia la caverna donde se encuentra encerrada la verdadera ficción y dejarlos encerrados en ella de por vida. Pennac: «El verbo leer no soporta el imperativo».

La lectura añorada: «No podemos pedir a los niños de hoy que acepten un pasado que no es el suyo», decía Gianni Rodari al referirse a los adultos interesados en ofrecer a sus hijos o alumnos los libros que marcaron su infancia. Los niños de hoy viven circunstancias diferentes, tienen intereses y gustos que no se corresponden con los de antaño, las relaciones con los adultos han cambiado y, además, por buena parte de la literatura infantil y juvenil ha pasado el tiempo de manera ostensible.
«El adulto —añade Rodari— tiene a menudo la tentación de alabar sus tiempos, especialmente de la época de cuando era niño». No es cierto que los niños de antes leyesen más que los de hoy ni que antes se escribieran mejores libros que ahora. Ahora se lee de diferente manera y la lectura convive con otras formas de expresión. Marc Soriano recomienda: «No impongamos jamás a nuestros hijos los libros que nosotros hemos amado. Ofrezcámosles libros de su época. Y confiemos en nuestros clásicos: si merecen el nombre de tales, tarde o temprano sabrán imponerse».

La lectura moralizadora: La tendencia a dar pautas morales es otro vicio en que incurre a menudo la literatura infantil y juvenil. Antes era la moralina, ahora son temas transversales. De la moraleja mal vestida a los valores distinguidos. Debemos arrinconar el mito de la lectura moralizante, rechazar cualquier manipulación del lector.
Afirma Ferlosio sobre Pinocho: «La literatura moral es literariamente inmoral, puesto que para servir a la ejemplaridad siempre se manipulan de uno u otro modo los acontecimientos».
Pennac: «Los dos grandes defectos en los que no hay que caer cuando se hace literatura para niños son el moralismo y la ideología». El Nobel de Literatura Isaac Bashevis Singer afirma: «La literatura necesita de narraciones bien construidas, no de mensajes añejos, pues cuando un cuento tiene calidad su mensaje será descubierto tarde o temprano. Si desapareciesen todos los mensajes y sólo se quedaran los Diez Mandamientos, todavía tendríamos suficientes mensajes para el presente y el futuro. El problema no es no tener mensajes suficientes, sino cumplir los que tenemos».

La lectura culpabilizada: La gran culpable de que los niños no lean parece ser competencia de los medios audiovisuales. ¿Son posibles más distracciones y más libros? ¿Es posible compatibilizar la lectura con la televisión? Rodari piensa que sí, porque ello no depende del número ni de la calidad de los pasatiempos, sino del lugar que el libro ocupa en la vida del país, de la sociedad, de la escuela y de la familia.
El problema de la televisión —según Savater— no es que no eduque, sino que educa demasiado, hace perder la ingenuidad a los niños tempranamente, es un instrumento educativamente subversivo y abre nuevas vías educativas e invita a cambiar de estrategia, a hacer un esfuerzo suplementario a padres y educadores.
Debe tomarse como un instrumento complementario —que hay que saber usar— cuyos méritos seguramente superan a los deméritos. Los niños van a preferir la televisión al aburrimiento, a la falta de alternativas inteligentes, pero no es la culpable de que los niños no lean. Los culpables son los que no les presentan los libros con atractivo y dejan a los niños abandonados a la socialización televisiva, «hipnótica y acrítica».