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La
lectura, un acto de cooperación |
Xavier
Quirarte
milenio.com - 19/octubre/2003
La
historia del libro constituye un vasto universo al que el catedrático
de Lengua y Cultura Hispánicas de la Universidad de Rennes Jean-François
Botrel ha dedicado gran parte de su vida. El autor de múltiples investigaciones
sobre la cultura española contemporánea también ha abordado
la historia de la lectura y de la prensa. Botrel estuvo en México hace
unos días para impartir un ciclo de conferencias.
Su interés por el mundo fascinante del libro se inició cuando
realizaba sus estudios universitarios y se dio cuenta de que la manera de concebir
la historia de la literatura a través de unos pocos textos canónicos
no era suficiente.
Es preciso tomar en cuenta otra literatura, dice en entrevista.
“Espigar por qué algunos textos habían llegado a ser dignos
de entrar a una historia de la literatura y otros no; tener en cuenta todo lo
que quedaba fuera. Eso ya no es la historia de la literatura, sino del libro.
Todo ese acervo de libros que se han puesto en el mercado, que se han leído
y luego se han olvidado, ¿qué pasa con ellos?
”También debe verse a través de la prensa, que es la manera
más eficaz de entrar en contacto con la visión histórica
de lo que era la literatura. Uno se pregunta lo que se concibe por lectura,
lo que se leía y cómo se leía. Es evidentemente voy a morir
antes de haber agotado este mundo”.
El autor de obras como Libros, prensa y lectura en la España del
siglo XIX y La difusión del libro en España (1864-1914),
dice que cuando uno es universitario se es muy propenso a afirmar que nuestra
lectura es la única valedera. Pero, a propósito de un mismo texto,
existe un abanico de lecturas maravilloso, advierte.
“El acto de lectura es un acto de cooperación: el autor pone evidentemente
el texto, pero al menos la mitad la pone el lector en una especie de contrato
explícito-implícito. El trabajo del historiador es hacer que exista
esa complejidad —no negarla—, develarla en alguna medida y luego,
de ser posible, introducir algún orden. Eso vale al nivel de la lectura
individual, por lo que se puede hacer una microhistoria; es decir, cuál
ha sido la historia del lector fulano de tal y entonces el investigador se dedica
a leer su correspondencia para ver cómo se ha carteado con otros lectores,
así como a hacer el inventario de su biblioteca. O bien se puede hacer
una macrohistoria a nivel casi mundial”.
Transferencias culturales
Botrel ha colaborado en el proyecto de investigación conjunta México-Francia
sobre edición y transferencias culturales en el siglo XIX, que hasta
el momento ha producido dos libros, Empresa y cultura en tinta y papel
y Constructores de un cambio cultural: impresores, editores y libreros en
la ciudad de México, 1830-1855. Esta última obra, afirma
el investigador, “consiste en ver cómo, a través de lo impreso
en periódicos y libros, se operan las transferencias culturales y cómo
se constituye la nación mexicana”.
La transferencia cultural no es una cosa mecánica, advierte. “No
se traslada un producto europeo a México así como así,
sino que se produce un trabajo sobre éste. Por ejemplo, a través
de la traducción o por medio de una compilación, llegando a crear
un producto original adaptado a las necesidades del momento”.
Brotel sostiene que las transferencias culturales afectan a todas las naciones,
pero no de una manera idéntica.
“Es un proceso complicado y tenemos que tener en cuenta que el espacio
americano tiene sus propias normas y reglas de funcionamiento.
” Por eso creo que para llegar a entender lo que es una nación
me parece muy oportuno analizar las modalidades específicas de la transferencia
cultural hacia México y luego desde México hacia otras partes”.
Libros para siempre
Para alguien que ha estudiado la historia del libro, ¿qué significa
ese objeto que, a lo largo de los siglos, en su aspecto fundamental no ha variado
mucho? Botrel sonríe y va tejiendo sus palabras:
“Un libro es algo muy físico, algo que tengo entre las manos, abro,
toco, dejo, vuelvo a abrir y luego coloco en mi biblioteca —y si luego
no lo encuentro me pongo enfermo porque sé que lo tenía. Lo que
va dentro a lo mejor lo puedo encontrar por otras vías, en otros libros.
El mismo texto puede cobrar distintos seres físicos.
”El libro es una infinidad de libros; ningún libro se parece a
otro, por muy estereotipado que parezca. Además tenemos que tomar en
cuenta la infinidad de relaciones que se establecen entre los libros y los lectores”.
Contra lo que proclaman autores como Chartier, Jean-François Botrel no
cree que ha llegado el fin del libro. “Siempre se declara el fin de algo:
el fin del libro con la radio, el fin de la radio con la televisión,
etcétera. Creo que evidentemente no ocupa el mismo sitio, pero ocupa
un sitio”.
A los libros electrónicos no los ve como amenaza, sino más bien
como una herramienta más.
“Confieso que me cuesta leer en una pantalla de computadora y que ella
decida la cantidad de texto que voy a tener ante la vista, pero el que decidió
el tamaño de una mancha tipográfica hizo algo parecido. Además,
con el ratón no llego a la agilidad que tengo con las manos para manejar
las páginas. ¡Cosas de viejo!”.
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