EL
DESPERTAR DEL POETA
Pero
la primera historia de amor, con mayúscula, la vivió
Rojas cuando tenía veintitrés años. Se había
hastiado de todo. ¿Qué tengo yo que estar haciendo
aquí?, se preguntó, y antes de responderse parte al
norte, lejos de ese Santiago que siempre le incomodó. Está
lejos de ser Buenos Aires, le falta mito, decía. Se fue con
una chica, de dieciocho años, llamada María Mackenzie.
Y al poco tiempo, ambos, amarrados por el amor y el deseo, estaban
compartiendo el día a día con doscientos mineros,
sin electricidad, alumbrando sus noches con lámparas de carbono,
a tres mil metros de altura, en un campamento conocido como El Orito.
“Esos mineros eran unos locos. Me decían, mire, amigo,
cómo se ve el océano, los barcos. Y eran los carbonatos
que entraban en combustión directa y, en la noche, se veían
como luces de barco, pero qué iban a ser barcos si estábamos
a ciento y tantos kilómetros de la costa”, recuerda
el vate.
A los mineros de El Orito dice Rojas deberles esa capacidad mágica
de ver el mundo. Se acuerda de cuando le decían que no cantara
porque la cordillera estaba viva y, en una de esas, se enojaba,
y lanzaba una lluvia, o algo peor, para aplacar el desafinado canto
del poeta. Allí se queda un año y medio, hasta que
los dueños de la mina le piden la libreta de matrimonio,
que nunca tuvo, porque sólo se casaría tiempo más
tarde, con otra mujer. Debe irse con la muchacha, que ya llevaba
un crío suyo en el vientre Rodrigo Tomás, pero antes
escriben un capítulo de antología.
“Fue a ella a la que se le ocurrió. Un día me
dice: Sería bueno enseñarles a leer a estos mineros
que llegan tan cansados y sudados por las noches. Pero, ¿cómo
lo hacemos si no hay silabarios y no somos maestros? Hagámonos
los maestros. Pero cómo convencía yo a esos mineros
díscolos, abrutados, sin luces... Me acuerdo haber comprado
unas veinte botellas de pisco, era caro para mí. Gustaba
mucho el pisco en esa zona, porque eran borrachos por naturaleza,
proclives al trago y así, tomando tragos, todos felices,
yo les dije que les iba a enseñar a leer. Ellos se reían
y me decían, ¿para qué vamos a aprender a leer?
Unos dijeron sí; otros, no. Total, no tenía cuadernos
ni nada. Entonces de un libraco que yo había echado a la
maleta antes de partir, Vidas, opiniones y sentencias,
María sacó unas cuantas palabras y las dio a leer.
Unas eran de Anaximandro, de Tales de Mileto, y de otros filósofos
presocráticos. Y los muchachos con sus patas al aire, oyendo
hablar de todo esto y tomando trago, tienen que haberse divertido
mucho. Y les gustó cuando les mostré a Heráclito.
Dijeron: “¡Ése es bueno!”. Fíjate
el genio del pueblo, de la gente, es finísimo. Gente imaginativa
que no tiene trato con los libros. Cortamos con tijeras unos tarjetones
de papel, de ése con el que se envolvían los alimentos
en las pulperías, e hicimos unos silabarios. Y creo que soy
el único, o el primero en todo caso, poeta en América
que enseñó a leer a los mineros del cobre en el silabario
de Heráclito”.
Fragmento
(adaptado) de la entrevista de Marcelo Simonetti, publicada en El
Mercurio, 27 enero 2001. El texto completo fue incluido en
el segundo dossier sobre Gonzalo Rojas.
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