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EL
NIÑO QUE NOS HABITA
“Desde
adentro, desde adentro,/ Desde el fondo de un abismo,/ Viene corriendo
a mi encuentro,/ Un niño que soy yo mismo...”. Esta
poesía de Oscar Alfaro es un auténtico “Viaje
al pasado”, a esa infancia que es una joya que debemos guardar
celosamente y no perderla nunca, pues ese niño que habita
en nuestro fuero interno, manteniéndose latente y negándose
a morir, se manifiesta de manera espontánea cuando la lógica
del razonamiento adulto es vencida por la fuerza del subconsciente,
donde gobierna ese niño que constituye el cimiento sobre
el cual edificamos nuestra personalidad. No en vano el sabio proverbio
inglés advierte: “El niño es el padre del
hombre”.
Por eso mismo, me llaman la atención los versos de añoranza
de Pablo Neruda, quien, con su mirada de infancia, irremediablemente
perdida, dice: “...Y a veces recordamos/ al que vivió
en nosotros/ y le pedimos algo, tal vez que nos recuerde/ que
sepa por lo menos que fuimos él,/ que hablamos con su lengua,/
pero desde las horas consumidas/ aquél nos mira y no nos
reconoce...”. Es decir, “El niño perdido”
de Pablo Neruda, además de causarme angustia, me provoca
una rara sensación de algo que no quisiera experimentar
en carne propia, pues lo que yo quiero, sin vacilar un instante,
es que mi niño me acompañe hasta la muerte, y no
porque tenga miedo a hacerme viejo, ni llevar a cuestas el peso
de la experiencia y la apariencia física, sino, sencillamente,
porque así me siento entero, con el anverso y el reverso
de mi vida y de mi tiempo.
Ser viejo en lo físico no es lo mismo que ser viejo en
lo psíquico. Einstein, por ejemplo, tenía el pelo
blanco, pero era un niño por dentro; era sabio, pero tenía
el corazón y la imaginación de un genio de quince
años, aunque a la edad de los 25 se situó en la
fila de los titanes del pensamiento humano, como Copérnico
o Newton, tras descubrir la relatividad del tiempo, de nuestro
tiempo. Por lo tanto, debo constatar que no soy el único
adulto que posee alma de niño, sino un adulto más
en quien perdura el peso de la infancia, con una pureza similar
a la leche de la bondad humana.
Si todavía no se pusieron a pensar, valga recordarles que
las obras de los poetas, músicos, pintores y científicos,
nacen del juego de ese niño eterno que se esconde dentro
de ellos; de ese niño que nunca pierde la capacidad de
entusiasmarse, preguntarse o maravillarse. De no estar presente
ese niño juguetón en cada artista, en cada uno de
nosotros, sería más grave la vida y menos llevadera
la existencia. Por suerte, la fantasía de un niño
se prolonga hasta la edad adulta, aunque éste no lo reconozca
por temor a perder su autoridad de adulto.
Sigmund Freud, en su estudio sobre el poeta y la fantasía,
se preguntaba: “¿No habremos de buscar ya en el niño
las primeras huellas de la actividad poética?”. Sin
duda, la preocupación favorita e intensa del niño
es el juego, actividad lúdica a través de la cual
se conduce como un poeta, creándose un mundo propio o,
más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden
nuevo, grato para él. “El poeta hace lo mismo que
el niño que juega —dice el padre del psicoanálisis—:
crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio; esto es,
se siente íntimamente ligado a él, aunque sin dejar
de diferenciarlo resueltamente de la realidad”. Incluso
el hombre que cree haber dejado de ser niño y haber dejado
de jugar, no hace más que prescindir de todo apoyo en objetos
reales y, en lugar de jugar, fantasea. Hace castillos en el aire;
crea aquello que denominamos ensueños o sueños diurnos,
aunque a veces se avergüenza y oculta sus fantasías
a los demás. Con todo, si el poeta, al igual que el niño,
es un hombre que sueña despierto, entonces la poesía,
como el sueño diurno, es la continuación y el sustituto
de los juegos infantiles, así como los instintos insatisfechos
son la fuerza impulsora de las fantasías, y cada fantasía
es una satisfacción de deseos, una rectificación
de la realidad insatisfecha.
Sin la fantasía no seríamos lo que somos ni tendríamos
lo que tenemos. Gracias al poder de la fantasía, incubada
desde la infancia y desde la noche de los tiempos, se han creado
los instrumentos de los cuales la humanidad dispone en la actualidad.
Sin la fantasía no hubiera existido un Leonardo de Vinci
ni un Julio Verne, ese científico apresurado que, en su
vida y en su obra, fue un niño-viejo, como lo fue Jonathan
Swift en los “Viajes de Gulliver”, J.R.R. Tolkien
en la fantástica epopeya de “El señor de los
anillos” y Lewis Carroll en “Alicia en el país
de las maravillas”. También Michael Ende —otro
de mis escritores favoritos— reivindicó la infancia
como la etapa más noble del ser humano, una etapa mágica
en la que todo es posible, incluso escribir la “Historia
interminable”, una larga correría por la fantasía,
sin saber luego cómo salir de ella para retornar a la realidad
externa, donde muchos viven atrapados en las redes de un mundo
lógico y enteramente racional. Él mismo, con su
aspecto de científico bueno y la pipa en los labios, manifestó:
“Desde la escuela han hecho sentirme diferente, éste
es un mundo en el que no se ama a los soñadores. Pero,
por otra parte, nunca creí que los otros fueran como se
comportaban. Siempre he pensado que en el fondo, los otros son
como yo, sólo que no lo saben”. Otro niño-viejo
fue James M. Barrie, el periodista escocés y aspirante
a escritor, quien creó un personaje universal llamado Peter
Pan, el niño eterno que se negó a crecer.
Sin embargo, así como los adultos se empeñan en
hacerse mayores y en esconder el Peter Pan que los habita, yo
me empeñé en estrangular al niño que llevo
en mi interior, sin entender que él también tenía
derecho a vivir como el adulto que intentó desalojarlo.
Pero fue una misión imposible, porque el niño que
me habita se armó de coraje y, al igual que Peter Pan —el
pequeño héroe que podía volar como un pájaro
y resistir los embates del temible capitán Hook—,
decidió enfrentarse a mi ser adulto y defender el lugar
que le corresponde en mi vida.
Desde entonces me ha sido más fácil identificarme
con los personajes del maravilloso mundo de la literatura infantil,
con “Pulgarcito” de Charles Perrault, “El Principito”
de Antoine de Saint-Exupéry, “Nalle Puh” de
Alan Alexander Milne y “Pippi Calzaslargas” de Astrid
Lindgren, cuyas aventuras de desobediencia y desacato a la autoridad
de los adultos me fascinan de manera especial, puesto que la picardía
del Lazarillo de Tormes, la ternura de Mary Poppins y las aventuras
de Peter Pan, son elementos integrantes de la fantasía
tanto de los niños como de los adultos, así estos
últimos se nieguen a reconocerlo porque han olvidado su
infancia o porque se hacen de ella una idea casi artificial, como
cuando se niega obstinadamente la conocida frase de Nietzsche:
”En aquel hombre hay oculto un niño que quiere jugar”.
Ya dije que, por mucho tiempo, negué al niño que
habita en mí. Es decir, había domesticado y reprimido
mi fantasía, había supeditado mi mundo interior
al exterior, hasta que un día, por esos azares que no se
pueden contar, lo fantástico encontró la manera
de vengarse y de emerger, como ese actor frustrado que por mucho
tiempo permaneció maniatado en las catacumbas del subconsciente.
De ese desfogue nació el escritor que me tomó la
delantera, consciente de que uno de los grandes filones de la
literatura es la historia protagonizada por los niños insatisfechos,
quienes buscan refugio en la fantasía para escapar de una
realidad insoportable, hostil o, simple y llanamente, aburrida.
Quizás por eso, los niños de mis cuentos suelen
ser imaginativos y solitarios, que a veces hablan poco y lloran
sus penas en secreto, niños que viven una doble vida: la
cotidiana y la de su propio mundo fantástico.
Por
Víctor Montoya. Escritor boliviano radicado
en Suecia.
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