| El
corazón de las tinieblas |
Autor:
Joseph Conrad
Género: Novela - Aventuras
Peso del archivo: 436 Kb
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El
corazón de la tinieblas, escrito entre 1898 y 1899, no es una novela
tan ambiciosa como las monumentales Lord Jim o Nostromo, pero
es seguramente una de las más significativas y perfectas de la vasta
escritura de Joseph Conrad. Es, como le gustaban a su autor, un relato de marinero,
contado con un ritmo oral «que apela a nuestra capacidad de deleite y
asombro, a los sentidos del misterio que rodean nuestras vidas, a nuestros sentimientos
de piedad y de belleza» (prefacio de El negro del Narcissus).
Una historia con el color de la pintura y el sonido de la música, que
recupera además la experiencia personal de un viaje al Congo que no iba
a olvidar fácilmente (a Edward Garnett reconoció Conrad la impresión
fundamental de esa aventura: «antes del Congo yo no era más que
un simple animal»).
En la desembocadura del Támesis, mientras se adensa el crepúsculo,
Marlow cuenta a unos compañeros su viaje a África, en busca de
Kurtz, agente comercial que está enviando a su compañía
ingentes cantidades de marfil. El viaje de Marlow es una odisea: el barco en
el que navegan es viejo, el río peligroso, acechado de nativos que atacan
en los recodos, el calor insoportable... Marlow avanza obsesionado por Kurtz,
del cual se va formando una imagen contradictoria y mitificada. Otros empleados
le van describiendo los rasgos y atributos del agente: voz profunda y potentísima,
elevada estatura, ojos fulminantes, mente lúcida y voluntad indomable
que le permite recolectar más marfil que todos los demas agentes juntos...
Por fin lo encontrará enfermo, en una choza cercada de cabezas humanas
empaladas, adorado por tribus indígenas a las que subyuga con el terror.
El extraordinario personaje que ha ido modelando la imaginación de Marlow
se erige ahora en símbolo de la corrupción y la entrega a la barbarie
ancestral, impulsado por un ansia ilimitada de poder y riqueza, enfrentado consigo
mismo en la soledad y vencido por la influencia de lo salvaje: «La selva
había logrado poseerlo pronto y se había vengado en él
de la fantástica invasión de que había sido objeto. Me
imagino que le había susurrado cosas sobre él mismo que él
no conocía, cosas de las que no tenía idea. Al quedarse solo en
la selva había mirado a su interior y había enloquecido. El denso
y mudo hechizo de la selva parecía atraerle hacia su seno despiadado
despertando en él olvidados y brutales instintos, recuerdos de pasiones
monstruosas».
Kurtz ha rendido su humanidad y se ha convertido en un depredador que somete
a castigos brutales a los nativos rebeldes («no había poder sobre
la tierra que pudiera impedirle matar a quien se le antojara») y cuyo
mundo solo conoce ya «el horror» (palabras finales que pronunciará
en su agonía).
El universo que rodea a Kurtz es igualmente terrible y absurdo: indígenas
y colonizadores pertenecen al caos, a una máquina desquiciada por la
degradación: «Veía la estación y aquellos hombres
que caminaban sin objeto por el patio bajo los rayos del sol. Caminaban de un
lado para otro con sus absurdos palos en la mano, como peregrinos embrujados
en el interior de una cerca podrida. La palabra marfil permanecía en
el aire, en los murmullos, en los supiros. Un tinte de imbécil rapacidad
coloreaba todo aquello, como si fuera la emanación de un cadáver».
La novela puede leerse (lo es en parte) como alegato contra la colonización
del Congo, pero su reflexión moral va más allá de una situación
histórica concreta. Kurtz llega a África iluminado de ideales
de progreso. Redacta una guía para orientar el recto diseño del
comercio y la tarea civilizadora: «Cada estación de la compañía
debería ser como un faro en medio del camino, que iluminara la senda
hacia cosas mejores». Sin embargo la luz sucumbe ante las tinieblas: el
hombre «civilizado» oculta bajo una frágil superficie bestiales
instintos que salen a flote en contacto con ese mundo fuera del tiempo, sumergido
en la penumbra de la floresta primitiva. El viaje de Kurtz (que Marlow reproduce)
es un viaje a los infiernos, un descenso por el río del olvido: «Remontar
aquel río era como volver a los inicios de la creación cuando
la vegetación estalló sobre la faz de la tierra. Una corriente
vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire era caliente,
denso, embriagador. No había ninguna alegría en el resplandor
del sol. Aquel camino de agua corría desierto en la penumbra de las grandes
extensiones. Uno llegaba a tener la sensación de estar embrujado, lejos
de todas las cosas una vez conocidas. Penetramos más y más espesamente
en el corazón de las tinieblas. A veces, por la noche, un redoble de
tambores, detrás de la cortina vegetal, corría por el río.
Tuve la sensación de haber puesto el pie en algún tenebroso círculo
del infierno».
Marlow, uno de esos personajes de Conrad (como el arquetípico Lord Jim)
que edifican su vida sobre la estricta dignidad y el deber y que forma parte
de la raza de los hombres íntegros, consigue salir entero de este infierno,
pero no sucede lo mismo con Kurtz. Pues la tiniebla no está solo en la
selva hostil poblada de hipopótamos y cocodrilos. La fuente última
de la oscuridad es otra, es «el mal escondido en las profundas tinieblas
del corazón humano». Kurtz no ha sido capaz de mantener la fatigosa
disciplina necesaria para conservar su conciencia moral, su entidad humana,
y en su búsqueda de la luz ha llegado a un territorio en el que late
sin cesar, como los tambores caníbales que baten en la selva, el verdadero
corazón de las tinieblas, el oscuro corazón del hombre.
Ignacio
Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra. 6-10-2001