| El
rogro |
Cuento de Adriana Ballesteros
Había una
vez un lugar lleno de flores, chicos y montañas. En ese pueblo, como
en tantos por aquel entonces, había también un rogro. Vivía
en la colina más alta y no hacía más que comer y dormir
pero cuentan los abuelos que poseía un hambre voraz.
—No hay que olvidarse ni un sólo día de darle de comer —advertían—
pues el menor descuido puede ser fatal.
Se alimentaba con diarios viejos y todos dejaban al pie de la colina grandes
paquetes que él devoraba al amanecer.
Un día llegó un circo, nadie quiso perdérselo y esa noche
se acostaron tan tarde que olvidaron llevarle su ración.
A la madrugada, cuando despertó, hasta las nubes escucharon sus bramidos
—¡Dónde está mi comida! —aulló. Pero
los habitantes no oyeron nada porque dormían agotados por la fiesta.
Si los rogros se quedan un día, un sólo día sin comer,
devoran lo primero que encuentran. Y lo primero que vio fue el amanecer. ¡Plop!
se lo tragó de un bocado.
—¡Que rico! —dijo, como tenía mucho hambre no tardó
en comerse el día entero.
Esa semana no hubo lunes.
Cuando despertaron, ya era martes.
—No es posible! ¿Que se habrá hecho del lunes? —exclamaban
asombrados. —Yo no lo toqué —estaba por decir la abuela Cleo,
cuando se dio cuenta de lo que había sucedido: ¡Nos olvidamos de
darle de comer al rogro!
En un segundo armaron paquetes con periódicos pero todo fue inútil
porque una vez que los rogros prueban días frescos no quieren saber más
nada de diarios viejos.
Entusiasmado con el nuevo menú, comenzó a comerse los días
de la semana: que un jueves, que un martes.
—Chicos, resuelvan las cuentas para el viernes —pedía la
maestra.
—¿Y si el rogro se lo come?—preguntaban esperanzados los
chicos.
Aunque la vida se había vuelto un poco complicada lentamente se fueron
acostumbrando.
—Total hasta es mejor, menos deberes —decían los chicos.
—Menos trabajo —pensaban los grandes.
Un viernes soleado se fueron a dormir planeando el fin de semana, y cuando despertaron:
¡Era otra vez lunes! ¿Que había pasado?
El rogro le había dado un mordisquito al sábado, lo encontró
tan sabroso que decidió probar el domingo, así descubrió
que los fines de semana tenían otro sabor: eran más ricos.
—Desde ahora voy a comerme todos los días festivos —pensó.
Y se los comió nomás.
—¡Siempre tenemos que ir al colegio! —se quejaron los chicos.
—Trabajamos todo el tiempo! —protestaron los grandes.
La única que estaba contenta era Cleo porque podía mirar la novela
todos los días. Pero los demás estaban furiosos.
Así que esa tarde en la plaza se reunieron para resolver el problema.
—¿Lo atamos?
—¿Lo echamos a escobazos?
—¿Y si pedimos consejo a Doña Sol? —sugirió
Martín—. Como es la más anciana del lugar, seguro que lo
conoce bien al rogro.
Y allí fueron hacia la morada de la abuela que los atendió en
camisón,
—¿Sí, qué sucede? —preguntó, y de inmediato
le contaron lo ocurrido.
Doña Sol se quedó un rato pensativa y por fin dijo: —¡Ya
sé qué hacer!
—¿Qué? —preguntaron todos.
—Escuchen: esta noche organicen una fiesta con música, torta y
globos.
Se miraron sorprendidos. ¿Una fiesta? ¿Para qué?
Aunque sin comprenderlo, obedecieron porque la abuela seguramente sabía
lo que hacía. Así que al atardecer se reunieron en la plaza con
sus ropas más lindas.
El rogro se había dormido —los rogros se acuestan muy temprano—
cuando lo despertó el barullo.
—¿Qué es eso? —dijo asomándose por la ventana—.
Todos ríen, comen torta, ¡Es una fiesta! —dijo—. ¡Qué
rico! —Y ¡plop!; se tragó la noche de un bocado.
¡Ay! pero a los rogros les caen mal las noches. ¡Se indigestó!
Y devolvió todos los fines de semana que había comido y los habitantes
del pueblo al ver suelto tanto tiempo libre, decidieron tomarse unas largas
vacaciones. ![]()