| En
blanco y negro |
Cuento de Adriana Ballesteros
La abuela Clementina
vivía en una casa muy blanca con techo gris.
La casa era así porque en esa época todavía no se habían
inventado los colores y el mundo era todo blanco, todo negro y un poco gris.
A Clementina le gustaba mucho tejer, tejía y tejía, todo el tiempo:
hacía pulóveres blancos para su nieta Natalia, y gorros grises
para su nieto Damián. Mantas muy blancas para el vecino de enfrente y
gorros negros para el vecino de atrás.
Todas las tardes se sentaba a tejer delante de la tele mientras miraba la telenovela
de las tres.
Era muy distraída y además usaba anteojos porque no veía
muy bien así que cuando algunas veces dejaba el tejido y se iba a cocinar,
a su regreso no lo podía encontrar.
–¿Dónde esta el gorro gris que estaba haciendo? —se
preguntaba pero como nadie le contestaba no tenía mas remedio que ponerse
a buscar.
Buscaba y buscaba por toda la casa, miraba sobre la alfombra negra, y sobre
la cama blanca, revisaba debajo de la mesa blanca y arriba del ropero negro,
y luego daba vueltas por toda la casa y a veces recorría también
la plaza de enfrente, repleta de árboles y pastos grises, porque ya se
sabe, que cuando no se encuentran las cosas en los lugares en los que deben
estar, hay que tratar de encontrarlas dónde jamás estarán.
–Me cansé –decía siempre y justo en ese momento el
tejido aparecía: había dejado el gorro gris sobre el sillón
gris.
–Al fin!!! –decía la abuela aliviada– ahora sí
podré terminar este gorro.
Pero al día siguiente vuelta a empezar: ¡el tejido se volvía
a perder!
—¿Donde estarán los guantes negros que empecé ayer?
—decía la abuela y después de mucho buscar los veía
sobre la alfombra negra.
Una tarde Clementina se puso a tejer una bufanda muy linda, muy larga, y muy
blanca.
Estaba tejiendo cuando sonó el timbre. La abuela se levantó para
ver quien era.
—Soy Pepe, Clementina, el vecino nuevo, vine porque me gustaría
que me hiciera un gorro abrigado para el frío.
—Como no. —dijo la abuela— primero termino la bufanda y después
le hago le gorro.
—Gracias, Clementina, hasta luego? —dijo Pepe y después se
fue.
Clementina volvió al sillón para seguir tejiendo la bufanda pero...
no la encontró. Buscó y buscó pero la bufanda blanca no
apareció.
—¡Ufa! ¡Se terminó!? —dijo
Entonces buscó un libro muy gordo que tenía encima del ropero,
lo abrió y empezó a leerlo.
—A ver qué dice... ¡Qué bien, hay recetas para inventar
los colores! ¡eso voy a hacer!
Sin pensarlo dos veces salió a buscar las flores blancas que crecen en
el fondo del jardín, cortó algunas y las puso en una olla muy
grande con agua, revolvió un rato largo sobre el fuego. Parecía
una sopa.
Después llevó uno por uno todos los ovillos de lana blanca al
jardín.
Tomó la olla para tirar la mezcla sobre la lana pero justo cuando salía
tropezó con una piedra y se cayó. La sopa se volcó sobre
el césped que quedó todo de color verde, tan verde como... como...
¡como el césped!
—¡Que lindo! —dijeron todos cuando vieron la hierba de ese
color.
Pero la lana siguió blanca, tan blanca como la nieve.
—Voy a probar con otra receta —dijo la abuela.
Y esta vez juntó un montón de hojitas secas, las puso sobre la
mesa y las aplastó hasta que se convirtieron en un polvito, puso todo
en un frasco y salió de nuevo al jardín.
Justo cuando iba a echar el polvillo sobre la lana blanca un viento muy fuerte
se puso a soplar.
Y un polvillo subió alto, muy alto, hasta el cielo que quedó de
color azul, tan azul como... como... ¡como el cielo!
La lana seguía de color blanco, más blanco que nunca. La abuela
probó todas las recetas del libro, inventó el color rojo, el amarillo,
el celeste, hasta el violeta que es un color medio difícil.
La lana siguió siempre blanca, blanca como la nieve, pero a Clementina
ya no le importó, compró un montón de pinceles y llamó
a los chicos para que pintaran el mundo que desde ese día se llenó
de color.
