| El
poeta |
Cuento
de Carlos Marianidis
Ilustración de María Sánchez

En la hostería
del pequeño pueblo escondido entre los cerros, un anciano y un joven
hicieron la apuesta más extraña. Se desafiaron mutuamente a
realizar –de un día para el otro– una obra de ingenio.
La misma debía cumplir con dos condiciones: que fuera de la mayor simpleza
y, además, tuviera algún valor para aquel que la poseyera.
A la mañana siguiente, los vecinos se reunieron en el valle para conocer
las dos creaciones, pero, sobre todo, saber quién había ganado.
Ante la sorpresa general, el joven sólo mostró un papel que
guardaba en el bolsillo de su camisa. En él había escrito un
gran título y varias líneas en forma de columna vertical.
A continuación, las leyó: eran frases ardientes, en las que
resaltaban algunas palabras desagradables y otras, ofensivas y hasta sacrílegas,
que rimaban infantilmente entre sí.
A unos metros, el anciano quitó la manta que cubría su invento,
un vehículo que consistía en una silla de madera montada sobre
dos ruedas de bicicleta, que en su parte superior tenía atado un oxidado
ventilador de techo.
El muchacho dijo:
–Yo traje una poesía. ¿Y eso qué es?
–¿Acaso no lo ves? –respondió el viejo–. Es
un helicóptero.
–¡Vamos! –rió el joven–. Lo que has hecho tiene
forma de helicóptero, pero eso no significa que lo sea. Nadie podría
elevarse ni mucho menos, volar con él.
–Estamos iguales –se defendió el anciano–. Lo que
tú has hecho tiene forma de poesía, pero eso no significa que
lo sea. Y tampoco nadie podría elevarse, ni mucho menos volar con ella...
Hubo un largo silencio.
–...sin embargo –continuó diciendo– tú has
ganado la apuesta: por mucho que me esfuerce, quite y agregue, jamás
conseguiré que este armatoste vuele. Pero tú, que tienes el
don, si te esfuerzas, quitas y agregas lo que hace falta, algún día
llegarás a ser poeta. Y cuando eso ocurra, no importa dónde
estemos, todos podremos volar contigo. ![]()