| De
cómo nacen los chirivíes |
Cuento de Luis Caissés Sánchez
La
primera vez que la mujer se echó a reír alegremente, el hombre
dijo:
–¿No sabes hacer otra cosa? Igualita al chivirí.
Y malhumorado imitó groseramente al pájaro:
–Ji-jí... Ji-jí... Ji-jí.
Y la mujer dejó de reírse delante de él, pero cuando
estaba sola o lo suficientemente lejos para que el hombre no pudiera oírla,
se reía todo lo que le venía en ganas.
La
primera vez que la mujer se sorprendió de ver una rosa azul, el hombre
dijo:
–¡Ya estás de aspavientosa! –para terminar por decir–:
Igualita al chivirí, que por todo forma un escarceo.
Y enojado imitó groseramente el grito del pájaro:
–Rua-ruá... Rua-ruá... Rua-ruá.
Y la mujer dejó de asombrarse ante cada nueva cosa que descubría,
pero sólo cuando tenía delante al hombre; en cuanto estaba sola
o donde él no pudiera oírla se alborozaba a más no poder.
La
primera vez que la mujer dejó tan limpia la casa que no permitió
al hombre derramar sobre el piso la ceniza de su tabaco, el hombre protestó
de inmediato:
–Ni que fueras el chivirí, que vive limpiándose el pico
las veinticuatro horas del día para creerse más limpio que nadie.
Y groseramente imitó el gesto del pájaro.
A partir de entonces la mujer dejó de limpiar diariamente la casa para
dedicarse, como el chivirí, a tener su cara bonita, mirarse en los
espejos más de lo debido y asomarse a la ventana para ver a los demás
pasar.
La
primera vez que la mujer se asomó a la ventana, el hombre dijo:
–Ya está el chivirí: mirando para todas partes con sus
ojos saltones.
Y agriamente añadió:
–Se te va a torcer el cuello de tanto mirar lo que no te importa.
Y la mujer dejó de asomarse a la ventana y se dedicó a cuidar
del patio, a sembrar matas de rosas y claveles, podar el limonero, enderezar
la enredadera y arrancar la hierba de los canteros de begonias con tanta laboriosidad
que no dejaba de andar constantemente de un lado a otro.
La
primera vez que el hombre reparó en el ir y venir de la mujer por el
patio, dijo:
–¿No puedes estarte quieta un minuto?
Y con mal talante agregó:
–Ni que fueras el chivirí: ¡Vuela para aquí! ¡Vuela
para allá!
Y al punto, ante los ojos pasmados del hombre, la mujer abrió los brazos
y salió volando como el chivirí:
–Rua-ruá... Rua-ruá... Rua-ruá.
Fue lo último que escuchó el hombre antes de verla desaparecer
para siempre en el cielo azul. ![]()