| El
pájaro campana |
Cuento
de Víctor Montoya
Fuente: leemeuncuento.com.ar

Cuando los árboles se miraban en las aguas
del río y el sol ofrecía vida con su luz dorada, nació
un pichón de bellísimo plumaje.
Los animales del bosque, al escuchar la melodía de sus trinos, le pusieron
el nombre de Pájaro Campana.
Una mañana, que tenía en sí algo de divino, el pájaro
de plumaje rojo y piquito negro salió de su nido, desplegó sus
alas al viento y voló como una chispa alegre más allá
del horizonte.
Las ramas eran mecidas por el viento y los animales arrullados por los trinos
del pájaro cantor, que volaba haciendo círculos en el espacio
donde las nubes fueron barridas por el sol.
La noche tendió su manto sobre el bosque y el Pájaro Campana
volvió a su nido bajo el cielo salpicado de estrellas.
A fines de la más límpida estación del año, cuando
el bosque estaba como botánico en plenitud, llegó un gorila
feroz desde el otro lado del río.
El Pájaro Campana no advirtió la llegada del cazador, pero los
animales, escondidos tras las piedras y los troncos, atisbaban al gorila que
se internaba en el bosque a paso marcial.
El vértigo de los días tristes aún no se presentaba,
por eso el sol resplandecía alegre, esperando que el Pájaro
Campana volara por encima de los árboles, desgranando sus canciones
cual racimos de flores.
Esa misma mañana, el pájaro de plumaje rojo y piquito negro
voló como un cometa de papel. Su corazón galopaba como un corcel
y su sangre corría por sus arterias como un ganado de vacas en tropel.
Sus ojos, que eran la luz de su conciencia, veían alejarse la vida
y acercarse la muerte, mientras su canto hacía surcos en el aire.
El gorila, tendido sobre el follaje, escuchó el canto del Pájaro
Campana. Alistó su escopeta y, tras apuntar contra la llamita de fuego,
presionó el gatillo y la bala desapareció en la carne vida del
pajarito. Pero él, que tenía los huesos tenaces y los músculos
bien fornidos, se dejó aterrizar agónico sobre el césped,
con una herida abierta de donde le fluía la sangre a borbotones. Parecía
una estrella diminuta apagándose en el bosque. La sangre se le confundía
con el color de su plumaje y los latidos de su corazón con los redobles
del tambor.
El sol radiante, testigo del acto fúnebre, proyectó el espectro
enorme e impresionante del gorila. La sombra cayó justo allí
donde el pájaro se retorcía en suplicios de dolor.
–¡Muere ya! –gritó el gorila, con un bramido descomunal.
–No muero –replicó el pajarito–, porque hoy mismo
nacen millares de pichones con el color de mi plumaje...
El trágico espectáculo hizo que el sol se escondiera detrás
de las nubes y las flores se marchitaran una a una.
Al precipitarse la noche, el gorila, cuyo corazón era más duro
que la roca y más frío que la muerte, retornó a su guarida.
La luna se descompuso en aspas fosforescentes y los animales decidieron vengar
la muerte del Pájaro Campana.
Cuando la última estrella se apagó en el cielo, el gorila salió
de su guarida, la escopeta terciada a la espalda y las botas destalonadas.
Sintió retorcijones en la panza y se echó a correr bosque adentro,
articulando palabras que rebotaban en el silencio. Cortó la respiración
en su punto más alto, aspiró hasta inflarse como un sapo y aligeró
sus pasos para internarse cuanto antes en el bosque. Al cabo de un tiempo,
se detuvo en seco y miró en derredor, sin ver ni oír a nadie.
–Todo ha quedado sin vida –dijo, contemplando sus botas destalonadas.
Y en medio de un silencio insondable, los animales emprendieron su plan de
imponer justicia en el bosque. Lo primero era cercar al gorila y después
hacer..., hacer lo que vendría.
–¿Dónde están mis presas? –dijo el gorila,
con un tono de queja en la voz.
Las lágrimas ahogaron su mirada y la respiración se le hizo
un nudo en el pescuezo. No sabía qué hacer, si quedarse o volver.
Estaba cabizbajo y perniabierto, y su corazón, más grande que
el puño de una mano, parecía estallar contra los huesos de su
pecho.
Los animales avanzaron hacia donde estaba el gorila, la boca espumante y los
ojos anegados. Había llegado el instante de la asonada final. El conejo
lanzó un vibrante grito de ataque y los demás se lanzaron a
la carga.
El gorila, a pesar de estar armado, no pudo retener al torrente de animales
que se le abalanzaron con el ímpetu de una ola, pero así aprendió
que en el bosque no existían seres más poderosos que la inmensa
mayoría.
Pasado el incidente, aquel lugar volvió a ser como antes: el jardín
florido de la tierra, y el Pájaro Campana, que renació trinando
versos de justicia, voló como una bandera victoriosa anunciando la
libertad. ![]()